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El casado casa quiere


 








Antonio Vázquez

 

Que los padres se preocupen de los hijos forma parte de la naturaleza de las cosas. Así es y así seguirá siendo. Es lo lógico y la gozosa experiencia de comprobar que les queremos por encima de cualquier contingencia. Es la cadena ininterrumpida del ser y el acontecer humano. Ya es menos conveniente que esa preocupación degenere en ansiedad que afecte a los demás miembros de la familia, que también tienen derecho a nuestra serenidad.

Este largo preámbulo me lo sugiere la carta de una madre angustiada por la noticia que le acaba de dar su hija: se casará dentro de seis meses, pero su novio y ella, por razones de trabajo, continuarán viviendo en ciudades separadas por cuatrocientos kilómetros; es decir, que se verán únicamente los fines de semana. La indignación de la madre no tiene límites ante su nula capacidad para remediarlo, y sobre todo por pensar que esta circunstancia es observada por los novios como una pequeña incomodidad, un incremento del gasto y un mal menor, aunque muy soportable.

A la vez –me comenta- me califican de anticuada, llegando al colmo de decirme que “estos son otros tiempos que no tienen nada que ver con los míos, pues cuando nosotros nos casamos todo era fácil” Ya se puede imaginar que me he indignado y la he dicho todo lo que se me ha venido a la boca. Su padre y yo –la he recordado- nos casamos con una cama, una mesa camilla y dedicando muchas horas para hacer, con cuatro maderas, unos muebles de cocina donde poner los platos. Que por estar juntos nos hubiéramos ido a Africa o la Patagonia.

No somos los Amantes de Teruel, pues ella nos ha visto discutir mucho, pero que nos queremos con locura después de treinta y cinco años y muchas discusiones. He acompañado a su padre siempre que he podido a cualquier viaje, aunque tuviera que pasar el día sola mientras él trabajaba, con la ilusión de poder cenar juntos; y, su padre aunque viniera derrengado ponía cara de estar más fresco que una lechuga.La carta quema en las manos o rezuma lágrimas, tanto por lo que escribe como por lo que oculta y su fina intuición detecta. Me pide que escriba y diga las cosas claras, para enseñarle mi articulo a sus hijos.

Agradezco mucho todo lo que valora mi opinión pero tengo serias dudas sobre el impacto que puede hacer en su ánimo de sus hijos.

Como tantas veces he comentado, resulta difícil prescribir una receta sin conocer todos los datos, ignorarlo todo sobre sus relaciones, su modo de pensar y los condicionantes u opciones que han barajado al tomar la decisión. Por tanto ruego a mi amable comunicante que no haga comerse en trocitos la pagina de papel sobre la que escribo, de no fácil digestión y que estropearía la colección que seguro tendrá conservada de HACER FAMILIA.

Haré algún comentario que usted procesará en su cabeza y lo despachará según su “buen arte” como en las viejas recetas que confeccionaban los farmacéuticos. Perdóneme este punto de humor para romper el climax. Sólo desde la serenidad puede tener algún impacto su argumentación.

Es fácil suponer que estamos ante un tema profesional resuelto por la vía fácil, subordinado la unión familiar al brillo profesional. Cada uno de los futuros cónyuges tienen un buen trabajo en su ciudad y se resisten a dejarlo. Puede existir también una condicionante económica añadida, aunque he visto casos en los que lo determinante ha sido únicamente la cualificación en el trabajo.

Cada uno está muy bien asentado en su ciudad y cuesta mucho trabajo iniciar la escalada de trabajo en otro lugar. En ésta última hipótesis el problema se reduce a preferir la satisfacción personal profesional a compartir la vida con el otro.

He señalado la cuestión de forma descarnada para que se entienda sin paños calientes. Se está poniendo en juego la capacidad de renuncia del uno hacia el otro, actitud que habrán de ejercitar a lo largo de su vida matrimonial con reincidente generosidad en las cosas pequeñas y grandes.

Junto a ello, mientras permanezcan separados a lo largo de las jornadas de trabajo, cuando se encuentren los fines de semana convivirán en “estado de excepción” y se romperá esa naturalidad, intimidad, y confianza que aporta la vida ordinaria. El matrimonio es una fruta de maduración continua. Hay que estar con el otro en los momentos de fatiga, de aburrimiento, de alegría, de contrariedad o de éxito. Tienen que verse como son, y aprender a aceptar las diferencias precisamente en esa época idealizada en la que pasamos por encima de todo, porque todo se tapa con la nube de la ilusión recién estrenada, que convierte las legañas en rimel brillante.

Se podrían añadir más obstáculos: la soledad es difícil de soportar y no es extraño que se corra el riesgo de buscar compensaciones afectivas en otros lugares, que empiezan por ligerezas y se convierten en cadena.

¿Hijos? Parece aventurado pensar en ellos. Por otra parte, si llegaran, se han menguado muy considerablemente las posibilidades de brindarles el cariño que en justicia les corresponde de ambos padres.

Es muy posible que a esta argumentación se pueda objetar que la historia grande y pequeña esta llena de matrimonios que han tenido que soportar larguísimas separaciones que han servido para unirles más. Sin duda, y han puesto a prueba una heroica fidelidad... pero la clave está en la causa: para unos ha sido una dura contrariedad que han soportado por encima de todo, con notable sacrificio; para otros, una condicionante que ellos mismos se han puesto precisamente para no sacrificar una satisfacción personal.

No se quejará mi lectora de falta de claridad, llevada a extremos contundentes. Estoy seguro que éste no es su caso y será algo muy transitorio, y con plazo muy breve, marcado con el mismo rigor que el vencimiento de una letra de cambio. Tranquilícese, que en menos de tres meses estará ayudando a su hija a poner la casa.

Colaboración Hacer Familia Febrero 2002


 

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