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¿Cómo ayudar a mi hija?


 








Antonio Vázquez

Surgió con la mayor naturalidad. Aquel fin de semana no había “plan” de esos jacarandosos, en los que es tan frecuente que me aburra, intentando escuchar siete conversaciones a la vez. La noche del viernes llamamos a un matrimonio amigo para que se vinieran a tomar una tortilla de patata, a la que añadieron unas agujas de ternera que compraron por el camino; unas cervezas completaron el menú, que se cerraba con un postre de helado de esos que se hacen con las “sobras” bien batidas que descansan en el congelador.

Muy pronto se palpaba en el ambiente que había “climax” de naturalidad y confianza: ni frases ingeniosas para brillar, ni cartón piedra para componer el decorado. Los ecos de nuestras vidas surgían envueltos en los sentimientos que las movían. Inquietudes yzozobras se deslizaban entre las rendijas cada vez más abiertas en busca de oxigeno que las liberara o un rayo de luz que permitiera atisbar salidas.

En un momento determinado apareció la herida punzante, asomada desde la ventana de una pregunta: ¿Cómo podría ayudar a mi hija? Me preocupa mucho. Su vida matrimonial está dando tumbos. No son intuiciones. Algo se la ha escapado alguna vez, aunque me doy cuenta que no se desahoga del todo para no hacerme sufrir.¿Qué puedo hacer?

 

No cabe duda que estábamos ante un tema importante. Hay preguntas que necesitan un torrente de humanidad para responderlas. Entrecortadas entre grandes pausas fueron saliendo ideas. No se trataba de dar lecciones porque la vida no es un esquema, más bien buscábamos sugerir modos de enfrentarse la situación.

Ante todo los padres si queremos ayudar a nuestros hijos tenemos que estar bien pertrechados para hacerlo. Muchas veces nos encontramos inermes, aunque es igualmente cierto que contamos con más monedas de las que pensamos. En cualquier caso, como nadie da lo que no tiene, nuestras alforjas han de estar llenas con grandes dosis de dos elementos esenciales: la cabeza bien fria y el corazón bien caliente. No es fácil, pero hay que esforzarse por establecer esta base de partida.

La mente serena para no hacer el menor gesto de contrariedad cuando nuestra hija nos cuente lo que nos cuente. Nada ha de sorprendernos, lo entendemos todo, lo comprendemos todo. El menor rictus de la cara puede ser un freno a que exprese todo lo que lleva dentro. Ni un reproche por nuestra parte, ni un “ya te lo advertí”, ni un “te lo has ganado a pulso”. Mucho menos emprenderla a garrotazos con el marido, que ahora no nos oye, y la está haciendo una desgraciada.

En nuestra mente ha de estar bien anclada la idea de que hemos de sacar adelante a los dos. No somos ni jueces ni fiscales: somos quien más la queremos y precisamente por ello vamos a unir, restañar, recomponer.

En esta primera aproximación a quien tenemos delante es a nuestra hija y –por el momento- sólo en ella podemos actuar. Con el marido hay que esmerar -¡aunque cueste!- el buen trato de siempre.

 

Desdramatizar

Con la inteligencia sosegada, intentar acompañar a la hija a que ella misma se desprenda de sentimientos muy lógicamente resentidos, y, desdramatizando sensaciones, haga aflorar ideas que nos den pistas sobre las raíces del problema. Mientras no lo tengamos bien enunciado es muy difícil resolverlo. No es una tarea sencilla porque nuestra mirada está cubierta de “síntomas”. Sabemos donde nos duele pero desconocemos muchas veces el origen del mal. Ahí hay que llegar.

Esa búsqueda necesitará espigar entre los detalles más significativos, las reacciones más frecuentes del otro, las ocasiones que más se repiten, desde cuando se ha observado, a qué otras circunstancias está ligado. Nunca aparecerá un clave única pero por sucesivas aproximaciones podemos acercarnos.

Apenas se empiecen a esbozar estas ideas ha de ser constante la apelación a una constante voluntad de superar la crisis. Las dificultades son oportunidades para salir más fortalecidos.

No se trata de hacer una sesión de catarsis, o tumbarnos en el diván del psicoanalista, pero, con la ponderación que merece, es bueno explicarla algunas de las crisis que hemos pasado en nuestro matrimonio. ¿Acaso existe alguno que no los haya tenido? Que lo lleven al museo de cera, porque no tiene sangre en las venas. De cómo en aquel momento de ofuscación hubiéramos dado una patada a la mesa y preparado las maletas, perdiéndonos tantas alegrías como luego han venido, y cuántas nos han servido para superar luego dificultades mayores. Por salir airosos de aquel trance ahora podemos ayudarla a ella. ¿Acaso se puede dar mayor satisfacción que ayudar a alguien y que ese alguien sea nuestra hija?

Con inmenso cariño y comprensión habrá que hacerla ver lo que hace mal o puede hacer mejor. Ponerla ante los ojos, que el mayor sosiego que puede encontrar esta en hacer en cada momento lo que debe hacer, haga lo que haga su marido. Esforzarse por lograr esa superación la va a producir una sensación de plenitud interior que no hay ser humano que la pueda arrebatar. Es el triunfo de su libertad como ser persona. En esta fase hay que detenerse con toda la extensión que sea posible, y repetirla una y mil veces. Es la garantía de que ocurra lo que ocurra en el desenlace final, en el fondo de su corazón existirá un sedimento de paz.

No imponer nada, pero hacer todas las sugerencias que se nos ocurran. Nuestra hija ha de sentirse muy acompañada, muy querida, y precisamente por ello tratada como un ser adulto, al que se le habla claro, se le iluminan zonas opacas, que su cercanía no permite observar.

Es un largo proceso el que se abre, en el que hay que estar disponible para escuchar siempre, pero sin convertir las conversaciones en una masa pegadiza entre los dedos que constantemente vuelven sobre los mismos episodios. Hay que avanzar.

No olvidar tampoco, junto a las grandes ideas, las posibilidades de enseñar “pequeñas martingalas”, que con destellos de pillería ayudan a llevar la vida. En esto tenemos mucha experiencia. Un buena cena, una excursión improvisada y arrancada con sacacorchos, o un beso bien dado pueden arreglar muchas cosas. A veces he calificado estas cosas de cambio de escenario. Hay que romper con rutinas y dar frescura y variedad a las situaciones provocando sorpresas.

Cuando nos despedimos aquella noche estábamos muy seguros que habíamos compartido una espléndida cena a pesar de la tortilla de patatas, con o sin cebolla.

 


 

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