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Clase IV. Cristo en la vida cotidiana


 





La vida de trabajo de Cristo en Nazaret, modelo de la vida cristiana corriente
  • Los cristianos estamos llamados a imitar la vida corriente, de trabajo, de Cristo en Nazaret. Una vida sencilla, "en sombra", en la que nuestro Salvador cumplió la voluntad de Dios.

  • Lectura: Años de sombra


 



Primeros cristianos, trabajadores corrientes

  • Algunos de los primeros cristanos sufrieron el martirio, pero la mayoría fueron trabajadores normales, como tantos otros, que pasaron su vida trabajando y se enfrentaron con el mismo reto que nosotros: el reto apasionante de construir una nueva civilización enraizada en Cristo.

  • Esos primeros cristianos tenían muy presente el ejemplo de Cristo, que trabajó durante gran parte de su vida con normalidad. Dice san Justino en su Diálogo con Trifón, 88,8 que Cristo "fue considerado Él mismo como carpintero y fábricó arados y yugos mientras estaba entre los hombres, enseñando... lo que es una vida de trabajo".

 
Los primeros cristianos se opusieron sin complejos los modelos de vida paganos.

Clemente de Alejandría
mostraba en su Pedagogo las paradojas crueles del mundo pagano que mostraba los signos de la cultura de la muerte actual (aborto, abandono, etc.):

"[los paganos] abandonan en la calle a los niños concebidos en casa, mientras recogen pajaritos (...). No acogen a los huérfanos, pero crian papagayos (...). Hacen ostentación de su riqueza, diciendo que su caballo, su finca, su siervo, su oro, valen quince talentos. Pero ellos valen tres céntimos".

"Para ocultar la fornicación, usan medicinas mortales que acarrean la destrucción total, tanto del feto como del amor".


 

Los primeros cristianos llevaban una vida corriente, pero se esforzaban por llenarla de sentido sobrenatural


Carta a Diogneto:

(los cristianos) habitan sus propias patrias, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos; y todo lo soportan como extranjeros. Toda tierra es para ellos patria y toda patria, tierra extraña. Se casan, igual que todos; tienen hijos, igual que todos; pero no los abandonan cuando nacen... Aunque viven en la tierra, son ciudadanos del Cielo. Obedecen las leyes que están establecidas, pero su vida sobrepasa esas leyes... Para decirlo brevemente: lo que el alma es en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo.


"Habitando en ciudades griegas o bárbaras, según la suerte que le tocó a cada uno, se adaptan al vestido, a la comida y a los diversos géneros, usos y costumbres del país, dando muestras de un tipo de conducta admirable y sorprendente, como reconocen todos.




Los primeros cristianos procuraban cumplir sus deberes cívicos


San Justino
: En cuanto a tributos y contribuciones, nosotros procuramos cumplirlos antes que nadie (Apología, I, 17)

 







San Justino: se respetan todas las religiones, menos la cristiana:

La primera prueba es que aunque nosotros digamos cosas semejantes a los griegos, somos los únicos a quienes se odia por el nombre de Cristo y, sin cometer crimen alguno, se nos quita la vida como a pecadores. Y ahí tenéis que unos acá y otros allá, dan culto a los árboles, a los ríos, a los ratones, a los gatos, a los cocodrilos, a una muchedumbre de animales irracionales...

Lo único que vosotros nos podéis recriminar es que no veneramos a vuestros dioses y que no ofrecemos libaciones y grasas a los muertos.... Ahora bien, sabéis perfectamente que los mismos animales que unos consideran dioses, son fieras para otros, y para otros, víctimas para sus sacrificios.


San Pablo y los primeros cristianos



 



Una tentación al constante acecho de los cristianos del siglo XXI: el escapismo de la mística ojalatera: ojalá estudiara otra carrera; ojalá fuera yo de otra manera; ojalá tuviera una moto acuática...

Los cristianos de este momento histórico, siguiendo las enseñanzas el Señor y el ejemplo de los primeros cristianos, debemos procurar llevar a Cristo el mundo que nos ha tocado vivir y santificarnos sin escapismos, lamentos, nostalgias de tiempos mejores, quejas...


 







La unidad de vida: santidad en la vida cotidiana

 

 

 

 




La santidad: un paso y otro, día tras día,
con amor, con lucha,
cayendo y levantándose,
en el camino de nuestra vida cotidiana


Benedicto XVI: la necesidad de recomenzar, una y otra vez,
mediante el sacramento de la confesión

 

La meta que os propongo –mejor, la que nos señala Dios a todos– no es un espejismo o un ideal inalcanzable: podría relataros tantos ejemplos concretos de mujeres y hombres de la calle, como vosotros y como yo, que han encontrado a Jesús que pasa quasi in occulto (Ioh VII, 10.) por las encrucijadas aparentemente más vulgares, y se han decidido a seguirle, abrazados con amor a la cruz de cada día (Cfr. Mt XVI, 24.).

En esta época de desmoronamiento general, de cesiones y desánimos, o de libertinaje y anarquía, me parece todavía más actual aquella sencilla y profunda convicción que, en los comienzos de mi labor sacerdotal, y siempre, me ha consumido en deseos de comunicar a la humanidad entera: estas crisis mundiales son crisis de santos.

Vida interior: es una exigencia de la llamada que el Maestro ha puesto en el alma de todos. Hemos de ser santos –os lo diré con una frase castiza de mi tierra– sin que nos falte un pelo: cristianos de veras, auténticos, canonizables; y si no, habremos fracasado como discípulos del único Maestro.

Mirad además que Dios, al fijarse en nosotros, al concedernos su gracia para que luchemos por alcanzar la santidad en medio del mundo, nos impone también la obligación del apostolado.

Comprended que, hasta humanamente, como comenta un Padre de la Iglesia, la preocupación por las almas brota como una consecuencia lógica de esa elección: cuando descubrís que algo os ha sido de provecho, procuráis atraer a los demás. Tenéis, pues, que desear que otros os acompañen por los caminos del Señor. Si vais al foro o a los baños, y topáis con alguno que se encuentra desocupado, le invitáis a que os acompañe. Aplicad a lo espiritual esta costumbre terrena y, cuando vayáis a Dios, no lo hagáis solos (S. Gregorio Magno, Homiliae in Evangelia, 6, 6 (PL 76, 1098).).

Si no queremos malgastar el tiempo inútilmente –tampoco con las falsas excusas de las dificultades exteriores del ambiente, que nunca han faltado desde los inicios del cristianismo–, hemos de tener muy presente que Jesucristo ha vinculado, de manera ordinaria, a la vida interior la eficacia de nuestra acción para arrastrar a los que nos rodean.

Cristo ha puesto como condición, para el influjo de la actividad apostólica, la santidad; me corrijo, el esfuerzo de nuestra fidelidad, porque santos en la tierra no lo seremos nunca. Parece increíble, pero Dios y los hombres necesitan, de nuestra parte, una fidelidad sin paliativos, sin eufemismos, que llegue hasta sus últimas consecuencias, sin medianías ni componendas, en plenitud de vocación cristiana asumida y practicada con esmero.

6 Quizá alguno de vosotros piense que me estoy refiriendo exclusivamente a un sector de personas selectas. No os engañéis tan fácilmente, movidos por la cobardía o por la comodidad. Sentid, en cambio, la urgencia divina de ser cada uno otro Cristo, ipse Christus, el mismo Cristo; en pocas palabras, la urgencia de que nuestra conducta discurra coherente con las normas de la fe, pues no es la nuestra –ésa que hemos de pretender– una santidad de segunda categoría, que no existe.

Y el principal requisito que se nos pide –bien conforme a nuestra naturaleza–, consiste en amar: la caridad es el vínculo de la perfección (Col III, 14.); caridad, que debemos practicar de acuerdo con los mandatos explícitos que el mismo Señor establece: amarás al Señor Dios tuyo con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente (Mt XXII, 37.), sin reservarnos nada. En esto consiste la santidad.

Ciertamente se trata de un objetivo elevado y arduo. Pero no me perdáis de vista que el santo no nace: se forja en el continuo juego de la gracia divina y de la correspondencia humana. Todo lo que se desarrolla –advierte uno de los escritores cristianos de los primeros siglos, refiriéndose a la unión con Dios–, comienza por ser pequeño. Es al alimentarse gradualmente como, con constantes progresos, llega a hacerse grande (S. Marcos Eremita, De lege spirituali, 172 (PG 65, 926).).

Por eso te digo que, si deseas portarte como un cristiano consecuente –sé que estás dispuesto, aunque tantas veces te cueste vencer o tirar hacia arriba con este pobre cuerpo–, has de poner un cuidado extremo en los detalles más nimios, porque la santidad que Nuestro Señor te exige se alcanza cumpliendo con amor de Dios el trabajo, las obligaciones de cada día, que casi siempre se componen de realidades menudas. (Amigos de Dios)


Las fotografías que acompañan el texto de esta clase son retratos funerarios de contemporáneos de los primeros cristianos, de los siglos I, II y III.


Para saber más sobre los primeros cristianos

 

Casa de los santos Juan y Pablo

 

Benedicto XVI habla de san Juan Clímaco

 


 

 

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