José Carlos Martín de la Hoz: La novela histórica y el Código da Vinci






(De Análisis digital) Como decía Jaime Balmes en el Criterio, "la verdad es la realidad de las cosas". Existe una verdad lógica (la adecuación del entendimiento a la cosa) y una verdad ontológica: la realidad de las cosas. El hecho es que todo acaba sabiéndose: la verdad acaba imponiéndose siempre.

Como dice el lenguaje de la calle: La Iglesia no tiene muertos en el armario. No hay nada que ocultar. Los cristianos amamos a Jesucristo y amamos la Verdad. Por eso, la verdad nos hace libres, esperanzados y alegres. La Iglesia lleva XX Siglos siendo fiel al mensaje revelado por Dios. De hecho los cristianos de hoy creemos lo mismo que los primeros cristianos. Esta es una prueba de la veracidad del mensaje que trasmitimos: haber superado la prueba de los siglos. Sólo con la ayuda de Dios puede explicarse esta realidad.

A la vez, los cristianos estamos siempre llamados a la conversión; debemos pedir perdón a Dios y a los demás, tanto personal como colectivamente, por las faltas de coherencia con el Evangelio. Juan Pablo II lo hizo solemnemente en la impresionante liturgia del 12 de marzo de 2000.

La mejor Historia de la Iglesia es, por tanto, estudiar los documentos, los papeles, los archivos. Los historiadores debemos penetrar en las coordenadas espacio-temporales, situar los hechos, hacernos cargo de las situaciones; todo eso es esencial, para no caer en anacronismos. Sólo así, se puede aprender de la historia, de los errores y de los aciertos y, sólo así, la historia se convierte en maestra de vida.


Es importante pedir perdón por los errores, lo que se denomina en términos teológicos, purificación de la memoria. Pero también es importante clarificar los hechos. Todavía existen en nuestra cultura occidental muchas leyendas negras; hechos históricos tergiversados, agrandados y utilizados como arma arrojadiza. Por ejemplo se puede aprender del proceso de Galileo del Siglo XVII, pero no hay que pedir perdón porque muriera en la hoguera, sencillamente por que murió en su cama.

De todas formas, no olvidemos que vivimos en una sociedad con dos planteamientos encontrados entre sí: para unos Dios ha creado al hombre. Para otros el hombre ha creado a Dios. De ahí la importancia del sereno estudio y de la reflexión, bajo las leyes de la honradez y del rigor científico. Es difícil la convivencia cuando hay actitudes totalitarias y fundamentalistas. Pero también, cuando hay falta de seriedad en el pensamiento y en las ideas.

Sigue en pie la petición del Espíritu Santo en el último Concilio Vaticano II: Dios quiere que los cristianos dialoguemos con el mundo para mostrar a Dios. El puente de unión es la dignidad de la persona humana. La Iglesia conoce bien al hombre, pues lleva XX siglos trabajando por él. La acción social de su actuación será siempre un síntoma de la verdad de la caridad que predica y vive.


Cultura histórica y novela histórica



Un pueblo sin historia, es un pueblo sin memoria, sin raíces. La historia es muy importante. ¿Cómo se entiende, por ejemplo, el museo del Prado de Madrid sin saber historia, sin haber conocer el cristianismo? Estamos en una época de un bajo nivel cultural y de pensamiento. Es necesario un esfuerzo de estudio: vale la pena formarse bien, si queremos comprender el mundo en que vivimos y si queremos mejorarlo. Es necesario enseñar a pensar bien, a estudiar, leer, escribir, contemplar el arte, etc.


La llamada novela histórica está atravesando un momento de gran auge, basta con observar como crecen constantemente los stand de las librerías. El problema es que se está convirtiendo más en novela que en historia. En muchos casos, parecen las novelas de caballería que enloquecieron al Quijote. También las hay muy buenas: no en vano el género literario novela histórica ha producido obras de gran calado en la historia de la literatura.


Desgraciadamente en los últimos años proliferan unas novelas históricas que ya no tienen casi nada de historia. Muchas de ellas están perfectamente ideologizadas, con un bajo nivel de marco histórico, con excesivos errores y deformaciones. Se puede observar, sin buscar demasiado, que muchas contienen cuatro elementos: un ataque a la Iglesia (afirmando como falsa la fe que predica), algo de esoterismo (la búsqueda del Santo Grial, secretos nunca revelados, los templarios, los gnosticos, etc), parte de erotismo y algo de acción.


La novela del Código da Vinci es un desprecio a los historiadores del arte, de la cultura, de la Iglesia, a los biblistas, etc.

Aprovechando la ignorancia histórica de muchos, ha logrado un éxito editorial de ventas. Estamos ante una llamada de atención por el excesivo atrevimiento a la hora de inventar, sin las mínimas reglas básicas del rigor intelectual. Algo que raya en una gran tomadura de pelo universal.

A los cristianos nos duele porque es un ataque a la Iglesia explícito y a lo más querido: la figura de Jesucristo. Esta novela no pasará a la historia de la literatura, sino a la historia de la superficialidad.

Tendrá un gran impacto, dará que hablar y pasará. En este tiempo podemos aprovechar para pensar en qué está leyendo la gente: ¿No se puede ofrecer algo mejor?



José Carlos Martín de la Hoz
Academia de Historia Eclesiástica


 


Regresar a la Portada del Código da Vinci


Para saber más: el Código da Vinci en diez minutos


Ir a Página de Inicio