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Tres estereotipos falsos sobre la Iglesia

Tres estereotipos sobre la Iglesia

Las estrategias contra una determinada institución o grupo humano -en este caso, la Iglesia católica- suelen poner en juegodiversos recursos de desprestigio. Uno de ellos es la utilización del estereotipo como arma arrojadiza.

El estereotipo, como modelo simplificado de explicación de la realidad, constituye un procedimiento eficaz para el periodismo tendencioso, porque reduce la complejidad del obrar humano a cuatro trazos caricaturescos.

Además, la reiteración del estereotipo tiene un gran efecto sobre las mentalidades acríticas. El caso "Galileo" es un buen ejemplo: es probable que miles de personas estén dispuestas a afirmar, sin el menor asomo de duda, que murió condenado por hereje en las llamas de la Inquisición...

Y como señala Zurlo, el estereotipo, aunque sealógicamente endeble, satisface emocionalmente.

Me referiré únicamente a estos tres estereotipos:

 

1. Conservadores y progresistas en la Iglesia;

2. El poder de la Iglesia;

3. Las prácticas "medievales"

 

 

1. Conservadores y progresistas

 

Este estereotipo se apoya en una concepción simple de la realidad, y tiene una intención maniquea, porque, como señalaba Fernando Sebastián, "cualquiera que se precie, pretende ser progresista". El problema está en saber, como indicaba en Ecclesia (nº 2313) este prelado español "donde está y en que consiste el progreso.

Los maestros del laicismo, sea de origen liberal o laicista, nos han convencido de que el progreso marcha por donde ellos dicen: la emancipación de la razón, la negación de la formas objetivas de comportamiento en la vida personal y en el ejercicio del sexo, la utilización ilimitada de las ciencias y las técnicas sin ninguna corrección de origen ético y otras cosas por el estilo. Fieles a su propia manera de ver las cosas, algunos de estos apóstoles de la modernidad nos quieren convertir a su progresismo. Un progresismo que en muchas cosas tiene raíces antirreligiosas y que para un verdadero creyente resulta antihumano y regresivo.

Hay progresismo y progresismo. Uno que nace de raíces ateas, y tiene por eso mismo muchos puntos incompatibles con la fe, que para un creyente no puede ser aceptado como verdadero progresismo. Y otro que nace de la inspiración de la fe y es capaz de asumir con crítica y discernimiento todas las aportaciones de la cultura y de la historia del pensamiento. Pero este progreso auténtico e integral no puede ser elaborado sino en continuidad con una experiencia religiosa personal y comunitaria sinceramente vivida".

Cuando se contrapone "progresista" a "conservador", se alude fundamentalmente a la primera acepción: a un progresismo que tiende de algún modo hacia ese progresismo laicista inaceptable por la fe.

En la raíz profunda de este falso dilema late la confusión entre diversos "modelos de Iglesia" contra la que alertaban los obispos españoles. "Se han contrapuesto -recordaban en una Nota de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe (Ecclesia nº 2397)- como irreconciliables en la práctica, un 'modelo' frente a otro ritualista; un 'modelo' meramente democrático o asambleario frente a otro autocrático; un 'modelo carismático' frente a otro juridicista; una iglesia del culto y de la oración y una iglesia de la justicia; un modelo progresista en fin, frente a un modelo conservador"

Frente a estos falsos dualismos los obispos recordaban que "la variedad y la pluralidad debe ser vivida y ejercida en la Iglesia en el interior de una unidad compartida, sustentada en unas realidades fundamentales e idénticas, en unos elementos que en todo tiempo y en todo lugar forman la Iglesia"

Martín Descalzo comentaba en este mismo sentido hace muchos años (14.IX.86) unas declaraciones de Küng: "cuando a un teólogo le ponen ante un micrófono y una cámara y le piden que en pocos segundos y en una lengua que malconoce responda a problemas que necesitarían un largo análisis, lo más probable es que nos ofrezca una colección de generalidades y un ejemplo de simplismo. Así le ocurrió al profesor Küng en la entrevista que emitió el Telediario y en la que no dio demasiadas pruebas de su indiscutida inteligencia, y sí, en cambio, muestra bastante clara de una precipitación indigna de él mismo".

 

Miret Magdalena ofrecía un ejemplo del uso cotidiano de este estereotipo en su artículo "Del mito a la religión" (19.VI.85) en el que comentaba positivamente la película blasfema de Godard: "Je vous salue Marie". "He visto en privado esta escandalosa película. ¿Por qué escandalosa? ¿Por el tema de la maternidad virginal, por los desnudos, por las expresiones humano-religiosas de María, la protagonista? Por los desnudos no, porque no son ni siquiera eróticos. (...) Pienso que los teólogos no han entendido este filme. Los conservadores -como Juan Pablo II- porque lo consideran un ataque al cristianismo. Algunos progresistas porque se encuentran perplejos...".

 

 

2. El poder de la Iglesia

Es un estereotipo muy extendido. Un artículo de Le Monde concluía así: "Mientras el Concilio proponía como modelo una "Iglesia de servicio y pobre", Juan Pablo II parece añorar una Iglesia de servicio, pero poderosa" (21.XI.80).

"Roma -escribía un conocido columnista en un diario nacional (4.X.86) - está tratando de imponer una línea más conservadora en la Iglesia española, según abundantes testimonio de destacados eclesiásticos, incluidos algunos obispos. 'No tenemos el valor de enfrentarnos a Roma', comentaba recientemente en privado un obispo del sector moderadamente progresista. 'Se pretende dar el vuelco a la situación', aseguraba con entusiasmo un relevante miembro de la jerarquía eclesiástica de tendencia muy conservadora".

Todas las relaciones intraeclesiales aparecían descritas en este artículo como relaciones de poder: "La Iglesia española no es todavía una Iglesia sometida a la curia romana". El esquema mental responde al bipartidismo político: "Basta con que en España los nuevos obispos y muchos antiguos sean sumisos, jerárquicos, mediocres, conservadores y sin ideas propias para que la transformación se produzca casi imperceptiblemente. Este 'sector crítico' cree que esto ya está sucediendo, y que falta un verdadero líder en la Iglesia española".

En el fondo de esta concepción late la pérdida del concepto auténtico de la Iglesia y de la obediencia cristiana. El entonces cardenal Ratzinger explicaba así este proceso: "Si la Iglesia es sólo nuestra, si la Iglesia somos únicamente nosotros, si sus estructuras no son las que quiso Cristo, entonces no puede ya concebirse laexistencia de una jerarquía como servicio a los bautizados, establecida por el mismo Señor.

”Se rechaza el concepto de una autoridad querida por Dios, una autoridad que tiene su legitimación en Dios y no -como acontece en las estructuras políticas- en el acuerdo de la mayoría de los miembros de la organización. Pero la Iglesia de Cristo no es un partido, no es una asociación, no es un club: su estructura profunda y sustantiva no es democrática, sino sacramental, y por lo tanto, jerárquica ; porque la jerarquía fundada sobre la sucesión apostólica es condición indispensable para alcanzar la fuerza y la realidad del sacramento" Informe sobre la Fe, p. 57).

 

3. Prácticas "medievales"

Otro estereotipo lleva a considerar ciertas prácticas de penitencia tradicionales de la Iglesia como "prácticas medievales": como si la penitencia se hubiese inventado y practicado sólo en la Edad Media. Un diario nacional titulaba (2.X.84) con grandes titulares el hecho de que tres jóvenes castellanas de una Confraternidad Reparadora usasen cilicios, presentando el hecho como una rara práctica masoquista.

 

Martín Descalzo comentaba (4.III.87) a este propósito: "Las señoras han decidido adelgazar. Se lleva la línea flaca (...) acuden a gimnasios donde dejan la piel a tiras; reciben saunas, se flagelan si es necesario con varas de mimbre, sudan como ballenas enlatadas. Es la moda. La santa moda. Y nadie se asombra. (...)

Pero si esa misma señora o caballero tuviera la ocurrencia de llamar a eso mortificación; si -¡qué espanto!- usara un cilicio; si llamara 'disciplina' a esas varas de mimbre; si simplemente decidiera no merendar o comer dulces en Cuaresma, estaríamos ante un troglodita y nadie entendería las razones de su rareza. Uno puede modernamente tiranizar su cuerpo con el adelgazamiento, pero que no se le ocurra decir que quiere adelgazar su alma. (...) ¡Sería medieval, estaría directamente en la prehistoria, no estaría a tono con el 'progreso'!"

 

José Miguel Cejas

 

 


 

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