.Inicio


 





Cardenales de papel

En el marco de la información sobre la Iglesia se percibe la presencia de lo que se puede denominar cardenales de papel: figuras que aplauden o condenan y en ocasiones pontifican sobre las enseñanzas pontificias o de los obispos. Son pocos en número, pero resultan útiles a determinados medios de comunicación, y son –gracias a ellos- relativamente influyentes en la sociedad.

Ejercen una crítica perfectamente legítima en una sociedad libre y democrática, pero sorprende que se autoproclamen católicos, cuando tienden a elegir por principio medios anticatólicos para manifestarse en contra de las enseñanzas de la Iglesia.

No me refiero a aquellos católicos que disienten legítimamente de determinadas orientaciones de la Jerarquía, perfectamente discutibles en el ámbito de la fidelidad a la Iglesia. La Iglesia no rehuye la crítica en su propio seno; al contrario, la necesita y la valora porque en su caminar terreno está presente siempre la duda y el error. Esa crítica contribuye, además, a formar la opinión pública en la Iglesia, que el Concilio Vaticano II declaró necesaria en la Constitución dogmática Lumen Gentium (nº 37 a).

El Concilio recordó que todos los fieles tienen el derecho –e incluso, a veces, la obligación- de manifestar su parecer, aún cuando no sean consultados expresamente por la Jerarquía, sobre aquellas cosas que miran al bien de la Iglesia. Naturalmente, ese derecho que es, en palabras de Pablo VI, "manifestación de la santa libertad de los hijos de Dios", requiere un ejercicio prudente y responsable.

La crítica cristiana debe ser, en palabras de Pablo VI, "el diálogo de la Iglesia en la confianza mutua, la caridad recíproca y la obediencia sobrenatural". Por eso este pontífice recordaba a los católicos que trabajan en medios de comunicación social que su conciencia profesional podía imponerles la obligación de sacar a la luz noticias desordenadas en el ámbito de la Iglesia.

Pero esa conciencia, puntualizaba el Papa,

"os debe imponer también la obligación de reducirlas a sus justas proporciones, de no aumentarlas, y sobre todo, de no hacer creer que las aprobáis o intentáis justificarlas, cuando el Magisterio, con toda la Tradición de la Iglesia, las reprueba. Hoy sobre todo hay que esperar que el periodista católico se niegue a exarcerbar las posiciones, se esfuerce para lograr una comprensión recíproca entre los componentes del cuerpo eclesial y ayude a sus lectores a adquirir, poco a poco, el sentido de la Iglesia" (Alocución a la Unión Católica Internacional de la Prensa.)

Esa crítica, positiva y constructiva, se aleja de la crítica que suelen ejercer algunos de estos cardenales mediáticos, que aunque constituyan un grupo minoritario, suelen contar con el apoyo de determinados medios de comunicación de signo laicista.


José Luís Gutiérrez señalaba que los componentes de este grupo minoritario son, en su mayoría, clérigos secularizados o aseglarados, que poseen "una indudable preparación y un conocimiento suficiente del organismo eclesial, para intentar desarticular las piezas esenciales de éste. Conscientemente o inconscientemente -hay casos y gente para todo- plumas bien dotadas, ensayistas de la frivolidad, dialécticos de la confusión táctica y pensadores de 'monte bajo', han ido engrosando la falange de los nuevos maestros que, apoyados en el libro demoledor, en el artículo de prensa irreverente, en la conferencia intencionada y en reuniones y congresos programados contra Ecclesiam, han creado un púlpito interior dentro de esta, con pretensiones de magisterio paralelo y sin encomienda de quienes tienen en la Iglesia la autoridad recibida de Dios"

Con frecuencia, algunos de estos cardenales de papel sirven de altavoz a pensadores y teólogos que formulan doctrinas desacordes con la fe católica, no siempre mediante estudios teológicos rigurosos.

Un cardenal auténtico, Luciani, futuro Juan Pablo I, se lamentaba del tratamiento que había dado cierta prensa a un documento de la Santa Sede sobre ética sexual:

"muy pocos han sido los periódicos –decía- que han informado a fondo a sus lectores sobre el contenido del documento; muchos los que han dado espacio sólo a declaraciones contestatarias; las de Marisa Galli, por poner un ejemplo, presentada como religiosa cuando no lo es, puesto que desde hace tiempo fue expulsada de la Congregación a la que pertenecía y milita hoy clamorosamente en las filas del disenso".

Se advierte en este curioso colegio cardenalicio cierta tendencia a formar una especie de magisterio paralelo, que pronuncia puntualmente su dictamen sobre los acontecimientos eclesiales desde tribunas periodísticas amigas (de ellos, no de la Iglesia), que los suelen presentar como "voces autorizadas" (y a veces las únicas) de la Iglesia, mientras silencian a otras muchas. Sorprende también –en una época en la que la jerarquía se ha desvinculado del tono autoritario de tiempos pasados- el autoritarismo y el talante descalificador que utiliza alguno de estos cardenales.

“Si algunos obispos -o el Papa mismo- me enseñan algo –escribía uno de los cardenales de papel más influyentes, en un medio de comunicación laicista- no puedo abdicar de esta enseñanza esencial de mi religión para entender lo que me dicen; y a pesar de lo que proclaman en sus discursos, homilías o artículos algunos eclesiásticos tiralevitas del episcopado, que propugnan en la práctica una odiosa papolatría, no me puedo sentir impresionado por sus palabras, ni siquiera por los anatemas y excomuniones que todavía blanden sobre la cabeza de los fieles, abusando manifiestamente de su autoridad evangélica".

Continuaba diciendo en otro medio: "Mis maestros -además del Evangelio- han sido algunos grandes personajes de la Iglesia, que he procurado -aunque fuera torpemente- guiarme por ellos. San Pedro Damiano, con sus reproches al clero y contra las elucubraciones inoperantes de los escolásticos de su tiempo. San Antonio de Padua, diciendo al pueblo lo que pensaba de sus obispos. Y conste que nunca me atreví a usar tan duro lenguaje como ellos usaron. Santo Tomás Moro, siguiendo su conciencia cierta contra sus dirigentes eclesiásticos ingleses. El Cardenal Newman, que consideró inoportuna la manera como se desarrolló el Concilio Vaticano I en el siglo pasado...".

Habrá que dilucidar si este autor posee la grandeza espiritual de san Pedro Damiano; la humildad y el amor a la Iglesia de san Antonio de Padua; la coherencia y la fidelidad de Tomás Moro; la penetración intelectual de Newman…

Algunos de estos autores sostienen que la Iglesia no ha condenado el divorcio de modo absoluto; que para un católico es lícito defender el aborto; que ser católico no lleva a creer en una doctrina determinada, sino que es algo "como ser judío, o sea, pertenecer a un pueblo y una tradición"; que hay que resistir a Roma, etc., y que eso, además, es lo genuinamente católico.

Esto hace que la identidad católica de estas figuras, que se declaran públicamente desacordes con gran número de verdades de la fe, resulta problemática. "Algunos se extrañan de que yo siga llamándome católico en este tiempo de involución de la Iglesia de Roma", escribía uno de los representantes de ese colegio cardenalicio alternativo.

Se aproximan a la postura paradójica que reconocía José Luis Aranguren en una entrevista publicada en el dominical de El País: "La verdad es que si nos metiésemos en una conversación a fondo sobre mi cristianismo, (...) usted me diría probablemente al final: 'Pero bueno, es que usted dice que es cristiano, pero ni es cristiano ni es nada'. Yo creo que lo soy, pero cuando hablo en serio con alguien de este tema terminamos siempre así. Yo considero que es cristiano aquel que dice que lo es, pero la gente no parece verlo así".

Martín Descalzo comentaba hace años, en esta misma línea, las actitudes de los autores del comunicado de la gestora del VI Congreso de Teología que tuvo lugar en España:

"Empieza por no ser exacto -afirmaba- que los Obispos hayan hecho 'una valoración positiva del VI Congreso'. Eso son ganas de engañarse y de engañar. Los Obispos han aceptado la buena voluntad de fondo que en su planteamiento pueda haber. Pero no el modo y forma en que esos deseos se han realizado. (...) Resulta humorístico que -como siempre- la culpa sea de los informadores. (...) Las opiniones transmitidas por TVE o por los periódicos no eran marginales al Congreso, sino la de sus organizadores. (...) Vuelve a resultar sorprendente que no se registre en este comunicado ni una sola palabra de autocrítica. (...) Todas las culpas al parecer -y ésta es una constante de este grupo de teólogos- son de los demás".

 

José Miguel Cejas

 

 


 

Ir a la Página de Inicio