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Clase X. El sentido del trabajo para los que desean ser testigos del Evangelio.


Como esta clase va dirigida a jóvenes estudiantes, el término trabajo deberá sustituirse en muchas ocasiones por el término más concreto estudio.


  • Punto de partida. Se lee en el libro del Génesis 1, 27,18:


Y los bendijo Dios, y les dijo: Procread y multiplicaos y henchid la tierra; sometedla y dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, y sobre los ganados y sobre todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra.

 

  • En este texto se muestra como Dios creó al hombre para que trabajara.
  • Recuerda el Catecismo: El trabajo humano procede directamente de personas creadas a imagen de Dios y llamadas a prolongar, unidas y para mutuo beneficio, la obra de la creación dominando la tierra (cf Gn 1,28; GS 34; CA 31).

    Mediante el trabajo el hombre participa en la obra divina de la Creación


    Se lee en la Laborens Exercens:" La conciencia de que a través del trabajo el hombre participa en la obra de la creación, constituye el móvil más profundo para emprenderlo en varios sectores: «Deben, pues, los fieles —leemos en la Constitución Lumen Gentium— conocer la naturaleza íntima de todas las criaturas, su valor y su ordenación a la gloria de Dios y, además, deben ayudarse entre sí, también mediante las actividades seculares, para lograr una vida más santa, de suerte que el mundo se impregne del espíritu de Cristo y alcance más eficazmente su fin en la justicia, la caridad y la paz ...


    Procuren, pues, seriamente, que por su competencia en los asuntos profanos y por su actividad, elevada desde dentro por la gracia de Cristo, los bienes creados se desarrollen... según el plan del Creador y la iluminación de su Verbo, mediante el trabajo humano, la técnica y la cultura civil
    ».

    El trabajo es, por tanto, un deber: "Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma" (2 Ts 3,10; cf. 1 Ts 4,11). Con su trabajo el hombre honra los dones del Creador y los talentos que ha recibido de Él

    Recuerda el Catecismo (2428): En el trabajo, la persona ejerce y aplica una parte de las capacidades inscritas en su naturaleza. El valor primordial del trabajo pertenece al hombre mismo, que es su autor y su destinatario. El trabajo es para el hombre y no el hombre para el trabajo (cf LE 6).

    Por esa razón, el trabajo tiene un gran valor intrínseco. Nos beneficiamos del trabajo de los hombres que nos han precedido: mediante el trabajo:


    • el hombre conoce y domina la realidad

    • colabora al progreso social

    • contribuye a la felicidad de los demás hombres

 


Cristo era un trabajador como nosotros

 

  • El "Evangelio del Trabajo"

"Esta verdad, según la cual a través del trabajo el hombre participa en la obra de Dios mismo, su Creador, ha sido particularmente puesta de relieve por Jesucristo, aquel Jesús ante el que muchos de sus primeros oyentes en Nazaret «permanecían estupefactos y decían: «¿De dónde le viene a éste tales cosas, y qué sabiduría es ésta que le ha sido dada? ... ¿No es acaso el carpintero?

En efecto, Jesús no solamente lo anunciaba, sino que ante todo, cumplía con el trabajo el «evangelio» confiado a él, la palabra de la Sabiduría eterna.

Por consiguiente, esto era también el «evangelio del trabajo», pues el que lo proclamaba, él mismo era hombre del trabajo, del trabajo artesano al igual que José de Nazaret.

Aunque en sus palabras no encontremos un preciso mandato de trabajar —más bien, una vez, la prohibición de una excesiva preocupación por el trabajo y la existencia— no obstante, al mismo tiempo, la elocuencia de la vida de Cristo es inequívoca: pertenece al «mundo del trabajo», tiene reconocimiento y respeto por el trabajo humano; se puede decir incluso más: él mira con amor el trabajo, sus diversas manifestaciones, viendo en cada una de ellas un aspecto particular de la semejanza del hombre con Dios, Creador y Padre.

Juan Pablo II, Encíclica Laborem Exercem


San Pablo. Los primeros cristianos

 

San Pablo

En los Hechos de los Apóstoles se cuenta que san Pablo: “Después de esto se fue de Atenas y llegó a Corinto. Encontró a un judío llamado Aquila, oriundo del Ponto, que recientemente había llegado de Italia, junto con su mujer Priscila, por haber decretado Claudio que salieran de Roma todos los judíos.

Se les acercó y, como tenía el mismo oficio, vivía y trabajaba con ellos, pues eran de profesión fabricantes de tiendas".


 




Sentido del trabajo


 





Santificar el trabajo, el estudio

 

  • Como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, podemos santificar el trabajo, convirtiéndolo en medio para colaborar de cierta manera en la Redención, para corredimir con Cristo:


    Puede ser también redentor. Soportando el peso del trabajo (cf Gn 3,14-19), en unión con Jesús, el carpintero de Nazaret y el crucificado del Calvario, el hombre colabora en cierta manera con el Hijo de Dios en su Obra redentora.

    Se muestra discípulo de Cristo llevando la Cruz cada día, en la actividad que está llamado a realizar (cf LE 27). El trabajo puede ser un medio de santificación y una animación de las realidades terrenas en el espíritu de Cristo.

  • Aprender a organizarse
  • Aprender a trabajar en equipo y a relacionarse los demás
  • Aprender a organizar el tiempo

  • Aprender a organizar las cosas

  • Aprender a comenzar y a terminar de trabajar en punto

 

El estudio, trabajo y servicio


 


La ilusión profesional

 

La ilusión profesional. El ejemplo de Ernesto Cofiño

La ilusión profesional: Pier Giorgio Frassati, de la Acción Católica


 




Santificarse con el trabajo; santificar a los demás con el trabajo. El trabajo bien hecho y la "chapuza"

Una parte del trabajo: el necesario descanso

Recuerda la Laborens Exercens:


El hombre tiene que imitar a Dios tanto trabajando como descansando, dado que Dios mismo ha querido presentarle la propia obra creadora bajo la forma del trabajo y del reposo.

Esta obra de Dios en el mundo continúa sin cesar, tal como atestiguan las palabras de Cristo: «Mi Padre sigue obrando todavía ...»; obra con la fuerza creadora, sosteniendo en la existencia al mundo que ha llamado de la nada al ser, y obra con la fuerza salvífica en los corazones de los hombres, a quienes ha destinado desde el principio al «descanso» en unión consigo mismo, en «la casa del Padre».

Por lo tanto, el trabajo humano no sólo exige el descanso cada «siete días», sino que además no puede consistir en el mero ejercicio de las fuerzas humanas en una acción exterior; debe dejar un espacio interior, donde el hombre, convirtiéndose cada vez más en lo que por voluntad divina tiene que ser, se va preparando a aquel «descanso» que el Señor reserva a sus siervos y amigos.



 

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