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Algo que vale la pena


 








Antonio Vázquez

 

Desde entonces han pasado bastantes años. Comenzaba en España el debate sociológico sobre el divorcio. Es decir, se aireaban unos cuantos casos límite para preparar los ánimos para una fantástica ley liberadora que superara todos los males que afligían a la familia, y rompiera las cadenas de tantos oprimidos.

Me invitaron, por aquellos días, a dar una conferencia en un colegio mayor. Preparé el tema observando lo que había ocurrido en los países más prósperos e inteligentes, cuando que se habían adelantado a resolver lo que no habían acertado a descubrir nuestros necios antepasados durante milenios. Serían rescatados de un tormento muy próximo a la esclavitud. Los resultados están ahí, las cifras cantan:a partir de entonces la curva de divorcios subiría de forma exponencial.

Sigamos con la reseña de aquella conferencia. El auditorio estaba formado por chicas en primer año de carrera, que llenaban el salón de actos. No pude remediarlo, al mirar a mi alrededor sentí pena, era bastante triste ver todas aquellas criaturas que estrenaban la vida, pendientes de lo que significaba un fracaso. Recuerdo que procuré despachar el tema de la conferencia en menos de veinte minutos y a continuación me puse a hablarles de las inmensas posibilidades que encerraba el amor humano entre un hombre y una mujer. Lo que hasta entonces había sido un agitarse en las butacas, se convirtió en unsilencio expectante que se cortaba en el aire. Los ojos de aquellas chicas empezaron a brillar con una luz distinta.

Al abrir el diálogo, surgieron preguntas como flechas que se agolparan sobre un blanco. ¿Cómo distinguir el verdadero amor? ¿De quien nos podemos fiar? ¿Cómo cuidarlo para que no se agoste? ¿Qué ocurre con el aburrimiento y la rutina de los años? Fueron minutos y minutos sin descansar, hasta completar hora y media que cerraron con un aplauso sonoro. Bien cierto estaba que no premiaban la brillantez de la exposición: aplaudían con la sangre que les palpitaba en las venas, al oír hablar del amor. Se trataba de la asignatura mas importante de su vida.

Han pasado muchos años y no he olvidado aquella tarde, que me devolvió a casa pensativo. No sé por qué asociación de ideas, me vuelven aquellas imágenes cada vez que asisto a una boda. ¿Habrán pensado esta pareja la aventura inenarrable en la que se embarcan? Si, inenarrable.

Con los millones de páginas que la literatura universal ha dedicado al amor, tengo la sensación de que no hemos ni arañado el misterio de los primeros capítulos. Cada pareja tiene una travesía que en nada se parece al de otra, y con cualquiera de ellas se podría escribir una novela. ¿Drama? ¿Tragedia?. ¡Vida, ante todo vida!.

El amor de una mujer y un hombre es una filigrana en la que no faltan ni los golpes, ni las quemaduras de la fragua, ni el sudor, ni el frío para templarlo.¿Estamos dispuestos a jugarnos la vida para bordar ese encaje en el que cada nudo tiene su sentido y que tiene un anverso y un reverso: el uno que nadie ve, el otro, reservado para el cónyuge?

Todo esto, nos dicen ahora que se resuelve en dos meses. El tema no merece calificativos morales fuera de lugar en este momento. Es sencillamente una vaciedad, una torpeza, una sandez y sobre todo una ignorancia supina de lo que es la naturaleza humana.

Pero hecha esta puntualización, no era éste el tema central del comentario al que hoy me refiero. Buscaba plantearme otra cosa. ¿Mostramos con nuestra vida que el amor para siempre es algo que vale la pena? Algún pesimista puede pensar que hay pocos a los que poner en el escaparate. Habría que contestarle, con las cifras en la mano, que la institución más valorada es la familia cuyo núcleo central es el matrimonio. Y es incontrovertible que hay muchos más matrimonios que van bien que los que tiran la toalla.

Es urgente que los padres enseñemos a los hijos, y a los jóvenes en general, que el amor es la auténtica fuente de felicidad. No me refiero ahora a los padres con hijos en edad casadera. Esto llegará algún día. Mientras tanto, se empieza a enseñar en la cuna. No hay más que ver el gesto de satisfacción de un niño, cuando su padre reaparte besos entre su madre y él. Ese niño de infancia feliz, será un hombre feliz en el futuro y que buscará una mujer para formar un hogar como el suyo o mejor.

A medida que vayan creciendo y puedan comprender, hay que explicarles que nada es gratuito. Que el amor necesita muchas puntadas y algún que otro zurcido, pero que nos hace sacar lo más genuino del ser humano: nuestra capacidad de amar y ser amado.

Alguien me puede argumentar, ¿es que yo también sufro muchas veces, y cuanto más quiero más sufro? De acuerdo, tu sufres pero sabes por qué sufres. Tu sufrimiento está muchas veces a flor de piel y cuando hurgas dentro de ti, para buscar el misterio de tu amor, te sientes a gusto, lleno? Al sumergirte en la profundidad haces pie, encuentras soporte. Hay muchos que aparentan carcajadas y disfraces, pero son incapaces de bucear en su interior porque el dolor se les haría insoportable.

Ante tanto desaliento, tanta frustración, tanta ansiedad y depresión amplificada por los altavoces, va siendo hora sacarle brillo al amor. De mostrar sus logros más genuinos. Cuando todos los matrimonios “normales” dejen traslucir su felicidad a los que les rodean, se generará una gran oleada sugerente y atractiva.

¿Es que yo no soy modelo de nada? Se puede argumentar y contesto: ¿Acaso lo son los que nos inundan de basura?

Hacer Familia: noviembre 2004


 

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