Benedicto XVI en Israel

Principales homilías y discursos


Tel Aviv, Lunes 11 de mayo de 2009

Benedicto XVI llegó a las 11,00 hora local (10,00 hora italiana) al aeropuerto Ben Gurion de Tel Aviv (Israel) donde fue recibido por el presidente del Estado de Israel, Shimon Peres y por el primer ministro, Benjamin Netanyahu, además de las autoridades civiles y políticas y los Ordinarios de Tierra Santa.

El Papa agradeció la bienvenida al Estado de Israel, "una tierra -dijo- que para muchos millones de creyentes en todo el mundo es santa; (...) una tierra santificada por los pasos de los patriarcas y los profetas, una tierra que los cristianos veneran especialmente porque fue el lugar de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo (...) Yo, como muchos otros antes, vengo a rezar en los santos lugares, a rezar en especial por la paz, paz aquí en Tierra Santa y en todo el mundo".

La Santa Sede y el Estado de Israel "comparten muchos valores, sobre todo el de dar a la religión el lugar que le corresponde en la vida de la sociedad. La justa ordenación de las relaciones sociales presupone y requiere el respeto de la libertad y la dignidad de todo ser humano que cristianos, musulmanes y judíos creen que ha sido creado por un Dios amoroso y que está destinado a la vida eterna. Cuando la dimensión religiosa de la persona se niega o margina, se tambalean las bases de la justa comprensión de los derechos humanos inalienables".

"Trágicamente, el pueblo judío ha sufrido las terribles consecuencias de las ideologías que niegan la dignidad fundamental de la persona. Es justo y adecuado que, durante mi estancia en Israel, tenga la oportunidad de rendir homenaje a la memoria de los seis millones de judíos víctimas de la Shoah y de rezar para que la humanidad no vuelva a ser testigo de un crimen de magnitud semejante. Tristemente, el antisemitismo sigue levantando su repugnante cabeza en muchas partes del mundo. Es absolutamente inaceptable. Hay que hacer todos los esfuerzos posibles para combatir el antisemitismo en cualquier lugar y para promover el respeto y la estima por los miembros de todo pueblo, tribu, lengua y nación del mundo".

"Durante mi estancia en Jerusalén -prosiguió el pontífice- tendré el placer de encontrar a muchos de sus líderes religiosos. Las tres religiones monoteístas comparten una veneración especial por esa ciudad santa. Espero fervientemente que todos los que peregrinan a los santos lugares accedan a ellos libremente y sin restricciones para tomar parte en las ceremonias religiosas y fomentar la digna conservación de los edificios de culto en los espacios sacros".

Benedicto XVI recordó que aunque el nombre Jerusalén signifique ciudad de paz, "es evidente que durante décadas la paz ha escapado trágicamente de los habitantes de esta tierra santa. Los ojos del mundo están fijos en los pueblos de esta región en su lucha por alcanzar una solución justa y duradera a los conflictos que han causado tantos sufrimientos. Las esperanzas de innumerables hombres, mujeres y niños en un futuro más seguro y estable dependen del resultado de las negociaciones de paz entre israelíes y palestinos".

"Unido a todas las personas de buena voluntad suplico a sus responsables que exploren todos los caminos posibles para resolver con justicia las dificultades pendientes de modo que ambos pueblos vivan en paz en su propia patria con fronteras seguras y reconocidas internacionalmente. A este respecto, espero y rezo para que se cree pronto un clima de mayor confianza que haga posible que las partes progresen realmente en el camino de la paz y la estabilidad".

El Santo Padre finalizó su discurso dirigiéndose a los católicos y recordó que presenciará en Nazaret la conclusión del Año de la Familia. "La familia -dijo- es la primera e indispensable maestra de paz y por lo tanto tiene un papel esencial para sanar las divisiones de la sociedad humana en todos los niveles".

"Hablo ahora a las comunidades cristianas de Tierra Santa: mediante vuestro testimonio fiel de aquel que predicó el perdón y la reconciliación, con vuestro compromiso de defender el carácter sacro de toda vida humana, podéis dar una contribución particular al fin de las hostilidades que han afligido durante tanto tiempo esta tierra. Rezo para que vuestra presencia continua en Israel y en los Territorios Palestinos sea fructuosa para promover la paz y el respeto mutuo entre los pueblos que viven en las tierras de la Biblia".

Finalizada la ceremonia el Papa se desplazó en helicóptero al helipuerto del Monte Scopus en Jerusalén, donde fue recibido por el alcalde Nir Barkat y desde allí se trasladó en automóvil a la delegación apostólica de Jerusalén para el almuerzo.

El Santo Padre realizará esta tarde una visita de cortesía al presidente del Estado de Israel, Shimon Peres, visitará el Memorial de "Yad Vashem" y se encontrará con los miembros de organizaciones para el diálogo interreligioso en el "Notre Dame of Jerusalem Centre".

 

Homilía de la Misa en el Valle de Josafat de Jerusalén



Martes, 12 de mayo de 2009 

Queridos hermanos y hermanas en el Señor.

“Cristo ha resucitado, aleluya”. Con estas palabras les saludo con gran afecto. Agradezco al Patriarca Fouad Twal por sus palabras de bienvenida en nombre de ustedes, y ante todo, expreso también mi alegría de estar aquí para celebrar esta Eucaristía con ustedes, Iglesia en Jerusalén. Nos hemos reunido aquí bajo el Monte de los Olivos, donde nuestro Señor rezó y sufrió, donde lloró por amor a esta ciudad y por el deseo de que ésta pudiera conocer “el camino de la paz” (cfr Lc 19,42), aquí donde él regresó al Padre, dando su última bendición terrena a sus discípulos y a nosotros.

Acojamos hoy esta bendición. Él la dona de manera especial a ustedes, queridos hermanos y hermanas, que están unidos en una ininterrumpida línea con los primeros discípulos que encontraron al Señor Resucitado en el partir el pan, que experimentaron la efusión del Espíritu Santo en el cenáculo, que fueron convertidos por la predicación de San Pedro y de los otros apóstoles. Mis saludos los dirijo también a todos los presentes, y de modo especial a aquellos fieles de la Tierra Santa que por varias razones no han podido estar aquí hoy con nosotros.

Como sucesor de San Pedro, he recorrido sus pasos para proclamar al Señor Resucitado en medio de ustedes, para confirmarlos en la fe de sus padres e invocar sobre ustedes el consuelo que es el don del Paráclito. Encontrándome ante ustedes hoy, deseo reconocer las dificultades, la frustración, la pena y el sufrimiento que tantos de ustedes han soportado como consecuencia de los conflictos que han afligido estas tierras, y también las amargas experiencias de desplazamientos que muchas de sus familias han conocido y – Dios no lo permita- pueden aún conocer.

Espero que mi presencia aquí sea un signo de que ustedes no son olvidados, que su perseverante presencia y testimonio son de hecho preciosos a los ojos de Dios y son una parte del futuro de estas tierras. Justamente a causa de sus profundas raíces en estos lugares, su antigua y fuerte cultura cristiana y su perdurable confianza en las promesas de Dios, ustedes Cristianos de Tierra Santa, están llamados a servir no sólo como un faro de fe para la iglesia universal, sino también como levadura de armonía, sabiduría y equilibrio en la vida de una sociedad que tradicionalmente ha sido, y continúa siendo, pluralista, multiétnica y multireligiosa.

En la segunda lectura de hoy, el Apóstol Pablo pide a los Colosenses que “busquen los bienes del cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios” (Col 3,1). Estas palabras resuenan con particular fuerza aquí, bajo el Jardín del Getsemaní, donde Jesús aceptó el cáliz del sufrimiento en completa obediencia a la voluntad del Padre y donde según la tradición, ascendió a la derecha del Padre para interceder continuamente por nosotros, miembros de su Cuerpo. San Pablo, el gran heraldo de la esperanza cristiana, conoció el precio de ésta esperanza, su costo en sufrimiento y persecución por amor al Evangelio, y nunca vaciló en su convicción de que la resurrección de Cristo era el comienzo de la nueva creación. Como él nos dice a nosotros: “Cuando se manifieste Cristo, que es nuestra vida, entonces ustedes también aparecerán con él, llenos de gloria” (Col 3,4)!

La exhortación de pablo de “buscar los bienes del cielo” debe continuamente resonar en nuestros corazones. Sus palabras nos indican el cumplimiento de la visión de fe en esa celeste Jerusalén donde, en conformidad con las antiguas profecías, Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros y preparará un banquete de salvación para todos los pueblos” (cfr Is 25,6-8; Hc 21,2-4).

Ésta es la esperanza, esta es la visión que impulsa a todos aquellos que amamos esta Jerusalén terrestre a verla como una profecía y una promesa de aquella reconciliación universal y paz que Dios desea para toda la familia humana. Lamentablemente, bajo los muros de esta misma Ciudad, somos también llevados a considerar cuán lejos esta nuestro mundo del cumplimiento de aquella profecía y promesa.

En esta Ciudad Santa donde la vida ha vencido a la muerte, donde el Espíritu ha sido infundido como primer fruto de la nueva creación, la esperanza continua combatiendo la desesperación, la frustración y el cinismo, mientras la paz, que es don y llamada de Dios, continua siendo amenazada por el egoísmo, por el conflicto, por la división y por el peso de las ofensas del pasado. Por esta razón, la comunidad cristiana en esta Ciudad que ha visto la resurrección de Cristo y la efusión del Espíritu debe hacer todo lo posible por conservar la esperanza donada por el Evangelio, teniendo en cuenta el precio de la victoria definitiva de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte, testimoniando la fuerza del perdón y manifestando la naturaleza más profunda de la Iglesia como signo y sacramento de una humanidad reconciliada, renovada y hecha uno en Cristo, el nuevo Adán.

Reunidos bajo los muros de esta ciudad, sagrada para los seguidores de las tres grandes religiones, ¿cómo no podemos dirigir nuestros pensamientos a la universal vocación de Jerusalén? Anunciada por los profetas, esta vocación aparece como un hecho indiscutible, una realidad irrevocable fundada en la historia compleja de esta ciudad y de su pueblo. Judíos, Musulmanes y Cristianos califican juntos esta ciudad como su patria espiritual. ¡Cuánto se necesita hacer todavía para convertirla verdaderamente en una “ciudad de la paz” para todos los pueblos, donde todos puedan venir en peregrinación en la búsqueda de Dios, y escuchar su voz, “una voz que habla de paz” (cf. Sal 85,8)!

Jerusalén en realidad ha sido siempre una ciudad en la cual resuenan lenguas diversas, cuyas piedras son pisadas por pueblos de toda raza y lengua, cuyos muros son símbolo del cuidado providente de Dios para toda la familia humana. Como un microcosmos de nuestro mundo globalizado, esta Ciudad, debe vivir su vocación universal, debe ser un lugar que enseñe la universalidad, el respeto por los otros, el diálogo y la mutua compresión; un lugar donde el prejuicio, la ignorancia y el miedo que la alimenta, sean superados por la honestidad, la integridad y la búsqueda de la paz.

No debería haber lugar entre estos muros para la mezquindad, la discriminación, la violencia y la injusticia. Los creyentes en un Dios de misericordia –se califiquen como Judíos, Cristianos o Musulmanes-, deben ser los primeros en promover esta cultura de la reconciliación y de la paz, por cuanto pueda ser lento el proceso y grave el peso de los recuerdos pasados.

Quisiera aquí referirme directamente a la trágica realidad –que no puede nunca dejar de ser fuente de preocupaciones para todos aquellos que aman esta Ciudad y esta tierra- de la partida de numerosos miembros de la comunidad cristiana en los tiempos recientes. Si bien razones comprensibles llevan a muchos, especialmente jóvenes, a emigrar, esta decisión trae consigo como consecuencia un gran empobrecimiento cultural y espiritual de la ciudad. Deseo hoy repetir cuanto he dicho en otras ocasiones: ¡en la Tierra Santa hay lugar para todos! Mientras exhorto a las autoridades a respetar y sostener la presencia cristiana aquí, deseo al mismo tiempo asegurarles la solidaridad, el amor y el sostén de toda la Iglesia y de la Santa Sede.

Queridos amigos, en el Evangelio que apenas hemos escuchado, San Pedro y San Juan corren hacia la tumba vacía, y Juan nos ha dicho, “él vio y creyó”(Jn 20,8). Aquí en tierra Santa, con los ojos de la fe, ustedes junto a los peregrinos de todas partes del mundo que llenan las iglesias y los santuarios, son bendecidos al ver los lugares santificados por la presencia de Cristo, por su ministerio terreno, por su pasión, muerte y resurrección y por el don de su Santo Espíritu. Aquí como al apóstol Tomás, les es concedida la oportunidad de “tocar” las realidades históricas que están en la base de nuestra confesión de fe en el Hijo de Dios. Mi oración por ustedes hoy es que continúen, día a día, a “ver y creer” en los signos de la providencia de Dios de su inagotable misericordia, a “escuchar” con renovada fe y esperanza, las consoladoras palabras de la predicación apostólica y a “tocar” las fuentes de la gracia de los sacramentos y encarnar por los otros la promesa de nuevos inicios, la libertad nacida del perdón, la luz interior y la paz que pueden llevar salvación y esperanza también en las más oscuras realidades humanas.

En la iglesia del Santo sepulcro, los peregrinos de cada siglo han venerado la piedra que la tradición nos dice que estaba en la entrada de la tumba la mañana de la resurrección de Cristo. Regresemos frecuentemente a esta tumba vacía. Reafirmemos allí nuestra fe en la victoria de la vida, y oremos para que cada “piedra pesada” colocada en la puerta de nuestros corazones, bloqueando nuestra completa entrega al Señor en la fe, a la esperanza y el amor por el Señor, pueda ser eliminada por la fuerza de la luz y de la vida que, desde el amanecer de la pascua, resplandecen desde Jerusalén sobre todo el mundo. ¡Cristo ha resucitado, aleluya! ¡Verdaderamente ha resucitado, Aleluya!

 



Discurso de Benedicto XVI en el Cenáculo (lugar de la última cena y de Pentecostés) 

Martes, 12 de mayo de 2009

Queridos Hermanos Obispos, Querido Padre Custodio,

Es con gran alegría que les saludo, Ordinarios de la Tierra Santa, en este Cenáculo donde, según la tradición, el Señor abrió su corazón a los discípulos elegidos por El y celebró el Misterio Pascual, y donde el Espíritu Santo el día de Pentecostés inspiró a los primeros discípulos a salir y a predicar la Buena Nueva. Agradezco al Padre Pizzaballa por sus calurosas palabras de bienvenida que me ha dirigido a nombre de ustedes.

Ustedes representan a las comunidades católicas de la Tierra Santa que, en su fe y devoción, son como las velas encendidas que iluminan los lugares santos cristianos, honrado un tiempo por la presencia de Jesús, nuestro Señor viviente. Este privilegio particular les da a ustedes y a su pueblo un puesto especial en el afecto de mi corazón como Sucesor de Pedro.

“Sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). El Cenáculo recuerda la Ultima Cena de nuestro Señor con Pedro y los otros Apóstoles e invita a la Iglesia a una orante contemplación. Con este estado de ánimo nos encontramos juntos, el Sucesor de Pedro con los Sucesores de los Apóstoles, en este mismo lugar donde Jesús reveló en la ofrenda de su cuerpo y de su sangre las nuevas profundidades de la alianza de amor establecida entre Dios y su pueblo.

En el Cenáculo el misterio de gracia y de salvación, del que somos destinatarios y también heraldos y ministros, puede ser expresado solamente en términos de amor. Porque El nos ha amado primero y continúa amándonos, podemos responder con el amor (cf. Deus caritas est, 2). Nuestra vida como cristianos no es simplemente un esfuerzo humano de vivir las exigencias del Evangelio impuestas a nosotros como deberes. En la Eucaristía somos introducidos dentro del misterio del amor divino. Nuestras vidas se convierten en una aceptación grata, dócil y activa del poder de un amor que nos es donado.

Este amor transformante, que es gracia y verdad (cf. Jn 1,17), nos invita, como individuos y como comunidad, a superar las tentaciones de replegarnos sobre nosotros mismos en el egoísmo o en la indolencia, en el aislamiento, en el prejuicio o en el miedo, y a donarnos generosamente en el Señor a los demás. Nos lleva como comunidad cristiana a ser fieles a nuestra misión con franqueza y valor (cf. Hc 4,13). En el Buen Pastor que da su vida por el rebaño, en el Maestro que lava los pies a sus discípulos, ustedes, mis queridos Hermanos, encuentran el modelo de su mismo ministerio en el servicio a nuestro Dios que promueve amor y comunión.

La invitación a la comunión de mente y corazón, así estrechamente unida al mandamiento del amor, y con el papel central unificador de la Eucaristía en nuestras vidas, es de especial relevancia en la Tierra Santa. Las diversas Iglesias cristianas que aquí se encuentran representan un rico y variado patrimonio espiritual y son un signo de las múltiples formas de interacción entre el Evangelio y las diversas culturas. Ellas nos recuerdan también que la misión de la Iglesia es predicar el amor universal de Dios y de reunir de lejos y de cerca de todos aquellos que son llamados por El, de manera que, con sus tradiciones y sus talentos, formen una única familia de Dios.

Un nuevo impulso espiritual hacia la comunión en la diversidad en la Iglesia Católica y una nueva conciencia ecuménica han signado nuestro tiempo, especialmente a partir del Concilio Vaticano II. El Espíritu conduce dulcemente nuestros corazones hacia la humildad y la paz, hacia la aceptación recíproca, la comprensión y la cooperación. Esta disposición interior a la unidad bajo el impulso del Espíritu Santo es decisiva para que los Cristianos puedan realizar su misión en el mundo (cf. Jn 17,21).

En la medida en que el don del amor es aceptado y crece en la Iglesia, la presencia cristiana en Tierra Santa y en las regiones vecinas será más vibrante. Esta presencia es de importancia vital para el bien de la sociedad en su conjunto. Las palabras claras de Jesús sobre la íntima unión entre el amor de Dios y el amor al prójimo, sobre la misericordia y sobre la compasión, sobre la humildad, la paz y el perdón son una levadura capaz de transformar los corazones y plasmar las acciones. Los Cristianos en Oriente Medio, junto a las otras personas de buena voluntad, están contribuyendo, como ciudadanos leales y responsables, no obstante las dificultades y restricciones, en la promoción y la consolidación de un clima de paz en la diversidad. Me gusta repetirles a ellos aquello que afirmé en el Mensaje de Navidad del 2006 a los católicos en el Oriente Medio: “Expreso con afecto mi personal cercanía en esta situación de inseguridad humana, de sufrimiento cotidiano, de miedo y desesperanza que están viviendo. Repito a sus comunidades las palabras del Redentor: ‘No temas, pequeño rebaño, porque a su Padre le ha parecido bien darles el Reino’ (Lc 12,32)” (Mensaje de Navidad de Su Santidad el Papa Benedicto XVI a los católicos que viven en la Región del Oriente Medio, 21 de diciembre de 2006).

Queridos Hermanos Obispos, cuenten con mi apoyo y estímulo para hacer todo lo que está en su poder para poder ayudar a nuestros hermanos y hermanas Cristianos a permanecer y a afirmarse aquí en la tierra de sus antepasados y ser mensajeros y promotores de paz. Aprecio sus esfuerzos de ofrecerles, como a ciudadanos maduros y responsables, asistencia espiritual, valores y principios que les ayuden a desenvolver su papel en la sociedad. Mediante la educación, la preparación profesional y otras iniciativas sociales y económicas su condición podrá ser sostenida y mejorada.

De mi parte, renuevo mi llamado a los hermanos y hermanas de todo el mundo a sostener y a recordar en sus oraciones a las comunidades cristianas de la Tierra Santa y del Oriente Medio. En este contexto deseo expresar mi consideración por el servicio ofrecido a muchos peregrinos y visitantes que vienen a Tierra Santa en búsqueda de inspiración y renovación sobre las huellas de Jesús. La historia del Evangelio, contemplada en su ambiente histórico y geográfico, se convierte en viva y rica de color, y se obtiene una comprensión más clara del significado de las palabras y gestos del Señor.

Muchas experiencias memorables de peregrinos de la Tierra Santa han sido posibles gracias a la hospitalidad y la guía fraterna de ustedes, especialmente de los Hermanos Franciscanos de la Custodia. Por este servicio, quisiera asegurarles el aprecio y la gratitud de la Iglesia Universal y expreso el deseo que, en el futuro, peregrinos en número aún mayor vengan aquí de visita.

Queridos Hermanos, al dirigir juntos nuestra gozosa oración a Maria, Reina del Cielo, pongamos con confianza en sus manos el bienestar y la renovación espiritual de todos los Cristianos en Tierra Santa, de modo que, bajo la guía de sus Pastores, puedan crecer en la fe, en la esperanza y en la caridad, y perseveren en su misión de promotores de comunión y de paz.

 

 



La oración Benedicto XVI en el muro de las lamentaciones 

“Dios de todos los tiempos,
en mi visita a Jerusalén, la Ciudad de la Paz,
morada espiritual para hebreos, cristianos y musulmanes,
llevo ante Ti los gozos, las esperanzas y las aspiraciones,

las angustias, los sufrimientos y las penas de todo Tu pueblo disperso por el mundo.
Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob,
escucha el grito de los afligidos, de los que tienen miedo, de los desesperados,
manda tu Paz sobre esta Tierra Santa, sobre Medio Oriente,
sobre la entera familia humana; ilumina el corazón de todos aquellos que invocan tu nombre a fin de que quieran caminar humildemente sobre el camino de la justicia y la piedad. Bueno es el Señor con el que espera en Él, con el alma que lo busca (Lam 3,25)”.

 



Benedicto XVI en Jerusalen. Visita a los dos Grandes Rabinos de Jerusalén Centro



Martes, 12 de mayo de 2009

Distinguidos rabinos,

Queridos amigos,

Estoy agradecido por la invitación que me han hecho para visitar Hechal Shlomo y a encontrarme con ustedes durante este viaje a Tierra Santa como obispo de Roma. Agradezco al rabino sefardí Shlomo Amar y al rabino Askenazi Yona Metzger por sus calurosas palabras de bienvenida y por el deseo expresado de continuar fortaleciendo los vínculos de amistad que la Iglesia Católica y el Gran Rabinato se han comprometido diligentemente a avanzar en el último decenio. Sus visitas al Vaticano en el 2003 y el 2005 son un signo de la buena voluntad que caracteriza nuestras crecientes relaciones.

 Distinguidos rabinos, en reciprocidad ante tal actitud les manifiesto mi personal sentimiento de respeto y estima por ustedes y sus comunidades. Les aseguro mi deseo de profundizar la mutua comprensión y cooperación entre la Santa Sede, el Gran Rabinato de Israel y el pueblo judío en todo el mundo.

Un gran motivo de satisfacción para mí desde el inicio de mi pontificado ha sido el fruto producido por el diálogo en curso entre la delegación de la comisión de la Santa Sede para las Relaciones Religiosas con los judíos y la delegación del Gran Rabinato de Israel para las Relaciones con la Iglesia Católica. Deseo agradecer a los miembros de ambas delegaciones por su dedicación y el fatigoso trabajo para perfeccionar esta iniciativa, tan deseada por mi venerado predecesor, el papa Juan Pablo II, como él mismo afirmó en el Gran Jubileo del año 2000.

Nuestro encuentro de hoy es una ocasión muy apropiada para agradecer al Omnipotente por las muchas bendiciones que han acompañado el diálogo conducido por la comisión bilateral, y por mirar con esperanza sus futuras sesiones.

La buena voluntad de los delegados para discutir abierta y pacientemente no los solo los puntos de acuerdo, sino también los puntos de discordancia, ha allanado el camino para lograr una colaboración más efectiva en la vida pública. Judíos y cristianos están interesados por igual en asegurar el respeto por la sacralidad de la vida humana, la centralidad de la familia, una sólida educación de los jóvenes, la libertad de religión y de conciencia para una sociedad sana. Estos temas de diálogo representan solo la fase inicial de aquello que esperamos sea un sólido y progresivo camino hacia una mejorada comprensión recíproca. 

Una indicación del potencial de esta serie de encuentros se ha rápidamente visto en nuestra preocupación compartida de frente al relativismo moral y a las ofensas que ello genera contra la dignidad de la persona humana. En el acercamiento a las más urgentes cuestiones éticas de nuestros días, nuestras dos comunidades se encuentran ante el desafío de comprometer a las personas de buena voluntad a nivel de la razón, añadiendo simultáneamente los fundamentos religiosos que mejor sostienen los perennes valores morales.

Que pueda el diálogo que ha sido iniciado continuar generando ideas de cómo sea posible a los Cristianos y a los judíos trabajar juntos para aumentar la consideración de la sociedad por las contribuciones características de nuestras tradiciones religiosas y éticas. Aquí en Israel los cristianos, desde el momento en que constituyen solamente una pequeña parte de la población total, valoran de modo particular las oportunidades de diálogo con sus vecinos hebreos.

La confianza es, innegablemente, un elemento esencial para un diálogo efectivo. Hoy tengo la oportunidad de repetir que la Iglesia Católica está irrevocablemente comprometida en el camino decidido en el Concilio Vaticano II para una auténtica y duradera reconciliación entre cristianos y judíos. Como la Declaración Nostra Aetate ha aclarado, la Iglesia continúa a valorizar el común patrimonio espiritual a los Cristianos y Hebreos, y desea una cada vez más profunda y mutua comprensión y estima, tanto mediante los estudios bíblicos y teológicos, como mediante los diálogos fraternos. ¡Que los siete encuentros de la comisión bilateral que ya han tenido lugar entre la Santa Sede y el Gran Rabinato puedan constituir una prueba! Soy reconociente de su compartida afirmación que la amistad entre la Iglesia Católica y el Gran Rabinato continuará a crecer en el respeto y comprensión.


Amigos míos, expreso una vez más mi profunda consideración por la bienvenida que me han dirigido hoy. Que nuestra amistad se siga poniendo como ejemplo de confianza en el diálogo para los judíos y cristianos de todo el mundo. Mirando los resultados alcanzados hasta ahora, y extrayendo nuestra inspiración de las Sagradas Escrituras, que podamos apuntar con confianza a una siempre más convencida cooperación entre nuestras comunidades – junto con todas las personas de buena voluntad – en condenar el odio y la opresión en todo el mundo. Oro a Dios, que escruta nuestros corazones y conoce nuestros pensamientos (Sal 139,23), para que continúe iluminándonos con su sabiduría, y así podamos seguir sus mandamientos de amarlo con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas (cf. Dt 6,5) y amar al prójimo como a nosotros mismos (Lv 19,18).

¡Gracias!


Discurso en el Hospital Infantil de Cáritas en Belén


Miércoles, 13 de mayo de 2009

Queridos amigos: Os saludo cariñosamente en el nombre de nuestro Señor Jesucristo"que murió, resucitó de entre los muertos, y ahora está sentado a la diestra de Dios para interceder por nosotros" (cf. Rom 8:34). Que la fe en su resurrección y su promesa de nueva vida a través de Bautismo llene vuestros corazones de alegría en este tiempo de Pascua!

Agradezco la cálida bienvenida que me da en nombre vuestro el Padre Michael Schweiger, Kinderhilfe Presidente de la Asociación, el Sr. Ernesto Langensand, que concluye ahora su mandato como Jefe Administrador del Caritas Baby Hospital, y la Madre Erika Nobs, Superior de este de la comunidad local de las Hermanas Franciscanas de Padua. También saludo cordialmente al Arzobispo Robert Zollitsch, y al obispo Kurt Koch, en representación, respectivamente, de las Conferencias Episcopales de Alemania y de Suiza, que contribuyen a la misión de Caritas Baby Hospital con su generosa ayuda financiera.

Dios me da la gracia con esta oportunidad para expresar mi reconocimiento a los administradores, médicos, enfermeras y personal de Caritas Baby Hospital por el inestimable servicio que prestan y continuarán prestando a los niños en la región de Belén y de toda Palestina desde hace más de cincuenta años. El padre Ernst Schnydrig fundó esta insitutución con la limpia convicción de que los niños merecen un lugar seguro de todo lo que puede perjudicarles en tiempos y lugares de conflicto. Gracias a la dedicación del Socorro a la Infancia de Belén, esta institución ha seguido siendo un oasis de tranquilidad para los más vulnerables, y ha brillado como un faro de la esperanza de que el amor puede triunfar sobre el odio y la paz sobre la violencia.

A los jóvenes pacientes y a los miembros de sus familias que se benefician de su cuidado, quiero decir sencillamente que "¡el Papa está con vosotros"! Hoy está con vosotros en persona, pero espiritualmente os acompaña cada día en sus pensamientos y oraciones, pidiendo al Todopoderoso que vele por quienes requiere de del cuidado y de la atención.

El Padre Schnydrig describe este lugar como "uno de los pequeños puentes construidos para la paz". Ahora, después de haber pasado de catorce a ochenta camas-cuna, y del cuidado a las necesidades de miles de niños durante cada año, ¡este puente ya no es pequeño! Reúne a personas de diferentes orígenes, lenguas y religiones, en nombre del Reino de Dios, el Reino de la Paz (cf. Rm 14,17). Os animo vivamente a perseverar en vuestra misión de mostrar la caridad a todos los enfermos, los pobres y los débiles.

En esta fiesta de hoy de Nuestra Señora de Fátima, me gustaría concluir, invocando la intercesión de María antes de impartiros mi bendición apostólica a los niños y todos vosotros. Oremos, pues:

María, Salud de los Enfermos, Refugio de pecadores, Madre del Redentor: nos sumamos a las muchas generaciones que te han llamado "Bienaventurados". Escucha a tus hijos a quienes te enconmedamos. Tú prometiste a los tres niños de Fátima que "al final, mi Corazón Inmaculado triunfará". ¡Así será! El amor triunfará sobre el odio, la solidaridad y la paz sobre toda forma de violencia y de división! Que el mandamiento amor que mandó tu Hijo nos enseña a amar a Dios con todo nuestro corazón, fuerza y alma. Qué el Todopoderoso nos muestre su misericordia, nos fortalezca con su poder, y nos llene de sus dones (cf. Lc 1:46-56). Pedimos a tu Hijo Jesús que bendiga a estos niños y a todos los niños que sufren en todo el mundo. Qué reciban la salud del cuerpo, la fuerza de la mente y la paz del alma. Pero sobre todo, que ellos sapan que son amados con un amor que no conoce fronteras o límites: el amor de Cristo que sobrepasa todo entendimiento (cf. Ef 3:19). Amén.

 



Santa Misa en la plaza del Pesebre de Belén, homilía del Santo Padre 

Belén, Miércoles 13 de mayo de 2009


Queridos hermanos y hermanas en Cristo,

Agradezco a Dios Omnipotente por haberme concedido la gracia de venir a Belén, no sólo para venerar el lugar donde nació Cristo, sino también para estar al lado de ustedes, hermanos y hermanas en la fe, en estos Territorios Palestinos. Agradezco al patriarca Fouad Twal los sentimientos que ha expresado a nombre de ustedes, y saludo con afecto a los hermanos Obispos y a todos los sacerdotes, religiosos y fieles laicos que se empeñan cada día para confirmar esta Iglesia local en la fe, en la esperanza, en el amor.

Mi corazón si dirige de manera especial a los peregrinos provenientes de la martirizada Gaza: les pido lleven a sus familias y comunidades mi caluroso abrazo, mis condolencias por las pérdidas, las adversidades y los sufrimientos que han tenido que soportar. Les aseguro mi solidaridad en la inmensa obra de reconstrucción que ahora tienen por delante y mis oraciones para que el embargo sea pronto levantado.

"No teman porque les traigo una gran alegría…Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador” (Lc 2,10-11). El mensaje de la venida de Cristo, venido del cielo mediante la voz de los ángeles, continúa como un eco en esta ciudad, así como hace ecos en las familias, en las casas y en las comunidades del mundo entero. Es una “buena noticia”, dijeron los ángeles, “para todo el pueblo”.

Este mensaje proclama que el Mesías, Hijo de Dios e hijo de David nació “para ustedes”: para ti y para mí, y para todos los hombres y mujeres de todo tiempo y lugar. En el plan de Dios, Belén, “tan pequeña entre los clanes de Judá” (Miq 5,1) se convirtió en un lugar de gloria inmortal: el lugar donde, en la plenitud de los tiempos, Dios eligió hacerse hombre, para terminar el largo reinado del pecado y de la muerte, y para traer vida nueva y abundante a un mundo que se había hecho viejo, cansado, y oprimido por la desesperación.

Para los hombres y mujeres de cada lugar, Belén está asociada el alegre mensaje del renacimiento, de la renovación, de la luz y de la libertad. Y sin embargo aquí, en medio de nosotros, ¡cuán lejano pareciera el cumplimiento de esta magnífica promesa! ¡Cuán distante aparece aquel Reino de amplio dominio y de paz, seguridad, justicia e integridad, que el profeta Isaías había anunciado, según cuanto hemos escuchado en la primera lectura (cfr Is 9,7) y que proclamamos como definitivamente establecido con la venida deJesucristo, Mesías y Rey!

Desde el día de su nacimiento, Jesús fue “un signo de contradicción” (Lc 2,34) y lo continúa siendo, también hoy. El Señor de los ejércitos, cuyos “orígenes son antiguos, desde tiempos remotos” (Miq 5,1), quiso inaugurar su Reino naciendo en esta pequeña ciudad, entrando a nuestro mundo en el silencio y humildad de una gruta, y yaciendo, como un niño necesitado de todo, en un pesebre. Aquí en Belén, en medio de todo tipo de contradicciones, las piedras continúan gritando esta “buena nueva”, el mensaje de redención que esta ciudad, por encima de todas las otras, está llamada a proclamar al mundo.

Aquí, de hecho, de un modo que supera todas las esperanzas y expectativas humanas, Dios se mostró fiel a sus promesas. En el nacimiento de su Hijo, reveló la venida de un Reino de amor: un amor divino que se rebaja para traer la sanación y levantarnos; un amor que se revela en la humillación y la debilidad de la cruz, y que triunfa en la gloriosa resurrección a la nueva vida. Cristo ha traído un Reino que no es de este mundo, sino que es un Reino capaz de cambiar este mundo, pues tiene el poder de cambiar los corazones, de iluminar las mentes y de reforzar la voluntad. Al asumir nuestra carne, con todas sus debilidades, y al transfigurarla con el poder de su Espíritu, Jesús nos llamó a ser testigos de su victoria sobre el pecado y la muerte. Y esto es lo que el mensaje de Belén nos llama a ser: ¡testigos del triunfo del amor de Dios sobre el odio, sobre el egoísmo, sobre el miedo y sobre el rencor que paralizan las relaciones humanas y crean divisiones entre los hermanos que deberían vivir juntos en unidad, destrucción donde los hombres deberían edificar, desesperación donde la esperanza debería florecer!

“En la esperanza hemos sido salvados”, dice el apóstol Pablo (Rom 8,24). Pero afirma -con gran realismo- que la creación continúa con gemidos de parto, así como nosotros, que hemos recibido las primicias del Espíritu, esperamos pacientemente el cumplimiento de nuestra redención (cf. Rom 8,22-24). En la segunda lectura de hoy, Pablo extrae una lección de la Encarnación que es particularmente aplicable a los sufrimientos que ustedes, los predilectos de Dios en Belén, están experimentando: “porque se ha manifestado la gracia de Dios”, nos dice, “que nos enseña a que, renunciando a la impiedad y a las pasiones mundanas, vivamos con sensatez, justicia y piedad en el tiempo presente”, mientras aguardamos la feliz esperanza, el Salvador Cristo Jesús” (Tit 2,11-13).

¿No son éstas, quizás, las virtudes requeridas a hombres y mujeres que viven en la esperanza? En primer lugar, la constante conversión a Cristo que se refleja no sólo sobre nuestras acciones, sino también sobre nuestro modo de razonar: la valentía de abandonar líneas de pensamiento, de acción y de reacción, infructuosas y estériles. También el cultivo de una mentalidad de paz basada en la justicia, en el respeto de los derechos y los deberes de todos, y el compromiso de colaborar por el bien común. Y luego la perseverancia, perseverancia en el bien y en el rechazo del mal. Aquí en Belén una especial perseverancia se pide a los discípulos de Cristo: perseverancia en el testimoniar fielmente la gloria de Dios aquí revelada en el nacimiento de su Hijo, la buena nueva de su paz que descendió desde el cielo para habitar sobre la tierra.

“No tengan miedo”. Este es el mensaje que el Sucesor de San Pedro desea entregarles hoy, haciéndose eco del mensaje de los ángeles y de la consigna que el amado Papa Juan Pablo II les dejó el año del Gran Jubileo del nacimiento de Cristo. Cuenten con las oraciones y con la solidaridad de sus hermanos y hermanas de la Iglesia universal y trabajen en iniciativas concretas para consolidar su presencia y para ofrecer nuevas posibilidades a cuantos tienen la tentación de partir. Sean un puente de diálogo y de colaboración constructiva en la edificación de una cultura de paz que supere el actual nivel de miedo, de agresión y de frustración. Edifiquen sus Iglesias locales haciendo de ellas laboratorios de diálogo, tolerancia y esperanza, así como de solidaridad y de caridad activa.

Por encima de todo, sean testigos del poder de la vida, la nueva vida que nos ha donado Cristo resucitado, la vida que puede iluminar y transformar incluso las más oscuras y desesperadas situaciones humanas. Esta tierra necesita no sólo de nuevas estructuras económicas y comunitarias, sino más importante- podríamos decir- de una nueva infraestructura “espiritual”, capaz de galvanizar las energías de todos los hombres y mujeres de buena voluntad en el servicio de la educación, del desarrollo y de la promoción del bien común. Ustedes tienen los recursos humanos para edificar la cultura de la paz y del respeto recíproco que podrán garantizar un futuro mejor para sus hijos. Esta noble empresa les espera. ¡No tengan miedo!

La antigua basílica de la Natividad, que ha experimentado los vientos de la historia y el peso de los siglos, se yergue ante nosotros cual testimonio de la fe que permanece y triunfa sobre el mundo (cf. 1Jn 5,4). Ningún visitante de Belén puede dejar de notar que en el curso de los siglos la gran puerta que introduce en la casa de Dios se ha hecho cada vez más pequeña. Oremos hoy para que por la gracia de Dios y nuestro compromiso, la puerta que introduce en el misterio del Dios viviente a los hombres, el templo de nuestra comunión en su amor, y la anticipación de un mundo de perenne paz y alegría, se abra cada vez más ampliamente para acoger a cada corazón humano y renovarlo y transformarlo. De este modo, Belén continuará siendo eco del mensaje confiado a los pastores, a nosotros, y a la humanidad: ¡Gloria a Dios!

 



Despedida de Belén y de los territorios palestinos 

Miércoles, 13 de mayo de 2009

Señor Presidente. Queridos amigos: Os doy las gracias por el gran cariño que me han demostrado a lo largo de este día que he pasado con vosotros, aquí en los territorios palestinos. Agradezco al Presidente, el Sr. Mahmoud Abbas, por su hospitalidad y sus palabras de gracia. Es conmovedor para mí escuchar también los testimonios de los residentes que han hablado con nosotros sobre las condiciones de vida en la Ribera Occidental y en Gaza. Os aseguro a todos vosotros que os llevo en mi corazón y en la esperanza de ver la paz y la reconciliación en todas estas atormentadas tierras.

Ha sido realmente un día más memorable. Desde su llegada a Belén en esta mañana, he tenido la alegría de celebrar la Misa, junto con una gran multitud de los fieles en el lugar donde Jesucristo, luz de las naciones y la esperanza del mundo, nació. He visto los cuidados que se prestan a los niños en el Caritas Baby Hospital.

Con angustia, he sido testigo de la situación de los refugiados que, al igual que la Sagrada Familia, han tenido que huir de sus hogares. Y he visto, al lado del campamento y eclipsando la mayor parte de Belén, el muro que invade su territorio, separando vecinos y dividiendo familias.

Aunque los muros pueden ser fácilmente construidos, todos sabemos que no duran para siempre. Pueden también derribarse. En primer lugar, sin embargo, es necesario eliminar los muros que construimos alrededor de nuestros corazones, las barreras que hemos creado en contra de nuestros vecinos. Por eso, en mi partida, quiero hacer un nuevo llamamiento a la apertura y a la generosidad de los espíritus, para que se ponga fin a la intolerancia y la exclusión.

No importa qué pueda parecer que el conflicto está tan profundamente arraigado; siempre hay motivos para la esperanza de que pueda resolverse, de que el paciente y perseverante esfuerzo de quienes trabajan por la paz y la reconciliación dará frutos al final. Mi deseo más sincero para vosotros y para el pueblo de Palestina es que esto sucederá pronto, y que, por fin, se puede disfrutar de la paz, la libertad y la estabilidad, que se ha eludido durante tanto tiempo. 

Estad seguros de que voy a seguir aprovechando todas las oportunidades que tenga para instar a los participantes en las negociaciones de paz a trabajar hacia una solución justa que respete las aspiraciones legítimas de israelíes y palestinos por igual. Como un paso importante en este sentido, la Santa Sede espera que se establezca en breve, en colaboración con la Autoridad Palestina, la Comisión Bilateral Permanente de Trabajo que se previó en el Acuerdo Básico, firmado en el Vaticano el 15 de febrero de 2000 (véase el Acuerdo Básico entre la Santa Sede y la Organización de Liberación de Palestina, el art. 9).

Señor Presidente, queridos amigos, os doy las gracias una vez más, y os encomiendo a la protección del Todopoderoso. Que Dios os mire con amor a cada uno de vosotros, a vuestras familias y a todos vuestros seres queridos. Y que bendiga al pueblo palestino con la paz. 



Homilía de la Misa en Nazaret 

Jueves 14 de mayo de 2009

Queridos hermanos y hermanas

la Anunciación, el lugar que contempló los años escondidos del crecimiento de Jesús en sabiduría, edad y gracia (cfr. Lc 2,52). Agradezco al arzobispo Elias Chacour sus gentiles palabras de bienvenida, y abrazo con el signo de la paz a mis hermanos obispos, sacerdotes, religiosos y todos los fieles de Galilea, que en la diversidad de sus ritos y tradiciones, dan expresión a la universalidad de la Iglesia de Cristo. Saludo con respeto al presidente de Israel que nos honra con su presencia. Deseo dar las gracias de forma especial a cuantos han hecho posible esta celebración, particularmente a quienes han participado en la planificación y construcción de este nuevo teatro este su espléndido panorama de la ciudad. 

Aquí en la ciudad de Jesús, María y José, estamos reunidos para señalar la conclusión del Año de la Familia celebrado por la Iglesia en Tierra Santa. Como signo prometedor del futuro, bendeciré la primera piedra de un Centro Internacional para la Familia, que será construido en Nazaret. Oremos para que este Centro promueva una sólida vida familiar en esta región, ofrezca apoyo y asistencia a las familias en cualquier lugar y las anime en su insustituible misión en la sociedad. 

Además tengo esperanza en que esta etapa de mi peregrinación atraiga la atención de toda la Iglesia hacia esta ciudad de Nazaret. Como dijo el Papa Pablo VI todos necesitamos volver a Nazaret para contemplar siempre de nuevo el silencio y el amor de la Sagrada Familia, modelo de toda vida familiar cristiana.

Aquí, tras el ejemplo de María, José y Jesús, podemos apreciar aún más la santidad de la familia que, en el plan de Dios, se basa sobre la fidelidad de por vida de un hombre y una mujer, consagrada por el pacto conyugal y abierta al don de Dios de nuevas vidas. ¡Cuánta necesidad tienen los hombres y mujeres de nuestro tiempo de reapropiarse de esta verdad fundamental, que está en la base de la sociedad y cuán importante es el testimonio de parejas casadas en base a la formación de conciencias maduras y a la construcción de la civilización del amor!  

En la primera lectura de hoy, tomada del libro del Eclesiástico (Eclo 3,3-7.14-17), la palabra de Dios presenta a la familia como la primera escuela de la sabiduría, una escuela que educa a los propios miembros en la práctica de aquellas virtudes que conducen a la felicidad auténtica y duradera. En el plan de Dios para la familia, el amor del marido y la mujer produce el fruto de nuevas vidas, y encuentra su expresión cotidiana en los esfuerzos amorosos de los padres para asegurar una formación integral humana y espiritual para sus hijos.

En la familia cada persona, se trate del niño más pequeño o del familiar más anciano, es valorada por lo que es en sí misma, y no simplemente como un medio para otros fines. Aquí empezamos a observar algunos de los papeles esenciales de la familia como primera piedra de la construcción de una sociedad bien ordenada y acogedora. Además alcanzamos a apreciar, dentro de la sociedad más amplia, el papel del Estado llamado a sostener a las familias en su misión educadora, a proteger la institución de la familia y sus derechos inherentes, y a asegurar que todas las ellas puedan vivir y florecer en condiciones de dignidad. 

Escribiendo a los Colosenses, el apóstol Pablo habla instintivamente de la familia cuando intenta ilustrar las virtudes que edifican “el único cuerpo” que es la Iglesia. Como “elegidos de Dios, santos y amados”, estamos llamados a vivir en armonía y en paz los unos con los otros, mostrando sobre todo magnanimidad y perdón, con el amor como el vínculo más grande de perfección (cfr. Col 3, 12-14).

Como en el pacto conyugal, el amor del hombre y de la mujer viene elevado por la gracia hasta convertirse en compartido, y expresión del amor de Cristo y de la Iglesia (cfr. Ef 5, 32), de modo que la familia, fundada sobre el amor, esta llamada a ser una “iglesia doméstica”, un lugar de fe, de oración y de preocupación amorosa por el verdadero y duradero bien de cada uno de sus miembros. 

Mientras reflexionamos sobre estas realidades, en ésta que es la ciudad de la Anunciación, nuestro pensamiento se dirige naturalmente a María, “llena de gracia”, la Madre de la Sagrada Familia y nuestra Madre. Nazaret nos recuerda el deber de reconocer y respetar la dignidad y misión concedidas por Dios a las mujeres, como también sus carismas y talentos particulares.

Ya sea como madres de familia, como presencia vital en las fuerzas laborales y en las instituciones de la sociedad, o como en la particular vocación a seguir al señor mediante los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, las mujeres tienen un papel indispensable en la creación de esa “ecología humana” (cfr Centesimus annus, 39) de la que nuestro mundo, y también esta tierra, tienen necesidad tan urgente: un ambiente en el que los niños aprendan a amar y querer a los otros, a ser honestos y respetuosos hacia todos, a practicar las virtudes de la misericordia y del perdón. 

Aquí pensamos también en san José, el hombre justo que Dios puso al frente de su casa. Del ejemplo fuerte y paterno de José, Jesús aprendió las virtudes de la piedad masculina, de la fidelidad a la palabra dada, de la integridad y del trabajo duro. En el carpintero de Nazaret vemos como la autoridad puesta al servicio del amor es infinitamente más fecunda que el poder que intenta dominar. ¡Cuanta necesidad tiene nuestro mundo del ejemplo, de la guía y de la silenciosa calma de hombres como José! 

Por último, contemplando la Sagrada Familia de Nazaret, dirijamos ahora la mirada al niño Jesús, que en la casa de María y de José creció en sabiduría y conocimiento, hasta el día en el que inició su ministerio público. Aquí querría añadir un pensamiento particular a los jóvenes presentes. El Concilio Vaticano II enseña que los niños tienen un papel especial en hacer crecer a sus padres en la santidad (cfr. Gaudium et spes, 48).

Les pido que reflexionen sobre ello y dejen que el ejemplo de Jesús les guíe no sólo mostrando respeto a sus padres, sino también ayudándoles a descubrir con más plenitud el amor que da a nuestra vida el sentido más completo. En la Sagrada Familia de Nazaret fue Jesús el que enseñó algo a María y a José sobre la grandeza del amor de Dios, su celeste Padre, la fuente última de todo amor, el Padre de quien toda familia en el cielo y en la tierra toma su nombre (cfr. Ef 3, 14-15). 

Queridos amigos, en la oración colecta de la Misa de hoy hemos pedido al Padre que “nos ayude a vivir como la Sagrada Familia, unidad en el respeto y en el amor”. Renovemos aquí nuestro compromiso de ser levadura de respeto y de amor en el mundo que nos circunda. Este Monte del Precipicio nos recuerda, como lo ha hecho con generaciones de peregrinos, que el mensaje del Señor fue en ocasiones fuente de contradicción y de conflicto con los mismos que le escuchaban.

Por desgracia, como sabe el mundo, Nazaret ha experimentado tensiones en los años recientes, que han dañado las relaciones entre las comunidades cristiana y musulmana. Invito a las personas de buena voluntad de ambas comunidades a reparar el daño que ha sido hecho, y en la fidelidad al credo común en un único Dios, Padre de la familia humana, trabajar para construir puentes y encontrar formas de convivir pacíficamente. ¡Que cada cual rechace el poder destructivo del odio y del prejuicio, que asesinan el alma humana antes que al cuerpo! 


Permítanme que concluya con una palabra de gratitud y alabanza hacia cuantos se esfuerzan para llevar el amor de Dios a los niños de esta ciudad y para educar a las nuevas generaciones por los caminos de la paz. Pienso de manera especial en los esfuerzos de las iglesias locales, particularmente en sus escuelas y en sus instituciones caritativas, para derribar los muros y para ser terreno fértil de encuentro, de diálogo, de reconciliación y de solidaridad. Animo a los sacerdotes, a los religiosos, a los catequistas y a los profesores a que se comprometan, junto con los padres y cuantos se dedican al bien de nuestros muchachos, a perseverar en dar testimonio del Evangelio, a tener confianza en el triunfo del bien y de la verdad, y a confiar en que Dios hará crecer toda iniciativa destinada a difundir su Reino de santidad, solidaridad, justicia y paz.

Al mismo tiempo reconozco con gratitud la solidaridad que muchos hermanos y hermanas nuestros en todo el mundo expresan hacia los fieles de Tierra Santa, apoyando los loables programas y actividades de la Catholic Near East Welfar Association. 

“Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). ¡Qué la virgen de la Anunciación, que valerosamente abrió el corazón al misterioso plan de Dios, y se convirtió en Madre de todos los creyentes, nos guíe y nos sostenga con su oración! ¡Que obtenga para nosotros y nuestras familias la gracia de abrir los oídos a esta palabra del Señor que tiene el poder de construir (cfr. Hch 20, 32), que nos inspire decisiones valerosas, y que guíe nuestros pasos por el camino de la paz!

 

Discurso de Benedicto XVI a los líderes religiosos de Galilea

Jueves, 14 de mayo de 2009

Queridos Amigos,

Estoy agradecido por las palabras de bienvenida del obispo Giacinto –Boulos Marcuzzo y por su calurosa acogida, saludo cordialmente a los líderes de las diversas comunidades presentes, que comprenden Cristianos Musulmanes, Judíos, Drusos y otros personas religiosos. 

Siento como una particular bendición el poder visitar esta ciudad, venerada por los cristianos, como el lugar donde el Ángel anunció a la virgen Maria que habría concebido por obra del Espíritu Santo. Aquí también José, su prometido, vio al Ángel en sueños y le fue indicado de llamar al niño “Jesús”. Luego de estos maravillosos eventos que acompañaron su nacimiento, el niño fue traído a esta ciudad por José y Maria donde “crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él” (Lc 2,40).

La convicción de que el mundo es un don de Dios y que Dios ha entrado en las vicisitudes y en los eventos de la historia humana, es la perspectiva desde la cual los cristianos ven que la creación tiene una razón y un fin. Lejos de ser el resultado de un hecho casual, el mundo ha sido querido por Dios, y revela su glorioso esplendor.

En el corazón de toda tradición religiosa se encuentra la convicción de que la paz misma es un don de Dios, aunque no se pueda alcanzar sin el esfuerzo humano.

Una paz duradera proviene del reconocimiento de que el mundo no es nuestra propiedad, si no más bien el horizonte en el cual estamos invitados a participar del amor de Dios y a cooperar en guiar el mundo y la historia bajo su inspiración. No podemos hacer con el mundo todo aquello que nos place; es más, estamos llamados a conformar nuestras decisiones a las complejas y todavía perceptibles leyes escritas por el Creador en el universo y a modelar nuestras acciones según la bondad divina que rebosa el reino de lo creado.

Galilea, una tierra conocida por su heterogeneidad étnica y religiosa, es la casa de un pueblo que conoce bien los esfuerzos exigidos para vivir en armónica coexistencia. Nuestras diversas tradiciones religiosas tienen en si un potencial notable para promover de una cultura de la paz, especialmente a través la enseñanza y la predicación de los valores espirituales más profundos de nuestra común humanidad. Moldeando los corazones de los jóvenes, moldeamos el futuro de la humanidad. De buen ánimo los cristianos se unen a los judíos, musulmanes, drusos y gentes de otras religiones en el deseo de salvaguardar a los niños del fanatismo y de la violencia, mientras los preparamos a ser los constructores de un mundo mejor.

Queridos amigos míos, sé que acogen con gozo y con el saludo de la paz a los numerosos peregrinos que llegan a Galilea. Les invito a que continúen ejercitando el respeto recíproco mientras se empeñan en aliviar las tensiones concernientes a los lugares de culto, garantizando así a un ambiente sereno para la oración y la meditación, aquí y en toda Galilea. Representando diversas tradiciones religiosas, compartan el deseo común de contribuir a la mejora de la sociedad y de testimoniar así los valores religiosos y espirituales que ayuden a sustentar la vida pública. Les aseguro que la Iglesia Católica está comprometida en participar en esta noble empresa. Cooperando con hombres y mujeres de buena voluntad, ella buscará asegurar que la luz de la verdad, de la paz y de la bondad continúe resplandeciendo desde Galilea, y guíe a las personas del mundo entero a buscar todo aquello que promueve la unidad de la familia humana. ¡Que Dios los bendiga a todo
s!


 

Discurso de despedida del Papa de Israel

Viernes, 15 de mayo de 2009


Señor presidente,

señor primer ministro,

excelencias, señoras y señores:

Al disponerme a regresar a Roma, quisiera compartir con vosotros algunas de las fuertes impresiones que me ha dejado la peregrinación a Tierra Santa. He mantenido fecundas conversaciones con las autoridades civiles tanto de Israel como de los Territorios Palestinos, y he sido testigo de los grandes esfuerzos que ambos gobiernos están haciendo para asegurar el bienestar de las personas. He mantenido encuentros con los líderes de la Iglesia católica en Tierra Santa, y me alegra el ver la manera en que están trabajando juntos para atender al rebaño del Señor.

He tenido, además, la oportunidad de encontrar a los líderes de varias iglesias cristianas y comunidades eclesiales, así como a los líderes de otras religiones de Tierra Santa. Esta tierra es realmente un terreno fértil para el ecumenismo y el diálogo interreligioso, y rezo para que la gran variedad de testimonios religiosos en la región traiga como fruto un creciente entendimiento mutuo y respeto.

Señor presidente, usted y yo plantamos un olivo en vuestra residencia el día en que yo llegué a Israel. El olivo, como usted sabe, es una imagen utilizada por san Pablo para describir las relaciones sumamente cercanas entre los cristianos y los judíos. Pablo describe en su carta a los Romanos cómo la Iglesia de los gentiles es como un brote de olivo silvestre, injertado en el olivo cultivado, el Pueblo de la Alianza (cf. 11, 17-24). Somos alimentados por las mismas raíces espirituales. Nos encontramos como hermanos, hermanos que en algunos momentos de nuestra historia han tenido relaciones tensas, pero que ahora están firmemente comprometidos por construir puentes de amistad duradera.

A la ceremonia en el palacio presencial le siguió uno de los momentos más solemnes de mi estancia en Israel: mi visita al Memorial del Holocausto en Yad Vashem para rendir homenaje a las víctimas de la Shoá. Allí también pude encontrar a algunos de los supervivientes. Esos encuentros, profundamente conmovedores, me recordaron mi visita de hace tres años al campo de la muerte de Auschwitz, donde muchos judíos --madres, padres, maridos, esposas, hijos e hijas, hermanos y hermanas, amigos-- fueron brutalmente exterminados bajo un régimen sin Dios que propagaba una ideología de antisemitismo y odio.

Este espantoso capítulo de la historia nunca debe ser olvidado o negado. Por el contrario, aquellos oscuros recuerdos deberían reforzar nuestra determinación para acercarnos aún más los unos a los otros, como ramas del mismo olivo, alimentados por las mismas raíces y unidos por el amor fraterno.

Señor presidente, le doy las gracias por el calor de su hospitalidad, sumamente apreciada, y deseo que quede constancia del hecho que he venido a visitar este país como amigo de los israelíes, así como soy amigo del pueblo palestino. A los amigos les gusta pasar tiempo en recíproca compañía y se afligen profundamente al ver que el otro sufre. Ningún amigo de los israelíes y de los palestinos puede dejar de entristecerse por la tensión continua entre vuestros dos pueblos. Ningún amigo puede dejar de llorar por el sufrimiento y la pérdida de vidas humanas que ambos pueblos han sufrido en las últimas seis décadas. Permítame lanzar este llamamiento a todas las personas de estas tierras: ¡Nunca más derramamiento de sangre! ¡Nunca más enfrentamientos! ¡Nunca más terrorismo! Nunca más guerra!

Por el contrario, rompamos el círculo vicioso de la violencia. Que pueda establecerse una paz duradera basada en la justicia, que haya una verdadera reconciliación y curación. Que sea universalmente reconocido que el Estado de Israel tiene derecho a existir y a gozar de paz y seguridad en el interior de sus fronteras internacionalmente reconocidas. Que sea igualmente reconocido que el pueblo palestino tiene el derecho a una patria independiente, soberana, a vivir con dignidad y viajar libremente. Que la solución de los dos Estados se convierta en realidad y no se quede en un sueño. Y que la paz pueda difundirse desde estas tierras; que puedan ser "luz para las naciones"(Isaías 42,6), llevando esperanza a muchas otras regiones que son golpeadas por conflictos.

Una de las imágenes más tristes para mí durante mi visita a estas tierras ha sido el muro. Al pasar a su lado, recé por un futuro en el que los pueblos de Tierra Santa puedan vivir juntos, en paz y armonía, sin necesidad de semejantes instrumentos de seguridad y de separación, sino más bien respetándose y confiando mutuamente, renunciando a toda forma de violencia y agresión. Señor presidente, sé lo difícil que será alcanzar ese objetivo. Sé lo difícil que es su tarea, y la de la Autoridad Palestina. Pero le aseguro que mis oraciones y las oraciones de los católicos de todo el mundo le acompañan siempre, mientras usted continúa sus esfuerzos por edificar una paz justa y duradera en esta región.

No me queda más que dar las gracias de todo corazón a todos los que han colaborado de tantas maneras con mi visita. Me siento profundamente agradecido con el gobierno, los organizadores, los voluntarios, los medios de comunicación, y todos los que me han ofrecido hospitalidad y a los que me han acompañado. Podéis estar seguros de que os recordaré con afecto en mis oraciones. A todos vosotros os digo: gracias y que Dios esté con vosotros. ¡Shalom!



 


 

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