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El divorcio, ¿un avance?


 








Antonio Vázquez

Darse una vuelta por algún país del otro lado de Atlántico es, entre otras cosas, recibir una ducha de juventud. El resultado es siempre estimulante aunque fácilmente se identifiquen logros y extravíos. Muchos de los primeros los sembramos hace más de cinco siglos y los han cultivado admirablemente; los detritus se los hemos exportado más tarde con un lazo rosa y bien perfumados para que no olieran.

Acabo de llegar de Chile donde lo bueno abunda. Lástima que para saborearlo sean precisas 14 horas de vuelo sin escala, pero de eso no tienen la culpa ellos, es que nosotros estamos muy lejos.

He asistido a un Congreso Internacional sobre Familia y Educación y he sentido envidia. Dos mil ochocientos congresistas habían pagado, uno a uno, su cuota de inscripción escrupulosamente. De ellos 1500 eran profesionales de la enseñanza tanto pública como privada, con mayor porcentaje de la primera.Es decir, a los profesores les interesaba mucho conocer por dónde va la familia y los padres buscaban “rozarse” con los educadores en busca de un entendimiento mutuo. Éste era el tenor dealgunos de los temas: “El amor inteligente por los hijos”; “Educar hijas adolescentes”; “Amistad entre profesores y Alumnos”; “Padres y profesores en la educación sexual”; y muchos más.

En total, siete sesiones plenarias y 20 ponencias simultaneas, para atender los más variados intereses. Nada de montajes para hacerse la foto. Cada día las sesiones de trabajo comenzaban a las nueve de la mañana para terminar a las siete de la tarde o cuando el moderador apagaba la megafonía para poner el punto final.

Con todo, en los pasillos, también se recogían perlas sabrosas. En la fluidez de los contactos con los congresistas se palpaba la vida. La naturaleza de las cosas aparecía lisa y llana. No había estereotipos, frases hechas, teorías de cartón aprendidas en cualquier manual. Alguno de los organizadores recabó mis impresiones al finalizar las sesiones y, con la pedantería propia de soltar una frase redonda, le contesté que allí había palpado la “Cultura de la Vida” como realidad vibrante.

Era muy frecuente que el número de hijos por matrimonio superara al de la vieja Europa. Los hijos no eran algo sobrevenido sino un deseo cumplido. Al describir las edades de cada uno de ellos, nunca se percibía el tono de victivismo al que estamos tan acostumbrados por estos pagos.

Recuerdo que nada más llegar al hotel recibí la llamada de la secretaria general de organización del Congreso para disculparse de que tenía mal tomada la hora de mi vuelo de llegada. Déjenme que apunte que el dispositivo técnico salió redondo. Pues bien, como quien facilita un dato tan común y natural como el cambio de hora, me dijo que cuando hubiera situado a los nueve hijos pasaría a saludarme. Me sorprendió tanto el detalle que quise tener una atención para que se la llevara a sus hijos y debí poner tal gesto de asombro, al verla tan joven y con buena facha, que me dijo: “No me mires con cara rara, me encuentro felicísima con mis nueve hijos”

Cuando la última noche me invitaron a cenar con mi mujer, observé que el tamaño de la mesa solo se fabrica en España para los Consejos de Administración. Por si eran pocos, aparecieron a cenar otros dos matrimonios y también tomaron asiento los hijos mayores. En el aperitivo salieron a saludar algunos pequeños, en pijama, y con las chapetas bien encendidas de una fiebre alta producida por las anginas. Porque allí también los niños tienen las enfermedades infantiles. La naturalidad era la norma.

Después de un panorama tan sugestivo, ¿dónde está el montón de arena al que me refería al principio? Sí, es una vieja y conocida monserga. Hay una iniciativa empecinada en sacar adelante una ley de divorcio, con el manoseado slogan del “divorcio remedio” ¿Cómo es posible que a estas alturas del rodaje con la experiencia acumulada de otros paises y después de la demostración empírica sobrada de datos, puedan aventarse unos argumentos que huelen a pescado pasado? No sé como terminará, pues en estos temas todo es susceptible de canje político, lo que he comprobado es que se está haciendo un notable esfuerzo por abrir los ojos de la gente.

Para presentar el divorcio como un avance hay que estar muy anclado en la ignorancia, desconocer cifras, o estar ciego. ¡Es muy viejecito el tema! Su gestación se inició hace tres siglos. Ya en siglo XVIII, la llamada Escuela Racionalista del Derecho Natural plantea la cuestión divorcista, con dos líneas de penetración. En primer lugar toda sociedades producto, no de la ley natural, sino de un pacto entre hombres; en segundo término, y como consecuencia, todo vínculo social depende en mayor medidade los distintos autores y de la voluntad de las partes. ¡Agítese en una coctelera y he aquí lo que resulta!

¿Cómo es posible que el legislador no escarmiente en cabeza ajena después de tantos años de recorrido? Si a usted el derecho natural le trae al fresco, la praxis que elgran tótem, para muchos, es tozuda en mostrar las consecuencias demoledoras para la sociedad de una ley de este tipo.

Si se desechan las teorías, vayamos a los fríos datos y asomémonos a las tablas estadísticas sobre el impacto del divorcio en el numero de rupturas futuras; la llamativa falta de motivación para buscar la mejor pareja si se puede soltar a la vuelta de la esquina; las consecuencias sobre los hijos en las tasas de delincuencia juvenil, alcoholismo y drogadicción; los nacimiento fuera del matrimonio en los hijos de divorciados; el maltrato infantil; el menor rendimiento escolar y los efectos psicológicos disfuncionales; la salud mental y física de los divorciados, la pensión alimenticia de la mujer y el marido, o el gasto social generado por el divorcio. .

Ahora no les extrañara que cuando una periodista de un gran rotativo me pidiera que hablara de este tema le dijera que “los fracasos no me van”, prefiero ganar y enseñar a otros matrimonios a ganar, por eso iba a titular mi intervención: claves para la armonía conyugal. Se las detallé una a una.

Colaboración Hacer Familia Antonio Vázquez


 

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