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Aprender a divertirse


 








Antonio Vázquez

Una lectora me pide que hable sobre el modo de divertirse a cualquier edad, pues asegura haberme leído que el aburrimiento es una de las tumbas del matrimonio.

Por alusiones, tengo que matizar la frase que se me atribuye y de la que reafirmo la paternidad. ¡Guerra al aburrimiento en cualquier aspecto del matrimonio! ¿Dónde está el matiz? En que el aburrimiento lo llevamos puesto: no está fuera. Lo llevamos a cuestas con nuestro modo de ver la vida. Conozco personas que no se aburren jamás aunque les coloques en medio del Sahara. Todos los que tenemos hijos mayores conservamos la experiencia de cómo a alguno de ellos, al volver a casa, siempre le ha ocurrido algo digno de contarse, mientras a otro jamás le sucede nada. ¿Qué ha pasado?

Que para el primero cualquier acontecimiento vulgar tiene sentido y se siente interpelado por él, mientras al segundo tienen que sobrevenirle hechos extraordinarios que tendrían que ocupar la primera página de cualquier periódico. Llegamos así a una consecuencia que merece ser anotada, aunque parezca chocante: nos aburrimos porque queremos. Porque tenemos que educar nuestra sensibilidad de tal forma que la vida nos diga algo.

Hay una novela de Miguel Delibes, escrita cuando salió del duró latigazo recibido al morir su mujer, Ángeles, a los cuarenta y ocho años. Es una narración autobiográfica que es una delicia, “Mujer de rojo sobre fondo gris”. Allí se describe lo que es un amor humano bien trabado. En uno de sus pasajes se detiene en un momento, al parecer insulso, después de la comida.

Por los cerros de Úbeda

“ Las más de las veces callábamos. Nos bastaba mirarnos y sabernos. Nada importan los silencios, el tedio de las primeras horas de la tarde. Estábamos juntos y era suficiente. Cuando ella se fue todavía lo vi más claro: aquellas sobremesas sin palabras, aquellas miradas sin proyecto, sin esperar grandes cosas de la vida eran sencillamente la felicidad” ¿Se ve ahora que el aburrimiento es un problema de finura de espíritu?

Mi amable comunicante puede decir que me he ido por los cerros de Úbeda. Y tiene razón pues Úbeda es muy bonito y los cerros que la circundan aún más. Bromas aparte, tenemos que profundizar un poco en el “por qué“ de las cosas, pues de lo contrario nos quedamos en el puro síntoma, que nos llevará a tomarnos una aspirina que sólo nos servirá para las tres horas siguientes en que tenemos que volver en busca de otra, hasta desgarrarnos el estómago.

Efectivamente es distinto el modo de encontrar diversión a unas edades que a otras pero, como dice Chesterton, el niño que sabe inventarse distintas figuras en las llamas de una hoguera, no tendrá que hartarse de ver televisión. Pobrecito.

Ya sé que mi interlocutora me habla de la tan traída y llevada rutina, pero la rutina es andar por un camino trillado y en el amor cada día se recorre un nuevo panorama aunque sea por la misma senda. Lo que no se puede pretender es que esa ruta sea Disneylandia donde vamos a buscar cada vez mayores emociones.


¡Aprovecha cualquier ocasión!

Dicho todo esto, ¡aprovecha cualquier ocasión para sorprender al cónyuge! Hay que subirse en la oportunidad de un viaje profesional, aunque uno de ellos tenga que pasar todo el día deambulando por la ciudad esperando que lleguen las nueve de la noche, en que se ha terminado la última gestión, para irse a cenar juntos.

Conozco a alguna mujer, a la que he dado más de una broma, que si su marido tenía que ir a un entierro, con distancia de cien kilómetros por medio, se iba con él porque le compensaba las dos horas de conversación en el viaje. Sorprender al otro pidiéndole que le lleve a un restaurante exótico. O comprar unas aceitunas que tanto le gustan y subirlas a casa para tomarse una cerveza juntos. Se trata de poner algo de sal y pimienta a la vida, pero ¡ojo! Con sal y pimienta no hay quien se alimente.

Te copio unas palabras de C.S. Lewis que lo explica mejor que yo: Pero si decidís hacer de las emociones fuertes vuestra dieta habitual e intentáis prolongarlas artificialmente, se volverán cada vez más débiles y cada vez menos frecuentes, y seréis viejos aburridos y desilusionados, durante el resto de vuestra vida. Precisamente porque hay tan poca gente que comprenda esto, encontramos muchos hombres y mujeres de mediana edad lamentándose de su juventud perdida a la edad misma en que los horizontes deberían aparecérseles y nuevas puertas deberían abrirse a su alrededor.

Quizá amable lectora tu me pedías algunas formulas para divertirte mucho y tengo que defraudarte al no darte ninguna. Intento señalarte dondeestá la manantial para que encuentres todo el agua que buscas, con la única condición de profundizar un poco, o un mucho, en tu amor. Yo sé que por la calle también hay charcos para chapotear, pero esos están sucios y pronto se secan.

Permíteme que, sin alusión al caso que planteas, coja el rábano por las hojas y me refiera a un tema del que ya me duelen los oídos de escuchar.Se trata del aburrimiento de las relaciones intimas conyugales después de veinte años de matrimonio. Ante todo hay que puntualizar que eso no es una diversión, ni es un circo donde se trata de lograr el más difícil todavía.

Es una unión maravillosa y enormemente placentera que los años nohacen otra cosa que mejorar en todas sus dimensiones. Cuando esto no ocurre, está por el medio el egoísmo, la torpeza y siempre la falta de finura de espíritu. Un ser con cuerpo y alma, que se compromete en una entrega, sólo encuentra los límites cuando se reduce a la animalidad y corta las alas de su espíritu.

Algunas veces pienso que mis lectoras me calificarán por una parte de visionario, a la vez que de poco concreto. A lo mejor los defraudo si les digo que es exactamente lo que busco. Pretendo describir un matrimonio que funcione. Los hay, los conozco, de mi edad y con veintitantos años. Y mejores...¡tanto que no soy capaz de recogerlo en letras de molde! Ya sé que me objetarán que no es frecuente por estos pagos, pero además de haberlos en mayor medida de lo que se piensa, escribo precisamente para que se multipliquen.

Tengo poca vocación de médico y no aspiro a mirar el mundo por el agujero de la patología. Muy seguro estoy que existen y que a medida que pasan los años nuestro historial clínico puede ser largo, pero lo importante es superar las expectativas de vida. Con menos no me conformo. En cuanto a lo de concretar: no me va. Me interesan poco los “como” y me interesan sobre todo los “que”, pero de eso hablaré otro día.

Colaboración Hacer Familia

Abril 2003


 

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