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El demonio meridiano


 
















... a esos años solemos dar a la tecla de rebobinar y...

Antonio Vázquez

Ignoro donde se acuñó esta frase, ni cuál fue su origen, la encontré hace varios años en un ensayo de autor francés. “El demonio meridiano” era una situación en la que se ven sumergidas muchas personas, más o menos, al llegar a los 40 años. Aunque sobreviene en el fuero íntimo de cada persona, inmediatamente trasciende al matrimonio, donde sus efectos se multiplican y contagian. De manera especial, cuando, como es muy usual, los dos cónyuges, próximos en edad, detecten el “sarpullido” a la vez.

Les contaré el último caso que me he encontrado, donde cambiaré algunos datos para guardar la lógica reserva personal, pero mantendré lo esencial de la problemática, que es rigurosamente cierta.

Marta y Fernando han cumplido los 39 y 41 años respectivamente. Aunque la ilusión de Fernando fue llegar a ser catedrático en la disciplina a la que tantas horas dedicó, la vida le llevó por otrosderroteros. Cuando se casaron y empezaron a tener hijos, se diocuenta que la docencia, durante muchos años, le iba a rendir tan pingüe resultado económico que sería difícil sacar la familia adelante con cierta holgura. Empezó a trabajar por libre y a decir verdad no le ha ido nada mal.

Marta, que había encontrado a Fernando en los últimos años de carrera, no llegó a ejercerla de manerasatisfactoria. Pronto llegaron los hijos hasta la cifra de cuatro, y entre uno y otro, picoteó en algunos trabajos aquí y allá, pero sin continuidad ni estímulo. La celebre conciliación del trabajo y la familia, para ella fue una asignatura desconocida.

Han transcurrido 16 años de matrimonio y notan que la convivencia entre ellos ha empezado a deteriorarse. Los defectos de cada uno se amplían con la lupa de la propia insatisfacción y han comenzado a culparse mutuamente de los problemas que aparecen en el hogar. El mayor de los chicos deja mucho que desear en los resultados académicos y la chica siguiente tampoco parece que tienen la cabeza bien centrada. Los más pequeños dan la lata propia de su edad. Marta reprocha a Fernando su poca dedicación a los hijos y su ejemplo poco edificante, pues aunque no les falte nada en lo económico, su trabajo es un puro pedaleo aquí y allá, bien lejano a las aspiraciones intelectuales que tenía cuando se conocieron. ¡Esto se contagia!, afirma Marta.

Ella, aunque bien de salud, al ir todos los niños al colegio, tiene el suficiente tiempo libre como para detectar cada día un dolor. Lógicamente sus relaciones sexuales son cada vez más distanciadas e insulsas.

Cuando entro en relación con la pareja, a través de un amigo común, tenemos una larga conversación, con los datos que acabo de reseñar de forma sintética, y acaban con una preocupación unánime: Pensamos que estamos en plena crisis matrimonial, y tenemos miedo, porque tomada esta rampa cuesta abajo, nunca se sabe donde puede acabar.

Tras escuchar en silencio toda la historia les he adelantado una primera impresión, que – por prudencia- he calificado de provisional. Vuestra crisis –les he dicho- no es una crisis matrimonial, sino una crisis personal, que ha coincidido en el tiempo. Por ello habrá que trabajar con cada uno individualmente y recompuesto el itinerario existencialque corresponde, veremos que desaparecen en gran medida las dificultades matrimoniales.

Efectivamente estamos ante el fenómeno del “demonio meridiano”. Al llegar a esta edad, en que se toma conciencia de superar el ecuador de la vida, solemos dar a la tecla de rebobinar y empezamos a contabilizar todo lo que nos propusimos y no hemos logrado. Comparamos nuestro proyecto primero, con nuestra realidad actual y esas dos trayectorias forman un ángulo más o menos grande que abarca nuestra “angustia”.

Se impone por tanto el realismo, para no exagerar las dificultades o las frustraciones; ni minimizar los logros. Puede merecer la pena escribirlo en un papel para que nos salte a los ojos. Muchas veces no seremos capaces de detectar lo bueno que hay en nuestras vidas; por ello, quien nos está prestando la ayuda debe hacérnoslo ver, sin consentir que lo anotemos hasta que no estemos convencidos que esto es así.

Hay otra precaución elemental, no permitirles que se comparen con familiares, amigos o conocidos, a los que aparentemente la vida les sonríe en todos los aspectos. Nos faltan datos y la prueba más evidente es que si preguntáramos a esos mismos amigos, nos dirían Marta y Fernando son un matrimonio que han triunfado en la vida y que sus pequeñas contrariedades son las que les ocurren a cualquiera.

Lograda la aceptación de lo que quedó atrás y convencido de que nada de esto tienevalor operativo: ya pasó..., hay que ilusionarles de nuevo con que les queda por vivir lo mejor de su vida, aunque no significa que esa nueva andadura tenga que ser del color de rosa que ellos se plantaron hace 15 años. Es distinta, pero encierra un mayor potencial, con los pies en la tierra. Cada uno ha de asumir su propia biografía y reflotar su existencia.

Sin duda la mejor fórmula para uno y otro es dejar de mirarse la punta de sus zapatos y proponerse hacer feliz a quien tiene al lado. Dedicar los cuarenta años de expectativa de vida que tienen pordelante para hacer feliz al otro, en las cosas más vulgares de cada día, es asegurar una dicha inmensa, más firme, más placentera y más densa que la que pudieron soñar.

Todo eso retomando la intimidad conyugal con la misma ilusión que hace 15 años pero con una plenitud desconocida hasta ahora.

Hacr Familia Septiembre2004-07-20


 

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