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Los Templarios

Por Álvaro Solano Fernández Sordo


Hace diez siglos gran número de europeos peregrinaban a Jerusalén para visitar los Santos Lugares donde se desarrollaron los diferentes capítulos de la vida de Cristo, tanto por ganar indulgencias como por ver mundo. Los califas abatidos que dominaban Jerusalén eran musulmanes, pero se mostraban tolerantes con los peregrinos de los que obtenían saneados ingresos. Sin embargo, la situación cambió a mediados del siglo XI, cuando los turcos selyúcidas se apoderaron de la región y comenzaron a perseguir a los cristianos.

En Europa se alzaron voces contra el dominio musulmán de los Santos Lugares. Había que arrebatárselo a los infieles y restablecer las rutas de peregrinación. Así fue como comenzaron las Cruzadas.

Tras el llamamiento del papado fueron muchos y de variada condición los que se cosieron sobre el hombro una cruz roja y se dispusieron a dar su vida por la recuperación de los lugares sagrados que tiempo atrás habían visto a Jesús vivir y morir. Pronto dio sus frutos y la toma de Jerusalén, el 15 de julio de 1099, fue el punto de partida de casi cien años de dominio cristiano en aquella zona que, continuamente instigada por sus vecinos musulmanes, se vio necesitada de una fuerza militar verdadera en la zona.

 

Mito y realidad

 

Las órdenes militares representaban el núcleo duro de la presencia cristiana en Oriente. Mientras los efectivos, al mando de reyes y príncipes, luchaban en las Cruzadas por compromiso de su señor, por prestigio, por la paga y en algunos casos por la fe, los caballeros del Hospital o del Temple se batían exclusivamente por esta última. Como rezaba la divisa templaria: “Nada para nosotros, Señor, nada sino dar gloria a Tu nombre”.

Estas altas aspiraciones implicaban un desinterés por la propia vida. Los templarios eran considerados por sus contemporáneos con una mezcla de admiración, respeto e inquietud. Parte de la cristiandad veía en ellos la encarnación del ideal cruzado; otra, una realidad religiosa más.

Había en Europa quienes recelaban del Temple por el rigor excesivo de algunos de sus miembros. Los musulmanes los catalogaban como extremistas peligrosos. Esta imagen de radicalismo ascético o fanático –que debe entenderse en una perspectiva histórica correcta, en el contexto de la situación de la época- fue patente en la lucha y en otros ámbitos. Sin embargo se han olvidado algunas facetas de los templarios igualmente características.

Para empezar, la Orden no estaba formada únicamente por guerreros: en sus encomiendas había clérigos, trabajadores manuales y algunas mujeres. Tampoco se hallaba establecida sólo en el frente palestino o en otros fronterizos con el Islam, como la Península Ibérica: fue muy activa en las actuales Francia y Gran Bretaña, donde se dedicaba a labores ajenas a la guerra, desde la manufactura de artesanías hasta la gestión bancaria. Sobre esta última, o las riquezas fabulosas que le atribuye la leyenda, la Orden se preció de mantener intachable su voto de pobreza, entendida ésta como la carencia de bienes personales, pese a llegar a administrar el tesoro de la Corona franca o a financiar al Papa.

El final sangriento de la cúpula de la fraternidad, que ocurrió a comienzos del siglo XIV en Chipre y París ha contribuido a desvirtuar el recuerdo de la orden. El Gran Maestre, Jacques de Molay, y el resto de los dirigentes perdieron la vida; pero la inmensa mayoría de los hermanos se reintegró en la sociedad de manera tan anónima como tranquila.

Los templarios, en definitiva, resultan llamativos por determinadas particularidades, como su innovador perfil de institución mixta –a medio camino entre lo militar y lo religioso-, y por haber surgido y desaparecido durante las Cruzadas; a diferencia de los Hospitalarios o Teutónicos, que superaron esa época. Sin embargo, sólo constituyeron un elemento más entre el mosaico de su tiempo. Un colectivo curioso, sin duda, pero integrado en el contexto histórico que propició su emergencia, auge y declive. Mal que le pese a la literatura tan imaginativa que circula sobre estos grandes desconocidos.

 

 

Una hermandad original

 

La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo del Templo de Jerusalén, con posterioridad llamada simplemente del Temple o de los templarios, nació en la Ciudad Santa hacia 1119. Pudo haber sido unos años antes, alrededor de 1114. Aunque se ignora la fecha exacta, hay testimonios de que la cofradía se hallaba plenamente activa nada más comenzar la tercera década del siglo XII.

El propósito de su creación obedeció a una situación bélica. Tras el triunfo en la toma de Jerusalén por parte de los cruzados, la mayor parte de ellos regresó a Europa. La desprotección de los Santos Lugares recobrados impulsó a un puñado de caballeros del condado de Champagne, liderados por Hugo de Payns y Godofredo de Saint-Omer, a ofrecerse para escoltar con armas a los peregrinos que se aventuraban por aquellos escenarios, en constante pie de guerra.

Aquellos paladines no debían ser más de nueve, pero la autoridad temporal y espiritual de la región –es decir el rey Balduino II y el patriarca de Jerusalén- aceptaron de buen grado su asistencia. Para sacralizar su cometido, los caballeros habían realizado sus votos de pobreza, castidad y obediencia, de modo que el monarca y el prelado se aprestaron a brindarles cobijo. Otorgaron en custodia a los caballeros un edificio localizado en el Templo del Señor o de Salomón, que era como los francos identificaban erróneamente a la Cúpula de la Roca, islámica. La denominación de la cofradía se originó en esta confusión acerca del Templo o Temple.

Más importante aún en términos institucionales, los votos de Hugo de Payns y sus pares plantearon un dilema moral a la Iglesia. Ésta debía dirimir si era realmente cristiano dedicarse profesionalmente a la lucha en nombre de la cruz, si el papel de combatiente podía ser un medio lícito para salvar el alma, y si la armadura del soldado y el hábito del monje eran equiparables. Pese a la oposición de algunos sectores del clero, un concilio celebrado en Troyes, Champagne, una década más tarde de la fundación de la fraternidad, determinó que la guerra santa era compatible con el credo cristiano siempre que se llevase a cabo en un marco debidamente bendecido, como en el caso de las Cruzadas.

 

 

La primera orden militar

 

El principal abogado de esta postura fue una figura intelectual de la Edad Media: Bernardo del Claraval, reformador de la orden cisterciense a partir de la benedictina y que en el futuro sería considerado doctor de la Iglesia y santo. Gracias en buena medida a su intervención se aprobó la existencia de la nueva cofradía templaria y se confirmó su regla, basada a su vez en la del Císter. Bernardo, abad de Cîteaux, también contribuyó a su promoción en los círculos eclesiásticos, al redactar el Nuevo elogio de la milicia templaria, una encendida apología de la orden.

Un asunto de semejante envergadura requería la legitimización papal. De ello se ocupó, un decenio después del concilio, la bula Omne Datum Optimum, expedida por Inocencio II. El documento pontificio convirtió al Temple en la primera orden militar de la Iglesia. Dentro de los privilegios excepcionales conferidos a la institución, a la que no tardarían en seguir otras, fue el eximirla de cualquier sumisión al clero secular para subordinarla directamente al Santo Padre.

Para ese entonces, mediados del siglo XII, la Orden había crecido de manera notable. Desde la autorización oficial empezaron a ingresar en sus filas cientos de caballeros. Y otro cambio había tenido lugar: su misión, a estas alturas de la historia no consistía únicamente en proteger a los peregrinos de Tierra Santa. A esta función netamente asistencial, de vigilancia, se había añadido otra de índole política: la defensa de los Estado Latinos de Oriente de la presión musulmana.

La ayuda templaria en este ámbito sería muy apreciada por los príncipes cristianos de la región.

 

Matar o morir

Los hermanos guerreros estaban entrenados para matar y para morir. Jamás rehuían el combate. Al contrario, se internaban frontalmente en el corazón de la batalla. Su caballería destacaba especialmente. Formada por jinetes preparados a conciencia, bregaba unida, en arremetidas tan compactas como contundentes, sin que sus componentes buscaran el honor personal. La destreza en la maniobra, el arrojo en la carga y la precisión en el golpe hicieron de los templarios los héroes de las Cruzadas en acontecimientos como la batalla de Montgisard en 1177 o el asedio de Damieta en 1219, cuya suerte revistieron a fuerza de habilidad y coraje.

Prueba de este coraje darían los ochenta miembros de la orden hechos prisioneros tras otro enfrentamiento, el de Cafeto. Sin deserciones, como un solo hombre, prefirieron ser pasados por las armas a renegar de su fe. Los grandes maestres solieron servir de ejemplo en este sentido. De los 21 que hubo en la historia de la Orden, 13 perdieron la vida en la liza.

Comprensiblemente, adversarios como estos preocupaban de un modo especial a los musulmanes, al tiempo que les infundían un profundo respeto. Irreductibles, los templarios ni daban ni esperaban tregua en la pelea. No eran personajes importantes como individuos. Luchaban a sabiendas de que, en caso de ser capturados, ni su fraternidad, ni nadie de entre los cristianos iba a pagar un rescate, y eran conscientes de que probablemente acabarían degollados en el primer recuento de prisioneros. Aceptaban esta perspectiva con serenidad.

Eran gente tan aguerrida como devota. Pese a la fama que se ha achacado a la orden con posteridad, repletas de complicadas fantasías esotéricas, abrazaba un credo muy sencillo, en la tónica del “hombre medieval estándar”. Dios lo abarcaba todo y reinaba sobre la Creación encarnado en la figura de Cristo. Éste acompañado por la Virgen María que, como patrona y señora del Temple, amparaba a sus caballeros yesperaba de ellos sus mejores esfuerzos, a la manera de una soberana de la época. No sorprende con tales ideas que el mayor anhelo de los templarios consistiera en morir en la batalla como mártires, defendiendo a la cristiandad. El Cielo los premiaría con la vida eterna.

Es importante especificar en este punto que los templarios no eran los tradicionales monjes-guerreros, sino más bien todo lo contrario: eran caballeros religiosos. Únicamente los hermanos capellanes se ordenaban sacerdotes, con objeto de celebrar los oficios litúrgicos para los demás. Pero los miembros combatientes de la orden, aunque devotos, permanecían laicos para poder batallar –literalmente como soldados de Cristo- sin contravenir el espíritu ni la letra de las leyes eclesiásticas.

Es cierto que todos los hermanos del Temple tomaban los tres votos monásticos: obediencia (al superior de la orden), castidad (carencia de relaciones sexuales) y pobreza (ausencia de bienes personales). También que, además, seguían la regla y vestían hábitos religiosos. Sin embargo, al contrario que los monjes, ni vivían enclaustrados ni orando. Su vida no era contemplativa, sino activa. Su guerra interna o espiritual estaba al servicio de otra externa y física, a favor de la cristiandad.

 

La imagen de los caballeros

Aunque en la actualidad se tienda a identificar los templarios con cruzados combativos y misteriosos, lo cierto es que en sus tiempos, al menos en Europa, se los veía como a miembros de una orden religiosa cualquiera. Se sabía que luchaban por la cristiandad en los Santos Lugares, pero la imagen cotidiana que se tenía de ellos estaba representada por las pequeñas casas y encomiendas y por las actividades económicas que se desarrollaban en ellas. Intercambiaban productos y servicios con los señoríos rústicos, prestaban dinero –sin usura- a nobles, caballeros, escuderos y mercaderes e incluso velaban por erarios de reyes y el papa. Se bromeaba acerca de ellos, diciendo que a un templario le interesaba más el oro que la carne, ya que buscaban capital líquido porque era fácil de trasladar a Oriente para impulsar sus campañas bélicas.

El Temple estuvo integrado plenamente en la sociedad hasta la súbita marginación a que la sometió a principios del siglo XIV el proceso judicial emprendido por Felipe IV de Francia y el Papa Clemente V. Tan popular fue hasta ese momento, que cuando un profano no sabía reconocer al caballero de una orden militar, lo llamaba templario aunque fuera hospitalario o teutónico. Los más suspicaces podían llegar a considerarlos codiciosos, pero desde luego a se les ocurrió tacharles de gnósticos o herejes.

 


El Grial, el Priorato y los Caballeros Templarios

Del libro de Amy Welborn "Descodificando a Da Vinci", recogido en Fluvium


        La historia de la imagen del Santo Grial es ambigua y misteriosa, y conduce fácilmente al mito, la fantasía y lo novelesco. Ha desempeñado un importante papel en las leyendas (Rey Arturo), la poesía (The Idylls of the King, de Alfred Lord Tennyson) y, naturalmente. la ópera (Parsifal y Lohengrin, de Richard Wagner).

        Desde esta perspectiva no podemos criticar a Brown por inspirarse en El enigma sagrado y La revelación de los Templarios y aprovecharlos para una novela. Puede resultar algo desagradable. pero el hecho de usar la imagen de ese modo es coherente con el empleo que hace de ella durante todo su relato.

        No obstante, sigue siendo un tema de discusión. pues el propósito de El Código Da Vinci es el de cruzar la línea que divide la mera ficción y la posibilidad. En cada una de sus páginas presenta a sus lectores unas pruebas que parecen aceptables y les deja preguntándose si son veraces.

        ¿Existe alguna tradición fundamentada en el hecho de considerar a María Magdalena y a su vientre como el Santo Grial? ¿Es cierta la implicación de los Caballeros Templarios y del Priorato de Sión en todo ello?

        En una palabra: no.

 

  El Santo Grial

        La leyenda del Santo Grial es oscura, basada quizá en la bruma de las leyendas célticas sobre los recipientes de sangre que vivifican. El primero y más importante texto sobre el Grial es el poema medieval Perceval, de Christian de Troyes, que vivió en el siglo XII.

        La descripción concreta del Grial varía de unas leyendas a otras: era una vasija maravillosamente cubierta de joyas, capaz de proporcionar unas cantidades ilimitadas de comida y bebida; era el plato en el que Jesús y sus apóstoles comieron el cordero pascual; era la copa que Jesús usó en la Última Cena, o el frasco en el que José de Arimatea guardó la sangre que manaba del cuerpo crucificado de Cristo.

        En la leyenda, una mujer, cuya existencia ha dado pie a numerosas investigaciones, protegía el Grial. Las leyendas del Grial son una mezcla de folclore, novela y mitos religiosos. Aunque hay varias copas por todo el mundo consideradas como el Santo Grial, la copa de Jesús en la Última Cena, la Iglesia no ha incorporado formalmente el tema del Grial a su tradición.

        El papel de la mujer como protectora del Santo Grial, así como los ejemplos en los que aparece grabada la imagen de un niño, remiten ciertamente a un simbolismo relacionado con la gestación y con el parto. Sin embargo, no existe una tradición que relacione explícitamente el Grial con los símbolos de la «diosa desaparecida», con María Magdalena o con la descendencia de Jesús (como aseguran los autores de El enigma sagrado, y como afirma Brown). Y cuando la mayoría de los expertos conocedores de este simbolismo lo emplean en un contexto cristiano, lo relacionan con la Virgen María, hacia la que se acrecentó la devoción durante la Alta Edad Media.

        ¿Y qué decir del asombroso y apasionante momento de la novela, cuando Teabing divide la palabra francesa sangreal? Asegura que la etimología tradicional la divide en san Creal, pero ¡ah, no!, veamos lo que sucede si la partimos en Sang Real: ¡significa sangre Real! ¡La prueba!

        Tengo ante mis ojos un artículo sobre el Santo Grial de la edición de 1914 de la Catholic Encyclopedia. Dice así:

        «La versión de «San Greal» como «sangre real» no se difundió hasta el final de la Baja Edad Media».

        En el contexto de las historias tradicionales del Grial, «sangre real» es, por supuesto, la sangre de Cristo. Esa peculiar división de la palabra no fue una gran noticia al final de la Edad Media, ni en 1914, ni lo es ahora.

 

 Los Caballeros Templarios y el Priorato de Sión

        Las historias que nos cuenta Brown sobre los Caballeros Templarios y el Priorato de Sión se basan en el material –no es necesario repetirlo– de El enigma sagrado y La revelación de los Templarios. De hecho, la mayor parte de lo que dice carece de fundamento.

        En primer lugar, es preciso saber que, en contra de las afirmaciones de Brown al comienzo de su libro, el Priorato de Sión no era la organización que él describe. Los documentos que cita, junto con la famosa lista de grandes maestres, que incluye a Víctor Hugo y, por supuesto, a Leonardo, son unas supercherías introducidas en la Biblioteca Nacional Francesa, posiblemente, a finales de 1950.

        Esta es la historia en breves trazos:

        Existen pruebas evidentes de que el Priorato de Sión surgió en Francia a finales del siglo XIX. Se trataba de una organización derechista dedicada a luchar contra el gobierno establecido.

        Este nombre aparece de nuevo antes de la Segunda Guerra Mundial gracias a los esfuerzos de un hombre llamado Pierre Plantard. Plantard era un «antisemita» que luchaba por «purificar y renovar» Francia. A mediados de 1950, Plantard comenzó a proclamar que era el heredero del trono francés por la línea merovingia. Creó una asociación llamada el Priorato de Sión, distribuyó por las bibliotecas y por los archivos franceses ciertos documentos falsos que acreditaban su antigüedad y propagó el mito de la «descendencia real de Jesús».

        Y como concluye Laura Millar su artículo de The New York TImes, del 22 de febrero del 2004:

        «Por último, la veracidad de la historia del Priorato de Sión se reduce a un alijo de recortes y documentos sin firma que, hasta los autores de Holy Blood, Holy Grial (El enigma sagrado) insinúan que fueron introducidos en la Biblioteca Nacional por un hombre llamado Pierre Plantard. A comienzos de 1970, uno de los colaboradores de Plantard confesó haberle ayudado a fabricar el material, incluidos los árboles genealógicos que acreditaba a Plantard como un descendiente de los merovingios (y, posiblemente, de Jesucristo), además de una larga lista de «grandes maestres» del anterior Priorato. Este claramente absurdo catálogo de célebres estrellas de la intelectualidad como Boticelli, Isaac Newton, Jean Cocteau y, naturalmente, Leonardo, es la misma lista que Brown pregona, junto con el supuesto pedigrí del Patronato, en la presentación de El Código Da Vinci bajo el encabezado de «Los hechos». Por cierto, se demostró que Plantard era un empedernido granuja fichado por fraude y afiliación a grupos de ultra-derecha y de lucha antisemita. El auténtico Priorato de Sión era un grupo reducido e inofensivo de amigos con idénticas ideas creado en 1956.

        «El fraude de Plantard fue desmantelado por una serie de libros franceses (todavía sin traducir) y un documental de la BBC de 1996, pero, curiosamente, esa serie de sorprendentes revelaciones no han resultado ser tan populares corno las fantasías de Holy Blood, Holy Grial (El enigma sagrado) y, en este caso, como El Código Da Vinci».

        En El Código Da Vinci, la iglesia de Saint-Sulpice (edificada de 1646 a 1789) era el lugar en el que el Priorato de Sión ocultaba un secreto relacionado con el Grial. La mítica historia del inexistente Priorato saca a la luz esta relación que, en realidad, no existió. La «Línea Rosa» y el obelisco carecen de significado esotérico. La verdad es que un número sorprendente de templos europeos eran también observatorios astronómicos. Había un pequeño orificio en el techo o en un muro, y el movimiento del sol trazaba una línea sobre el suelo. Cuando el sol incidía en un punto determinado, el obelisco en este caso, había llegado el solsticio de invierno o de primavera.

        Hablando claro: nunca ha existido un Priorato de Sión como un grupo dos veces milenario dedicado a proteger el Grial.

        Sin embargo. sí existieron los Templarios. fundados en Tierra Santa después de la conquista de Jerusalén en el siglo XI. Los Caballeros, llamados también Caballeros Pobres de Cristo y del Templo de Salomón, eran una orden monástica de caballeros. Eran «monjes» en el sentido de que hacían votos –especialmente, el de proteger los Santos Lugares y el recorrido de los peregrinos– y vivían la obediencia a una regla que marcaba sus obligaciones religiosas (Misa y oración diarias, dirigidas por sacerdotes de la Orden) y las exigencias de su comportamiento:

        «Precisamente, algunas ordenanzas parecían tener el objeto de limitar los excesos del ideal caballeresco. Tenían que ser personas humildes, de recursos limitados... No podían participar en torneos ni en cacerías» (The Waniors of the Lord, de Michael Walsh).

        El poder de los Caballeros Templarios se acrecentó a lo largo de los siglos XIII y XIV, así como el de otras Órdenes militares, incluida su principal rival, los Hospitalarios. Amasaron grandes riquezas y actuaron como casa de banca en París y en Londres.

        ¿Tuvieron los Templarios alguna relación con la leyenda del Grial? No hasta el siglo XIX, según parece, cuando aumentó el interés por las sociedades secretas, especialmente, por la masonería. En 1818, el alemán Joseph von Hammer-Purgstall publicó un libro, Mystery of Baphomet Revealed, en el que esboza una supuesta historia de Caballeros Templarios a los que describe como devotos de Mahoma y guardianes del Santo Grial. En esta versión no se trata del cáliz de la Última Cena, sino de una especie de conocimiento gnóstico, y en particular, «de una rama especial de gnósticos a los que maldijo Cristo». Es patente que las modernas especulaciones sobre los Templarios hunden sus raíces en este tipo de escritos.

        Volvamos a la auténtica historia. Ciertamente, la Orden fue disuelta, pero Brown no da los detalles exactos.

        En primer lugar, centra sus críticas en el Papa Clemente V, pero las pruebas demuestran claramente que fue el rey francés Felipe IV quien decidió suprimir a los Templarios a causa de su propia quiebra frente a las grandes riquezas de las que eran dueños. El 13 de octubre de 1307 dio el primer paso mandando arrestar a todos los Templarios de Francia, no de Europa como dice Brown, aunque es correcta la subsiguiente asociación de esta fecha, viernes 13, con la mala suerte.

        La actuación de Felipe indignó al Papa, pues los Caballeros Templarios estaban bajo su protección, pero en noviembre, cediendo a las presiones, accedió a la campaña en todo el continente.

        ¿Inventaron y propagaron los Caballeros Templarios la arquitectura gótica como un medio de transmitir la importancia de la «divinidad femenina»? No existen datos que impliquen a los Caballeros Templarios en la arquitectura, excepto para la construcción de sus propias iglesias. El estilo gótico se desarrolló y perfeccionó, en primer lugar, en Francia desde el 1100 hasta el 1500, como una investigación del modo de construir los muros de las iglesias más altos y más resistentes, además de conseguir dejar pasar la mayor cantidad posible de luz. Las construcciones góticas están cargadas de simbolismo, pero no hay nociones de una imitación explícita y deliberada de la anatomía femenina.

        Cuando trata de los Templarios, Brown suele referirse al «Vaticano» como origen de las decisiones papales. Una vez más se equivoca de un modo que trasluce su desconocimiento fundamental de este período. Durante aquellos años, el Papa Clemente V no vivía en el Vaticano, ni siquiera en Italia. Vivía en Avignon, Francia, como un virtual prisionero del rey Felipe IV, sometido a tremendas presiones por parte del monarca.

        Los Templarios fueron definitivamente disueltos en 1312 por el Concilio de Viena que, aunque dudaba en hacerlo, tuvo que entrar en acción tras la aparición de Felipe IV ante las puertas de la ciudad. Según indica el escritor Michael Walsh, «la condena fue solamente provisional y no se aceptó la culpabilidad de los Templarios».

        Irónicamente, las propiedades de los Templarios pasaron a manos de la otra importante Orden militar, los Hospitalarios. La brutal acción no llegó a favorecer al rey Felipe, que murió, como Clemente V, al año siguiente.

        Así, en lo que se refiere a los Templarios, Brown exagera la antipatía de Clemente V hacia ese grupo, y se equivoca al no hacer recaer la vergüenza sobre la persona adecuada: el rey Felipe de Francia.

        Por último, Brown comete un error aún más importante: afirma que el diseño circular de la iglesia del Temple en Londres es un diseño pagano, pues los Templarios decidieron «ignorar» la construcción tradicional de la Iglesia y, en cambio, honrar al sol.

        Eso es absolutamente imposible, teniendo en cuenta que los Caballeros Templarios eran, con la mayor evidencia, un grupo católico cuyos miembros hacían voto de defender la fe católica. Además, comete otro error, porque la forma circular de las iglesias del Temple imitaba, lógicamente, la de una iglesia de gran importancia para los Caballeros Templarios: la iglesia del Santo Sepulcro, construida en el lugar donde tradicionalmente se sitúa el sepulcro de Jesús, en Jerusalén. Y que, por cierto es redonda.

        Conviene añadir que «el Vaticano» no fue la primera residencia papal durante aquella época, aunque Clemente V estuvo en ella. Desde el siglo IV hasta el XIV lo fue Letrán, que resultó destruida por el fuego en 1308, justo antes de la cautividad en Aviñón. En 1337, tras su regreso a Roma, el papado fijó su residencia en el Vaticano.


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