Inicio

 

Suegras. Dejadles en paz...


 








Antonio Vázquez

Las contadas ocasiones en las que han aparecido en estas páginas referencias a la familia política, me he centrado en la gran aportación que pueden significar en la vida conyugal, de modo especial, por la ayuda que es posible prestar con los nietos.

Hoy me propongo tomar otro sesgo que aparece bien claro en el título. Quiero dirigirme a los suegros –que, sin perdón, así se llaman- para pedirles encarecidamente: ¡Dejadles en paz...! Dejad a vuestros hijos casados que hagan su vida. Y, al menos, si no estáis dispuestos a tener la cartera abierta, al menos tened la boca cerrada.

Llevo una larga temporada en la que con más frecuencia de lo habitual, me tropiezo con matrimonios al borde de irse a pique, porque la madre –más excepcionalmente el padre- político, encizañan a la pareja. Se me objetará que esto ha ocurrido siempre, y que está recogido copiosamente en la literatura, especialmente teatral; y desde luego en cualquier antología de chistes, ilustrados con la suegra que esconde el rodillo de la cocina. Ahora las viñetas de humor han disminuido pero los conflictos han aumentado.

Tengo muy reciente el caso de un matrimonio con cuatro hijos, al borde de la zozobra, porque la mama del “niño” es inaguantable. Mujer lista, simpática, atractiva a pesar de sus años, con capacidad de mando y arrastre, pero incapaz de aceptar la nueva situación, desde que, hace nueve años, se casó su hijo.

Desde que el chico empezó a salir con su mujer actual, a ella le pareció que se había quedado corto pues esperaba para su “retoño” una chica, con la tercera parte de Penélope Cruz, otra parte de Teresa de Jesús y una última de Patricia Botin. No es comparable con ninguno de los tres, pero, afortunadamente... tampoco su “hijito” puede presumir de ser un injerto entre Mel Gibson, San Francisco Javier y Bill Gates. Desde que instalaron su casa, su suegra empezó a querer teledirigir, desde los menus hasta la colocación de los cuadros. No digamos lo que sucedió desde que apareció su primer nieto al que intentaba aplicar los usos de hace treinta años.

Hay que decir, que al principio el amor lo puede todo, incluidas las interferencias de una suegra mandona. Una sonrisa de su hija política eran la única respuesta, aunque procuraba con habilidad hacer lo que le daba la gana, como es lo lógico.

Pasado el tiempo, la agudeza e intuición de la ”señora”, adivinaba los conflictos normales que se daban en el matrimonio joven, arrimando siempre el ascua a su sardina, que a decir verdad tampoco coincidía a ves con la de su hijo, sino que proyectaba la suya propia, no solo en lo que según su experiencia parecía lo acertado, sino en aquello que no había logrado, porque su propio marido no había consentido.

Cuando estas intromisiones no se paran a tiempo, es frecuente que “la invasora” se crezca, mucho más si es inteligente y sutil. Ni uno ni otro de los cónyuges lo hicieron, y poco a poco notaron que cada vez había enfrentamientos mas ásperos entre ellos mismos. Las fricciones, aparentemente se producían sin ninguna intervención de una tercera persona, pero poco a poco mi amiga cayó en la cuenta de donde se había forjado el epicentro de todo el seísmo. Se armó de valor y le dijo a su marido que estaban llegando a un punto en que o cortaban por lo sano o ella cogía la maleta. Fue entonces cuando me contaron toda la historia.

Fue entonces cuando tuve que echar mano del extintor para apagar el fuego, pero con la suficiente prudencia para no crear “cortes traumáticos”, ni desplantes innecesarios.Intenté lograr que los dos estuvieran de acuerdo tanto en el origen del problema como en el posible tratamiento. Eran los dos juntos –con apoyo mutuo- los que tenía que reconducir la situación, en la que claramente tenía que tomar un protagonismo especial el marido. Hay que añadir que él no opuso resistencia pues no había percibido el asunto con la misma claridad que su mujer, y su único problema había sido el de ser un “consentidor”. Cuando se dio cuenta que se jugaba su propio matrimonio fue cuando se puso en pie.

Empezó entonces una campaña, en la que el marido era siempre quien daba la cara, para que ella no entrara en polémicas con su suegra sino hacer siempre aquello que el matrimonio deseaba, con independencia de la opinión ajena. No se trataba de “dar hachazos” sino de cada vez, dar un ligero paso al frente, pero nunca retroceder medio pie de lo alcanzado. Todo ello con la máxima amabilidad posible. Ni media polémica verbal, sino la fuerza de los hechos.

Intenté hacerles ver a los cónyuges, que tenían que comprender a su madre y valorar todo lo positivo que atesoraba. Sin darse cuenta, ella misma, les había colocado en una situación difícil, buscando para ellos lo que estimaba lo mejor. De ahí que redoblaran sus muestras de cariño hacia ella pero sin retroceder un milímetro en sus resoluciones.

Hacer Familia. Octubre 2004


 

Ir a la página de Inicio