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Información sobre la Iglesia: intolerancias de ayer y de hoy

El fenómeno de la desinformación y de la manipulación informativa no es nuevo en la vida de la Iglesia. Si se da una rápida ojeada, forzosamente esquemática, se observa que algunos romanos influyentes del siglo I hicieron un acoso denigratorio similar al que promueven hoy ciertos medios de comunicación.

En el ámbito de la política, dos personalidades como Lucio Vero y Frontón, el educador de Marco Aurelio, acusaban ante el Senado Romano a los cristianos de su tiempo con procedimientos que hoy nos resultan familiares; y en el ámbito de la opinión pública, hombres como Luciano de Samosata satirizaban en las tertulias romanas la conducta de los cristianos mediante la fórmula que Voltaire manejaría magistralmente siglos después: calumnia, que algo queda.

Durante veinte siglos estos ataques se han venido repitiendo con tal persistencia, que la historia del cristianismo es también la historia de la persecución contra el cristianismo. Los tres primeros siglos de la andadura cristiana están bañados en sangre –aunque no siempre, ni en todas partes-, porque los discípulos de Cristo no sólo enseñaban un credo diverso, enraizado en la libertad, que se oponía a los principios del politeísta Imperio romano, sino que se negaban a rendir culto religioso al soberano.

Los conflictos siguieron con las invasiones germánicas, la herejía arriana y las ingerencias de los señores feudales. Los sucesivos cismas y los agitados tiempos de la reforma protestante escribieron nuevas páginas de intolerancia. Desgraciadamente, al mismo tiempo, algunos cristianos, por su comprensión defectuosa del mensaje evangélico, escribieron también sus páginas de intolerancia y dogmatismo cerril.

Siguieron las guerras de religión del siglo XVII y los diversos regalismos, con monarcas hostiles y recelosos ante el Pontificado, que pretendieron hacer de la Iglesia poco menos que un servicio público regulable (tentación latente en la actualidad). A continuación, el deísmo inglés y el racionalismo francés prepararon el camino para la abierta irreligión de los "filósofos ilustrados", muchos de cuyos "clichés" anticatólicos perviven todavía en el imaginario popular.

En el siglo XVIII, la revolución francesa intentó eliminar de raíz las huellas cristianas de la vida social: dos papas fueron prisioneros de los gobiernos revolucionarios. En el XIX y en el XIX, se conocieron los embates del marxismo, los totalitarismos de diverso signo, los campos de exterminio nazi y los silencios del gulag.

Como era previsible, estas dificultades han arredrado a los cristianos pusilánimes de todas las épocas y han espoleado -confirmando en su fe- a los consecuentes. La Iglesia actual es fruto de la fidelidad de estas minorías valientes.

No ha habido tiempo que se haya librado de esos ataques intolerantes: no hay institución en la Iglesia, santo canonizado o iniciativa evangelizadora que no haya sentido en los talones, más o menos acuciante, de una forma o de otra, la amenaza de la insidia. Prácticamente todos los hombres de Dios, todas las aventuras espirituales que han emprendido los cristianos han tenido que morder, siguiendo los pasos de su Fundador, que murió crucificado, la fruta amarga de la calumnia; o versiones mitigadas como la incomprensión o el despecho.

No ha habido épocas doradas. Los cristianos han ido escribiendo, siglo tras siglo, capítulos admirables de fortaleza y serenidad en medio de tormentas de sospechas. A Teresa de Jesús la persiguió en vida una nube de murmuraciones; a Ignacio lo encarceló la Inquisición y a Juan de la Cruz, las insidias de algunos miembros de su Orden. José de Calasanz fue llevado a declarar, por las calles de Roma, ya anciano, entre el escarnio público. Etcétera.

 

Un revival

Esa actitud intolerante ante la Iglesia por parte de algunos grupos no pertenece al pasado: pervive en nuestros días, que ofrecen un doloroso revival, muy deja vu, de tiempos antiguos. Un boccato di cardinale de esta estrategia son, precisamente, la querellas contra los cardenales y obispos. Los ejemplos son numerosos.

Cuando los pastores recuerdan –dentro del ámbito de una sociedad pluralista- (la doctrina de la Iglesia, como pastores que son) a sus fieles, se tropiezan con el desagrado patente de determinados grupos, que no suelen considerarse parte de esos fieles y que defienden teóricamente el pluralismo. Lo sorprendente es que del lógico desagrado se pase –en el marco de esa sociedad pluralista- al ataque más o menos visceral.

Reescribir la historia

Alain Jaubert publicó hace años una sugestiva colección de fotografías retocadas por regímenes totalitarios –muchos, de inspiración marxista- (Le commissariat aux archives) que mostraba la manipulación de fotografías (personajes que han desaparecido, objetos "borrados", etc.) que se suelen considerar documentos históricos irrefutables. Es la expresión gráfica de la tentación totalitaria que intenta una reescritura, al modo orwelliano, de la historia del pasado.

Juan Pablo II alentó durante su pontificado a los católicos a purificar la memoria; un ejercicio que requiere, en primer lugar, que la memoria se refiera a hechos verdaderos. Pero esa necesaria petición de perdón se aleja de algunos meaculpismos actuales, que acusan a la Iglesia de pecados inexistentes. Como afirmabaKonrad Redgen, refiriéndose a las acusaciones que se formularon contra la Iglesia en Alemania, "No es el pasado lo que entra en juego, sino el presente. No es casualidad que aquellos ataques a la Iglesia naciesen justamente en el periodo en que los Obispos estaban reunidos en el Concilio y que aquel tipo de críticas propugnasen un modelo de Iglesia espiritualista, más protestante que católico. Se trató de una presión cultural llevada a cabo por falsas polémicas 'históricas'".

Julián Marías denunciaba este hecho en relación a la historia política española, pero sus palabras pueden aplicarse también a determinados intentos de falsificación del pasado de la Iglesia en España o América hispana. "Lo que me sorprende más -afirmaba es la escasez y pobreza de las defensas sociales contra esa falsificación. Pasivamente, los españoles reciben y parecen aceptar esa sustitución de lo que han visto, experimentado, vivido, por algo bien distinto y que nunca han conocido".

Ese asentimiento acrítico, que llega a convencerse de que lo que uno mismo vivió no fue así, sino tal como me lo cuentan, sólo es posible cuando tiene como sustrato una gran ignorancia, religiosa e histórica.

Desgraciadamente, el conocimiento de la historia de la Iglesia sigue siendo una asignatura pendiente para un buen número de católicos. Hay estereotipos negativos ampliamente difundidos, mientras que grandes logros del pasado en los que la Iglesia ha tenido un papel protagonista permanecen semidesconocidos: por ejemplo, el papel fundamental que ejerció la Iglesia en América, a partir del XVI en adelante en defensa del indio y su cultura; las grandes aportaciones de los teólogos y juristas españoles católicos, que fueron capaces de arbitrar principios jurídicos enfrentados con el absolutismo de los Austrias; o el trabajo multisecular por parte de la Iglesia, de atención a los pobres, a los enfermos y a los últimos de la sociedad.

 

Bandas de antievangelización

Todo lo anterior pone de manifiesto la necesidad de que los fieles cristianos de esta hora del mundo y de la Iglesia, se esfuercen por adquirir una formación teológica y doctrinal adecuada que les facilite una lectura crítica y ponderada de la información que reciben sobre la Iglesia. Esto resulta particularmente necesario en aquellos países en los que la ignorancia religiosa entre los que se consideran “practicantes” resulta elevada.

En estos comienzos de milenio, cuando se ponen en tela de juicio las verdades fundamentales de su fe en los medios de comunicación de mayor difusión social, los católicos responsables no pueden contentarse con conocer, como en tiempos pasados, algunas nociones rudimentarias del Catecismo. La interiorización, el estudio, la reflexión, la profundización vital y teológica sobre la propia fe, sobre la historia de la Iglesia, es más urgente que nunca.

Sin esa formación, es difícil que los laicos puedan responder con agilidad a los retos que plantea una información cada vez más dinámica. Sin caer en negativismos paralizadores, parece objetivo que está aumentando la difusión sistemática de un pensamiento opuesto a los valores evangélicos al que se ha referido con frecuencia Benedicto XVI.

Juan Pablo II empleaba un término fuerte para designar este fenómeno: "No tenemos miedo -afirmó durante su viaje a Cerdeña- de todas esas bandas de antievangelización que parecen ser tan fuertes en el mundo contemporáneo, si se mira especialmente a algunos medios de comunicación, a la prensa y a otros. No tenemos miedo. La palabra de Dios, con su pobreza, es más fuerte. Va dirigida a los sencillos, a los pobres de corazón. Es más fuerte".

Comentando estas palabras del Papa puntualizaba Martín Descalzo: "No todos los medios de comunicación incurren en ello, por fortuna. Y buen cuidado tenía de aclararlo el Papa recordando que muchos de estos medios 'trabajan muy bien'. Pero hay que reconocer que hace años –y muy especialmente en España- se vuelve difícil a muchos creyentes el abrir ciertas publicaciones sin que se sientan invitados al vómito, sin que se sientan heridos en lo más íntimo de sus creencias y su fe. De un anticlericalismo barato pasaron algunos a otro barato antieclesialismo. Y no faltó quien dio un paso más y saltó a un triste y resentido antievangelio".

 

Cierta indefensión

 

En esta situación, la Iglesia se encuentra en cierto estado de indefensión, porque en la medida en que se niegan los presupuestos últimos del cristianismo, y el patrimonio de valores refundidos en la tradición cristiana, se niegan también, como señalaba el entonces cardenal Ratzinger, los presupuestos que dan una fundamentación objetiva al Derecho.

El cardenal Ratzinger citaba un ejemplo sorprendente de la Administración de justicia de Munich. "Por lo menos dos veces en los últimos años han sido rechazadas sendas querellas por ofensas a la religión argumentando que las acciones incriminadas no habían puesto en peligro la paz pública. Prescindo ahora de si tales querellas estaban o no fundadas con arreglo a derecho, lo que me interesa es sólo en qué se fundaban los jueces a la hora de rechazarlas.

Porque esa fundamentación contiene en realidad una exaltación del derecho del más fuerte. Si los ofendidos hubiesen hecho ademán de provocar desórdenes públicos en favor de su causa, la querella hubiera sido tomada seriamente en consideración".

 

 

José Miguel Cejas

 


 

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