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--------Pan, amor y energía

 

«Sacramento de amor»: así ha titulado el Papa alemán la carta apostólica sobre la eucaristía, resultado del sínodo de obispos celebrado en Roma en octubre de 2005. Era una reunión convocada por Juan Pablo II para que toda la Iglesia reflexionara sobre lo que es «su centro y su cumbre».

Ahí esta Jesús: la Eucaristía es el mismo Cristo que «hace la Iglesia», había escrito el anterior Papa.

Ahora, como fruto maduro, sale esta exhortación apostólica en continuidad con la primera y última encíclica de Benedicto XVI, titulada significativamente Dios es amor. Había hablado ya ahí de la Eucaristía como la máxima manifestación de amor por parte de Jesús (1).

Las propuestas del sínodo ya habían sido publicadas en internet, a petición del propio Papa Ratzinger, por lo que no ha habido grandes sorpresas. Se trata de aplicar lo ya dicho por el Vaticano II, se insiste allí.

La primera parte es teológica, y ahí se establecen los principales fundamentos: la Eucaristía y la Trinidad (con un apartado sobre el Espíritu Santo, en sintonía con la teología elaborada por los ortodoxos), y la relación entre el «sacramento del amor», la Iglesia y los demás sacramentos.

La Eucaristía está vinculado a todos ellos –es su cumbre–, y de un modo particular con el Bautismo y la Penitencia (2). Es el sacramento de los elegidos y purificados.

Por eso también (por la alta dignidad del mayor de los sacramentos) sólo deben recibir la comunión los que se encuentren en íntima comunión con la Iglesia y quienes tengan las mejores disposiciones.

Así, por ejemplo –se afirma, tal como ha enseñado siempre la Iglesia– no se encuentran de momento en esta situación los cristianos de otras confesiones (anglicanos o protestantes, por ejemplo) o los católicos divorciados que se han vuelto a casar.

Sí que pueden y deben –recuerda el documento– asistir a la eucaristía, escuchar la palabra y reforzar su unión con Jesucristo por medio de la oración personal (3).

 

 

La segunda parte se refiere a la belleza de la liturgia. Alude ahí al ars celebrandi: el ministro debe celebrar con elegancia y sin improvisaciones, a la vez que ha de dejar que el arte y la música realcen el misterio (4) .

Los demás cristianos participarán de modo activo en la celebración –como indica el Vaticano II–, y de modo especial en su interior. También aquí la procesión va sobre todo por dentro… (5)

Más debatido ha sido el uso del latín en la misa. En el documento se afirma que la globalización podría volver a hacer útil celebrar misas en el idioma oficial de la Iglesia. ¿En qué lengua se puede celebrar la Eucaristía en un aeropuerto, en una zona turística o en una gran reunión internacional? (6)

La Eucaristía debe ser entendida por todos, pues es siempre para todos, también –se añade ahí– para los enfermos, los presos y los inmigrantes, a los que hay que facilitarles el acceso a este tesoro que custodia la Iglesia (7).

 

Por último, se recuerda la importancia de la Eucaristía para el mundo. Está también en el corazón del trabajo, de la familia y de la vida social.

 

Ha de servir siempre para mejorar y transformar el mundo, y su acción en él es como una especie de «fisión nuclear» que lo renueva y lo hace santo (8).

Santificar el mundo es llevarlo a la Eucaristía. Por eso ésta tiene de igual modo una dimensión social, que lleva no solo a santificar el domingo sino también a preocuparse por los pobres y necesitados (9).

 

Con la Eucaristía, los grandes santos –como Teresa de Calcuta– han cambiado el mundo. Es una presencia silenciosa y efectiva.

Es una auténtica energía limpia y poderosa que mueve a la Iglesia, a los cristianos y al mundo entero.

Benedicto XVI nos invita ahora a redescubrirla y a sacarle su máximo rendimiento.

 

Pablo Blanco Sarto

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1. Cf. Carta encíclica Deus caritas est (25.1.2005), n. 13.

2. Cf. Exhortación apostólica Sacramentum charitatis (22.2.2007), nn.17-20.

3. Cf. ibid., nn. 15, 27-30, 56.

4. Cf. ibid., nn. 35-38, 41-42.

5. Cf. ibid., nn. 52-53.

6. Cf. ibid., n. 62.

7. Cf. ibid., nn. 57-60.

8. Cf. ibid., nn. 91-92.

9. Cf. ibid., nn. 72-73, 89-91.