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9 de mayo: llegada de Benedicto XVI en Brasil

Discurso del Santo Padre

 


«Me siento muy feliz de estar aquí -dijo el Papa tras su llegada a Brasil en el Boeing 777 de Alitalia-. Sé que el alma de este pueblo y de toda América Latina custodia valores radicalmente cristianos que jamás serán cancelados. Tengo la certeza que en Aparecida esta identidad será reforzada, promoviendo el respeto de la vida desde el momento de la concepción hasta su declive natural».

Refiriéndose a los brasileños, dijo que Brasil ocupa un lugar muy importante en su corazón, «no sólo porque nació cristiano y posee hoy el mayor número de católicos (155 millones según el Vaticano), sino principalmente porque es una nación rica de potencialidad con una fuerte presencia eclesial (8.000 sacerdotes y 257 obispos) que es motivo de alegría y esperanza para toda la Iglesia».

"Este país deberá servir de cuna -prosiguió para las propuestas que, si Dios quiere, darán un nuevo vigor y un impulso misionero a este continente", agregó Benedicto XVI.

El Santo Padre fue recibido en el aeropuerto por el presidente de la República federal de Brasil, Luiz Inacio Lula da Silva y su esposa Marisa Letizia. Tras la ceremonia de bienvenida, se trasladó en helicóptero hasta "Campo de Marte", en Sao Paulo, donde fue recibido por las autoridades locales.

Recibió ayer las llaves de la ciudad de Sao Paulo de manos del alcalde de la localidad, Gilberto Kassab.

En el Campo de Marte fue recibido por 150 niños y jóvenes, miembros del Proyecto Gurí que, acompañados por la Pastoral de la Infancia de la Archidiócesis de Sao Paulo, cantaron el 'Himno de Acogida' al Papa. Los niños de este Proyecto Gurí proceden de zonas necesitadas de la ciudad. Algunos proceden de familias evangélicas.

Tras recibir las llaves de la ciudad, el Papa abrazó a los niños del coro y subió abordo del 'papamóvil'. Desde allí se dirigió
hasta el monasterio de San Benito. Miles de personas resguardadas con paraguas le esperaban en las calles para darle la bienvenida. Durante su recorrido por las calles del centro de la ciudad, cortadas al tráfico, el Papa, sonriente, saludaba a ambos lados de las ventanillas del automóvil.


Éste es el texto completo del discurso del Papa:

Excelentísimo Señor Presidente de la República

Señores Cardenales y Venerados Hermanos en el Episcopado

¡Queridos Hermanos y Hermanas en Cristo!

1. Es a mí motivo de particular satisfacción iniciar mi Visita Pastoral a Brasil y presentar vuestra Excelencia, en su calidad de Jefe y representante supremo de la grande Nación brasileña, mis agradecimientos por la amable acogida que me fue dispensada. Un agradecimiento que extiendo, con mucho gusto, a los miembros del Gobierno que acompañan Vuestra Excelencia, a las personalidades civiles y militares aquí reunidas y a las autoridades del Estado de São Paulo. En las palabras de bienvenida a mí dirigidas, siento resonar, Señor Presidente, los sentimientos de cariño y amor de todo el Pueblo brasileño para con el Sucesor del Apóstol Pedro.

Saludo fraternalmente en el Señor míos queridos Hermanos en el Episcopado que aquí vinieron a recibirme en nombre de la Iglesia que está en Brasil. Saludo igualmente los sacerdotes, los religiosos y las religiosas, los seminaristas y los legos comprometidos con la obra de evangelización de la Iglesia y con el testimonio de una vida auténticamente cristiana. En fin, dirijo mi afectuoso saludo a todos los brasileños sin distinción, hombres y mujeres, familias, ancianos, enfermos, joven y niños. A todos digo de corazón: ¡Muchas gracias por vuestra generosa hospitalidad!

2. Brasil ocupa un lugar muy especial en el corazón del Papa no solamente porque nació cristiano y posee hoy lo más alto número de católicos, pero sobretodo porque es una nación rica de potencialidades con una presencia eclesial que es motivo de alegría y esperanza para toda la Iglesia. Mi visita, Señor Presidente, tiene un objetivo que sobrepasa las fronteras nacionales: vengo a presidir, en Aparecida, la sesión de apertura de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y Caribeño. Por una providencial manifestación de la bondad del Creador, este país deberá servir de cuna para las propuestas eclesiales que, Dios quiera, podrán dar un nuevo vigor y empuje misionero a este Continente.

3. En esta área geográfica los católicos son la mayoría: esto significa que ellos deben aportar de modo particular al servicio de lo bien común de esta Nación. La solidaridad será, sin duda, palabra llena de contenido cuando las fuerzas vivas de la sociedad, cada cual adentro de su propio ámbito, si empeñan seriamente para construir un porvenir de paz y de esperanza para todos.

La Iglesia Católica –como puse en evidencia en la Encíclica Dios caritas est– "transformada por la fuerza del Espíritu es llamada para ser, en el mundo, testigo del amor del Padre, que quiere hacer de la humanidad una única familia, en su Filho" (cf. 19). De allí su profundo compromiso con la misión evangelizadora, a servicio de la causa de la paz y de la justicia. La decisión, por tanto, de realizar una Conferencia esencialmente misionera, bien refleja la preocupación del episcopado, y no menos mía, de buscar caminos adecuados para que, en Jesucristo, los "nuestros pueblos tengan vida", como reza el tema de la Conferencia. Con esos sentimientos, quiero mirar más allá de las fronteras de este país y saludar todos los pueblos de América Latina y del Caribe anhelando, con las palabras del Apóstol, "Que la paz esté con todos vosotros que estáis en Cristo" (1Pt 5,14).

4. Agradezco, Señor Presidente, a la Divina Providencia que me haya concedido la gracia de visitar a Brasil, un país de grande tradición católica. Ya tuve la oportunidad de referir el motivo principal de mi viaje que tiene un alcance latinoamericano y un carácter esencialmente religioso.

Estoy muy feliz por poder pasar algunos días con los brasileños. Sé que el alma de este Pueblo, bien como de todo el de América Latina, conserva valores radicalmente cristianos que jamás serán cancelados. Y estoy seguro que en Aparecida, durante la Conferencia General del Episcopado, será reforzada tal identidad, al promover lo respeto por la vida, desde su concepción hasta su natural declinación, como exigencia propia de la naturaleza humana; hará también de la promoción de la persona humana el eje de la solidaridad, especialmente con los pobres y desamparados.

La Iglesia quiere apenas indicar los valores morales de cada situación y formar los ciudadanos para que puedan decidir consciente y libremente; en este sentido, no dejará de insistir en el empeño que deberá ser dado para asegurar el fortalecimiento de la familia –como célula madre de la sociedad; de la juventud cuya formación constituye un factor decisivo para el porvenir de una Nación– y, finalmente, pero no por último, defendiendo y promoviendo los valores subyacentes en todos los segmentos de la sociedad, especialmente de los pueblos indígenas.

5. Con estos auspicios, al renovar mis agradecimientos por la calurosa acogida que, como Sucesor de Pedro, soy objeto, invoco la protección materna de Nuestra Señora de la Concepción Aparecida, evocada también como Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de las Américas, para que proteja e inspire los gobernantes en la ardua tarea de ser promotores del bien común, reforzando los lazos de fraternidad cristiana para el bien de todos sus ciudadanos. ¡Dios bendiga América Latina!

¡Dios bendiga al Brasil! Muchas gracias.

 


 

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