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Machismo

... Y yo sin enterarme.


 








Antonio Vázquez

La acusación me llega desde todas las esquinas con reiterada insistencia. Según los cargos que se me imputan, soy un consumado machista. Alguna de mis lectoras me lo lanzan con el mayor descaro, y otras, más sutiles, se recrean en la suerte, rizando el rizo, para argumentar que soy de los peores, pues envuelvo mis “aviesas intenciones” en el celofán de continuos piropos a la mujer. (...)

Para tranquilidad de todas y de todos, he de aclarar que tengo un respeto inmenso por cualquier opinión ajena, ¡no faltaría más! Junto a ello,hacia los lectores de esta revista siento una profunda admiración por seguir aguantándome desde el numero cero, a la vez que acepto las críticas con la mayor deportividad, compatible con el mal genio que sólo aguanta mi mujer. Conste en acta que, antes de ver la luz cualquiera de mis colaboraciones, ella me la pasa por la censura, requisito sin el cual ya me habrían echado de la redacción y de mi casa. Lo que no estoy dispuesto a declarar son sus comentarios que suelen girar alrededor de un viejo refrán de su tierra: una cosa es predicar y otra dar trigo.

Después de este turno de defensa propia, entremos en harina para darle leña a los maridos. Voy a hablar en serio, muy en serio.

Contaré mi experiencia. Cuando un matrimonio me cuenta su situación en búsqueda de ayuda, su relato muy pormenorizado describe bastante bien la sintomatología. El asunto empieza a complicarse cuando en conversaciones personales con cada uno de los cónyuges intento hacerles ver el origen de sus problemas para poder aplicar los remedios.

Resulta chocante observar cómo brillantes profesionales en las más variadas ramas del saber son alucinantemente romos a la hora de darse cuenta de aquellos aspectos de su comportamiento que resultan lacerantes para su mujer. Con mucha más frecuencia de la que sería de desear somos resueltamente torpes en recursos elementales para hacer la vida agradable a nuestra cónyuge. Un hombre puede estar haciendo la vida imposible a su mujer y no haberse enterado. Lo grave es que eso tiene una traducción en el diccionario de ella: no me puede ni ver y por eso me da donde más me duele.

Es una conclusión claramente equivocada, en la mayoría de las ocasiones, y bien lejana a la realidad. Ella no puede entender que sea tan lerdo, pues le ve actuar en otros sectores de la vida y tiene una profundidad poco común. ¿Cómo no se va a dar cuenta, si esto salta a los ojos? Aclaremos, él percibe que algo no marcha, pero reacciona en el mejor de los casos, liándose la manta a la cabeza y pensando : ¡a lo mejor esto debe ser así...! No lo puedo entender, responde ella, eso es muy cómodo... Quizá tiene toda la razón, pero muchas veces es así.

 

Pues... aprende

Lo estoy describiendo muy a la ligera, pero he visto verdaderos dramas provocados por la torpeza de un hombre. A esto se me puede argumentar que cuando se está enamorado se afina la sensibilidad y se percibe cualquier reacción. Bien cierto, pero para ese hombre la idea del amor es bastante distinta a su mujer. Para él se sitúa en la línea deconceptos abstractos. Se examina por dentro y piensa que no tiene nada que reprocharse pues todo lo hace por ella y los hijos. Sin embargo se olvida de que el amor no es viento: hay que palparlo cada día en detalles concretos. ¡ Es que yo no soy detallista! ...puede protestar. Pues aprende, que así aprendiste la tabla de multiplicar: repitiendo lo mismo muchas veces.

¿Cómo sacarle de la inopia? La vía más expeditiva es decírselo, sin dejar que se acumule una cordillera entre los dos. Tampoco se trata de no dejarle pasar una, ni de “desenvainar” a cada momento. Pero hay que hablar, dejar de tragar saliva, y no ampararse en un victimismo. Buscar la ocasión amable y oportuna para explicar con todo detalle cuales son sus omisiones, y cuales sus salidas de pata de banco.

Es posible que abra una boca inmensa y en ese momento caiga del guindo; con esto, de ninguna manera se asegura que ya está todo resuelto y no volverá a ocurrir. Volverá a meter la pata pero quizá se logre que en vez de meterla treinta veces, lo haga sólo 29. Ya hemos ganado un punto.

Hay en todo el proceso un par de escollos importantes que salvar. De una parte la violencia que ha de hacerse la mujer para que,cuando están las aguas remansadas, sacar un asunto espinoso en el que no le hace gracia mostrase dolida o aparecer como una “tiquismiquis”a la que cualquier cosa la afecta. Quizá hasta puede parecerle una humillación el hecho de quejarse. No se está defendiendo, está ayudándole al otro y mirando por el bien de los dos.

 

Nunca es tarde

El otro escollo es el de aquella mujer que ya ha pasado por muchas cosas y al leer esto pensará que ha llegado tarde. En la vida, en general, y en la matrimonial, en particular: nunca es tarde. Éste de ahora es el mejor momento. Habrá que ir más despacio, con mayor tiento, pero sin dejar de hacerlo. He comprobado efectos muy llamativos cuando se ha aplicado con serenidad el procedimiento de hablar, hablar sin miedo.

Espero que después de haber puesto verdes a los hombres no arrecien las críticas. Todo es posible. Dirán que siempre marco tareas para las mujeres. Ahora sugiero una sola: recortar esta pagina y ponerla encima de la mesilla del marido.

 

Publicado en Hacer Familia. Febrero 2003


 

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