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La leyenda negra sobre la Iglesia

 

De Veritas

     

Miguel Ángel García Olmo, filólogo, jurista y estudioso de los siglos XVI y XVII, ha publicado traducciones de documentos eclesiásticos latinos de la época. Es profesor del Curso de Humanidades de la Universidad Católica San Antonio de Murcia. Precisamente como resultado de ese curso, acaba de editarse un libro de varios autores, “Humanidades para un siglo incierto”, en uno de cuyos capítulos García Olmo afronta la cuestión de la leyenda negra creada en torno al pasado de España.

     
 -¿Cómo nace históricamente la Leyenda Negra?

     
     Miguel Ángel García Olmo: La expresión le salió redonda a Julián Juderías, quien la acuñó en 1914, pero los orígenes del fenómeno nada desdeñable de la «leyenda de la España inquisitorial, ignorante, fanática, incapaz de figurar entre los pueblos cultos, lo mismo ahora que antes, dispuesta siempre a las represiones violentas; enemiga del progreso y de las innovaciones» (Juderías) se remontan quizás a la Edad Media, al malestar por la presencia de aragoneses y catalanes en tierras italianas.

     
     Avivada a todo fuelle a partir del siglo XVI, la Leyenda Negra conoce sus momentos de mayor esplendor con la Reforma, el Sacco de Roma, la colonización de América y el repudio interesado de la España imperial que aunó a las emergentes potencias europeas; luego experimentará milagrosas recuperaciones cada vez que lo hispano pase por horas bajas ante cierta consideración internacional (Ilustración, emancipación de las repúblicas americanas, 1898, 1939...).
     
     -¿Cuáles fueron los factores que hicieron propagar esta leyenda por Europa?
     
     Miguel Ángel García Olmo: En su génesis, estuvo muy presente el profundo sentimiento de emulación que la poderosa España de los Austrias despertaba en naciones influyentes como Inglaterra y Francia; por no hablar de las ansias independentistas de los flamencos. Todos supieron amplificar magistralmente la voz hipercrítica de oscuros tránsfugas del catolicismo como González Montano, el resentimiento del ex secretario real Antonio Pérez o las destempladas hipérboles del mejor intencionado obispo Las Casas, autores cuya condición de españoles (y hasta de prelados, si pensamos en fray Bartolomé) aportaba una irresistible impresión de veracidad a las denuncias.


     Pero el tiempo pasó y España perdió su imperio, recogiéndose de nuevo en sus dimensiones de nación modesta... mas la leyenda ha seguido casi como si nada en su irracional y gruesa opacidad. Es cierto que desde hace años asistimos a un discreto proceso de desmitificación y desactivación lanzado, curiosamente, en los ámbitos historiográficos británico o galo, pero cinco siglos de intensa maledicencia no pueden erradicarse de la mentalidad colectiva como no sea con un ingente esfuerzo educativo de exposición de la verdad histórica en su contexto, para el que apenas hay voluntad.

     
     Mi opinión es que, una vez superadas las lógicas envidias políticas de los siglos imperiales, hubo un factor que pervivió y todavía pervive como imán que atrae con fuerza la animosidad de élites dirigentes y camarillas selectas de nuestras sociedades occidentales: ese factor permanente es el catolicismo. Hasta que a España no se le perdone el haber sido el pueblo que inundó de fe católica medio mundo, desde las riberas yucatecas hasta la isla de Luzón, no se absolverá su historia. Y al paso que va el sentimiento anticatólico, que lleva camino de convertirse en el nuevo antisemitismo de algunos lugares, me temo que tendremos leyenda negra para rato.


     
     -¿Cuáles han sido los efectos de la Leyenda Negra?


     Miguel Ángel García Olmo: Como lleva implícito en el nombre, la tiznadura casi general de lo que hayamos podido ser hasta hoy los españoles; de cuanto hayamos hecho, creado, entregado, logrado o ideado. Y, en especial, de cuanto hemos creído. Aunque a juzgar por la impresionante acogida dispensada al Papa el pasado mes de mayo, me atrevo a decir que de cuanto aún creemos...
     
     Mas si tuviera que entresacar el efecto más perverso, antes que toda la iniquidad falsamente atribuida, yo destacaría el silencio consciente al que es sometido lo más puro y fructífero de nuestro pasado. Un silencio tan mezquino como eficaz, pues realmente ha conseguido hundir en la corriente del olvido realizaciones de nuestros antepasados que, si se conocieran, pasarían por épicas y orientarían a mucha gente como me orientan a mí.


     
     -Pero ¿hay algo de verdad en las acusaciones que se hacen contra la colonización americana por parte de España?


     
     Miguel Ángel García Olmo: Por supuesto que hay verdad. Como la hay en que todo ser humano es falible y prodiga errores –y pecados– en cada empresa grave y duradera que acomete. Los primeros decenios de la conquista fueron duros, crueles; fueron épicos, un adjetivo más realista que mitificador. Pero en el mal que se inflige como en el bien que se dispensa hay gradaciones, matices y escalas. La sangre fue mucha, en efecto, y atroz aquella explotación, aunque los virus causaron todavía más estragos, y desde hace apenas un par de años sabemos que el estado de salud general de las poblaciones indígenas de América era más que deficiente desde bastante antes de la llegada de Colón.
     
     Y bien: ¿autoriza todo aquello a hablar de genocidio con la ligereza y profusión con las que hoy se habla? ¿Cómo explicar entonces las muy variopintas etnias y lenguas autóctonas que conviven ostensiblemente en Iberoamérica –no así en la América anglosajona– y que nos transportan directamente a épocas precolombinas? ¿Qué decir también de su imponente realidad mestiza en un mundo como el nuestro que se llena la boca con los valores del mestizaje?
     
     Cuando se oye hablar de ‘exterminio cometido por nuestros antepasados en América’, ¿qué deben de pensar mis niños, por ejemplo, que viven en la España del siglo XXI y que desde hace algunos años se cruzan a diario con decenas de rostros genuinamente indígenas en el barrio y en la comunidad de vecinos?
     
     ¿En ningún momento cuenta el que no haya habido otro imperio en la Historia que aprendiese tan pronto de sus errores y purgase con tanta sinceridad sus pecados, llegando incluso a protagonizar oleadas de restituciones e indemnizaciones a los indios en el propio siglo XVI? ¿No hablará en favor de España, cuando ésta sea algún día juzgada, el que desde Isabel la Católica se empezase a comprender aquí que la vida, la libertad y la propiedad eran derechos inalienables de los indios y que semejante impacto en las conciencias supuso el inicio de esa otra epopeya del bien que el gran especialista Lewis Hanke denominó “The Spanish struggle for justice in the Conquest of America” (la lucha española por la justicia en la Conquista de América)?


     ¿Llamarán a declarar en ese juicio postrero únicamente a tipos como Pedrarias, Nuño de Guzmán o Lope de Aguirre, como se hace hoy, o podrán también comparecer y deponer testimonio gentes como Francisco de Vitoria, Pedro de La Gasca, el virrey Toledo, Rosa de Lima, Motolinía o los indios zapotecas Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles? Y entre las pruebas y piezas de convicción, ¿se admitirá sólo la muy manipulada matanza de Cholula o podrán figurar también las Leyes Nuevas de Carlos V, las utopías vivientes que para miles de indios levantó Vasco de Quiroga en Michoacán, el fin para siempre de los sacrificios humanos o las maravillas de la arquitectura, la música y el arte que allí siguen y que hoy constituyen un catálogo inmenso de bienes declarados patrimonio de la Humanidad?
     
     El ninguneo persistente de esto y mucho más produce anécdotas grotescas, como que todavía hoy, cuando hace siglo y medio que España dejó aquellas tierras aún se dé bombo mediático a las periódicas “querellas criminales” con que se nos exige satisfacción a los españoles por los expolios y crímenes perpetrados contra los nativos de América. Cortinas de humo que cada vez disimulan peor la tremenda responsabilidad histórica que en la inaudita postración actual del indio tienen contraída ciertas élites corruptas latinoamericanas y determinadas ideologías nefastas e insensatas.


     
     -¿En qué medida está condicionada por la Leyenda Negra la visión que tienen los católicos de la Iglesia?


     
     Miguel Ángel García Olmo: La perspectiva del pueblo católico está demasiado lastrada por esta absurda rémora. Podemos recogernos en extática oración contemplando el Cristo de Velázquez, vibrar con la “Llama de amor viva” de San Juan de la Cruz o elevar los corazones al Cielo oyendo entonar motetes de Tomás Luis de Victoria o de Cristóbal de Morales; podemos sobrecogernos ante la vertiginosa profusión decorativa de Santo Domingo de Orihuela, de Oaxaca, de Puebla, o ante la filigrana escultórica de la fachada de San Gregorio en Valladolid... Pero la necesaria conexión mental no se establece. Para la mayoría, la Iglesia española de aquellos mismos siglos siempre será la del cerril oscurantismo autista y criminal. Como si semejante cúmulo de perennes maravillas se hubiese generado “sponte sua” o a contrapelo de la fe de aquellas gentes.
     
     En más de un ambiente cristiano, sostener tímidamente que la Inquisición española no mató a millones —y ni siquiera a miles— o que en América no se perpetró ningún genocidio es tildado ipso facto de “escasamente evangélico”, por más que se sepa que responde a la verdad que, según Jesucristo, libera. Y se ha reservado el calificativo de “tridentino” como equivalente de lo que en la calle significa llamar a alguien “nazi”, “facha” o cosas así.
     
     Doctas instancias de la Iglesia actual, incluso, acaban rindiendo tributo al “politically correct”. Se ve, por ejemplo, en el dudoso intento de rescatar la memoria vapuleada de la evangelización de América contraponiendo las bellas intenciones y evidentes logros de clérigos y misioneros, a la “indefectible avidez y crueldad de los laicos” que marcharon a arraigar allí, siempre mirados despectivamente como colonos, funcionarios o encomenderos indignos hasta del nombre de cristianos. Este nuevo clericalismo reductor no siempre responde a la realidad, y, sin embargo, está en la entraña del hecho de que hoy casi exclusivamente se ensalce la figura de fray Bartolomé de las Casas, quizás por ser la que más alto predicaba, aunque, a mi modo de ver, fuera la que menos trigo dio.
     
     Personalmente, no acierto a saber qué virtudes heroicas pueden hallar en la trayectoria de este, sin duda, gran personaje, quienes han incoado su proceso de beatificación. Sus frutos de santidad palidecen ante los de tantos contemporáneos suyos, tanto eclesiásticos como seglares, que yacen hoy medio olvidados. Sus abandonos y los continuos fracasos prácticos de sus ‘avanzadas’ teorías contrastan rudamente con las perdurables utopías que en las Indias otros muchos pusieron en pie.
     
     Su tardía contrición por haber abierto el postigo que dio paso a la esclavitud de los negros, su incoherencia al obligar a servir como porteadores a los indios de su diócesis, sus desbordadas exageraciones y difamaciones leyendanegristas —que ya provocaron el rechazo de Madariaga y Menéndez Pidal—, sus últimos escritos, en fin, trufados de imprecaciones y tenebrosas profecías contra España, desdicen, a mi modo de ver, de la esperanza cristiana y tampoco hablan mucho de serenidad o equilibrio interior.
     
     -¿Cuál es la mejor forma de conocer lo que es verdadero y falso de esta Leyenda?
     

     Miguel Ángel García Olmo: Recuperar el amor al estudio y a la búsqueda objetiva de la verdad como los genuinos valores cristianos que son, y arrinconar por fin todo el relativismo, el ‘psicologismo’ y el ‘pedagogismo’ que nos invaden. De esto tendrían mucho que enseñarnos los hombres y mujeres del Siglo de Oro. Con una mentalidad como la que ha alumbrado la vigente ley educativa, la LOGSE, es imposible que las generaciones jóvenes accedan al conocimiento. Me atrevería a decir que las ‘logses’ de esta vida lo único que buscan es contener a la gente en la ignorancia historiada: que, desandando el camino, regresen de una vez del sacrificado “logos” al descansado mito, que es de donde, por lo visto, nunca debieron salir.
     
     Por lo que a mí mismo toca, yo —que no soy historiador de profesión— me harté de pagar peaje a quienes en Historia se presentan como sobrios y científicos, dando la de cal, mientras nos cuelan la de arena servida entre anacronismos (me viene a la memoria el último trabajo sobre la Inquisición de un especialista como García Cárcel, donde se insiste en el “nacionalcatolicismo” (sic) de Felipe II; y aquella otra elaborada comparación entre los conquistadores de México y los talibanes destructores de pétreos budas, que tan “felizmente” estableció Henry Kamen).
     
     Así que crucé mi particular Rubicón y empecé leyendo al hispanista francés Jean Dumont, cuya reciente desaparición sentí mucho, quien supo poner su inteligencia y sensibilidad exquisitas y su probado aprecio por la verdad histórica al servicio de una honda y madura fe personal. Y desde entonces ya no he dejado de buscar.
     

 

 


 

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