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¡Salva tu matrimonio! ¡Reacciona!


 








Antonio Vázquez

Dicen las malas lenguas que una entrevista la escribe el entrevistado y la cobra el entrevistador. Lo cierto es que cualquiera que se dedique a esta tarea inquietante y apasionada de escribir conserva un agradecimiento sin límites a quien le ha relatado una historia real.

Esta es la historia. Después de catorce años de matrimonio, aparentemente, nada hacía presagiar que se aproximaba una tormenta con fuerte aparato eléctrico. El trabajo del marido, largo en horas, se compensaba con el bienestar económico que todo lo tapa. La mujer dejó definitivamente la profesión que ejercía fuera del hogar cuando nació el cuarto hijo, y dedicó la mayor atención al trasiego de los colegios y la gestión de la casa. Rebobinando la moviola, quizá, a estas alturas, con una mirada perspicaz, podía detectarse cierta rutina en el matrimonio, con las llegadas tardías y cansinas de él y la machaconería de ella con las mil incidencias domésticas de cada jornada.

Tampoco hay que buscarle tres pies al gato: es lo frecuente entre miles de matrimonios que están a nuestro lado. Haciendo ahora un análisis pormenorizado podría deducirse que el cielo se había encapotado tiempo atrás, aunque sin llamar la atención.

Algo raro se notaba en el ambiente pero era tan sutil que sólo se detectó con claridad a toro pasado. He sido una ingenua -se reprochó más de una vez. Me ha faltado “verlas venir”. Tampoco se trataba de amargarse con lo quedebió hacer. Era experiencia. Ni ver fantasmas a todas horas ni ir por la vida con un ramo de flores en la mano

Él tenía frecuentes viajes por motivos profesionales con ritmos acompasados a distintas coyunturas de la empresa. Es cierto que se alargaban pero ya se sabe –decía ella- que las convenciones profesionales no tienen freno. No obstante el semblante de tristeza más que de disgusto de su marido se hizo cada vez más notorio. Ni bromas, ni juegos con los niños, ni iniciativa para cualquier plan apetecible. Uno a uno fueron saltando los pilotos de alarma. Empezó a atar cabos y el nudo gordiano se rompió el día que encontró en un bolsillo de su chaqueta los billetes de avión de su marido y de una compañera de trabajo. Una conversación serena e inteligentemente llevada descubrió la insensatez.

¿Qué hacía su mujer? ¿Cuál podía ser su reacción? Mejor dicho, ¡cual debía ser su reacción! Ponerse a llorar y llamar a su madre por teléfono. Llorar lo hizo hasta hartarse, pero en cuanto recobró la serenidad se “fajó” con el problema. Su primera decisión fue luchar. Le estaban robando lo que era suyo y estaba dispuesta a dar la batalla en todos los terrenos.

La primera precaución fue aislar el incendio: nada de airear su problema para buscar la compasión de quien le rodeaba. Aunque en aquel momento le hiciera daño, aquel hombre era su marido y el padre de sus hijos, por tanto no estaba dispuesto a a someterlo a la vergüenza pública. Como era consciente que necesitaba ayuda, buscó a una amiga, una sola, juiciosa y ponderada, que la sirviera de apoyo y estímulo. Comprobó que reforzaría siempre la decisión que ella había tomado de defender su matrimonio. Efectivamente, fue para ella una válvula de escape y una inyección de fortaleza en los momentos difíciles y en los desfallecimientos

¡Defiende lo tuyo!

Si había decidido reconquistar a su marido, tenía que empezar por cuidar su aspecto físico. Se impuso renovar el vestuario y esperar a su marido más arreglada y compuesta que todas las que podía encontrar en su trabajo. Eso exigía un esfuerzo, porque había que olvidarse del papel de victima agraviada. Lo logró pensando en unaguerra que había que ganar a cualquier precio.

A la vez, tomó la determinada determinación de ser más expresiva en sus muestras de afecto y de ternura. Ella estaba convencida que le quería pero tenía que mostrarlo con detalles de todo tipo.

Otra estrategia fue el no plantear problemas domésticos. Si surgían los resolvería ella; el caso era estar dispuesta en todo momento para acompañar a su marido a cualquier lado. Cada día hablaba más a los niños de su padre, para que en cuanto apareciera en casa se le subieran encima a hacerles carantoñas.

Más de una vez se sorprendía mirándose al espejo y pensando que era boba. Se veía convertida en una amante complaciente. Inmediatamente se recomponía y pensaba que no tenía más limites que los su dignidad personal; por lo demás estaba dispuesta a hacer de la más consumada actriz con ganas o sin ella. Aquello no era ni una hipocresía ni una máscara. Estaba utilizando otras armas, las adecuadas para este momento. Lejos de cualquier simulación, su modo de actuar estaba mucho más de acuerdo con la realidad.

Ella seguía queriendo a su marido y por tanto aunque el sentimiento se sentía herido y la costara sobreponerse, ¡cómo era lógico!, echaba mano de su auténtico amor para superar con su entrega el bache que su marido estaba pasando. Se estaba jugando su felicidad y la de sus hijos y en aquella coyuntura que se le había presentado había aprendido mucho. Ahora se trataba de recuperar todo el terreno perdido, ya llegaría el momento de asegurarlas posiciones.

¿Cuál fue el desenlace? Que triunfó en su empeño. Logró que su marido, en un alarde de sensatez pusiera tierra por medio con quien le había desquiciado. Trascurrido el tiempo, las aguas volvieron a su cauce y los dos salieron fortalecidos de aquel mal trago.

Estoy escuchando la objeción. ¿Cuándo estos episodios no terminan como en los cuentos de hadas, qué hacer? Para el cónyuge maltratado siempre quedará la intima satisfacción que nadie podrá arrebatar de haber puesto sobre el tapete todas las fuerzas para sacar adelante su proyecto matrimonial. Esa manera de proceder deja un poso de sosiego difícil de describir. Pero esto lo veremos otro día.

Colaboración Hacer familia Diciembre 2002


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