Inicio

 

Se acercan las Navidades... ¿Quién cede?


 








Antonio Vázquez

Cuando aparezcan estas líneas se habrá casado una de mis hijas. La noticia carece de importancia y, ¡vive el cielo!, que no voy a cobrar exclusivas. Para ganar dinero me basta con escribir unas memorias en las que reproduzcalas conversaciones que llevo soportando a su madre, hermana y cuñadas a lo largo de seis meses.

Propondré a mi editor hacer una enciclopedia con los distintas clases de vestidos, variantes de telas y zapatos, ofertas de restaurantes, especies de flores, programas de música de órgano y demás complementos que se dan cita en un evento, al parecer, tan sencillo como una boda. No me digan que soy “novato”. Ya se han casado dos hijos y mi ánimo ha gozado de total placidez. Desde el primer momento les advertí que ésta era una fiesta de la novia.

A ellos les correspondía escuchar y callar;embutirse en el disfraz de una chaque, y sonreír. Con esta sencilla fórmula todo salió a pedir de boca. Ahora no, esta vez es distinto. Se ha detenido el giro de la tierra, en el mundo no ocurre absolutamente nada, ningún tema puede distraer nuestra atención. Sólo hay una noticia que dura seis meses.

Nuestra hija se casa. Lo he soportado todo sin mover un músculo y sólo ante el peligro, con la única complicidad esporádica de mi futuro yerno, que es un tipo muy normal, poco dado a las florituras, y al que todas estas lindezas le traen al fresco.

¿Dónde voy a parar?, calma. Anoche, en un respiro de los innumerables itinerarios secretos del viaje de novios, mi hija cayó en la cuenta que se acercaba la Navidad, y comento, cayéndose del guindo: ¿Y este año dónde vamos a pasar la Nochebuena? Donde os dé la real gana, me apresuré a decir. Aproveché que su novio no estaba presente para “apalancar”: ni una sola discusión por este tema. Con nosotros no hay ningún problema. Lo que hagáis nos parecerá bien.

¿Me es indiferente donde estén en estas fechas? De ninguna manera. Lo que no estoy dispuesto es a echar arena en los rodamientos de ningún matrimonio por discutir este tipo de cosas, y mucho menos a ver la cara compungida de alguno de ellos por añorar la casa de sus padres. Un problema menos.

Tampoco se trata de “que nada nos importa”. Todo tiene su importancia, pero hay que darle la que tiene, sin agigantarla deduciendo consecuencias que no son del caso. Concluir que “no queremos” a la otra familia porque nos resistimos a ir a su casa, es alejarse del quicio.

En principio allanaremos mucho las cosas si los padres del nuevo matrimonio no queremos llevarnos el “gato al agua”.

La cuestión se plantea, cuando son los propios hijos los que se inclina por estar en un lugar u otro. ¿Quién cede? Sin duda aquel que sea más capaz de comprender y, con el espíritu más abierto, esté dispuesto a no “engancharse” encompeticiones poco deportivas. Es la aplicación práctica de un viejo principio: cede el que más ama. Sin duda hay mil objeciones que nos arañan el estómago como si fuera un gato: “siempre me toca ceder a mí”, “aquí solo se hace lo que al otro se le antoja” “ su madre es una bruja y siempre se lleva el gato al agua”. Ya se ve que estas consideraciones no resisten un análisis sereno, cuando de verdad se sabe querer.

El nuevo matrimonio y sus suegros respectivos han de ser conscientes que sus padres han pasado a segundo plano. No digo que han sido borrados del mapa: tienen su lugar, porque sería inhumano no reconocerlo. Son, antes que nada, el objeto de nuestro agradecimiento. Una gratitud que requiere hechos. Hay mil formas de mostrarlo, pero los caprichos y las coacciones afectivas tampoco han de tener cabida.

Son temas que no hay que dramatizar, porque el tiempo se encarga de resolverlos. Cuando la nueva familia vaya cuajando lo mejor es que celebren estas fiestas en su hogar. Es allí donde implantarán un nuevo estilo de celebraciones, configurarán un ambiente de una forma singular para recoger todo lo bueno que uno y otro vieron en casa de sus padres, y añadir las costumbres que a ellos se les ocurran. Sin duda, los hijos aunque sean muy pequeños se sienten más protagonistas en su propia casa que cuando se desplazan para estar con los abuelos, donde pueden acudir mas nietos y encontrase un tanto difuminados.

Ya se entiende que la prudencia y el buen sentido se imponen. Todavía recuerdo la reacción de una joven madre de familia que, para tener una atención con su marido se le ocurrió hacer un plato de cocina que era el mismo que en casa de él habían tenido siempre. “Está muy rico, ponderó él, pero como el que hacía mi madre ninguno”. La mujer tragó saliva con una sonrisa, pero jamásvolvió a aparecer ese plato en la mesa, ni en fiestas ni en cualquier otra ocasión. Se lo había ganado a pulso por merluzo.

Cabe también la solución de traer a los padres a la propia casa. Durante muchos años es más factible este planteamiento. De este modo se evita tener que mover a los pequeños envueltos en mantas a altas horas de la noche.

Hechas a la medida y descartando tópicos y manías caben todo tipo de soluciones adaptadas a la medida del consumidor. Efectivamente hay alguno de los dos que tiene que ceder en algo y lo mejor es que sean los dos y las familias troncales las que den muestras de flexibilidad. Todo menos organizar la batalla de las Termópilas o pasarse la Navidad de “morro”. Si celebramos la llegada del Príncipe de la Paz, bien merece la pena tejerla con una pequeña renuncia.


 

 

Ir a la página de Inicio