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¿Estuvo casado Jesús?

        Detengámonos un momento y hagamos un balance:

        Hasta ahora, en nuestro recorrido a través de la visión histórica que tan alegremente describe El Código Da Vinci, hemos encontrado que:

        • Las fuentes para esas afirmaciones sobre la historia del cristianismo primitivo varían desde la absoluta fantasía y la falta de base hasta lo irrelevante.

• Al fabricar su versión de los hechos, no emplea ni una sola fuente del período en cuestión, como el Antiguo Testamento, los escritos de obispos y Padres o los documentos litúrgicos o históricos.

• Sus planteamientos de la formación del Canon de la Sagrada Escritura, del Concilio de Nicea, del reinado de Constantino y del primitivo conocimiento cristiano de la identidad de Jesús son todos erróneos, sin excepción, y carecen de cualquier relación pasada o presente con tales acontecimientos.

        En realidad, esto bastaría para no seguir adelante ¿no es así? Pero aún no hemos llegado a dar fin a todas las falsedades y mentiras históricas de este libro, así que... adelante.

        Por cierto, ¿realmente Jesús destronó reyes?

 

 Destronando reyes y atrayendo a millones

        Ha llegado el momento de investigar lo que El Código Da Vinci intenta mostrar como la auténtica historia que hay tras el ministerio de Jesús. ¿Qué enseñó? ¿Qué trataba de realizar?

        Uno pensaría, naturalmente, que al primer lugar al que deberíamos acudir cuando intentamos responder a estas nada especialmente espinosas preguntas sería a los Evangelios que figuran en el Nuevo Testamento. Al fin y al cabo, solo datan de décadas después de la muerte de Jesús, y aunque cada uno subraya distintas facetas de la misión y la personalidad de Jesús, coinciden sustancialmente en el núcleo de su enseñanza y en las pautas de su vida.

        Uno lo pensaría así... pues no.

        Al presentarnos a Jesús, Brown no se remite a los Evangelios.

        En la novela, Teabing dice a Sophie que, por supuesto, Jesús fue una persona real que, como había sido profetizado, "derrocó reyes, inspiró a millones de personas y fundó nuevas filosofías... Es comprensible que miles de seguidores de su tierra quisieran dejar constancia escrita de su vida».

        Pues bien; no.

        Conocemos un poco de la historia de Palestina y del Imperio Romano durante la vida de Jesús. No hay ningún testimonio escrito sobre un judío de Nazaret que derrocara a alguien.

        Es difícil calcular ciertos datos, pero podemos estimar con toda seguridad que en la población de las zonas donde se dice que Jesús predicó –en Galilea en el norte y en Samaria y Judea en el sur– vivían, según cálculos muy aproximados, alrededor de medio millón de personas, la mayor parte de las cuales nunca oyeron predicar a Jesús.

        ¿No hay una gran diferencia con esos supuestos «millones»?

        ¿Por qué dice esto el personaje de Teabing? ¿En qué se basa? Desde luego, no en relatos históricos; eso es seguro.

        Ciertamente, los Evangelios nos pintan un retrato mucho más complejo del ministerio público de Jesús. Por supuesto que en algunas ocasiones se reunió con una enorme multitud, tan enorme que en una de ellas tuvo que sacar una barca hasta el lago para predicar; pero también fue rechazado, no solo por algunos líderes religiosos, sino también por la gente de su ciudad natal y de otros lugares. Sus discípulos le seguían y le escuchaban, pero también peleaban entre ellos, y huyeron cuando las cosas se pusieron difíciles.

        Brown describe a Jesús como si fuera una estrella del rock del siglo I, seguido por una muchedumbre de admiradores continuamente pasmada ante su presencia.

        No fue así.

 

¿De qué habló?

        En El Código Da Vinci, Brown no aclara ni explica en qué consistió el mensaje de Jesús. Hace frecuentes alusiones a Él como un profeta y un maestro venerado, pero no es más explícito.

        Según eso, la consecuencia es que el auténtico mensaje de Jesús está contenido en los evangelios gnósticos que ya hemos estudiado anteriormente, y en todo el tema de lo «sagrado femenino».

        Después de todo, ese es el punto central del libro: se había perdido la devoción por lo «sagrado femenino» y Jesús, especialmente a través de su relación con María Magdalena, intentaba restablecerla, y que gracias a ella, el mundo recuperaría su rastro.

        ¿De dónde sale esto? Quizá de las lecturas que hace Brown de los escritos de los cristianos-gnósticos, que incluyen un estado original andrógino de la humanidad que es preciso restablecer.

        Este tema ya lo hemos explicado antes desde luego. En los escritos gnóstico-cristianos no hay huellas del testimonio de ningún testigo sobre Jesús. Algunas alusiones que contienen frases conocidas de Jesús proceden de documentos más antiguos: la mayoría de las veces, de los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas).

        Si esto no os convence, la segunda cuestión es el modo extraordinariamente selectivo con el que Brown emplea los documentos gnósticos. Esos textos han llegado a nosotros en diversos pasajes, porque, por supuesto, el gnosticismo era diverso. Junto a unos ocasionales ecos de lo «sagrado femenino», encontrarás con mayor frecuencia unos abstrusos y esotéricos sistemas de pensamiento que incluyen destellos, contraseñas, fuerzas buenas y malas y miríadas de niveles en el cielo. También encontrarás antisemitismo e, inoportunamente, también algo de misoginia.

        Como indica Philip Jenkins en su libro The Hiddell Gospels: «Los defensores del valor de los textos gnósticos en busca de algo que se perdió en el movimiento y enseñanzas de Jesús, que valoraba esa cosa que llamamos lo «sagrado femenino», nunca parecen mencionar otros pasajes»:

        «El Jesús gnóstico vino a conceder la libertad espiritual, y en los textos encontramos repetidas variantes sobre el tema del Salvador 'venido a destruir los trabajos de la mujer'. En el Diálogo del Salvador, leemos que: 'Judas dijo... Cuando recemos, ¿cómo hemos de hacer?'. El Señor respondió: 'Rezad en un lugar donde no haya mujeres'. Es curioso denunciar al cristianismo por el celibato y el odio al cuerpo, mientras se ignoran exactamente los mismos errores en el gnosticismo...»

        Así pues, no; no hay evidencias de que Jesús derrocara reyes, fundara filosofías o se adhiriera a lo «sagrado femenino». Los primeros testigos, por su parte, no silencian lo que dijo, y lo que relatan es coherente con las Escrituras y con la vida de oración –el punto de contacto entre los cristianos y el Dios vivo– de las primitivas comunidades cristianas.

        «Simón Pedro les dijo: 'Dejad que se vaya María, porque las mujeres no son merecedoras de la Vida'. Jesús dijo: 'Yo las dirijo para hacerlas varones, y así, también ellas llegarán a ser almas vivas parecidas a las vuestras, pues toda mujer que se convierta en varón entrará en el Reino de los Cielos'". (Evangelio de Tomás, p. 114 [Iñe Nag Hammadi Library, James M. Robinson, editor, Harper & Row, 1976]). Este es el párrafo final del escrito gnóstico más conocido, pero que no cita El Código Da Vinci.

        El núcleo de la enseñanza de Jesús fue el reino de Dios. Expresaba su mensaje predicando con parábolas y con su relación con las demás personas. A través de sus palabras y de sus hechos enseñaba que Dios es amor: amor, compasión y misericordia para todos. Este amor de Dios estaba presente en Él, como lo manifestaban sus palabras y sus acciones. Cuando Jesús actuaba, el reino estaba presente. Somos parte del reino de Dios cuando vivimos en unión con Jesús y cuando imitamos su vida: es nuestro modelo de amor, de obediencia sacrificada que no lleva en cuenta el precio.

        Este núcleo no es secreto, por cierto. La lectura del Nuevo Testamento nos revela una sorprendente coherencia en el relato general de lo que sobre todo, era Jesús: Obediencia a la voluntad de Dios, amor, sacrificio y alegría.

 

 Un Jesús más humano

        Uno de los temas más frecuentes en El Código Da Vinci se refiere a que el cristianismo tradicional estaba dispuesto a suprimir los escritos gnósticos que trataban de Jesús porque ofrecían un retrato más «humano» de El, un retrato que perduró durante siglos hasta que Constantino apareció en escena. Y así sucesivamente.

        Ya hemos tratado esto, señalando que el conocimiento de Jesús como Señor, como Dios, como Hijo de Dios, aparece claramente en los escritos del Nuevo Testamento, que datan del siglo I.

        No obstante, interesa profundizar un poco más en la afirmación de que la historia oficial subraya la divinidad de Jesús a expensas de su humanidad, un hecho que los escritos gnósticos sacan a la luz. Brown habla de ellos algunas veces, pero nunca aporta pruebas concretas que apoyen su argumentación. ¿Hemos de creerle?

        Quizá no. Cualquiera que dedique una hora para leer detenidamente los evangelios canónicos y, luego, un par de consideraciones gnósticas, puede ver la falsedad de dicha argumentación.

        Porque, cuando lees los escritos gnósticos, te puede sorprender el hecho de no encontrar a un Jesús especialmente «humano». Es un maestro, pero hay muy poco sobre Él que sea característica o identificablemente humano. Reparte sabiduría, revela secretos y deambula en medio de una suave niebla espiritual, y habla, y habla. Y habla.

        Esto tiene sentido, por supuesto, pues las doctrinas gnósticas devalúan el mundo material, incluido el cuerpo humano. Por ejemplo, sus escritos sobre Jesús ignoran sin rodeos su Pasión y Muerte. Para asegurarte, lee los textos favoritos de los gnósticos, como el Evangelio de Felipe, el Evangelio de Tomás y el quizá gnóstico Evangelio de María. Lee todos esos extensos diálogos y luego introdúcete en el Libro de Mateo.

        «Y tomando a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse y a sentir angustia. Entonces les dijo: 'Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo'».

        Y luego, lee detenidamente el resto de los evangelios. Verás a Jesús comiendo, bebiendo, enfadado, aterrado, solo y afligido, sufriendo y muriendo.

        Solamente quien desconozca absolutamente los Evangelios puede mantener que ofrecen la imagen de un Jesús «des humanizado». De hecho, es todo lo contrario. El motivo de que los maestros cristianos lucharan tan esforzadamente contra las teorías gnósticas y otras similares fue precisamente el de que esos sistemas no resaltaban suficientemente la humanidad de Jesús y, en consecuencia, no eran fieles a los antiguos testimonios presentes en el Nuevo Testamento.

        Quizá, cuando Brown y otros como él sugieren que necesitamos un Jesús más «humano» que, según ellos, no aparece en los Evangelios, no están al corriente de las características que hemos expuesto anteriormente. Probablemente se refieren a algo más. Deben estar hablando exactamente de sexo.

 

  ¿Estuvo casado Jesús?

        En este siguiente apartado vamos a investigar el intrigante y maravilloso personaje de María Magdalena (que por cierto, es venerada como una santa en la religión católica y en la ortodoxa, y no ultrajada como insinúa Brown), y especialmente veremos las pruebas de su relación con Jesús.

        Ya que hemos estado hablando del entorno general y el sentido de la vida de Jesús según El Código Da Vinci, es un buen momento para tocar el tema del matrimonio de Jesús.

        Es importante asentar desde el principio que cualquier duda sobre el matrimonio de Jesús no se debe al «miedo» o al odio a la sexualidad. Con extremada frecuencia, los que defienden a un Jesús casado sugieren que los demás no podemos ni hablar de que estuvo casado porque somos tan enemigos del sexo que incluso pensarlo podría hacer añicos nuestra fe, porque odiamos el sexo.

        ¡Oh! ¿De verdad?

        El miedo o el rechazo no son precisamente el tema importante en este momento. El tema es saber lo que revelan las fuentes y las mayores evidencias cuando se las estudia honesta y objetivamente.

        En El Código Da Vinci, nuestro amigo Teabing (por supuesto) hace saber a Sophie que Jesús estuvo casado, diciendo tajantemente: «Ese matrimonio está documentado en la historia».

        ¿Dónde?

        Como ya hemos indicado, el mejor «documento histórico» que tenemos para describir la vida de Jesús son los Evangelios canónicos, escritos solamente unas décadas después de su muerte y resurrección. Ciertamente tienen sus límites, como cualquier documento antiguo, pero cuando deseamos responder a preguntas sobre cómo era Jesús y lo que hizo, esos textos serían los más adecuados para empezar. (Unos textos que, repetiremos incansablemente, jamás menciona Brown).

        Y la gran noticia es esta: no mencionan a Jesús casado. Nunca.

        Ahora bien, existe un argumento relacionado con este silencio, sobre el que alguien escribió un libro, y que hemos oído en numerosas ocasiones: los Evangelios silencian el matrimonio de Jesús porque el estado de casado era el normal en un hombre judío de aquella época, así que se daba por supuesto y esto no se consideraba lo bastante importante como para mencionarlo.

        Brown sugiere otros motivos para ese silencio. Si no estuviera casado, los escritores del Evangelio se habrían tomado un minuto o dos para explicar que no estaba casado.

        Por supuesto, el argumento basado en el silencio es un argumento astuto, pero hay algo más que decir sobre ese tema como para dejarlo así. John Meier, de la Catholic University of America, ha refutado hábilmente esa explicación en su libro Un judío marginal. Consideremos ahora dos de sus puntos:

        En primer lugar, Meier critica ese argumento basado en el silencio porque los Evangelios no ocultan otras relaciones de Jesús. Con gran frecuencia mencionan a sus padres y a otros parientes. Le describen poniéndose en contacto con ellos, así como en conflicto con la gente de Nazaret, su lugar de nacimiento. Lucas nombra incluso a las mujeres que formaban parte de sus discípulos y le seguían, prestándole ayuda: María Magdalena, Juana y Susana.

        Después de estos datos concretos sobre los lazos familiares de Jesús y sobre las mujeres que le seguían, no hay motivos para no mencionar a una esposa.

        A continuación, Meier aborda la afirmación (que también hace el personaje de Teabing) de que el matrimonio era absolutamente normativo para un hombre judío en tiempos de Jesús, especialmente para un rabino, y un Jesús soltero habría necesitado una defensa especial con objeto de preservar su credibilidad, y que no se habría podido tomar en serio a Jesús si hubiese sido un hombre soltero.

        Sencillamente, esta suposición es falsa. Meier critica esta afirmación en varios aspectos. En primer lugar, Jesús no era un rabino. Sus discípulos le llamaban «rabbi», que significa «maestro», pero eso no significa que fuera un rabino en el sentido formal o institucional.

        También es falsa la afirmación de Teabing, porque ofrece un retrato monolítico del judaísmo del siglo I que no refleja la realidad. De hecho, en aquella época hubo al menos una secta judía cuyos miembros permanecían célibes: los esenios, que vivieron en comunidad en Qumran, cerca del Mar Muerto, y que dejaron los Manuscritos del Mar Muerto.

        Concretamente, en el judaísmo existe también una tradición de personajes cuyas vidas estaban plenamente entregadas al servicio de Dios y de la Ley, y que eran célibes. Uno de ellos fue el profeta Jeremías. Las tradiciones judías expuestas en los textos del Antiguo Testamento nos ofrecen un retrato de Moisés que después de reunirse con Dios en el Monte Sinaí, permaneció célibe. Juan Bautista, uno de los más importantes personajes históricos, no estaba casado, ni en opinión de muchos eruditos, el apóstol Pablo.

        Meier concluye:

        «Cuando relacionamos todas esas tendencias, observamos que el siglo I d.C. estaba poblado por algunos notables individuos célibes y por grupos: algunos esenios y qumranitas, los terapeutas, Juan Bautista, Jesús, Pablo, Epicteto, Apolunio y varios cínicos aislados. El celibato seguía siendo una elección rara y algunas veces censurada en el siglo I d.C. Sin embargo, era una opción viable».

        En resumen: según los textos más creíbles no existen pruebas de que Jesús estuviera casado, y el conocimiento del ambiente del siglo I indica que no sería absolutamente inaudito que un individuo plenamente dedicado a Dios fuera soltero.

 

  La verdad y las consecuencias

        La afirmación de El Código Da Vinci de que el cristianismo tradicional devalúa la humanidad de Jesús es absolutamente falsa. Los Evangelios nos lo presentan sistemáticamente como un personaje real, muy humano, opuesto a la bastante etérea figura que encontramos en los escritos gnósticos. Muchas de las discusiones teológicas y de los conflictos en los primeros cuatro siglos de la historia del cristianismo reflejan la determinación de los Padres cristianos de ser fieles a los relatos del Evangelio, y de permanecer firmemente unidos a la perfecta humanidad de Jesús.

        Durante unos instantes, podríamos echar una mirada a la devoción y al arte cristianos a través de los siglos, desde el funesto día en el 325 d.C. en que Constantino sacó a empujones del cuadro a la humanidad de Jesús.

        En el transcurso del tiempo, la oración cristiana ha conectado con Jesús a través de sus «aflicciones», a través de la compasión y a través de sus sufrimientos. El genial arte cristiano nos ofrece a un niño Jesús mamando del pecho de su madre, a un hombre sangrando y maltratado, y también a un cadáver devuelto a los brazos de su madre.

        El que haya alguien que se tome en serio lo que se cuenta en El Código Da Vinci dice mucho. Nos dice que demasiadas personas –de dentro y fuera del cristianismo– están totalmente desconectadas del retrato evangélico de Jesús y de la rica tradición de la teología cristiana y la meditación espiritual sobre el misterio de su humanidad. Todo lo que saben sobre Jesús no lo han aprendido en los Evangelios ni en la tradición cristiana, lo que les deja expuestos a las distorsiones que podemos encontrar en El Código Da Vinci.

        ¿Que el cristianismo no valora la humanidad de Jesús? La verdad está tan próxima como la imagen que aparece en los muros de una iglesia. Un hombre. No un fantasma. Ni un mito. Un hombre.


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