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En la salud y en la enfermedad


 








Antonio Vázquez

Hace algunos meses recibí una carta consulta en la que una mujer se planteaba la posibilidadde abandonar a su marido, en una larga enfermedad, porque, según ella, estaba quemando los mejores años de su vida, sin recibir nada a cambio.

Es posible que más de un lector se sienta golpeado en su sensibilidadal escuchar esta reacción. Hasta puede que la califique de monstruosa e inhumana. Fue ésta también mi primera reacción de la que me repuse inmediatamente para comprender cuánto dolor acumulado suponía esta huida. Quizá aquella mujer no era una persona desnaturalizada, sino un ser angustiado.

¿Quién se ocupa de la persona que atiende a un enfermo? Procuré darle ánimo de forma privada, hacerla ver la excelente oportunidad que tenía por delante para su madurez personal, pero no me olvidé de advertirla que necesitaba ayuda y que debía de pedirla a amigos y familiares, no como quien solicita un favor sino brindando una posibilidad de humanizarse. Debía, le dije, administrar bien sus fuerzas, y buscar algún tipo de válvula de seguridad que liberara presión. Ella también necesitaba ser comprendida.

En aquel momento no quise traer el caso a estas páginas, pues me parecieron unas circunstancias no muy frecuentes entre mis lectores, a los que presumo jóvenes, y con poco interés, para su vida actual. A su edad los únicos que se ponen enfermos son los niños, que nos dan unos sustos morrocotudos cuando les sube la fiebre a cuarenta pero a la mañana siguiente están limpios y tan fresco.

Bien pronto se impuso otra cara de la realidad: un matrimonio amigo, con tres hijos y en plena actividad profesional, habían tenido un accidente del que ella salió ilesa, pero él se dejó más de un hueso entre el bastidor del automóvil. La reacción de la mujer no se hizo esperar, aunque desempeñaba un alto cargo en una multinacional, no se lo pensó más, e inmediatamente se presentó a su director de recursos humanos para decirle que pedía una excedencia durante el tiempo que duraran las evidentes limitaciones de su marido. Lo tengo muy claro dijo: en este momento, mi primer deber está en atenderle durante todo el tiempo que me necesite.

El periodo se prolongó más de lo previsto, seis meses. Ahora, pasado el mal trago, se han marchado una semana de vacaciones para resarcirse y me contaba ella que ha sido como una ducha para su matrimonio: les ha puesto vibrantes como el primer día.

Hoy, acabo de recibir otra carta de una mujer, en la que me sugiere abordar este tema de la enfermedad de uno de los cónyuges. Su marido acaba de sufrir una intervención quirúrgica de cierta envergadura y me cuenta lo que ha supuesto para ella y para su marido este episodio. Me asegura que su amor ha crecido más en un mes que en muchos años. Ha crecido y se ha compactado, reafirma. “Yo no podía hacer nada, relata, pues todo estaba en manos de los médicos,mi única aportación era mi presencia. Era estar. Él se daba cuenta que para mi actividad frenética, aquella inmovilidadresultaba doblemente dura, pero nos permitía estar juntos, sin esperar nada el uno del otro”.

El enfermo es un ser inerme que no puede otra cosa que agradecer, agradecer y agradecer. Quien le cuida tiene la íntima satisfacción de no poder dar otra cosa que él mismo y se siente bien pagado con nada.

Más o menos esta es una síntesis de sus palabras, y yo recojo ahora su sugerencia y le dedico esta sección de Relaciones Conyugales, porque me parece que vale la pena.

Es posible que alguna lectora se pregunte la razón de que aparezcan solamente las mujeres como “cuidadoras”. Mi contestación es que han sido ellas las que me han enviado este testimonio. Ningún marido me ha planteado tal cosa, ni por escrito ni de palabra. Sin embargo, por mi parte, quiero añadir algo. Hay cosas que los hombres no sabemos hacer o, con mayor precisión, las somatizamos de otra forma. Es importante darse cuenta de esta realidad para que la mujer no se defraude ante nuestra falta de atención y cuidado.

Un hombre ante el zarpazo de una enfermedad, un poco seria, pondrá todos los medios a su alcance o estará dispuesto a llegar mucho más allá, con tal buscar los mejores remedios.

Cuando no puede hacer nada “útil” se da de baja. Es incapaz de estar, de saber estar, sin que su presencia remedie nada. La mujer está hecha de otra forma. Ella sabe acompañar. Se me dirá que es una postura muy fácil y cómoda. Sin duda, es que el hombre es mucho menos capaz de sacrificarse de forma gratuita. Es evidente que la solución es que tendría que aprender, pero mi experiencia es la que acabo de describir, aunque he conocido admirables excepciones.

Con esta última apostilla, me he limitado a advertir que cuando una mujer se encuentra enferma, debe esperar de su marido lo que puede dar y no sentir pena porque se muestre incapaz de ofrecer esa compañía gratuita que ella presta con la mayor naturalidad, como algo propio y de una grandeza sin medida.

Febrero de 2005 Hacer Familia


 

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