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¿A qué esperáis?


 








Antonio Vázquez

Aprovechando la longitud del crepúsculo, aquella tarde se había reunido un buen grupo alrededor de la piscina. Había un matrimonio con un niño pequeño, un par de parejas de novios, y el resto componía una galería de personajes, ellos y ellas, que andaban de un lado para otro sin posarse en ningún sitio. La conversación discurría con cierta languidez porque el domingo se acababa y ya se sabe que la proximidad del lunes produce “depre”. Alguien sacó el tema de la próxima boda a la que estaban todos invitados, pues la mayoría de ellos eran compañeros de colegio y de facultad. ¡Ya han tenido tiempo de pensarlo!, comentó una de ellas.

Sin esperar una respuesta al comentario, la que ya estaba casada, desenvainó la daga y se fue derecha a por los solteros que andaban mariposeando. Vosotros ¿a qué esperáis?, preguntó. Hubo reacciones para todos los gustos, pero los directamente interpelados, se limitaron a querer zanjar la cuestión con una respuesta sencilla.¡Estamos muy a gusto así! ¿Por qué nos quieres complicar la vida? Los demás cofrades, ellas y ellos, abundaron en el mismo argumento.

A lo largo de toda la conversación había estado apartado del grupo leyendo una novela, y al llegar a este punto cerré el libro, aunque permanecí en silencio. Pensé que no era el momento ni el lugar oportuno para abordar el tema en profundidad. Hace tiempo, aprendí que las discusiones en grupo no conducen a ninguna parte. Para hablar en serio hubiera que tenido que coger uno a uno y hacerle un par de preguntas elementales. Sin buscarlo, acudió a mi cabeza un viejo pensamiento: la vida que no florece/ y es estéril y escondida/ y no fecunda ni crece/ es vida que no merece/ el santo nombre de vida.

Este es el problema: hay muchas personas que dejaron atrás los treinta años hace tiempo y todavía no se han enterado de lo que significa vivir. Lo he repetido en estas páginas muchas veces: los matrimonios fracasan porque han fracasado antes como personas y sus vidas no tienen ningún sentido porque jamás se han planteado qué quieren Me producen tremenda pena. Tienen un canuto en los ojos y deambulan por un tubo tan angosto, que se colocan en el ecuador de la existencia sin ver ni esperar otra cosa que la pared de frente. Son como esos paletos de tierra adentro que la primera vez que pisan la playa se quedan obnubilados de la inmensidad del mar. Ellos no han visto nunca el mar.

El mar se encuentra cuando se rompen los barrotes del egoísmo que es tremendamente aburrido y monótono, porque nuestro yo nos lo sabemos de memoria y le damos vueltas continuamente a la misma madeja. Para ver el mar hay que salir de la comodidad que nos paraliza, porque cada veznos exige menor esfuerzo para todo y acabamos con una artrosis insufrible.

Pero esto es solo el principio, el mar no sirve para recogerlo en una acuarela y colgarlo en la sala de estar. Hay que meterse en él, zambullirse sin miedo y dejar que nos abrace: fundirse en él. Sí, ya lo sé, tiene sus riesgos, nos podemos ahogar. Es que nos tenemos que enterar, de una vez por todas, que la vida es inseguridad: no se ha inventado la compañía de seguros que me garantice que mañana voy a volver a ver la luz del sol. Puedo diseñar la vida a mi antojo, pero hay siempre un “imprevisto” quetrastoca hasta las cosas más elementales. ¿Qué seguridad busco?

¿Es que pierdo cotas de libertad? Vamos por partes. Si andamos detrás de una libertad absoluta, nos equivocamos. Con un mínimo de observación llegaremos ala consecuencia de que siempre dependemos de alguien o de algo, incluido el teléfono móvil. Siempre estamos enajenando parcelas de libertad. Lo importante es saber a quién se las vendemos y para qué se las vendemos. Cabe entonces introducir la palabra mágica: amor. Sí, el que ama cada vez se posee menos y entrega más. Lo decía Machado muy bien, Moneda que está en la mano /tal vez se deba guardar/ la monedita del alma/ se pierde si no se da. Cuando amo con-vivo la vida del otro y él vive la mía. Lo recogía muy bien otro poeta, Pedro Salinas: ¡que dicha da vivir sintiéndose vivido!

Es posible que alguien objete que me deje de poesías, ni de músicas celestiales, porque suelen estar un poco locos. El que así piense, debe saber que ellos se han anticipado a su juicio. Dime loco, ¿qué es el amor?.Y el loco respondió: amor es aquello que hace esclavos a los libres y libres a los esclavos. Y no se sabe en qué consiste esencialmente el amor; si en esta esclavitud o en esta libertad.

Hay otro argumento: ¿es que yo vivo muy feliz así?. Eso es una máscara, seríamos incapaces de repetirlo después de estar pensando durante media hora en una habitación. Quien así piensa tiene una medida muy menguada de lo que es la felicidad. No la echa de menos porque nunca la saboreó en plenitud, ni sintió en sus adentros la sensación de darse a alguien por completo.

“Pues para lo que veo a mi alrededor es mejor quedarme como estoy...” Otra objeción para enanitos mentales. ¿por qué tenemos tanto estrabismo que vemos cruzada la realidad? ¿No hemos conocido a nadie feliz en su matrimonio? ¿nos cambiaríamos por él? Pues nosotros podemos ser uno de ellos.

 

Al final de la conversación hubo algo que me sorprendió. Las mujeres utilizaban los mismos argumentos que ellos. ¿Se han dado cuenta que ellas salen siempre perdiendo? Pero eso es harina de otro costal o tema de otro comentario.

 

Colaboración Hacer Familia

Julio 2003


 

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