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Clase II. Buscar en todo la Voluntad de Dios. Dirección y acompañamiento espiritual


Se sugiere, antes de dar esta clase, el estudio y análisis del capítulo “La libertad de ser pecadores, la libertad de ser santos”, del libro de Jacques Philippe “La libertad interior”.


 








Bib
liografía recomendada

Pedro Rodríguez, La dirección espiritual: fundamentos antropológicos y teológicos, en “Teología y espiritualidad en la formación de los sacerdotes”, EUNSA, Pamplona 1997.


¿Qué entiende la Iglesia por Voluntad de Dios?

 

San Agustín

Dame, Señor, lo que me mandas, y manda lo que quieras



Santa Teresa de Lisieux

La perfección consiste en hacer Su voluntad, en ser lo que Él quiere que seamos (Manuscritos autobiográficos).

 

Catecismo de la Iglesia:

2822 La voluntad de nuestro Padre es "que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad" (1 Tm 2, 3-4). El "usa de paciencia, no queriendo que algunos perezcan" (2 P 3, 9; cf Mt 18, 14). Su mandamiento que resume todos los demás y que nos dice toda su voluntad es que "nos amemos los unos a los otros como él nos ha amado" (Jn 13, 34; cf 1 Jn 3; 4; Lc 10, 25-37).

2823 El nos ha dado a "conocer el Misterio de su voluntad según el benévolo designio que en él se propuso de antemano ... : hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza ... a él por quien entramos en herencia, elegidos de antemano según el previo designio del que realiza todo conforme a la decisión de su Voluntad" (Ef 1, 9-11). Pedimos con insistencia que se realice plenamente este designio benévolo, en la tierra como ya ocurre en el cielo.

2824 En Cristo, y por medio de su voluntad humana, la voluntad del Padre fue cumplida perfectamente y de una vez por todas. Jesús dijo al entrar en el mundo: " He aquí que yo vengo, oh Dios, a hacer tu voluntad" (Hb 10, 7; Sal 40, 7). Sólo Jesús puede decir: "Yo hago siempre lo que le agrada a él" (Jn 8, 29). En la oración de su agonía, acoge totalmente esta Voluntad: "No se haga mi voluntad sino la tuya" (Lc 22, 42; cf Jn 4, 34; 5, 30; 6, 38).

He aquí por qué Jesús "se entregó a sí mismo por nuestros pecados según la voluntad de Dios" (Ga 1, 4). "Y en virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo" (Hb 10, 10).

2825 Jesús, "aun siendo Hijo, con lo que padeció, experimentó la obediencia" (Hb 5, 8). ¡Con cuánta más razón la deberemos experimentar nosotros, criaturas y pecadores, que hemos llegado a ser hijos de adopción en él! Pedimos a nuestro Padre que una nuestra voluntad a la de su Hijo para cumplir su voluntad, su designio de salvación para la vida del mundo.


Nosotros somos radicalmente impotentes para ello, pero unidos a Jesús y con el poder de su Espíritu Santo, podemos poner en sus manos nuestra voluntad y decidir escoger lo que su Hijo siempre ha escogido: hacer lo que agrada al Padre (cf Jn 8, 29):

Adheridos a Cristo, podemos llegar a ser un solo espíritu con él, y así cumplir su voluntad: de esta forma ésta se hará tanto en la tierra como en el cielo (Orígenes, or. 26).

Considerad cómo Jesucristo nos enseña a ser humildes, haciéndonos ver que nuestra virtud no depende sólo de nuestro esfuerzo sino de la gracia de Dios. El ordena a cada fiel que ora, que lo haga universalmente por toda la tierra.

Porque no dice 'Que tu voluntad se haga' en mí o en vosotros 'sino en toda la tierra': para que el error sea desterrado de ella, que la verdad reine en ella, que el vicio sea destruido en ella, que la virtud vuelva a florecer en ella y que la tierra ya no sea diferente del cielo (San Juan Crisóstomo, hom. in Mt 19, 5).

2826 Por la oración, podemos "discernir cuál es la voluntad de Dios" (Rm 12, 2; Ef 5, 17) y obtener "constancia para cumplirla" (Hb 10, 36). Jesús nos enseña que se entra en el Reino de los cielos, no mediante palabras, sino "haciendo la voluntad de mi Padre que está en los cielos" (Mt 7, 21).

2827 "Si alguno cumple la voluntad de Dios, a ese le escucha" (Jn 9, 31; cf 1 Jn 5, 14). Tal es el poder de la oración de la Iglesia en el Nombre de su Señor, sobre todo en la Eucaristía; es comunión de intercesión con la Santísima Madre de Dios (cf Lc 1, 38. 49) y con todos los santos que han sido "agradables" al Señor por no haber querido más que su Voluntad:

Incluso podemos, sin herir la verdad, cambiar estas palabras: 'Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo' por estas otras: en la Iglesia como en nuestro Señor Jesucristo; en la Esposa que le ha sido desposada, como en el Esposo que ha cumplido la voluntad del Padre (San Agustín, serm. Dom. 2, 6, 24).


Santa Teresa


Vuestra soy, para Vos nací,
¿qué mandáis hacer de mí?

Soberana Majestad,
eterna sabiduría,
bondad buena al alma mía;
Dios alteza, un ser, bondad,
la gran vileza mirad
que hoy os canta amor así:
¿qué mandáis hacer de mí?

Vuestra soy, pues me criastes,
vuestra, pues me redimistes,
vuestra, pues que me sufristes,
vuestra pues que me llamastes,
vuestra porque me esperastes,
vuestra, pues no me perdí:
¿qué mandáis hacer de mí?


 


 




Saber escuchar a Dios, conocer por medio de quién nos habla

 

  • Para cumplir siempre y en todo la Voluntad de Dios se requiere saber escuchar a Dios, y conocer los caminos por medio de los cuales nos va manifestando su Voluntad.

 

Escribe I. Celaya:

“Dios quiere que le obedezcamos no como animales irracionales, sino como seres inteligentes, que gozan de una voluntad libre regalada por su Creador. La obligatoriedad de la norma moral llega al hombre a través de su conciencia, que descubre y discierne en concreto la bondad o maldad de las cosas, señala un deber objetivo a nuestra conducta subjetiva, hace que nos sintamos obligados a poner o a evitar una determinada acción.

Por esta razón, es imprescindible que la primera cualidad de la conciencia sea la veracidad, la sinceridad debe reflejar efectivamente en cada caso los planes divinos para el hombre; esta sinceridad le lleva en primer lugar a conocer la ley moral -ley natural y Ley evangélica-, confiada a su Iglesia en depósito para que la custodie, declare e interprete sin posibilidad de error, de modo que lo tengamos siempre como guía segura e infalible para conocer la voluntad de Dios; y juntamente, la sinceridad se dirige al objetivo conocimiento de las propias acciones, para que se acomoden a esa ley moral, y eventualmente para enderezarlas cuando sea necesario.

En el caso de que la acción humana no esté de acuerdo con la Voluntad de Dios, el hombre tiene también medios eficaces para rectificarla: la contrición y el sacramento de la Penitencia.

Dios, que conoce la debilidad humana, ha previsto los medios para subsanarla, pero exige siempre una actitud de sinceridad: «si dijéramos que no tenemos pecado, nosotros mismos nos engañamos, y no hay verdad en nosotros. Pero si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es él, para perdonárnoslos y lavarnos de toda iniquidad. Si dijéramos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso,- y su palabra no está en nosotros» (I lo 1,8-10).

En la Confesión, la sinceridad es tan vital que si el hombre no reconoce objetivamente su culpa no puede recibir la gracia; no es, pues, una actitud ante una persona, el confesor, sino ante el mismo Dios, en cuyo nombre actúa el sacerdote: la posición contraria sería tan estéril como la del que «acudiendo a la consulta del médico para ser curado, perdiera el juicio y la conciencia de a qué ha ido, y mostrase los miembros sanos ocultando los enfermos.


Dios -sigue S. Agustín- es quien debe vendar las heridas, no tú; porque si tú, por vergüenza, quieres ocultarlas con vendajes, no te curará el médico. Has de dejar que sea el médico el que te cure y vende las heridas, porque él las cubre con medicamento.

Mientras que con el vendaje del médico las llagas se curan, con el vendaje del enfermo se ocultan. ¿Y a quién las ocultas? Al que conoce todas las cosas» (Enarr. in Ps 31,2,12)".


 

Para conocer la Voluntad de Dios

Cumplir la Voluntad de Dios lleva a la felicidad, a la belleza suprema de una vida vivida junto a Cristo. No hay existencia más apasionante y hermosa, no hay aventura mayor que la que nos propone el Evangelio.

Cumplir la Voluntad de Dios puede costar, como le costó a Jesucristo cumplir la voluntad de su Padre.


  • Para conocer la voluntad de Dios para con nosotros, contamos:

    1. Con las iluminaciones que el Espíritu Santo concede al alm, por vías muy numerosas y variadas.

    2. Con las inspiraciones que da Dios en la oración.

    3. Con las luces de la propia razón, cuando cultivamos –con esfuerzo y estudio- nuestra inteligencia para conocer mejor a Dios, deseando ser alma de criterio.

    4. Con las enseñanzas del Evangelio, del Magisterio de la Iglesia, de los Papas, de los santos, de los autores espirituales, etc.


    5. Con las sugerencias que se nos dan en el acompañamiento espiritual.

Fruto del abandono en Dios: la paz del corazón

  • San León Magno: La paz del cristiano proviene de estar unido a la voluntad de Dios (Sermón 9).

  • Santa Margarita: "Por encima de todo, conservad la paz del corazón, que es el mayor tesoro. Para conservarla, nada ayuda tanto como el renunciar a la propia voluntad y poner la voluntad del Corazón divino en lugar de la nuestra. (Cartas)


 






La dirección o acompañamiento espiritual

  • Al igual que sucede en el deporte, donde la figura del entrenador es tan importante, también en la vida espiritual necesitamos personas que nos asesoren, que nos entrenen, transmitiéndonos su experiencia y dándonos consejos.



     

    "Y para descubrir la concreta voluntad del Señor sobre nuestra vida son siempre indispensables:

    la escucha pronta y dócil de la palabra de Dios y de la Iglesia,

    la oración filial y constante,

    la referencia a una sabia y amorosa dirección espiritual,

    la percepción en la fe de los dones y talentos recibidos y al mismo tiempo de las diversas situaciones sociales en las que se está inmerso.

    En la vida de cada fiel laico hay además momentos particularmente significativos y decisivos para discernir la llamada de Dios y para acoger la llamada que Él confía.

    Entre ellos están los momentos de la adolescencia y la juventud.

    Juan Pablo II, Cristifideles laici, 58



     

     



  • Saber escuchar


    Una gimnasta con su entrenadora

Preguntas y respuestas sobre el acompañamiento espiritual, como las siguientes:

  • ¿Qué es y qué no es el acompañamiento o dirección espiritual?

  • ¿En qué se basa la dirección espiritual cristiana?

  • La enseñanza de los santos, de los Papas y de la Iglesia.

  • ¿Qué se busca con el acompañamiento espiritual?

  • ¿De qué se suele hablar en esas charlas de dirección o acompañamiento espiritual?

  • ¿Quién puede dirigir y acompañar espiritualmente?

  • ¿No se corre el riesgo, en el acompañamiento espiritual, de suplantar la libertad y la responsabilidad del otro?

  • ¿En la dirección espiritual, de qué se habla? ¿De todo?


     

    Abrir el corazón

    Si contamos con la posibilidad de abrir nuestro corazón a una persona que pueda aconsejarnos espiritualmente, se nos facilitará extraordinariamente el discernimiento de la acción del Espíritu Santo.

    Frecuentemente no somos capaces de ver con claridad en nosotros mismos, en nuestras motivaciones, etc., y explicando con palabras lo que estamos viviendo conseguiremos la luz a través del diálogo con una persona que cuente con cierta experiencia.


    Sabemos que Dios "bendice" la actitud de abrir el corazón.
    En efecto, es una actitud de humildad (reconocemos que no nos bastamos a nosotros mismos) y de confianza en el otro; además, da pruebas de que, puesto que ponemos los medios, es realmente sincero nuestro deseo de ver claro para cumplir la voluntad de Dios.


    Estas disposiciones agradan mucho a Dios que responde a ellas con sus gracias. (Philippe)




 





Voluntad de Dios y debilidad humana: el camino del hijo pródigo

  • Somos viatores, caminantes, que deseamos hacer durante el camino de nuestra vida la Voluntad de Dios… pero somos débiles. La experiencia cotidiana nos muestra, una y otra vez, que muchas veces, como les sucede a los peregrinos del camino de Santiado, nos equivocamos de camino.

  • En nuestra vida debemos volver una vez y otra a Dios, retomar de nuevo el camino, como el hijo pródigo del Evangelio, que -dolido de sus faltas- regresa contrito al encuentro de su padre.
  • Reconocer la propia debilidad es señal de humildad y de madurez cristiana que lleva a la ibertad interior, a la confianza en la misericordia divina, sin miedo a equivocarse, porque no confunde el afán de ser santos con el perfeccionismo.
  • Precisamente porque somos débiles, para remediar las posibles caídas en las que por fragilidad puede incurrir quien se esfuerza y se propone ser fiel a Dios, la misericordia divina ha previsto el Sacramento de la Penitencia. La santidad no está tanto en no caer como en levantarse arrepentido cuántas veces sea preciso.
  • Las faltas que tienen su origen en la debilidad acaban siendo, por el arrepentimiento sincero, ocasión de crecimiento en humildad por el conocimiento y re-conocimiento de la propia miseria y, por lo tanto, son camino de santidad. (Sin embargo, si antes de que llegara la tentación concreta, una persona no se propusiera seriamente vivir de acuerdo con el querer de Dios, eso ya no sería simple debilidad, sino una infidelidad consciente.)

 

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