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Ernesto y Clemencia: una historia de amor inolvidable


Ernesto en su ancianidad; Clemencia, en su juventud.


De Guatemala a París

Ernesto Cofiño nació en Antigua, Guatemala, el 5 de junio de 1899 “en el nº 9 del callejón de Luna” cuenta su hijo José Luis, durante la dictadura de Estrada Cabrera, que el Nobel Miguel Ángel Asturias reflejó en sus novelas.

“El clima de terror llegó a tal punto –evoca José Luis, el hijo menor de Ernesto Cofiño en el libro de recuerdos Ernesto Cofiño, publicado por Rialp- que los historiadores afirman que en 1907, cuando cumplió ocho años, no había en Guatemala una familia de la clase alta que no hubiera perdido a un padre o a un hijo por una denuncia, o por un intento de rebelión, imaginario o verdadero. Nuestra familia no fue la excepción.

El 30 de abril de 1907 llegó una orden presidencial a la casa de Antiguay el bisabuelo José María y su hermano, el tío Pedro, fueron encarcelados “por orden superior”.

El padre de Ernesto Cofiño estuvo en prisión también a causa del despotismo del dictador. Era un hombre de carácter fuerte, sin formación religiosa –cuenta su hijo José Luis- que estaba prohibida en los centros públicos del país. Ernesto Cofiño estudió en el Instituto de Varones, la única escuela secundaria de Guatemala, porque los gobiernos liberales habían cerrado todas las escuelas católicas de la época colonial… El ideario era muy simple: el Presidente personalizaba la Patria, que era el Ideal Supremo…"

Un amigo y compañero de bachillerato, el Nobel de Literatura Miguel Ángel Asturias, lo recordaba como un muchacho “terrible y juguetón, inmejorable para los taztazos”.

“Cuando se disponía a entrar en la Universidad -sigue contando José Luís Cofiño- un terremoto arrasó gran parte de la ciudad de Guatemala durante las Navidades de 1917-1918. En unos instantes se vinieron abajo numerosos edificios, especialmente los que se habían construido bajo el mandato de Estrada; y para colmo de males, cuatro semanas después, el 24 de enero de 1918, un segundo terremoto derribó lo que aún quedaba en pie. Cayeron las torres de la catedral, la iglesia de San Juan de Dios y muchos monumentos importantes, como la estatua de Colón de la Plaza de Armas. Miles de familias no tuvieron más remedio que instalarse en unos campamentos improvisados en la zona de Tívoli.

Esta catástrofe desorganizó la inmensa tela de araña policíaca que el Presidente había ido tejiendo, porque las gentes, unidas por la desgracia, comenzaron a hablar sin trabas entre sí. Era imposible tenerlo todo controlado, como antes… El gobierno no supo afrontar la situación. La exasperación popular fue creciendo y se perdió el miedo a hablar en voz alta. En mayo de 1919 el obispo Piñol predicó unas homilías en la iglesia de San Francisco sobre la corrupción, con críticas veladas al gobierno. El Presidente lo arrestó y acabó expulsándolo del país; pero nada volvería a ser lo mismo.

En 1919, con la universidad de Guatemala cerrada a causa del terremoto, su padre le propuso algo que le parecía un sueño: estudiar en La Sorbona. Había tomado esa decisión en cierta medida para alejarlo de las arbitrariedades del dictador.

Sus estudios en París fueron un éxito. Fue uno de los primeros centroamericanos que obtuvo la plaza de interno en los famosos Hospitales. Allí le entrevistó Miguel Ángel Asturias, porque deseaba que sus paisanos supieran “que eres el primer guatemalteco y después del doctor De Bayle el primer centroamericano que alcanza el ponderado puesto de interno.

—...Pero a qué precio, hermano -le contestó Ernesto Cofiño-. Los mejores años de mi vida los he dejado en la preparación del soñado internado. Siempre creí que si el título de la universidad de París es muy honroso, mucho más honrosa es la categoría del interno...

 

Ernesto Cofiño, durante sus años en París

—Que entre nuestros paisanos, todos los que han pasado y hecho sus estudios en París, eres el primero en alcanzar...

A mí me entusiasma tu triunfo, continué, porque es una afirmación rotunda en el haber de la juventud guatemalteca. Si queremos reemplazar a los viejos debemos ser más aptos que ellos. ¿Y en qué trabajas ahora?

Tengo a mi cargo un servicio en el hospital de niños enfermos.


 

Discípulo de Debré

Su maestro en París fue el famoso doctor Debré, uno de los pediatras más prestigiosos de su época. Ernesto Cofiño mantuvo con él una relación profesional muy intensa y Debré fue su maestro en el sentido más pleno de la palabra.

Robert Debré

“Desde el punto de vista espiritual –explica su hijo José Luis- siguieron trayectorias diversas. Debré había crecido en un clima familiar intensamente religioso: su padre era Gran Rabino de la comunidad israelita de Neuilly. Pero abandonó la fe de sus padres en la adolescencia. “Y tú, ¿qué religión tienes?” —le preguntó su hermana, a los quince años. -“¡Yo soy pagano!” le respondió."

Ernesto Cofiño, por el contrario, fue pasando de la aparente atonía espiritual de su primera juventud -donde sólo había recibido formación cristiana de labios de su madre- a un progresivo acercamiento a Dios. Una visita a Lourdes junto con su madre– como le sucedió al famoso doctor Alexis Carrel- le llevó a una conversión interior.

Defendió su tesis, dirigida por Robert Debré, el 6 de noviembre de 1929. Fue laureada con la Medalla de Plata de la Facultad de Medicina. Fue un honor inmenso, como comenta su hijo José Luis.

 

¡Con esa muchacha me voy a casar!

Regresó a Guatemala en 1929. Comenzó a abrirse camino, entre muchas dificultades. "Hasta que un día -le cuenta José Luis Cofiño a sus hijos-, en diciembre de 1930, cuando platicaba en una farmacia con un amigo suyo, Rafael Barnoya -soltero como él-, vio pasar por la sexta avenida a una muchachita de veinte años, alta, con el cabello negro y unos ojos muy lindos.

—¡Adiós, Clemencia!—dijo Rafael.

—¡Adiós, Rafael! —dijo ella, con cierta timidez, pasando de largo.

El abuelo se quedó mirándola. La vio tan formal, tan seriecita...

¿Quién es?

—¿No la conoces? ¡Clemencia Samayoa!

Antes, en determinados ambientes se conocían todos. Cuenta la tía Uca que con el apellido te relacionaban al momento: “¡Ah, fulanito! Ese es hijo de tal y primo de cual!” Su amigo Rafael le contaría que Clemencia era una joven maestra de Quetzaltenango; que su hermana se llamaba Uca; y que... pero será mejor que les transcriba lo que escribió la tía Uca sobre aquel encuentro.

¡Que muchacha tan bonita! —exclamó Ernesto al verla—. (Y era verdad, porque Clemencia era una muchacha preciosa: menudita, chiquita —más chiquita que yo, que era cuatro años menor que ella— y tenía unos ojos lindos, de un mirar profundo y sereno).

Mira, Rafael —le dijo—, de todas las muchachas que han pasado, es la primera que no va coqueteando... ¿No me la podías presentar?

—Con mucho gusto —le dijo Rafael— ¡pero no voy a decirle que venga aquí a verte! Tendremos que buscar una oportunidad. Aunque... ¿por qué te ha entrado de pronto tanto interés?

Porque presiento, Rafael... ¡Presiento que con esa muchacha me voy a casar!

Era cerca del Año Nuevo y entonces era costumbre celebrar la Nochevieja en el Club Alemán, con un baile de gala.

—Muy bien. Si quieres —le dijo Rafael, bastante asombrado— vamos al baile del Club Alemán, y si ella llega, que casi siempre llega, te la presento...”.

Y fueron al baile del Club Alemán, que estaba en la 11 calle y 5ª avenida de la zona 1, y era muy conocido por las veladas de concierto de cámara que organizaba. Sigue contando la tía Uca:

“—¡Allá está! ¿Ve? —le dijo Rafael a Ernesto en cuanto nos vio—. ¡Ha venido! ¿No se lo dije?

Era un baile de otros tiempos... La música que nos gustaba era muy cadenciosa y agradable, sin esos brincos y esos gritos de ahora. Todo se hacía según las reglas de la etiqueta: con sosiego, sin prisas... Pervivían algunas costumbres de sabor europeo: lo que aún nos quedaba de España... Por ejemplo, la etiqueta mandaba que las parejas fueran cambiando de compañero en cada pieza.

Al terminar una pieza, Rafael se acercó a nosotras y dijo:

—Clemencia, aquí te presento a mi amigo Ernesto que acaba de venir de Francia, donde se recibió como médico en La Sorbona.

Es como si lo estuviera viendo: alto, guapo, espigado, elegante, con su cuello duro de un blanco inmaculado, que resaltabasobre una corbata oscura, con aquella sonrisa y aquel savoir fairetan especial...

¿Me concede este baile? —preguntó Ernesto. Clemencia asintió como siempre: sencilla, algo distante. Yo acababa de cumplir los dieciséis y seguía atentamente la escena.

Empezaron a bailar. Era todo un contraste. Ella era una veinteañera casi adolescente y él, un hombre maduro que había superado los treinta. Ella era una maestrita tímida de Quetzaltenango y él, una futura promesa de la Medicina, ¡Medalla de Plata de los Hospitales de París! Ella no conocía casi nada y él era un hombre de mundo y se le notaba en todo: en el modo de presentarse, de hablar, de sonreír...

Al terminar, Ernesto le preguntó si le concedía la próxima pieza. Y bailaron la siguiente y la siguiente y la siguiente, alternadas: una sí, una no. Y siempre, en el último compás, le decía Ernesto:

Aquí, en este sitio, la voy a esperar. Por favor, concédame la siguiente...

Y la aguardaba sin moverse de su sitio, como un estudiante. ¡Un estudiante de los de antaño, naturalmente! Aquella noche hablaron de mil cosas: ella, del colegio Minerva, donde había estudiado; y él, de La Sorbona y de las grandes ciudades que había conocido...

Ella se quedó deslumbrada; y es comprensible: se llevaban once años de diferencia (él era de 1899 y ella de 1910) y era casi una muchachita.

Tan muchachita era —éramos— que a las doce, no más, teníamos que estar en casa. El le pidió bailar otra vez, pero Clemencia,mirando el reloj, le dijo muy seria:

—Yo ya me despido. Muy buenas noches.

Por favor, Clemencia, no se vaya todavía, espérese.

—Lo siento mucho, pero nos esperan en la casa antes de la doce.

Muy bien. ¿Y dónde la podré ver otra vez?

Era todo aquel cuento tan romántico de que, aunque estuvieses deseando volver averle, tenías que contestar con cierto desdén, como si no te importara... Estábamos en los años treinta y me parece una escena de una novela romántica del siglo XIX. Pero nuestra generación, en Guatemala, fue educada así. ¡Qué tiempos! Parecíamos gente de otra época; y quizá lo fuéramos,porque ¡vivíamos en un mundo tan distinto del de ahora!

Ella no podía decirle que no, porque sehabía quedado maravillada —yo creo que en aquel baile se enamoraron—; pero tampoco podía decirle que sí, porque eljuego consistía en hacerse rogar, en hacerse esperar... Así que le contestó:

—Nos veremos en cualquier sitio: al azar nos hemos encontrado y al azar nos volveremos a encontrar...

Y al cabo de tres días—todo esto lo sé porque ella me lo contó, y yo seguía, además, ojo avizor—, a la salida del colegio, a las cuatro de la tarde, estaba esperándole Ernesto en una esquina, como si fuera un colegial de quince años. La acompañó a casa, y al terminar le preguntó:

¿Mañana puedo llegar a traerla?

—Pues... —contestó Clemencia, un tanto indecisa—, está bien.

Y la fue acompañando, un día y otro, hasta la puerta de casa —sin entrar, naturalmente— hasta que un día coincidió con papá en la calle. “¡Doctor Cofiño! ¿Qué le trae por aquí?” Y papá, lógicamente, le invitó a entrar en casa. Clemencia estaba azoradísima.

Llamaron a mamá —a mí no, con mis dieciséis años yo no entraba en la colada— y a partir de entonces Ernesto comenzó a venir por casa, y empezaron los paseos en aquel Packard tan bonito que traía, ahora ya no hay esa marca, un automóvil que le había regalado a Ernesto uno de sus hermanos.

Fue su primer amor. ¡De ella, naturalmente! De Ernesto, desde luego que no...” .

¿Qué querrá decir la tía Uca con esa frase: “de Ernesto,desde luego que no”? Pues... no lo sé. Sobre esto nunca hablé con el abuelo. Sólo me comentó una vez, de pasada, cuando yo era novio de mamá, que la época más linda de una mujer es el noviazgo.

Ellos eran muy distintos entre sí, aunque en ciertos aspectos se parecían mucho. Tenían un perfil muy moderno para su tiempo: audaces, emprendedores, sin prejuicios, tolerantes, cultos... La abuela había sido alumna destacada del Colegio Minerva de Quetzaltenango, donde estudiaban las hijas de las “mejores familias” de la ciudad.

Ya les he dicho que en aquella época era raro que una mujer estudiase. Muchos pensaban que con que supieran atender su hogar y tocar el piano, ya tenían bastante. “Pero Clemencia era diferente —cuenta la tía Uca— y siempre tuvo deseos de aprender, de superarse, de ser útil... Fue de las pocas alumnas, si no la única, de sus compañeras que se recibió de maestra”.

El abuelo se quería casar enseguida: a los dos meses, “porque fue siempre muy impaciente”, dice la tía Uca.

Algo impaciente sí debía ser, pero no atolondrado; le gustaba dar a cada cosa su tiempo. A mí me maravillaba que en los ochenta siguiese usando una Remington Portable, la misma máquina con la que había escrito su tesis cincuenta años antes; y que además de conservarla en perfecto estado, cada vez que terminaba un trabajo la guardase en su estuche con calma y concuidado. Y así, para todo.

Pienso que se quería casar enseguida no por impaciencia, sino porque estaba convencido de que había hallado a la mujer de su vida: una joven bellísima, pura en sus costumbres, educada, dulce, inteligente.

Pero tuvo que esperar, porque el 11 de noviembre de 1932, murió la bisabuela Clotilde, a los 66 años, tras una larga enfermedad.

La bisabuela había pedido que pusieran su cuerpo en el suelo cuando falleciera, como manifestación de humildad: no quería ningún boato funerario. Eso explica que cuando mi mamá llegó a la casa para dar el pésame, al ver a la bisabuela así, como ignoraba la causa, se lo reprochara al abuelo, porque le parecía un desamor...

La enterraron en el Cementerio General. Cada vez que voy a rezar ante su tumba le pido que interceda por nosotros, porque la bisabuela Clotilde fue, con su fe y su fortaleza, el cimiento cristiano del abuelo y de toda nuestra familia.

Continuemos con nuestra historia. Hemos dejado a los abuelos a punto de casarse. Como mandaba la tradición, el abuelo le fue “poniendo la casa a la novia”, ayudado por sus hermanos. Y estando en ésas, enfermó la abuela de paratifoidea, una enfermedad mortal en aquel tiempo.

Imagínense su dolor y confusión. “Primero mi madre —debió pensar— y ahora, mi novia”. Puso los medios a su alcance. Acudió a los mejores especialistas. Rezó...

Aquellas desgracias purificaron su alma y el amor de Cristo se fue apoderando de su corazón, cada vez más cercano a la Cruz.

La abuela se curó, y al fin, tras una larga convalecencia, el 21 de mayo de 1933 los abuelos se casaron en la capilla del Hospicio Nacional. Era “un día de muchísimo calor —recuerda la tía Uca—. Ella iba bellísima con su vestido vaporoso; y él, a su lado, me pareció, más que nunca, un gran señor”.

Vivieron de recién casados en la 13 calle y 2ª avenida de la Zona 1, en una casa muy luminosa de dos plantas, con un patio rebosante de jazmines, geranios y azaleas, como recuerda la tía Uca.

En esa casa, que estaba muy cerca de la Facultad de Medicina, estrenaron muchos de estos muebles: este escritorio donde escribo; los sillones de leones de la sala de estar; la librería; la salita Luis XV de la entrada; el comedor entero; el reloj de péndulo, que fue regalo de bodas del bisabuelo...

Allí puso el abuelo su clínica privada. La prima Mercedes cuenta que tenía las paredes de la consulta decoradas con fotografías de los niños que atendía. Se las enviaban los padres, agradecidos.

Los abuelos fueron muy felices en su matrimonio y desde el principio se compenetraron estupendamente.

“Él tenía muy buen carácter –escribe la tía Uca-: era simpático, alegre, emprendedor. Era un hombre bueno, pero educado a la antigua. Entonces el hombre era el rey y señor de la casa, y se hacía todo lo que decía; y lo que decía era siempre la última palabra...

Sin embargo, no hubo problemas entre ellos, porque la quería mucho, y procuró mantenerla en su ambiente de siempre, muy agasajada, muy mimada por la suerte.

Es curioso: unas veces los caracteres distintos chocan; otras, se complementan: esto fue lo que pasó. Ella fue suavizándole las aristas, y puliendo poco a poco sus defectos. Porque él era dominante: estaba acostumbrado a mandar sin que nadie le rechistase, y ella fue dulcificándole, con una frase, con una mirada.

Y así poco a poco, Ernesto fue cambiando... y Clemencia también, porque maduró y se hizo mujer a su lado. Al principio, quizá, él la trató un poco como a una hija, con cierto sentimiento paternal y protector, y se esmeró en cuidarla, en protegerla, porque ella era la purainocencia y él... ¡él venía bien educadito de su larga estancia en Europa, en París, donde había vivido una vida, sobria y decente sí, pero libre como los pájaros!

En aquellos tiempos de recién casados, le encantaba la vida social: ir a bailar y participar en saraos y reuniones, y alternar, y tomarse un traguito, pero nada más; y siempre junto con Clemencia.

Así fueron cambiando los dos: él se fue adaptando a ella, y ella a él. Eso es el matrimonio: ir cediendo, ir aprendiendo a amar al otro tal como es y no como desearíamos que fuera,ir ayudándose en todo lo bueno.

Y ellos dos tenían muchas cosas buenas que compartir: Clemencia era muy virtuosa, tenía un corazón grande y generoso: sabía perdonar, sabía olvidar; y eso es muy importante en el matrimonio. Supo apoyar a Ernesto en todo... ¿Qué hubiera sido de Ernesto, si en vez de encontrarse con una mujer que fue capaz de graduarse de Trabajadora Social para ayudarle mejor, se hubiese encontrado con una frívola que sólo pensara en sus caprichitos; o con una quisquillosa, o...?

Dicen que el amor no consiste en mirarse a los ojos, sino en saber mirar los dos en la misma dirección. Eso es lo que hizo Clemencia: aprendió a mirar hacia donde miraba él, y le amó amando lo que él amaba.

Ese carácter dominante de Ernesto tenía la otra cara de la moneda: su gran espíritu de superación. Y se lo contagió a Clemencia. Ella vio cómo al principio Ernesto no se expresaba muy bien; pero aprendió a hablar en público y se convirtió con el paso del tiempo en un gran parlamentario: era una delicia escuchar sus discursos.

Vio que dominaba el francés, y que no perdió nunca su amor por Francia, pero como necesitaba hablar inglés, se propuso aprenderlo y lo aprendió, aunque no tenía ni un minuto libre. Después del almuerzo, con el cansancio de toda una mañana de trabajo en el Hospital, llegaba el profesor a su casa. Me acuerdo de verle repetir frase tras frase, día tras día, muerto de fatiga y de sueño, hasta que dominó el idioma.

Y ella siguió sus pasos. Casada y con hijos, estudió, se especializó, le acompañó a congresos. Y todo lo hizo por amor: para estar a su lado, para ayudarle mejor.

Cuando se casó, él era un poco celoso. Es natural. Pero luego dejaba a Clemencia que viajara sola o con una amiga, con total confianza. Nunca tuvieron problemas.

Ella procuraba ayudar a todas las personas necesitadas con las que se encontraba. Él estaba más preocupado por dejarle a su familia un buen patrimonio, para que no tuvieran problemas económicos el día de mañana. Pensaba que se iba a morir antes que ella, y ahorraba todo lo que podía. Entonces no era muy dadivoso.

Pero fue cambiando. Por ella”.

 

La lucha contra la pobreza

Tuvieron cinco hijos. Tras unos comienzos llenos de dificultades, el joven doctor comenzó a desarrollar un amplísimo trabajo profesional en su consulta, en la Universidad –se le considera el Padre de la pediatría guatemalteca-, y en ámbitos muy diversos.

La enumeración de sus numerosos empeños y trabajos tiene que ser necesariamente sintética: fue Director de la Lucha Nacional contra la Tuberculosis durante los años 1945 y 1946; fue Delegado de Guatemala para el Instituto Interamericano del Niño, durante diez años; socio fundador y Primer Presidente de la Asociación Pediátrica de Guatemala, y participante habitual en numerosos congresos internacionales, en San José, Tegucigalpa, Managua, Atlantic City, Nueva York, La Habana, Monterrey, Nancy...

Gastó sus mejores energías en la lucha contra la tuberculosis infantil de los niños indígenas, sumidos en una situación de pobreza y desamparo. “Me emociona leer –cuenta su hijo José Luis Cofiño- lo que escribió sobre “La Enfermedad del Hambre”, que era la causante de la enfermedad de muchos de esos niños. Decía que el hambre era el problema número uno de Centroamérica, y que esos niños tenían dos tipos de hambre: hambre de pan y hambre de cariño.

Puso los medios a su alcance para que esos patojitos disfrutaran de un clima agradable, de una comida sana y del cuidado amoroso de las enfermeras. Para un niño enfermo, decía, el cariño es algo decisivo. Y él lo daba y lo repartía a manos llenas. Recuerdo una anécdota muy expresiva: durante las Navidades organizaba una fiesta de Reyes para esos niños y se disfrazaba de Papá Noel para llevarles los regalos. Era mucho más que un médico. Mejor dicho: era un médico en el sentido más profundo del término.

Contaba el doctor de la Riva que los niños llegaban a la Colonia esqueléticos y desnutridos, con los cuerpecitos carcomidos por la enfermedad. Ponían los medios a su alcance, y cuando ya no podían hacer nada por un niño, lo enviaban al Hospital General, diciéndole a sor Matilde, la religiosa que les ayudaba: “ese niño es un pollito”, dándole a entender que había que concederle todos los caprichos, porque estaba a punto de fallecer... se desvivía por salvar la vida de aquellos chiquitos; y cuando no lo conseguía, iba con los que le ayudaban a la sala de autopsias para versi las exploraciones que habían hecho eran acertadas.

La familia, la enseñanza, los hospitales... Y se preguntarán: ¿cómo lograba llegar a tanto?

Pienso que lo lograba, en primer lugar, porque aprovechaba muy bien el tiempo; y luego porque dedicaba a esa tarea hasta sus horas de descanso".

Todos los sábados por la mañana, después de una larga semana de trabajo en la clínica y en la universidad, se iba con su mujer y sus hijos a Santa Clotilde, una casa que tenían en San Juan, cerca de la Colonia y la Unidad Asistencial. El domingo se levantaba temprano, iba a Misa a la parroquia, y pasaba visita a los niños de la Colonia. Por la tarde, después de descansar con la familia en Santa Clotilde, retornaban a la ciudad.

"Y así, un fin de semana, y otro. Eso explica lo que he oído decir tantas veces: que en esa zona todos los indígenas conocían al doctor Cofiño.”

Fue una persona decisiva para la sanidad de su país. Por ejemplo, fue pionero de las trasfusiones de sangre y trajo del Instituto de París la vacuna antituberculosa BCG, con la que se salvaron miles de vidas, y mantuvo siempre su independencia como médico, sin vincularse a ningún poder político.

A favor de los más pobres y desvalidos

Sufrió las inevitables incomprensiones de cualquier persona que actúa desinteresadamente y sin prejuicios. Tras el derrocamiento de Arbenz, le acusaron de comunista por atender a un hijo del Presidente. “No era partidario de posturas extremas –relata su hijo- y seguía atendiendo a todo tipo de personas, sin hacer distinciones de color de piel, o de ideología, y sin ligarse a ninguna corriente o partido político concreto”.

El ambiente político se fue enrareciendo y con la excusa del nombramiento de un nuevo director del Hospicio Nacional, hubo una revuelta pública, con bombas incendiarias, carreras y persecuciones, entre mueras a Arbenz y al comunismo. La revuelta –que llegó hasta los titulares del TIMES- terminó con un tiroteo en el que murieron cinco personas y cayeron heridos más de cincuenta manifestantes.

El Presidente se reunió con una comisión de asesores, y decidió sustituir al director del Hospicio. La elección de la persona adecuada no era sencilla, y más en aquellas circunstancias, por la dimensión pública que había cobrado el asunto. Se necesitaba a una persona de prestigio, sin significación política, que fuese respetada y conocida en todo el país por sus actuaciones a favor de los más pobres y desvalidos.

Arbenz concluyó que Ernesto Cofiño reunía esos rasgos, y lo hizo llamar. El doctor aceptó, a pesar de sus múltiples ocupaciones, pensando que era un modo de pacificar la situación y de servir a su país, poniendo como condición que su nombramiento no fuera una solución de emergencia y transitoria.



Los periódicos de la época recogen una fotografía de Ernesto Cofiño en las escalinatas del Palacio Nacional difrigiéndose a la multitud, pidiéndoles que se tranquilizaran y clamando por la paz y la concordia. Es una imagen certera del sentido de toda la vida de este hombre de paz.

Su trabajo en el antiguo Hospicio

Su paso por el antiguo Hospicio -al que cambió el nombre- fue decisivo: clasificó y seleccionó a los chicos realmente necesitados para que sólo vivieran allí los niños sin familia; se negó a aceptar recomendaciones; creó un buen servicio pediátrico; modificó el sistema de dormitorios, terminando con la promiscuidad y el hacinamiento; y reorganizó el Servicio médico...

La lista de realizaciones que hizo es amplísima. Equipó con nuevos materiales los talleres de carpintería, plomería, herrería, zapatería y costura; consiguió la colaboración privada de más de treinta personas que trabajaban ad honorem; y creó una Escuela del Hogar para las jóvenes, con secciones de cocina, lavandería, clases de belleza, floristería, tienda, clases de comportamiento en sociedad y de administración del Hogar.

El gran encuentro

En el verano de 1953 sucedió lo que llamaba el gran encuentro. Su gran amigo Rossell, Arzobispo de Guatemala, le presentó a un joven sacerdote del Opus Dei, don Antonio Rodríguez Pedrazuela, que acababa de llegar al país para comenzar el Opus Dei.

Se inició una amistad –recordaba el doctor Cofiño- que me fue poco a poco llevando a conocer lo que el Señor esperaba de mí, hasta hacérmelo ver tan claramente que estuve dispuesto a escribir la carta pidiendo la admisión en el Opus Dei.

Pidió la admisión el 6 de diciembre de 1956, aunque puntualizaba siempre que él se había consideradodel Opus Dei desde aquel verano de 1953: ¡desde el mismo día en que lo conocí! –repetía con fuerza. Fue el primer supernumerario del Opus Dei en Centroamérica.

La formación que la Obra me dio —escribía— me llevó a asimilar la doctrina de la Iglesia, a tratar a Dios con profundidad a través del cumplimiento de algunas prácticas de piedad, a hacer apostolado con mis amigos para recristianizar esta sociedad, esforzándome en trabajar bien y en atender mis obligaciones familiares, cívicas y sociales.

En otras palabras, a estar muy metido en el mundo sin necesidad de salirme de él para tratar a Dios.

Clemencia y Ernesto, celebrando sus 25 años de matrimonio

 

Entregado a Dios “con todas las veras de su alma”


Su esposa Clemencia advirtió enseguida como fue mejorando en diversos aspectos de su vida: en el trato con ella y con sus hijos, en la alegría...“¡Yo no sé lo que ustedes han hecho con mi marido –le contaba, feliz y divertida, a don Antonio Rodríguez Pedrazuela- pero es una maravilla!”.

“Ya saben que ni mamá ni yo somos del Opus Dei –le escribía a sus hijos José Luis Cofiño-. Dios no nos llama a servirle por ese camino; o por lo menos, no nos ha llamado hasta ahora. Por eso, de todas estas cuestiones sólo puedo decirles lo que el abuelo ha dejado escrito o lo que me han referido algunas personas del Opus Dei.

Pero sin ser del Opus Dei, he sido testigo, durante muchos años —lo mismo que mamá— de cómo vivió el abuelo su entrega cristiana. No sé cómo explicárselo: se entregó a Dios en el Opus Dei con todas las fuerzas de su corazón, con todas las veras de su alma, con todo su ser, con toda la ilusión de la que era capaz

En sus notas personales, Ernesto Cofiño dejó constancia de su acercamiento a Dios.





Esto nos sucede cuando paulatinamente nos vamos desacostumbrando a notar en todas las cosas la presencia de Dios; de manera abstracta sabemos que está en alguna parte, y no es raro que vayamos posponiendo para mejor ocasión el relacionarnos con Él; de lo que sí podemos estar seguros es de que Dios no nos olvida ni un solo momento...

He leído repetidas veces un pensamiento de Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer —Fundador del Opus Dei— que ha tenido la fuerza de penetrar muy hondo en mí y abrir mi mente a la meditación. Dice así:

“La vocación enciende una luz que nos hace reconocer el sentido de nuestra existencia. Es convencerse, con el resplandor de la fe, del porqué de nuestra realidad terrena. Nuestra vida, la presente, la pasada y la que vendrá, cobra un relieve nuevo, una profundidad que antes no sospechábamos. Todos los sucesos y acontecimientos ocupan ahora su verdadero sitio: entendemos adónde quiere conducirnos el Señor, y nos sentimos como arrollados por ese encargo que se nos confía”.

Este pensamiento, a paladear con la mayor delicadeza para que se vaya infiltrando en nuestra intimidad, nos va llevando por nuevos derroteros...

Nos pasmamos de la riqueza que tenemos en valores cristianos auténticos, y vemos que hemos despreciado el oro puro a cambio de baratijas.

De esta manera, cada vez es más claro el hecho de que no cabe aducir o buscar contradicción entre la ciencia y la religión: ¿Cómo es posible que lo hayamos creído, cuando es tan evidente que el Autor de ambas tan sólo puede ser Dios?

Es entonces que vemos que lo que nos corresponde es buscar con afán a Dios en todas las actividades de nuestra vida, ponerlo en la intimidad y en la cumbre de ellas.

Pero ¿cómo ha podido suceder este cambio? Es posible que haya sido un amigo, un cristiano corriente tal vez, igual a ti, el que te descubrió este panorama de asombrosa profundidad que a veces es como si tuviéramos miedo de aceptar, espantados por lo que nos parece tan profundo e insondable...

Llevarnos al conocimiento —al amor—de estas realidades, fue la labor a la que dedicó su vida el Fundador del Opus Dei, desde el 2 de octubre de 1928; labor que no ha cesado y que ha lanzado a voleo la semilla espiritual.

¡Qué extraño pareció al mundo, en sus inicios, esta prédica, que afirmaba que todos los caminos de la tierra pueden ser divinos! ¡Qué hondo significado! ¡Y qué nuevo [resultaba] entonces el afirmar que la santificación —es decir, la relación con Dios— está al alcance de todos, cualquiera que sea su edad, su posición, su cultura, o su profesión u oficio...!

Para nosotros, los médicos en particular, se abren amplios horizontes. Nosotros vivimos inmersos en el dolor, los sufrimientos y la muerte; pero también vemos de cerca la recuperación, tan cercana de la resurrección.

Tenemos que admitir el privilegio de haber sido escogidos como instrumentos de Dios.

Es por ello que debemos tener una noción muy clara de la posición que nos toca asumir como médicos y defendernos contra aquellos que nos quieren hacer instrumentos de quién sabe qué vesánicas intenciones. Recordemos una frase orientadora del Profesor Jerôme Lejeune, Profesor de Genética Fundamental a la Sorbonne que dice: “Durante milenios la Medicina ha luchado por la vida y la salud, contra la enfermedad y la muerte. Toda inversión del orden de estos términos cambiaría enteramente la Medicina misma”.






Clemencia y Ernesto, en una fiesta familiar

 

Esto no se improvisa

En una carta fechada el 16 de febrero de 2000 -publicada en el libro de recuerdos sobre su padre (Ernesto Cofiño, Rialp) José Luís Cofiño le cuenta a sus hijos uno de los momentos más dolorosos de su vida personal y de la vida de su padre:

 

Queridos Jorge, Paola y Diego:

A veces sueño con el abuelo. Me veo de pequeño, agarrado a su cintura, cabalgando en su caballo blanco por los bosques de San Juan Sacatepéquez, como aquella mañana en que le dieron la noticia.

Fue el 1 de enero de 1963. Estábamos en Santa Clotilde. Por la mañana estuvimos todos juntos en Misa, y luego el abuelo y yo nos fuimos a caballo a felicitar el Año al doctor Argueta, que vivía cerca.

Fue entonces cuando le dijeron que mi mamá se había puesto mal.

Regresamos inmediatamente. Había sufrido un derrame cerebral. Se la trajo enseguida a Guate y la ingresó en el Hospital Bella Aurora, donde la operaron los doctores de la Riva y Sosa.

Estaba muy grave. Había perdido la consciencia, que no volvió a recobrar. Aquello fue un golpe durísimo. Fue la primera vez que vi llorar al abuelo.

Los médicos dijeron que había que enfriarla, para evitar que se alteraran los signos vitales. Y él, que sabía que mamá detestaba el agua fría, la fue poniendo, día tras día, en camas de hielo.

No había nada que hacer. Sólo estuvo ocho días en el hospital, donde la operaron varias veces, sin resultado alguno. Al final se la trajo a casa con medio cuerpo paralizado.

Alquiló una cama del hospital, y quiso que la forraran con tela, como un detalle de cariño con ella. Mi mamá seguía inconsciente, sin hablar, ni comunicarse de ningún modo.

No podía cerrar los párpados, y se le empezaron a ulcerar los ojos, aquellos ojos bellísimos que tenía.

Entonces el doctor de la Riva dijo que tendrían que cosérselos. Se ocupó de esa triste tarea el doctor Arturo Quevedo, y el abuelo le estuvo ayudando, con el corazón destrozado.

La enfermedad duró mes y medio. Fue una época muy dolorosa. El abuelo —que sabía perfectamente que la abuela, salvo un milagro, nunca recobraría el conocimiento—, actuó con gran fortaleza. La atendió en todas las necesidades, hasta las más materiales; y aceptó sin rebeldías la Voluntad de Dios, sin dejar que se crease un ambiente de tragedia. Habló con mis hermanos mayores para ayudarles a afrontar la situación y procuró que mi mamá recibiera toda la atención espiritual posible.

Venían muchos amigos a consolarle; y cuando se marchaban, tenían la sensación de que era el abuelo quien les había consolado a ellos.

Él sólo le pedía a la Virgen que se la llevara en un día de sábado. La Virgen le escuchó: mamá falleció el sábado 16 de febrero de 1963.

Por eso he querido fechar esta carta hoy, cuando se cumplen los treinta y siete años de su muerte.

La velaron aquí, en esta misma casa, y Mons. Rossell, el Arzobispo, que los quería tanto, estuvo en la vela y ofició una Misa de cuerpo presente en su habitación.

Todo esto me lo contaron el abuelo y mis hermanos con el paso de los años, porque yo no recuerdo prácticamente nada de aquel mes y medio. El abuelo presintió que el desenlace vendría pronto y me envió a casa de un amigo suyo dentista, Manolo Lara.

Estaba convencido de que la abuela intercede por nosotros desde el Cielo.Pocos años antes, en las Navidades de 1957, don Antonio les había dedicado un ejemplar de Camino, evocando una frase del fundador del Opus Dei:Doctor: que Camino le ayude a usted y a su esposa a buscar a Cristo, a encontrar a Cristo, amar a Cristo.

Y decía el abuelo: Esos buenos deseos se han cumplido: en mi esposa, en toda su plenitud desde el momento en que fue recibida —tengo la seguridad moral, porque fue muy buena— en el Seno del Señor. Y en mí, la esperanza de llegar allí mismo.

Tras su muerte, encargó que se dijese una Misa por ella todos los sábados a las seis de la mañana, en la iglesia del Seminario, donde acudía como médico para atender —gratuitamente— a los seminaristas; y años después, en la iglesia del Sagrado Corazón. Durante más de veinte años asistió a esa Misa ofreciendo el sacrificio de levantarse a esa hora tan temprana. Yo le acompañé en alguna ocasión.

Mi mamá se nos fue muy pronto; cuando mi papá era un hombre joven. Joven... ¡de adentro! Tenía 64 años y fue para él un golpe muy duro, porque habían sido profundamente felices en sus treinta años de matrimonio.

Por eso, uno de sus amigos se sorprendió al verle tan sereno durante los funerales.

Es bueno que sepas —le comentó cariñosamente— que esto no se improvisa.

Le quiso decir que llevaba muchos años aceptando la Voluntad de Dios y preparándose, si Dios lo disponía así, para ese trance, para ese momento.

 

Amigo de todos

En su consulta de pediatra

El aliento cristiano del espíritu del Opus Dei le llevó a poner en marcha numerosas obras de promoción humana y cultural para su país, con una especial preocupación para los más necesitados. Miles de personas encontraban en él estimulo y aliento en su vida cristiana. Esta carta, escrita por una amiga suya, Lourdes, con motivo de la enfermedad de su marido, es un buen testimonio:

Mi querido doctor Cofiño:

Usted que ha estado tan cerca de nosotros desde hace 26 años (para mí) y no recuerdo exactamente cuántos para Carlos, creo que puede entender qué nos espera ahora... tanto de bello que hemos compartido, tanto amor que ha habido, tanta felicidad, ahora le toca tornarse tan dolorosa, y ¿sabe usted una cosa?... aunque me digan con todo cariño que todo saldrá bien y así lo deseo yo... en el fondo de mi corazón hay otras palabras de la Virgen, recibo otros mensajes de Dios, nunca antes me había sucedido... ¿por qué ahora? ¿por qué ahora me siento así, como en un desierto?

Y no me falta la fe, no me falta la presencia de Dios... este gran mal que hay dentro de mí, es peor de grande que el encontrado en su examen de Carlos... duele tanto, me hace llorar como niña, me hace comprender o sentir algo que nunca he vivido... pero lo acepto, Dr. Cofiño, me deshace, pero lo acepto, y quiero tornarlo en oraciones y quiero tornarlo en medicina y quiero tornarlo en agradecimiento a Dios de tanto que me ha dado... pero no puedo... me siento solita en un desierto... no puedo pensar... solo siento que algo muy fuerte me invade y domina... pero Dios no me ha dejado y no me dejará en estos momentos y acepto toda su divina voluntad...

Reciba mis cariños más sinceros, no tengo que darle las palabras, usted las siente, hasta pronto. Lourdes

17 Junio 1980

 Esta fue la respuesta del doctor:

 



Mi querida hija Lourdes

Con profunda emoción leo esta mañana en mi querido escritorio del Centro Universitario tu carta dolorosa, en estos momentos en que tu corazón —el mío también— se encuentran apretujados ante una realidad, ante un hecho que no estábamos preparados para recibir.

Quiero que sientas, querida Lourdes, que el desierto en que dices encontrarte de momento lo vas a poder transformar en un vergel, regado con tus lágrimas de amor y vivificado con la presencia de nuestra Santa Madre de Guadalupe.

Es una nueva etapa de tu vida con Carlos: tú le darás optimismo, le quitarás desaliento y le darás valor, confianza y fe en su recuperación.

Cierto es que se encuentran ustedes en un momento muy difícil pero no desesperado, como hubiese sido hace unos años. La ciencia ha progresado y sigue progresando. Laenfermedad es controlable y muy pronto será totalmente dominada.

La Virgen sólo puede enviarte mensajes de esperanza; Ella, que sabe de dolores, supo estar erguida al pie de la Cruz. Fue allí donde Nuestro Señor nos la dio por Madre...

Pasados estos primeros días recuperarás confianza y el valor de siempre para seguir luchando. Ya sabes: estoy con ustedes.

 


 

Un atraco

Su fuerza nacía de la oración

El verdadero temple de las personas suele revelarse en las situaciones extraordinarias, y esto le sucedió al doctor en varias ocasiones. Una de ellas fue con motivo de un atraco

“Sucedió un jueves de 1987 por la mañana –cuenta su hijo José Luis Cofiño-, cuando hacía gestiones con Alejandro Deustschman para conseguir donativos para el fondo de Becas de Ciudad Vieja.

Hacía varias cada día: un amigo suyo aseguraba que en el año 1990 hizo alrededor de mil gestiones personales con empresarios, aprovechando esas ocasiones para acercarlos al Señor.

Aquel jueves, cuando Alejandro acababa de detener el carro en la calle, dos hombres con el rostro descubierto les asaltaron, ordenándoles que se bajaran. Uno se acercó al abuelo y le puso una pistola en la cintura. Fue todo tan rápido que el abuelo no se dio de lo que pasaba y trataba de apartar a aquel hombre, hasta que Alejandro le dijo:

—Doctor, nos están asaltando. Quieren que nos bajemos.

Esa calle está a dos cuadras de una Estación de Policía. Por eso, no se atrevieron a robarles allí. Les gritaron:

—¡Vamos! ¡Métanse en la parte de atrás del carro! ¡Rápido!”

En cuanto subieron al carro el jefe tomó el timón y emprendió la marcha a toda velocidad, mientras el otro les apuntaba con su revólver.

—¡Suelten todo lo que tengan!

El doctory Alejandro entregaron las billeteras, los relojes, las plumas...

—¡Ahora, las medallas y los anillos!

Fue el único momento en el que Alejandro advirtió un gesto de dolor en Ernesto Cofiño, que no pudo evitar las lágrimas cuando le dio a aquel hombre su anillo de matrimonio.

Mientras tanto, el jefe, muy nervioso, iba dando vueltas por las calles. Pensaba que les perseguía la policía y no sabía qué hacer, si soltarlos o matarlos.

Cuando comprobó que no les seguía nadie, decidió asesinarlos, echárselos, en el lenguaje del hampa, y le dijo al de atrás:

—¡Échatelos!

Al oír aquello, Ernesto Cofiño comenzó a rezar en voz alta. El carro enfiló un camino solitario, junto a las vías del ferrocarril. Estaba claro: iban a matarlos allí.

Alejandro estaba inquieto, pero al ver que el doctor seguía rezando en voz alta, recobró la calma, y se preparó a bien morir.

El jefe le dijo, muy irritado:

—¡Cállese de una vez, viejo!

Ernesto Cofiño respondió con paz:

Siempre rezo; y ahora más. Rezo para que el Señor les ilumine, porque van por mal camino.

Al oír esto, gritó el jefe:

—¡Vámonos!

Y detuvo el carro un poco más adelante. Ocurrió algo insólito: el tipo que les apuntaba con la pistola abrió la puerta y... ¡ayudó al abuelo a bajar! Y le dijo, tendiéndole la mano:

—Que le vaya bien.

Ernesto Cofiño respondió:

No; no le doy la mano ahora, porque van por mal camino.Rezaré mucho por ustedes para que encuentren a Dios. Y cuando cambien de vida, tendré mucho gusto en estrecharles la mano.

Cuando se fueron los asaltantes, comenzaron a caminar, desorientados, hasta que llegaron a unas casas donde había una tienda de aparatos eléctricos.

Entraron y le pidieron al dueño que les dejara hacer una llamada. Aquel hombre, al verlos tan pálidos, les preguntó qué les había pasado y les preparó un café. Sólo tenía una taza y se la fueron turnando.

Aquella noche –cuenta su hijo- el doctor Cofiño durmió bien; y al día siguiente ofreció la Santa Misa en acción de gracias al Señor. Luego fue a la tienda para dar de nuevo las gracias al dueño, y le llevó como regalo un juego de tazas de café. Y desde entonces, hasta su muerte, rezó para que aquellos delincuentes cambiaran de vida.



A pesar de las humillaciones

Se desvivía en conseguir donativos para ayudar a personas necesitadas de todo tipo, aunque esto le comportara numerosas humillaciones. “En otra ocasión –cuenta su hijo José Luís- fue con Alejandro Deutschmann a visitar a un señor para pedirle un donativo, y la recepcionista le trató de forma muy grosera. Alejandro se indignó;el abuelo le contuvo, y antes de salir, escribió una nota y se la dio a la secretaria:

Mire: aquí le anoto los nombres de estos dos doctores. Le aconsejo que vaya a verlos lo antes posible.

Al cabo de un año decidió visitar de nuevo a aquel señor. “¿Pero es que no recuerda —le dijo Alejandro— cómo le trató la recepcionista?”

No le importaba. Si era para el Señor, sufría cualquier humillación. Cuando llegaron al despacho había una nueva recepcionista que les dijo que aguardaran un momento. Salió a recibirles la secretaria ejecutiva de la gerencia, que era... ¡la recepcionista anterior!

—¡Doctor! –le dijo emocionada—. ¡Al fin le vuelvo a ver! Le estoy muy agradecida, porque fui a consultar a uno de los médicos que me aconsejó, y me dijo que, aunque yo no lo supiera, padecía una enfermedadgrave. Además, estaba pasando una situación difícil en mi matrimonio, y se ha solucionado; y estaba a punto de perder este trabajo y me han ascendido a gerente...”

 

Un día-tipo, con casi noventa años

Con uno de sus nietos. Fue un abuelo ejemplar.

Mantuvo su ritmo de trabajo abnegado hasta su ancianidad. Escribía con casi noventa años:



“Mi trabajo principal es conseguir fondos para el sostenimiento del Centro y para las becas de los estudiantes.

Gracias a la generosa ayuda de muchas empresas del sector privado cada año becamos alrededor de 100 universitarios que vienen del interior del país a estudiar a la capital.

Cada mañana visito 5 o 6 empresarios y hasta ahora no he tocado una puerta sin haber sentido inmediatamente el latir generoso de sus corazones. Y es que dar dinero no depende de tenerlo, sino de tener corazón. Tengo que agradecer la bondad que tienen conmigo cada vez que los visito".

 

“El principal motivo de sus desvelos –relata su hijo, evocando el periodo en que tenía ochenta y noventa años- era el Centro Universitario Ciudad Vieja, pero no el único, porque impulsaba muchas iniciativas con gentes de todo tipo: con obreros, como Kinal; con señoras de condición modesta, como Junkabal...

A la una de la tarde regresaba a casa rezando una parte del Rosario en su carro. Eso no fallaba nunca. A pesar de la intensa actividad que desplegaba, lograba rezar cada jornada su Rosario completo, con las tres partes: los misterios gozosos, los dolorosos y los gloriosos, con las letanías.

Por la tarde continuaba trabajando. Hacia las tres y media se dirigía a su oficina en Ciudad Vieja. Al llegar hacía una visita al Santísimo Sacramento y luego, resolvía cuestiones académicas, hablaba con los alumnos o preparaba sus charlas de formación cristiana.

Allí, en Ciudad Vieja, iba al Oratorio con frecuencia: para saludar al Señor, leer el Evangelio o hacer la media hora de oración que acostumbraba a hacer todas las tardes ante el Sagrario, bajo la mirada de la Dolorosa.

A eso de las seis de la noche regresaba a casa, donde daba una clase de vida cristiana varios días por semana. Eran tantas clases y tantas charlas que yo no les sabría precisar cuántas personas venían en total: varias decenas.

Las edades de los asistentes variaban; un día podía dar un círculo de formación cristiana para gente joven; al siguiente, una charla para personas de mi edad; y al otro, una clase para viejitos como él. Una vez dijo en uno de esos círculos, bromeando, que si sumaban la edad de los presentes llegaban almilenio... ¡Y era verdad!

Eran círculos vibrantes, ardorosos, encendidos. Y no se conformaba con darlos: hablaba, uno a uno, con los que asistían, para ayudarles en su trato con Dios.

Y así, todos los días, salvo el lunes, en que recibía su círculo de estudios. Los que le acompañaban recuerdan con qué interés lo seguía, lo mismo que las meditaciones del sacerdote. Se ponía en el primer banco del oratorio para oírle mejor –llevaba un audífono en el oído izquierdo- y rezaba con la mirada fija en el Sagrario.

Me sorprendía que, aunque había dado cientos de discursos y conferencias, preparase tanto esos círculos. Verdaderamente, pensaba yo, con sus dotes oratorias podía salir del paso sin tanto esfuerzo...

Pero él no se conformaba con salir del paso. Estudiaba los temas —la santificación del trabajo o el matrimonio como vocación cristiana, por ejemplo—; consultaba los Evangelios y la doctrina de la Iglesia, leía los escritos de los Santos Padres o de los Santos, y luego escribía un guión detallado y claro, con anécdotas.

Y cuando se publicaba algún escrito del Magisterio —una encíclica del Papa, una pastoral del obispo, etc.— lo estudiaba a fondo, para transmitir sus enseñanzaslo antes posible.

Amaba mucho al Papa. Juan XXIII le nombró Caballero de la Orden de San Silvestre en 1962, como reconocimiento a su servicio a la Iglesia. Difundió ampliamente el magisterio de Pablo VI y sus enseñanzas, como la Humanae vitae. Y cuando vino Juan Pablo II a Guatemalaen 1983 hizo miles de folletos sobre el Rosario, con el deseo de los guatemaltecos se preparasen bien para su venida, y los distribuyó entremuchísimas personas.

Don Antonio Rodríguez Pedrazuela cuenta un detalle significativo: no se hizo el traje de Caballero. Agradeció hondamente esa distinción papal, pero nunca quiso alardear de nada. Fue una manifestación más de su deseo de servir a la Iglesia sin esperar reconocimientos.

Con todos sus nietos, en torno al Nacimiento

Respetaba mucho la libertad interior de sus amigos, el camino por el que el Espíritu Santo lleva a cada alma; y si uno le pedía, por ejemplo, un consejo para tratar a la Virgen, no se conformaba con animarle a rezar el Rosario. Le regalaba uno, le explicaba el origen de esa oración, le ayudaba a contemplar los misterios...

Si otro no sabía un determinado punto de la Fe, le aclaraba las dudas con palabras adecuadas a su mentalidad y formación. O le prestaba un folleto para que lo leyera.Y cuando era necesario, estudiaba el catecismo y pensaba el mejor modo de explicarle ese punto en cuestión...

Algunos de amigos suyos tenían que dificultades para venir, a causa de su estado de salud, como el suegro de Otto Vinicio, que sufría parálisis en las dos piernas. Al verlo, hizo poner una rampa de madera en la puerta, y cuando se enteró de que había sido buen deportista en su juventud, le invitó a Kinal, para que hablara a los jóvenes sobre temas deportivos, de forma que sesintiera útil.

Al terminar las clases, cuando se iban todos, se ponía su batín azul, se sentaba junto al teléfono y llamaba a sus amistades para concretar los planes del día siguiente. Les preguntaba por su familia, se interesaba por sus problemas, les hacía una broma y les animaba, pendientede todo y de todos.

Cenábamos; y tras conversar y jugar un rato con ustedes, que correteaban sin parar por la alfombra y los pasillos de la casa —no se acordarán, porque eran muy pequeños, pero... ¡cuánto disfrutaba el abuelo con sus nietos!— se recogía con el Señor en su habitación hasta las diez y media de la noche; luego hacía su examen de conciencia, breve; rezaba tres avemarías a la Virgen, de rodillas; y se acostaba.

Y así, un día y otro, y otro... ”

 

Noventa años

"En 1989 -cuenta su hijo- cuando cumplió noventa años, organizamos una reunión familiar en casa. Fue algo inolvidable. Y como solía hacer en las fechas importantes, puso por escrito sus impresiones.



Uno de mis hijos, bromeando, me comentó recientemente: papá ¿de qué te vas a morir si tu salud es tan buena? Le dije que viviré los años que Dios quiera, hasta los cien, si ésa es su Voluntad. Y como Dios quiera, ya sea con salud o con enfermedad.

Lo único que deseo es seguir sirviéndole como hasta ahora he intentado hacerlo... Gratis he recibido toda mi formación y gratis he de darla a los demás.

Tengo un amigo en Miami, un médico brillante que piensa que no va a morir, o si lo piensa lo ve como algo muy lejano. Le envié el folleto titulado Más allá de la muerte y le dije: “...prepárate para morir y no para recibir homenajes”.

Yo me preparo viviendo cada día como si fuera el último de mi vida, de manera que cada actividad la desarrollo lo mejor posible, ofreciéndola al Señor.

Por nuestras obras nos juzgarán y no por los puestos importantes o títulos que hayamos acumulado.

 

 

17 de octubre de 1991



Cultivó un espíritu alegre y juvenil para alegrar la vida de los que le rodeaban. En esta fotografía, con noventa años, en una moto, junto con sus hijos y nietos

Padeció con serenidad y sentido sobrenatural ejemplar los dolores del cáncer que le ocasionó la muerte.

El 16 de octubre, víspera de su muerte, recibió una carta de Mons. Álvaro del Portillo, Prelado del Opus Dei. Cuenta su hijo: “Se la trajo don Antonio Rodríguez Pedrazuela hacia el final de la tarde. Ya no podía hablar, pero le reconoció enseguida y le fue expresando sus sentimientos con las manos y la mirada, mientras don Antonio le iba leyendo la carta, al oído, con voz clara:

Me ha conmovido comprobar tu visión sobrenatural ante la enfermedad que padeces.

Continúa abandonado en los brazos paternales de Dios, convencido de que el Señor nos da siempre lo mejor a cada uno, aunque a veces puede costar entenderlo.

Me apoyo especialmente en ti, hijo mío, para sacar adelante la labor de la Obra en todo el mundo: sigue ofreciendo tus molestias por mis intenciones.

¡Que Dios te lo pague!

 

Cuando don Antonio terminó de leer, vi en sus ojos la alegría y la paz que aquella carta le había producido.

Aquella noche del 16 al 17 no quiso acostarse. Se sentó en su sillón, junto al ventanal, cerca de la imagen de la Virgen de Guadalupe; y así, en actitud activa, como había estado durante toda su vida, pasó la noche entera; hasta que a las siete y cuarto de la mañana del día 17 de Octubre, mes del Santo Rosario, del que era tan devoto, se nos fue, dando un leve suspiro.

En la misma tarde de aquel día 17 lo enterramos, tras una Misa de cuerpo presente, en la iglesia de Nuestra Señora de la Paz.

Nos había pedido que los funerales y el entierro fueran muy sencillos; así lo hicimos, con todo nuestro cariño.

En aquellos momentos yo sentía una gran pena, y al mismo tiempo una alegría inexplicable: tenía la convicción íntima de que ya estaba gozando de Dios.

Se ha muerto un santo, nos decían las gentes. Me emocionaba escucharlo, porque estaba —y estoy— plenamente convencido de esa realidad: el abuelo fue un santo.

Don Álvaro le escribió poco después a don Antonio:

“No dejo de hacer sufragios por el eterno descanso de su alma, aunque estoy convencido de que no los necesitará.

Como tantos hijos de nuestro Padre, que le han precedido, habrá podido decir: “cursum consummavi, fidem servavi...” y el Señor le habrá acogido en su Gloria, bien purificado por la enfermedad que padeció, premiando el amor, la abnegación y la entrega con que ha correspondido a su vocación.

A su intercesión encomiendo mis intenciones”.

 

Hacia los altares

La fama de santidad de Ernesto Cofiño llevó a la Iglesia a abrir su Causa de Canonización. Declararon en su proceso numerosas personas, colegas y conocidos. Ahora su Causa se encuentra en Roma, donde estudian los posibles milagros y los numerosos favores que se atribuyen a su intercesión.

"Sé que hay miles de personas -concluye José Luis Cofiño- que rezan la oración de la estampa para la devoción privada en muchas partes del mundo: en toda Centroamérica, en Francia, en España, en varios países de África...

Yo, sometiéndome de todo corazón a lo que diga la Iglesia, me encomiendo a su intercesión y rezo por su canonización. Y no me mueve sólo el cariño de hijo: estoy convencido de que el ejemplo cristiano de su vida hará un bien inmenso en Guatemala y en la Iglesia entera; y llenará de alegría y de esperanza a miles de almas.

Dios nos ha concedido este don excelso y no sé cómo agradecérselo. Por eso he escrito estas cartas: para dar gracias a Dios y para que ustedes, mis hijos, no olviden nunca la figura de su abuelo: cómo amó a Dios, a la Iglesia y a los que le rodeaban, con toda el alma.

Dios quiera que, por la gracia de Dios y mediante su intercesión, actuemos siempre como deben actuar los hijos, los nietos, los descendientes de un hombre santo; y Dios quiera también que un día gocemos, todos juntos, a su lado, de la plenitud divina, como decían aquellos versos compuestos en su honor:

 

Dichoso tú, doctor Neto Cofiño

que pudiste, al cruzar aquella esquina

llegar a ver la plenitud divina

con fe de anciano y sencillez de niño.

 

Dichoso tú, que hiciste del cariño

el cobijo de tu alma cristalina

que es una viva rosa sin espina,

es un lecho de púrpura y armiño.

 

Hoy, camino del alba, amado Neto

va tu espíritu excelso en romería

hacia el seno impoluto de María.

 

Y en el suave perfume de las rosas

un ramo de virtudes primorosas

le ofreces al Señor, casi en secreto...

 

José Miguel Cejas


 

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