.Inicio

 

Hitler y nazismo. El inicio del hundimiento


 












Con la película El Hundimiento del director Oliver Hirschbiegel, que ya ha sido proyectada por la TV, se ha vuelto a rememorar los últimos días del régimen nazi, cuya derrota no se dio por concluida hasta el momento en que Hitler, encerrado en el búnker de la Cancillería de la Voss-Strasse de Berlín, se suicidó junto con Eva Braun.

La película pone al descubierto la ególatra y demoníaca personalidad del Führer, que no era más que la alborada de una personalidad que ya se vislumbraba en su época juvenil, cuando residía en Linz y posteriormente en Viena, y que gravitó fatalmente, como un siniestro juego de cartas marcadas, en su itinerario existencial





Efectivamente, según nos describe su profesor de la época escolar en Linz, Eduard Huemer, Adolf era un muchacho arrogante, indolente y carente de disciplina, y dedicaba gran parte de su tiempo a zanganear, y dedicarse a lo que más le placía: dibujar, leer, discutir…, soñando en llegar a ser un profesional de las artes en el futuro. August Kubizek, estudiante de música y quizá el único amigo que tuvo Hitler, nos cuenta que lo admiraba por su turbulencia retórica que utilizaba para arengar a sus ciudadanos sobre los defectos que encontraba en aquella ciudad, y que fácilmente se encolerizaba si contradecían sus argumentos.

Fallecidos sus padres, en 1907, el joven Adolf, acompañado de Kubizek, se trasladó a vivir en Viena, y durante los casi seis años que residió en la capital de los Habsburgo, experimentó toda suerte de situaciones. Con las esporádicas ayudas de tía Johanna, hermana de su padre, y la pensión de orfandad que recibía, mantuvo una existencia llevadera, que en ocasiones tuvo que compaginar, al agotarse sus ahorros, con una vida de pobreza, refugiándose en los dormitorios comunes del asilo de Meidling, o tomar, junto con otros indigentes, un plato de sopa que repartían las monjas del convento de Gumpendorferstrasse.

Para poder sobrevivir en su existencia bohemia, pintaba acuarelas sobre escenas de la ciudad, que un compañero judío, se cuidaba de venderlas a los turistas. Hitler, visitaba museos, accedía solitario a los cafés donde leía libros, periódicos, o la revista antisemita Ostara, que junto a las ideas pangermanistas que entonces pululaban por Austria, especialmente las de G. R. von Schönerer, contribuyeron a afianzar su antisemitismo.

Una de las razones que le impulsaron a trasladarse a Viena, fue su deseo de convertirse en artista. En virtud de ello, intentó ingresar por dos veces (en septiembre de 1907 y en octubre de 1908) en la Academia de Bellas Artes, pero en las dos ocasiones no pasó las pruebas de admisión, lo que le engendró una inestabilidad emotiva y un profundo resentimiento que se mantuvo a lo largo de su vida (Este hecho es poco conocido, especialmente porque Hitler nunca habló de ello, y menos en su famoso libro Mein Kampf).

 

Agobiado por su catálogo de odios para no admitir sus errores, vertió su furia contra todo y contra todos, diciendo que no le comprendían y no le valoraban. Kubizek nos cuenta el enojo con que reaccionó, al mencionarle su doble fracaso: “Habría que volar toda la Academia, a los funcionarios y burócratas anticuados y fosilizados, vacíos de inteligencia, zoquetes, estúpidos, pues me rechazaron, me echaron, me expulsaron”.

Parecidos exabruptos utilizará en las últimas semanas de la guerra, tal como recoge fielmente la película de Hirschbiegel, para no admitir las propias culpas y errores: “La mayoría de oficiales son unos inútiles y unos traidores, pues no han obedecido mis órdenes de no retirarse de las zonas ocupadas”, A su sucesor el mariscal H. Göring le dirá que “Es un vago, por su culpa se ha desmoronado la Luftwaffe, su ejemplo ha hecho cundir la corrupción en nuestro estado”.

A pesar del eminente descalabro, no admitirá, por su obsesiva egolatría, el que pudiera perder la guerra: “Todo aquel que afirme que hemos perdido la guerra será tratado como traidor a la patria y las consecuencias caerán en él y en su familia ¡sean cuales sean su rango y prestigio!”. En su frenética obsesión del “todo o nada”, la victoria o la destrucción, afirmaba que si la guerra se perdía, también el pueblo alemán estaría perdido: “Es mejor destruirlo, porque este pueblo ha demostrado ser el más débil, y el futuro pertenece a los más fuertes del Este. ¡Los que queden después de esta lucha no serán más que subhombres, pues los buenos han caído ya!”.

Había cursado órdenes a todos los ministerios para aplicar el principio de tierra quemada: “Todas las instalaciones militares, de comunicaciones, industriales y de servicios, así como todos los bienes muebles que se encuentran dentro del territorio del Reich, deben ser destruidos. Que sólo le salgan al encuentro la muerte, la desolación y el odio”. El arquitecto del Recih, A. Speer, que fue uno de los que no obedeció las ordenes de destrucción de Hitler, evitando la total ruina de Alemania, conducta que le salvó de no morir en la horca en el juicio de Nüremberg, cuenta en su autobiografía, que estando en el bunker, Hitler le confiesa su profundo desencanto, que recuerda las expresiones de su fracaso académico: “Nadie me ha comprendido, nadie ha estado a la altura de su misión, el pueblo alemán merece lo que le está ocurriendo”.

 

Munich, 1913

Cuando en 1913 se traslada a Munich, su porvenir como pintor de acuarelas de poca monta, parecía muy sombrío. La finalización de la I Guerra Mundial con la humillación alemana del Tratado de Versalles, la amenaza del comunismo, el creciente antisemitismo, la continua inflación y el paro que azotaba a Alemania, la pérdida de la cuenca del Ruhr por la invasión del ejército francés, al no pagar las altas multas de guerra, la debilidad del gobierno de Weimar, etc., fueron el caldo de cultivo que permitieron que un marginado austriaco hallase eco en un país distinto al suyo, usando toda clase de triquiñuelas para que le adoptaran, y que el ejército lo mantuviera en nómina hasta 1920.

Sin estas excepcionales circunstancias, el artista fallido, el marginado social, habría continuado siendo un “don nadie”, sin perspectivas profesionales, ni hubiera descubierto su carisma de demagogo en los cafés y cervecerías de Munich, actividad que le permitió entrar en la política y ser reconocido como uno de los líderes nacionalistas.

Al salir de la prisión de Landsberg en diciembre de 1925 a consecuencia del frustrado “putsch” que encabezó junto con diversos partidos nacionalistas en Munich en 1923, Hitler adquirió el áurea de héroe nacional, lo que le permitió aglutinar el amplio abanico de partidos radicales, nacionalistas y antisemitas. A partir de ahí se consideró como el “dirigente” el nuevo “líder” que todos esperaban para salvar a Alemania. Con sus dotes retóricas, demagógicas y teatrales, lograba electrizar a sus oyentes que le vitoreaban con febril entusiasmo, vertiendo su feroz odio contra los judíos, arremetiendo contra los bolcheviques y los débiles políticos del gobierno de Weimar, prometiendo una “nueva era” para Alemania.

Unos años antes de subir al poder en 1933, ya había encargado a Himmler, el dirigente de las SS, el diseño de los “campos de prisioneros” que preanunciaban el “progrom” de “higiene racial” que llevó a cabo, para exterminar a los judíos, junto con el ensayo de la “eugenesia” o esterilización de los enfermos, deficientes mentales y los considerados como razas inferiores, medidas que estaban respaldadas por médicos y psiquiatras del Reich. Cuando finalizó la guerra, el mundo se estremeció al conocer los horrores de los campos de concentración con sus millones de muertos, con las cámaras de gas, y los experimentos anatómicos y biológicos con los prisioneros, efectuados mediante la justificación del “progreso científico”.

 

Cercado por las tropas rusas

La película de Oliver Hirschbiegel El Hundimiento, rememora la fase en que las tropas rusas ya estaban en las puertas de Berlín. A pesar del inminente descalabro, Hitler continuaba contemplando fascinado, la maqueta de los futuros “centros de poder”, en la que figuraban los colosales edificios que había proyectado construir alrededor de la puerta de Brandenburgo, fiel expresión de sus visionarias ensoñaciones del futuro Imperio milenario del III Reich.

En esta maqueta de la “Adolf Hitler Platz”, aparecía la “Gran Sala” cuyo volumen era diecisiete veces mayor que la Basílica de San Pedro, con una cúpula de 250 mts de diámetro, y que daría cabida en su interior a 150.000 personas, el Alto Mando de la Wehrmacht, la nueva Cancillería del Reich de 1.200.000 m2, el Arco del Triunfo de 170 mts de altura, el Führerbau o Palacio Residencial de 1.900.000 m2, o el nuevo Reichstag.

“Mi único deseo, le decía al arquitecto Speer, es seguir con vida cuando esto se haya levantado. En 1950 organizaremos una Exposición Universal ¡invitaremos a todo el mundo!”. En Nuremberg ya había construido el Zeppelinfeld de 390 mts de longitud, en el que se realizaron grandes desfiles de tropas, con escenificaciones wagnerianas, a base de intensas luces giratorias, música, escudos y banderas. También estaban proyectados el Campo de Marzo de más de un km de largo y 700 mts de ancho, el “Gran Estadio” con una capacidad para 400.000 espectadores y el edificio de los Congresos, todos ellos rodeados de bosques y lagos.

 

Opiniones sobre la Iglesia Católica

Considero aleccionador en los momentos actuales, recordar el desprecio y hostilidad hacia el cristianismo y especialmente de la Iglesia Católica, que tenían la mayoría de dirigentes nazis, con sus ensoñaciones de un Reich que tendría que durar más de mil años. Una vez instalados en el poder, decretaron retirar los crucifijos de las escuelas y de los hospitales. El “Diario” que escribió el ministro de propaganda J. Goebels (que se ha conservado en parte) es una muestra de esta hostilidad: “Es sucio y rastrero por parte de la Iglesia Católica que continúe su actividad subversiva en todos los aspectos posibles… Después de los judíos estos políticos de la divinidad son la más despreciable gentuza que aún se mueve en el Reich. Cuando la guerra termine daremos solución definitiva a este problema”,

“El clero católico –escribe en otra paráfrasis- está colaborando traicioneramente con los enemigos de nuestro país. Se me sube la sangre a la cabeza al pensar de que por el momento no podemos pedir cuentas a los responsables. Nuestra venganza vendrá más adelante”.

En otras páginas del Diario anota: “El Führer se muestra indignado de la arrogancia del alto y bajo clero. La locura de la doctrina cristiana de la redención no pareced ser una cosa muy propia de nuestro tiempo”. El mismo Göebels fue testimonio del martirio de muchos sacerdotes: “Cierto número de sacerdotes católicos y protestantes han sido condenados a muerte en este mes de noviembre. Habían ofendido a las fuerzas germanas de la manera más cobarde”.

En noviembre de 1943, varios médicos del Reich, le entregaron un informe para implantar la fecundación artificial: “Después de la guerra, anota Goebels, tendremos tiempo para abordar y practicar estos delicados problemas” (la eutanasia aplicada a los enfermos y deficientes, el aborto forzado a las embarazadas judías y otras prisioneras, ya hacia cierto tiempo que se practicaba). Ante estos experimentos científicos que realizaban los investigadores nazis, el ministro de propaganda criticará duramente a la Iglesia porque no aceptaba estas prácticas: “La Iglesia Católica no se preocupa de avanzar al compás de moderno conocimiento científico, por tal motivo está fatalmente condenada”.

El ideólogo racista del partido nazi, A. Rosenberg, en su libro Mitos del S XX, y en otras obras, muestra su constante rechazo y odio hacia los judíos y los católicos. M. Bormann decía que “las iglesias no deben ocupar lugar alguno, la lucha contra la iglesia es imprescindible para activar la ideología del partido”, y el Gauleiter de Stuttgart afirmaba: “¡Fuera palacios e iglesias! Pues los palacios e iglesias son reductos de un pasado reaccionario, y no hacen más que obstaculizar nuestra revolución. ¡Después de la guerra levantaremos nuestros propios monumentos!”.

Hitler con su instinto de la oportunidad, prefería dejar su enfrentamiento con la Iglesia para momentos más propicios: “Cuando haya solucionado otras cuestiones, saldaré sin compasión mis cuentas con la Iglesia. Y se va a quedar de piedra”. ”Con el tiempo la Iglesia, le guste o no, tendrá que adaptarse a los objetivos políticos del nacionalsocialismo”.

Transcurridos 60 años de la finalización de estos aciagos acontecimientos, es probable que ya dispongamos de la suficiente perspectiva temporal para analizar con más objetividad cómo fue posible tamaña barbaridad. Unos análisis que, aparte de que puedan aportarnos nuevas claridades sobre una guerra cuyas dolorosas huellas aún perduran, nos sirvan también para aleccionarnos sobre cuáles deben ser los derroteros por los que no hay que transitar. Y esto hay que tenerlo presente en la actualidad, pues junto a nobles deseos colectivos de paz, justicia y progreso, surgen negros nubarrones que ensombrecen el horizonte, debido a la ideología de determinados sectores políticos y sociales que como nuevos “aprendices de brujo” propugnan la “cultura de la muerte” con sus diversas modalidades, cuyas siniestras prácticas ya fueron aplicadas con gran celo por los “expertos científicos” del partido nazi.

Todo hundimiento bélico tienen sus inicios, toda degradación humana tiene sus comienzos, y aunque las circunstancias históricas y sociales son distintas a los de los años veinte en Europa, y sin pretender caer en gratuitos pesimismos, sírvanos como “aviso a navegantes” lo que decía el Cardenal J. Herranz en una entrevista de hace unos meses en “La Vanguardia”: “La humanidad puede destruirse a sí misma, pues si el hombre se erige en Dios, queriéndose fabricar a la medida de su voluntad, las barbaridades de los nazis van a aparecer un juego de niños”.

 

Lluís Pifarré

 

 

 


 

Ir a la Página de Inicio