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Benedicto XVI en Austria

Del 7 al 9 de septiembre de 2007


 





 

Motivo de la visita:

850 aniversario de la fundación del santuario mariano de Mariazell, situado en los pre-alpes austriacos.

Número de viajes

Fue el segundo viaje apostólico de Benedicto XVI fuera de Italia.

El primero fue a Brasil en mayo de 2007 , cuando visitó Sao Paulo y Aparecida, con motivo de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe.

Lema

En la Basílica de Mariazell se encuentra una imagen de la Virgen que muestra a su Hijo Jesucristo. La Conferencia Episcopal Austriaca ha señalado que el lema del viaje será “Mirar a Cristo”.

Ambiente

Unos 2.000 pósters gigantes y luminosos del Papa anunciaron en los principales cruces de carreteras del país la llegada del Papa

Los fieles participaron a través de un servicio de mensajes de texto por teléfono móvil (SMS) con citas extraídas de las obras escritas por Benedicto XVI. Basta con enviar un SMS con la palabra Zitat (cita en alemán) al número austríaco 0664 660 6651.

Los promotores ofrecían una selección de melodías que incluíann los cánticos corales previstos en las misas que concelebrará en Austria, o los sonidos de las campanas de la basílica de Mariazell o de la catedral de San Esteban de Viena.

Las bendiciones del Papa estarán disponibles en versión SMS.

Como recordarán los que conocen esta página desde sus comienzos, conelpapa.com fue pionera en el envío de sms de bienvenida al Papa, con motivo de la V Visita a España de Juan Pablo II. Miles de personas hicieron llegar su mensaje de bienvenida al Pontífice por medio de esta página, usando unos medios técnicos que entonces suponían una gran novedad.

 

 


 

Viernes, 7 de septiembre de 2007


9,30 Salida del aeropuerto de Roma/Ciampino hacia Viena

11,15 Llegada al aeropuerto internacional de Viena-Schwechat. Ceremonia de bienvenida en el aeropuerto. Discurso del Santo Padre.

12,00 Viajó en automóvil del aeropuerto a la plaza «Am Hof» de Viena.

12,45 Llegada a la plaza «Am Hof» y oración ante la Mariansäule. Saludo del Santo Padre.

13,35 El Papa hizo un homenaje ante el monumento por las víctimas austríacas de la Shoah en la Juden Platz de Viena. Bajo de una lluvia persistente, el pontífice oró en silencio junto al rabino de Viena, Paul Chaim Eisenberg, frente al monumento que conmemora a los 65.000 judíos vieneses que murieron en los campos de concentración nazis.

13,50 Llegada a la nunciatura apostólica de Viena.

17.30 Llegada al palacio Hofburg de Wien para hacer una visita de cortesía al presidente de la República de Austria.

Encuentro con las autoridades y con el cuerpo diplomático en la gran sala de recepciones del palacio.

Discurso del Santo Padre.


¡Estimadísimo Señor Presidente Federal,
Honorable Señor Presidente del Parlamento nacional,
Honorable Señor Canciller Federal,
Ilustres Miembros del Gobierno Federal,
Honorables Diputados del Parlamento nacional, y Miembros del Senado Federal,
Ilustres Presidentes Regionales,
Estimados Representantes del Cuerpo diplomático,
Ilustres Señoras y Señores!

 
Introducción
Es para mi motivo de gran gozo y un honor encontrarme hoy con Ud., Señor Presidente Federal, y con los Miembros del Gobierno Federal, como también con los representantes de la vida política y pública de la Republica de Austria. En este encuentro en el Hofburg se refleja la buena relación, caracterizada de confianza recíproca, entre Vuestro País y la Santa Sede. De esto me alegro vivamente.

 
Las relaciones entre la Santa Sede y Austria entran en el vasto mecanismo de relaciones diplomáticas, que encuentran en la ciudad de Viena un importante “cruce de camino”, por que aquí tienen sede también varios Organismos internacionales. Me complazco de la presencia de muchos Representantes diplomáticos, a los cuales dirijo mi deferente saludo. Os agradezco, Señoras y Señores Embajadores, por vuestra dedición no sólo a los países que representáis y a sus intereses, sino también a la causa común de la paz y el entendimiento entre los pueblos.


Esta es mi primera visita como Obispo de Roma y Pastor supremo de la Iglesia católica universal a este País, que conozco desde hace mucho tiempo y por numerosas visitas precedentes. Es para mi - me sea permitido decirlo - un gran gozo encontrarme aquí. Aquí tengo muchos amigos y, como vecino de Baviera, el modo de vivir y las tradiciones austriacas me son del todo familiares. Mi gran Predecesor de beata memoria, Papa Juan Pablo II, ha visitado Austria tres veces. Cada vez ha sido recibido por la gente de este País con gran cordialidad, sus palabras han sido escuchadas con atención y sus viajes apostólicos han dejado huellas.

 
Austria

 
Austria de los últimos años y decenios ha registrado sucesos, qua aun hace dos generaciones ninguno habría jamás osado soñar. Vuestro País no sólo ha vivido un notable progreso económico, sino que también ha desarrollado una convivencia social ejemplar, de la cual el término “solidaridad social” se ha convertido en un sinónimo.

Los austriacos tienen toda la razón para estar reconocidos, y lo manifiestan teniendo un corazón abierto no sólo hacia los pobres e indigentes en el propio País, sino también cuando se trata de demostrar solidaridad en ocasión de catástrofes y de desgracias en el mundo. Las grandes iniciativas de “Licht ins Dunkel”, “Luz en la Oscuridad” - antes de Navidad y de “Nachbar in not” - “Vecino en Necesidad” - son un bello testimonio de estos sentimientos.

 
Austria y la ampliación de Europa

 
Nos encontramos aquí en un lugar histórico, desde el cual durante siglos ha sido gobernado un imperio que ha unido amplias partes de Europa central y oriental. Este lugar y esta hora ofrecen una ocasión providencial para fijar la mirada en la entera Europa de la actualidad. Después de los horrores de la guerra y las experiencias traumáticas del totalitarismo y de la dictadura, Europa ha emprendido el camino hacia la unidad del Continente, dirigido a asegurar un orden duradero de paz y de desarrollo justo. La división que por decenios separó el Continente de manera dolorosa se ha, si, superado políticamente, pero la unidad permanece aun en gran parte como una tarea por realizar en la mente y en el corazón de las personas.

También si después de la caída de la cortina de hierro en 1989 alguna esperanza excesiva ha podido permanecer desilusionada y sobre algunos aspectos se pueden levantar críticas justificadas a algunas instituciones europeas, el proceso de unificación es de todos modos una obra de gran alcance que, a este Continente - en el pasado corroído por continuos conflictos y fatales guerras fratricidas, ha llevado a un período de paz por tanto tiempo desconocido.

En particular, para los Países de Europa central y oriental la participación a tal proceso, es un estímulo ulterior para consolidar en su interior la libertad, el estado de derecho y la democracia. A este propósito es necesario recordar la contribución que mi predecesor, Papa Juan Pablo II ha dado a aquel proceso histórico. Austria, que se encuentra al borde entre Occidente y el Oriente de ese entonces, ha contribuido mucho como “País- puente” a esta unión de la cual, es necesario no olvidarlo, ha obtenido también gran ganancia.

 
Europa

 
La “casa Europa”, como amamos llamar a la comunidad de este Continente, será para todos un lugar agradable de habitar sólo si será construida sobre un sólido fundamento cultural y moral de valores comunes que traemos de nuestra historia y de nuestras tradiciones. Europa no puede y no debe renegar sus raíces cristianas. Esas son un componente dinámico de nuestra civilización para el camino en el tercer milenio.

El cristianismo ha modelado profundamente este Continente: de eso dan testimonio en todos los países y particularmente en Austria, no sólo las muchísimas iglesias e importantes monasterios. La fe tiene su manifestación sobre todo en las innumerables personas que esa, en el transcurso de la historia hasta la actualidad, ha conducido a una vida de esperanza, de amor y de misericordia. Mariazell, el gran Santuario nacional austriaco, es al mismo tiempo un lugar de encuentro para varios pueblos europeos. Es uno de los lugares de los cuales los hombres han sacado y sacan aun hoy la “fuerza del alto” para una camino de rectitud.


En estos días el testimonio de fe cristiana al centro de Europa es también manifestada mediante la “Tercera Asamblea Ecuménica Europea” en Sibiu/Hermannstadt (Rumania) con el lema “La luz de Cristo ilumina a todos. Esperanza de renovación y de unidad en Europa”. Espontáneamente viene el recuerdo del “Katholikentag” de Europa central que en el año 2004, bajo el lema “Cristo- esperanza de Europa”, ¡ha reunido tantos creyentes en Mariazell!

 
Hoy a menudo se habla del modelo de vida europeo. Con esto se entiende un orden social que significa eficacia económica con justicia social, pluralidad política con tolerancia, liberalidad y apertura, pero también preservación de valores que a este Continente dan su posición particular. Este modelo, bajo los condicionamientos de la economía moderna, se encuentra ante un gran desafío.

 

La frecuentemente citada globalización no puede ser detenida, sino mas bien es tarea urgente y una gran responsabilidad de la política aquella de dar a la globalización pautas y límites adecuados para evitar que esta se realice a costo de los Países más pobres y de las personas pobres en los Países ricos, y vaya en perjuicio de las futuras generaciones

 
Ciertamente, Europa ha vivido y sufrido también terribles caminos equivocados. Forman parte de ellos: restricciones ideológicas de la filosofía, de la ciencia e incluso de la fe, el abuso de religión y razón con fines imperialistas, la degradación del hombre mediante un materialismo teórico y práctico y en fin, la degradación de la tolerancia en una indiferencia privada de referencias y valores permanentes. Sin embargo forman parte de las características de Europa una capacidad de autocrítica que, en el vasto panorama de las culturas del mundo, la distingue y la cualifica.

 
La vida

 
Ha sido en Europa donde por primera vez se formuló el concepto de derechos humanos. El derecho humano fundamental, el presupuesto para todos los otros derechos, el derecho a la vida misma. Esto vale para la vida desde la concepción hasta su fin natural. El aborto, por consiguiente, no puede ser un derecho humano –es su contrario. Es una “profunda herida social”, como subrayaba sin cansarse nuestro difunto hermano, Cardenal Franz Koenig.

 
Al decir esto no expresamos un interés específicamente eclesial. Nos hacemos más bien abogados de una solicitud profundamente humana y nos sentimos portavoces de los que están por nacer y que no tienen voz.
No cierro los ojos ante los problemas y los conflictos de muchas mujeres, y caigo en la cuenta de que la credibilidad de nuestro discurso depende también de lo que la Iglesia hace para acudir en ayuda de las mujeres en dificultades.

 
Me dirijo, por tanto, a los responsables de la política, para que no permitan que los hijos sean considerados casi como una enfermedad, ni para que el calificativo de injusticia atribuido por Vuestro sistema jurídico al aborto sea anulado de hecho. Lo digo movido desde la preocupación por lo valores humanos. Pero esto no es más que un aspecto de lo que nos preocupa. El otro es hacer todo lo posible para que los Países europeos vuelvan a ser de nuevo más abiertos para acoger a los niños.

Animad a los jóvenes, que fundan nuevas familias con el matrimonio, a convertirse en padres y madres. Con esto les haréis un bien a ellos mismos, y también a toda la sociedad. Os confirmamos también decididamente en Vuestras urgencias políticas de poner las condiciones que hagan posible a las jóvenes parejas la educación de los hijos. Todo esto, sin embargo, no servirá para nada si no conseguimos crear de nuevo en nuestros Países un clima de gozo y de confianza en la vida, en la que no veamos a los niños como una carga, sino como un don para todos.

 
Constituye también para mí una gran preocupación el debate llamado “ayuda activa a morir”. Da miedo pensar que un día pueda ser ejercida una presión declarada o explícita sobre las personas gravemente enfermas o ancianas, para que pidan la muerte o se la den a sí mismas.

La respuesta justa al sufrimiento del final de la vida es una atención amorosa, el acompañamiento hacia la muerte –en particular incluso con la ayuda de la medicina paliativa- y no una “ayuda activa para morir”. Para afirmar un acompañamiento humano hacia la muerte serían necesarias urgentes reformas estructurales en todos los campos del sistema sanitario y social y la organización de estructuras de asistencia paliativa.

Es necesario también dar pasos concretos: en el acompañamiento psicológico y pastoral de las personas gravemente enfermas o de los moribundos, por parte de sus parientes, de los médicos y del personal auxiliar. En este campo, la “Hospizbewegung”, el movimiento de voluntarios en hospitales, hace cosas grandiosas. Todo el conjunto de semejantes compromisos, sin embargo, no puede ser delegado a ellos. Muchas otras personas deben estar dispuestas o ser animadas en su disponibilidad a no mirar ni el tiempo ni los gastos en la asistencia amorosa de los gravemente enfermos o de los moribundos.

 
El diálogo de la razón

 
Forma parte también de la herencia europea una tradición en el pensamiento, en la que existe una correspondencia sustancial entre fe, verdad y razón. Se trata aquí de la cuestión sobre si la razón está al origen de todas las cosas y como su fundamento o no.

 

Se trata de la cuestión sobre si en el origen de la realidad esté la casualidad o la necesidad, y si por tanto, la razón sea un casual producto secundario de lo irracional y del océano de la irracionalidad, al fin de cuentas, si no está ahí incluso sin sentido, o si por el contrario, siga siendo verdad lo que constituye la convicción profunda de la fe cristiana: In principium erat Verbum –en el principio existía el Verbo- en el origen de todas las cosas existe la Razón creadora de Dios que ha decidido de participar en nuestra humanidad.

 
Permitidme citar en este contexto a Juergen Habermas, un filósofo que no se adhiere a la fe cristiana: “Para la autoconciencia normativa de la época moderna el cristianismo no ha sido sólo un catalizador. El universalismo igualitario, de donde han surgido las ideas de libertad y de convivencia solidaria, es una herencia inmediata de la justicia judaica y de la ética cristiana del amor. Sin cambiar sustancialmente, esta herencia ha sido siempre adoptada como propia de forma crítica y nuevamente interpretada. Hasta hoy no existe alternativa alguna a esto.

 
Las tareas de Europa en el mundo

 
De la unicidad de su llamada deriva también para Europa, sin embargo, una responsabilidad única en el mundo. A este respecto no debe, de ninguna manera, renunciar a sí misma. El continente que, demográficamente, envejece de forma rápida no debe convertirse en un continente espiritualmente viejo.

Además Europa conseguirá una mejor conciencia de sí misma si asume una responsabilidad en el mundo que se corresponda con su singular tradición espiritual, con sus capacidades extraordinarias, y con su gran fuerza económica. La Unión Europea debería asumir, por tanto, un papel de guía en la lucha contra la pobreza en el mundo y en el compromiso a favor de la paz.

Con gratitud podemos constatar que los Países europeos y la Unión Europea se encuentran entre los que contribuyen en mayor grado al desarrollo internacional, pero deberían hacer valer su relevancia política, por ejemplo, frente a los urgentísimos desafíos que nos vienen de África, a las enormes tragedias de ese continente, como el azote del SIDA, la situación en el Darfur, la injusta explotación de los recursos naturales y el preocupante tráfico de armas.

Así mismo el compromiso político y diplomático de Europa y sus Países no puede olvidar la permanente grave situación del Medio Oriente, donde es necesaria la contribución de todos para favorecer la renuncia a la violencia, el diálogo recíproco y una convivencia verdaderamente pacífica. Debe ser en aumento las relaciones con las naciones de América latina y con las del Continente asiático, mediante los oportunos lazos de intercambio.

 
Conclusión

 
Estimado Señor Presidente Federal, ilustres Señoras y Señores! Austria es un País rico en muchas bendiciones: grandes bellezas paisajísticas que, año tras año, atraen a millones de personas para estancias de reposo; una inaudita riqueza cultural, creada y acumulada durante muchas generaciones; muchas personas dotadas de talento artístico y de grandes capacidades creativas. Por todas partes comprobamos los signos de las prestaciones producidas por la diligencia y las dotes de la población que trabaja.

Este es un motivo de agradecimiento y de orgullo. Pero ciertamente Austria no es una “isla feliz” y ni siquiera pretende serlo. La autocrítica siempre es beneficiosa y, sin duda, está presente en Austria. Una nación que ha recibido tanto también debe dar mucho. Puede atribuirse muchos logros pero también exigirse una cierta responsabilidad en relación a las Naciones vecinas, de Europa y del mundo.

 
Mucho de lo que Austria es y tiene, lo debe a la fe cristiana y la valiosa eficacia sobre las personas. La fe ha transformado profundamente el carácter de esta nación y su gente. Debe estar en el interés de todos el no permitir que un día, en este País, no queden más que las piedras para hablar del cristianismo. Austria, sin una viva fe cristiana, ya no sería Austria.

 
Les deseo a Usted y a todos los austriacos, sobre todo a los ancianos y enfermos, como a los jóvenes que tienen la vida por delante, esperanza, confianza, alegría y la bendición de Dios.



19,00 Llegada a la nunciatura apostólica de Viena donde el Papa pasó la noche.


Sábado, 8 de septiembre de 2007


09,45 Llegada en helicóptero al santuario de Mariazell.

La ciudad de Mariazell, en los montes de la Estiria, fue fundada en 1157, tras el milagro de la Virgen al monje Magnus. En el siglo XIII el príncipe Enrique Ladislao de Moravia construyó en aquel lugar una iglesia para dar gracias a la Virgen por su curación.

En 1399, el Papa Bonifacio IX concedió la indulgencia plenaria para la semana después de la octava de la Asunción, que se tradujo para Mariazell en un gran aumento de las peregrinaciones al templo.

En 1907 la iglesia fue elevada a basílica menor y en 1908 la imagen de la Virgen recibió la corona papal.

 

A su llegada, el Papa fue recibido por el abad de Lambrecht, el superior y el rector del santuario y entró en la iglesia donde le esperaban alrededor de 2.000 personas.

Después rezó ante la imagen de María y, poco antes de las 10,30 subió al palco erigido al lado de la basílica para celebrar la Santa Misa en la Natividad de la Virgen María, fiesta patronal del santuario. Dirigió esta homilia (traducción de Zenit):

Queridos hermanos y hermanas:


Con nuestra gran peregrinación a Mariazell celebramos la fiesta patronal de este Santuario, la fiesta de la Natividad de María. Hasta aquí, desde hace 850 años, acuden personas de diferentes pueblos y naciones, que rezan llevando consigo los deseos de sus corazones y de sus países, las preocupaciones y las esperanzas más íntimas. De este modo, Mariazell se ha convertido para Austria, y mucho más allá de sus fronteras, en un lugar de paz y de unidad reconciliada.

Aquí experimentamos la bondad consoladora de la Madre; aquí encontramos a Jesucristo, en el cual Dios está con nosotros como afirma el pasaje evangélico de hoy - Jesús, de quien la lectura del profeta Miqueas dice «y Él será la Paz» (Cf. 5,4). Hoy nos unimos a esta gran peregrinación de muchos siglos. Nos detenemos ante la Madre del Señor y le imploramos «Muéstranos a Jesús. Muéstranos a nosotros, peregrinos, a quien es al mismo tiempo el camino y la meta: la verdad y la vida.

El pasaje evangélico, que acabamos de escuchar, amplía nuestros horizontes. Presenta la historia de Israel a partir de Abraham como una peregrinación que, con subidas y bajadas, por caminos breves y por caminos largos, al final conduce a Cristo. La genealogía con sus figuras luminosas y oscuras, con sus éxitos y sus fracasos, nos demuestra que Dios también escribe derecho en los renglones torcidos de nuestra historia humana.

Dios nos deja nuestra libertad y, sin embargo, sabe encontrar en nuestro fracaso nuevos caminos para su amor. Dios no fracasa. Así esta genealogía es una garantía de la fidelidad de Dios; una garantía de que Dios no nos deja caer, es una invitación a orientar nuestra vida nuevamente hacia Él, a caminar siempre de de nuevo hacia Cristo.

Peregrinar significa estar orientados hacia una cierta dirección, caminar hacia una meta. Esto atribuye también al camino y a su cansancio una belleza propia. Entre los peregrinos de la genealogía de Jesús algunos se habían olvidado de la meta y querían ponerse a sí mismos como meta.

Pero el Señor había suscitado de nuevo a personas que se habían dejado impulsar por la nostalgia de la meta, orientando su vida. El impulso hacia la fe cristiana y el inicio de la Iglesia de Jesucristo ha sido posible, porque existían en Israel personas con un corazón en búsqueda --personas que no se acomodaron a la rutina, sino que escrutaron a lo lejos en búsqueda de algo más grande: Zacarías, Isabel, Simeón, Ana, María y José, los Doce y muchos otros. Dado que sus corazones estaban en actitud de espera, podían reconocer en Jesucristo a quien Dios había mandado y ser así el inicio de su familia universal.

La Iglesia de las gentes pudo realizarse porque tanto en el área del Mediterráneo como en Asia, a donde llegaban los mensajeros de Jesucristo, había personas a la espera que no se conformaban con lo que hacían y pensaban todos, sino que buscaban la estrella que podía indicarles el camino hacia la Verdad misma, hacia el Dios vivo.

Necesitamos este corazón inquieto y abierto. Es el centro de una peregrinación. También hoy no basta ser y pensar como todos los demás. El proyecto de nuestra vida va más allá. Nosotros tenemos necesidad de Dios, de ese Dios que nos ha mostrado su rostro y abierto su corazón, Jesucristo. Juan, con razón, afirma que «Él es el Hijo único, que está en el seno del Padre» (Juan 1,18); así sólo Él, desde lo íntimo de Dios mismo, podía revelarnos a Dios, y revelarnos quiénes somos nosotros, de dónde venimos y hacia dónde vamos.

Ciertamente existen numerosas grandes personalidades en la historia que han hecho bellas y conmovedoras experiencias de Dios. Se quedan, sin embargo, en experiencias humanas con su límite humano. Sólo Él es Dios y por ello sólo Él es el puente, que pone en contacto inmediato a Dios con el hombre. Ahora bien, si nosotros le consideramos como el único Mediador de la salvación válido para todos, que afecta a todos y del cual, en definitiva, todos tienen necesidad, esto no significa de ninguna manera que despreciemos a las otras religiones ni que seamos soberbios de pensamiento, sino únicamente que hemos sido conquistados por quien interiormente nos ha tocado y nos ha colmado de dones para que a la vez podamos entregarlos a los demás. De hecho, nuestra fe se opone decididamente a la resignación que considera al hombre incapaz de la verdad, como si ésta fuera demasiado grande para él.

Según mi convicción, esta resignación ante la verdad es el origen de la crisis de occidente, de Europa. Si para el hombre no existe una verdad, en el fondo, no puede ni siquiera distinguir entre el bien y el mal. Entonces los grandes y maravillosos conocimientos de la ciencia se hacen ambiguos: pueden abrir perspectivas importantes para el bien, para la salvación del hombre, pero también --y lo vemos-- pueden convertirse en una terrible amenaza, en la destrucción del hombre y del mundo.

Necesitamos la verdad. Pero claro, a causa de nuestra historia, tenemos miedo de que la fe en la verdad comporte intolerancia. Si este miedo, que tiene sus buenas razones históricas, nos asalta, es tiempo de contemplar a Jesús como lo vemos aquí, en el santuario de Mariazell. Lo vemos en dos imágenes: como niño en brazos de su Madre y sobre el altar principal de la basílica, crucificado.

Estas dos imágenes nos dicen: la verdad no se afirma mediante un poder externo sino que es humilde y sólo es aceptada por el hombre a través de su fuerza interior: el hecho de ser verdadera. La verdad se demuestra a sí misma en el amor. Nunca es propiedad nuestra, no es un producto nuestro, como tampoco es posible producir el amor, sino que sólo se puede recibir y transmitir como don. Necesitamos esta fuerza interior de la verdad. Como cristianos, nos fiamos de esta fuerza de la verdad. Somos testigos de ella. Tenemos que entregarla como la hemos recibido, tal y como se nos ha entregado.

«Mirar a Cristo» es el lema de este día. Esta invitación, para el hombre que busca, se transforma siempre en una espontánea petición, una petición dirigida en particular a María, que nos ha dado a Cristo como Hijo suyo: «¡Muéstranos a Jesús!». Rezamos hoy así con todo el corazón; rezamos así también no sólo en este momento, interiormente, en la búsqueda del Rostro de Redentor. «¡Muéstranos a Jesús!». María responde, presentándonoslo ante todo como niño. Dios se ha hecho pequeño por nosotros. Dios no viene con una fuerza exterior, sino que viene con la impotencia de su amor, que es lo que constituye su fuerza. Se pone en nuestras manos. Pide nuestro amor. Nos invita a hacernos pequeños, a descender de nuestros altos tronos y aprender a ser niños ante Dios. Nos ofrece el Tú. Nos pide que nos fiemos de Él y que aprendamos de ese modo a vivir en la verdad y en el amor.ç

El niño Jesús nos recuerda naturalmente también a todos los niños del mundo, a través de los cuales quiere salir al paso: los niños que viven en la pobreza; que son explotados como soldados; que no han podido experimentar nunca el amor de sus padres; los niños enfermos y los que sufren, pero también en aquellos alegres y sanos. Europa se ha empobrecido de niños: queremos todo para nosotros mismos, y tal vez no nos fiamos demasiado del futuro. Pero la tierra carecerá de futuro si se apagan las fuerzas del corazón humano y de la razón iluminada por el corazón, cuando el rostro de Dios deje de lucir sobre la tierra. Allí donde está Dios, allí hay futuro.

«Mirar a Cristo»: volvamos a dirigir brevemente la mirada al Crucificado sobre el altar mayor. Dios no ha redimido al mundo con la espada, sino con la Cruz. Muriendo, Jesús extiende los brazos. Este es ante todo el gesto de la Pasión, en la que se deja clavar por nosotros, para darnos su vida. Pero los brazos extendidos son al mismo tiempo la actitud del orante, una posición que el sacerdote asume cuando, en la oración, extiende los brazos: Jesús ha transformado la pasión --su sufrimiento y su muerte-- en oración, en un acto de amor a Dios y a los hombres. Por este motivo, los brazos extendidos son también un gesto de abrazo, con el que quiere atraernos hacia sí, abrazarnos en su amor. De este modo, es imagen del Dios vivo, es Dios mismo, y a Él podemos encomendarnos.

«Mirar a Cristo». Si lo hacemos, nos damos cuenta de que el cristianismo es más y algo distinto que un sistema moral, una serie de preceptos y leyes. Es el don de una amistad que perdura en la vida y en la muerte: «No os llamo siervos sino amigos» (Juan 15,15) dice el Señor a los suyos. Nos encomendamos a esta amistad. Pero, precisamente por el hecho de que el cristianismo es más que una moral, al ser el don de la amistad, implica una gran fuerza moral que tanto necesitamos, ante los desafíos de nuestro tiempo. Si con Jesucristo y con su Iglesia volvemos a leer de manera siempre nueva el Decálogo del Sinaí, penetrando en sus profundidades, entonces éste se nos revela como una gran enseñanza.

Es ante todo un «sí» a Dios, a un Dios que nos ama y nos guía, que nos apoya y que además nos deja nuestra libertad, es más, la transforma en verdadera libertad (los primeros tres mandamientos).ç

Es un «sí» a la familia (cuarto mandamiento), un «sí» a la vida (quinto mandamiento), un «sí» a un amor responsable (sexto mandamiento), un «sí» a la solidaridad, a la responsabilidad social y a la justicia (séptimo mandamiento) un «sí» a la verdad (octavo mandamiento), y un «sí» al respeto del prójimo y a aquello que le pertenece (noveno y décimo mandamiento). En virtud de la fuerza de nuestra amistad con el Dios viviente, nosotros vivimos este múltiple «sí», y al mismo tiempo lo llevamos como indicador del recorrido por nuestro mundo en esta hora.

«¡Muéstranos a Jesús!». Con esta petición a la Madre del Señor nos hemos puesto en camino hacia este lugar. Esta misma petición nos acompañará en nuestra vida cotidiana. Y sabemos que María escucha nuestra oración: sí, en cualquier momento, cuando miramos a María, nos muestra a Jesús. De este modo podemos encontrar el camino justo, seguirlo paso a paso, con la gozosa confianza de que ese camino lleva a la luz , a la alegría gozo del Amor eterno. Amén




10,30 Santa misa por el 850° aniversario de la fundación del Santuario de Mariazell en el exterior de la Basílica. Homilía del Santo Padre.

13,30 Almuerzo con los obispos de la Conferencia Episcopal de Austria y con los cardenales y obispos del séquito papal en la residencia pontificia de Mariazell.

16,40 A continuación el Papa se dirigió a pie de la residencia pontificia a la basílica de Mariazell.

16.45 Vísperas marianas con sacerdotes, religiosos, diáconos y seminaristas en la basílica de Marizell. Discurso del Santo Padre.

18,00 El Papa regresó en helicóptero a Viena, a la nunciatura apostólica donde pernoctó.

Domingo, 9 de septiembre de 2007


09,30 Llegada al palacio arzobispal de Viena.

09,45 Procesión del palacio arzobispal a la catedral de San Esteban en Viena.

10,00 Santa misa en el catedral de san Esteban en Viena.

 


 Queridos hermanos y hermanas


“Sine dominico non possumus!” Sin el don del Señor, sin el Día del Señor no podemos vivir: así respondieron en el año 304 algunos cristianos de Abitene en la actual Túnez cuando, sorprendidos en la Celebración eucarística dominical, que estaba prohibida, fueron conducidos ante el juez y se les preguntó por qué, de Domingo, habían celebrado la función religiosa cristiana, a sabiendas que esto era castigado con la muerte. “Sine dominico non possumus“.

En la palabra dominico están enlazados indisolublemente dos significados, cuya unidad debemos de nuevo aprender a percibir. Se encuentra sobretodo el don del Señor – este don es El mismo: el Resucitado, de cuyo contacto y cercanía los cristianos tienen necesidad para ser ellos mismos. Esto, sin embargo, no es sólo un contacto espiritual, interno, subjetivo: el encuentro con el Señor se inscribe en el tiempo a través de un día preciso. Y de esta manera se inscribe en nuestra existencia concreta, corpórea y comunitaria, que es temporalidad.

Da a nuestro tiempo, y por tanto a nuestra vida en su conjunto, un centro, un orden interior. Para aquellos cristianos la Celebración eucarística dominical no era un precepto, sino una necesidad interior. Sin Aquel que sostiene nuestra vida con su amor, la vida misma es vacía. Abandonar o traicionar este centro quitaría a la misma vida su fundamento, su dignidad interior y su belleza.

¿Tiene relevancia esta actitud de los cristianos de entonces también para nosotros cristianos de hoy? Sí, es válida también para nosotros, que tenemos necesidad de una relación que nos sostenga y de orientación y contenido a nuestra vida. También nosotros tenemos necesidad del contacto con el Resucitado, que nos sostiene más allá de la muerte. Tenemos necesidad de este encuentro que nos reúne, que nos dona un espacio de libertad, que nos hace mirar más allá del activismo de la vida diaria hacia el amor creador de Dios, del cual provenimos y hacia el cual vamos en camino.

Si volvemos con atención al pasaje evangélico de hoy, y escuchamos al Señor que en él nos habla, nos asustamos. “Quien no renuncia a toda su propiedad y no busca también todos los lazos familiares, no puede ser mi discípulo”. “ Quisiéramos objetar: ¿pero qué cosa estas diciendo, Señor? ¿Acaso el mundo no tiene necesidad justamente de la familia? ¿Acaso no tiene necesidad del amor paterno y materno, del amor entre padres e hijos, entre el hombre y la mujer?

¿Acaso no tenemos necesidad del amor de la vida, necesidad de la alegría de vivir? ¿Acaso no son necesarias también personas que inviertan en los bienes de este mundo y construyan la tierra que nos ha sido dada, de modo que todos puedan participar de sus dones? ¿Acaso no nos ha sido confiada también la tarea de proveer al desarrollo de la tierra y de sus bienes? Si escuchamos mejor al Señor y lo escuchamos en el conjunto de todo aquello que El nos dice, entonces comprendemos que Jesús no exige de todos la misma cosa. Cada uno tiene su tarea personal y el tipo de seguimiento proyectado para él.

En el Evangelio de hoy, Jesús habla directamente de aquello que no es tarea de los muchos que se habían unido a El durante la peregrinación hacia Jerusalén, sino que es una llamada particular para los Doce (apóstoles). Ellos, antes que nada, deben superar el escándalo de la Cruz y luego deben estar preparados para dejar verdaderamente todo y aceptar la misión aparentemente absurda de ir hasta los confines de la tierra y, con su escasa cultura, anunciar a un mundo lleno de presunta erudición y de formación ficticia o verdadera – y en particular también a los pobres y a los sencillos- el Evangelio de Jesucristo. Deben estar preparados, sobre su camino en la vastedad del mundo, para sufrir en primera persona el martirio, y

así dar testimonio del Evangelio del Señor crucificado y resucitado. Si la palabra de Jesús esta dirigida principalmente a los Doce, su llamada naturalmente alcanza, más allá del momento histórico, todos los siglos. En todos los tiempos El llama a las personas a contar exclusivamente con El, a dejar todo lo demás y a estar totalmente a su disposición y de este modo a disposición de los demás: a crear oasis de amor desinteresado en un mundo, en el cual tantas veces parecen contar solamente el poder y el dinero. ¡Agradecemos al Señor, porque en todos los siglos nos ha donado hombres y mujeres que por amor suyo han dejado todo lo demás, haciéndose signos luminosos de su amor!

¡Basta pensar en personas como San Benito y Escolástica, como Francisco y Clara, Isabel de Hungría y Eduviges de Polonia, como Ignacio de Loyola, Teresa de Ávila hasta Madre Teresa de Calcuta y Padre Pío! Estas personas, con toda su vida, se han convertido en una interpretación de la palabra de Jesús, que en ellos se hace cercana y comprensiva para nosotros. Oremos al Señor, para que también en nuestro tiempo done a tantas personas el valor de dejarlo todo, para así estar a disposición de todos.

Pero si ahora volvemos al Evangelio, podemos percatarnos de que el Señor no habla solamente de algunos pocos y de su tarea particular; el sentido de aquello que El dice vale para todos. De qué cosa se trata en última instancia, lo expresa una vez más de la siguiente manera: “quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?” (Lc 9, 24s).

Quien quiere solamente poseer la propia vida, tomarla solo para sí mismo, la perderá. Solo quien se entrega recibe su vida. Con otras palabras: solo aquel que ama encuentra la vida. Y el amor requiere siempre el salir de si mismo, requiere abandonarse a sí mismo. Quien mira hacia atrás para buscarse y quiere tener al otro solamente para sí, justamente de este modo pierde a sí mismo y al otro. Sin éste más profundo perderse a sí mismo no hay vida. El inquieto anhelo de vida que hoy no da paz a los hombres acaba en el vacío de la vida perdida. “quien pierda su vida por mí…”, dice el Señor: un dejar a sí mismo, en modo más radical, es posible solo si con ello al final no se cae en el vacío, sino en las manos del Amor eterno.

Solo el amor de Dios, que ha perdido a sí mismo por nosotros entregándose a nosotros, hace posible también para nosotros el ser libres, de dejar perder y así encontrar verdaderamente la vida. Este es el concepto que el Señor quiere comunicarnos en el pasaje evangélico tan aparentemente duro de este Domingo. Con su palabra El nos dona la certeza de que podemos contar con su amor, con el amor de Dios hecho hombre. Reconocer esto es la sabiduría de la cual habla la lectura de hoy. Aquí también vale la afirmación de que de nada sirve todo el saber del mundo, si no aprendemos a vivir, si no aprendemos qué cosa verdaderamente es importante en la vida.

Sine dominico non possumus!”. Sin el Señor y el día que Le pertenece no se realiza una vida bien lograda. El Domingo, en nuestras sociedades occidentales, se ha transformado en un fin de semana, en tiempo libre. El tiempo libre, especialmente en la prisa del mundo moderno, ciertamente es una cosa bella y necesaria. Pero si el tiempo libre no tiene un centro interior, del cual proviene una orientación en su conjunto, acaba por ser tiempo vacío que no nos fortalece y recrea. El tiempo libre necesita de un centro –el encuentro con Aquel que es nuestro origen y nuestra meta. Mi gran predecesor en la sede episcopal de
Munich y Freising, el Cardenal Faulhaber, lo expresó una vez de la siguiente manera: “Da al alma su Domingo, da al Domingo su alma”.

Precisamente porque en el Domingo se trata en profundidad el encuentro, en la Palabra y en el Sacramento, con el Cristo resucitado, el alcance de este día abraza la realidad entera. Los primeros cristianos han celebrado el primer día de la semana como Día del Señor, porque era el día de la resurrección. Sin embargo muy pronto la Iglesia tomó conciencia también del hecho de que el primer día de la semana es el día de la mañana de la creación, el día en el que Dios dijo «Haya luz» (Gn 1,3).

Por esto el Domingo es para la Iglesia también la fiesta semanal de la creación –la fiesta del agradecimiento y de la alegría por la creación de Dios. En una época, en la cual, a causa de nuestras intervenciones humanas, la creación parece expuesta a múltiples peligros, tendríamos que acoger conscientemente inclusive esta dimensión del Domingo. Para la Iglesia primitiva, el primer día, después, ha asimilado progresivamente también la herencia del séptimo día, el šabbat. Participamos en el reposo de Dios, un reposo que abraza a todos los hombres. Así percibimos en este día un poco de la libertad y de la igualdad de todas las creaturas de Dios.

En la oración de este Domingo recordamos principalmente que Dios, mediante su Hijo, nos ha redimido y adoptado como hijos amados. Luego le pedimos que mire con benevolencia a los creyentes en Cristo y que nos done la verdadera libertad y la vida eterna. Rezamos por la mirada de bondad de Dios. Nosotros mismos tenemos necesidad de esta mirada de bondad, más allá del Domingo, hasta la vida de cada día. Al orar sabemos que esta mirada ya nos ha sido donada, es más, sabemos que Dios nos ha adoptado como hijos, nos ha acogido verdaderamente en la comunión consigo mismo.

Ser hijo significa – lo sabía muy bien la Iglesia primitiva- ser una persona libre, no un siervo, sino uno que pertenece personalmente a la familia. Y significa ser heredero. Si nosotros pertenecemos a aquél Dios que es el poder sobre todo poder, entonces no tememos y somos libres. Y somos herederos. La herencia que El nos ha dejado es El mismo, su Amor. Sí, Señor, haz que este conocimiento nos penetre profundamente en el alma y que así aprendamos el gozo de los redimidos. Amén.


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14,00 El Papa viajó del palacio arzobispal a la nunciatura apostólica de Viena.

16,30 Visita a la Abadía de Hailigenkreuz.

17,30 Llegada al Wiener Konzerthaus: encuentro con el mundo del voluntariado. Discurso del Santo Padre.

19,15 Ceremonia de despedida en el aeropuerto internacional de Viena-Schwechat. Palabras de despedida del Santo Padre.

19,45 Salida en avión del aeropuerto de Viena-Schwechat hacia Roma.

21,30 Llegada al aeropuerto de Roma-Ciampino.






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