Inicio

 

Cuestión de detalles


 








Antonio Vázquez

A medida que pasan los años voy desconfiando más de las teorías, de las discusiones bizantinas, sin fondo alguno y de las palabras bien sonantes. Tampoco me gustan quienes todo lo resuelven con un discurso grandilocuente, donde todo es gaseosa… y vive Dios que en este momento no pienso en los políticos. Me resulta más expresivo un hecho insignificante que mil ideas soltadas al aire y manejadas por un malabarista.

Cuando me siento a escribir me ocurre otro tanto: tengo necesidad de un episodio real que me ponga en movimiento las neuronas, porque me siento incapaz de escribir en el vacío. Hoy, la ocasión próxima que ha hecho saltar la chispa, ha sido un matrimonio amigo con el que nos hemos tomado una cerveza al final de la tarde. Les he encontrado particularmente relajados y felices. Sólo tenían una queja: el atasco de la carretera a cualquier hora. Como el tema es conocido tampoco me ha chocado. Mi sorpresa empezó al comentar que hoy se habían hecho el mismo recorrido cuatro veces, a lo largo de la tarde.

El asunto era bien simple. Habían estado en el hipermercado para hacer las típicas cosas rutinarias de una casa, aunque esta vez necesitaban algo más inusual: una plancha. Al llegar a casa, ciertamente los dos estaban cansados y el calor se dejaba notar. A pesar de ello, después de dejar todo en su sitio, mediante la típica cadena de entrar uno los paquetes y el otro colocar, pensaban que se habían ganado un rato de descanso.

Él se había puesto a echar un vistazo al periódico y ella a mirar con detalle la “dichosa plancha”. Cual no sería su asombro, cuando al sacarla de la caja se encontró con señales evidentes de que el aparatito había sido utilizado, hasta el punto de tener partes palpablemente desgastadas. Es el inconfundible contratiempo para poner de mal humor a cualquiera. Sin embargo, ella, sin hacer demasiados aspavientos, se lo contó a su marido, a la vez que le comentaba la incomodidad de ir a devolverlo al día siguiente.

En ese momento mi amigo cerró el periódico, se puso de pie y tomó las llaves del coche. Me lo conozco tan bien que estoy seguro que hacer este gesto le costó sangre. Mi sorpresa cuando me lo contaron, no era nada comparada con la que pudo suponer para ella, que sabe que hay momentos intocables, para su marido. El hecho es que no solo se levantó del sillón sino que dijo: ¿por qué no vamos ahora mismo al supermercado? A ella se le iluminó la cara, pues aunque conduce más que un taxista, en el fondo le apetecía que le acompañara. El uno pensó en el otro, el otro en el uno, y aunque a los dos les apetecía cualquier cosa menos volver a la carretera, allá que se fueron.

El asunto no puede ser más banal pero al estar con ellos, no había que ser muy listo para darse cuenta que algún acontecimiento feliz había ocurrido. Son “química” que nota el olfato; lo mismo que en otrasocasiones se adivina que no todo ha ido sobre ruedas. Tanto en un caso como en otro el motivo puede ser insignificante, pero el resultado es desproporcionadamente mayor. Es cuestión de detalle.

 

Retales de vida

En el matrimonio como en la vida, por mucho que queramos no es posible mantenerse en permanente estado de éxtasis. El 99% del tiempo lo pasamos conviviendo y compartiendo, pequeños retales de vida. Hace muchos años leí al Dr. Marañón que había que ser traperos del tiempo. Trapero de detalles insignificantes. Es,”casi”, el único modo de expresar el amor. Lo tenemos todos al alcance de la mano porque es barato. No tiene otro precio que el de tener los ojos abiertos y el oído fino. ¿Cómo se dilatan las pupilas y vibran los tímpanos? Con amor. Quien está enamorado capta inmediatamente los deseos del otro. No hace falta pedirlo, ni tan siquiera decirlo

Algún lector, si ha soportado llegar hasta aquí, puede preguntarse. ¿Cómo se atreverá a escribir este tipo de cosas tan insignificantes en el matrimonio “con la que está cayendo”?. Todavía no me he quedado ciego ni sordo para escuchar el pedrisco de la borrasca, pero déjeme que le diga que las oleadas del desamor también pasan.

Cada mañana se echan al cubo de la basura los periódicos que contenían las noticias truculentas del día anterior. Quizá piense que estoy deslizándome por lo mismo que criticaba al principio: ”montar teorías”. Le invito a probar durante una semana en algo tan sencillo como buscar detalles que le puedan hacer feliz al otro. Ni es necesario invitarle a tomar una copa en al último lugar de moda, ni un CD de su música predilecta. Algo mucho más “tonto”, y desde luego asequible a cualquier bolsillo: déle un beso bien dado cuando no se lo espera, o “escuche” al otro con atención sobre un tema que le importa un comino.

¿Le parece excesivamente romántico? Pues más “ordinariote”: pase el coche del otro por el túnel de lavado más próximo (no estoy diciendo que lo lave a mano ¡faltaría más!) o llénelo de gasolina cuando no se lo espera. Es cuestión de detalle. No hay duda queestos pormenores, aunque muy pequeños suponen alguna molestia para el que los realiza. Ahí está la clave. Cuando estamos dispuestos a “forzar” un poco la “jugada” para hacer feliz al otro, hemos elegido el buen camino para algo fundamental, que a todos nos vuelve locos en cualquier edad: encontrar la felicidad.

 

Hacer Familia, Julio y Agosto 2005


 

Ir a la página de Inicio