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Encauzar la fantasía


 








Antonio Vázquez

No digo que haya que decapitar la imaginación, obstruirla o taponarla. Se trata de utilizar esa gran herramienta, que todos tenemos en mayor o menor grado, para mantenerla en orden, es decir, en su lugar. Allí donde potencia otras capacidades, aunque lejos de donde desboque los sentimientos.

No hace mucho recibía una carta desde miles de kilómetros de nuestra redacción –porque hasta allí llega HACER FAMILIA- en la que una mujer me pedía ayuda, sumergida en la angustia. Intentaré centrar aquí mi comentario de hoy, porque sin localizar el país ni cualquier otra referencia personal, es imposible identificarla, y por otra parte describe una situación, más frecuente de lo que pensamos, de una manera especial, en lugares lejanos a la vieja Europa.

Mi amiga Malen –que así no se llama mi interlocutora- sufre mucho con los viajes de su marido a Europa. Al principio, tuvo que trasladarse para hacer un master postgrado en una Escuela de Negocios, y la separación temporal, se vio agigantada por sus comentarios sobre la composición del grupo de participantes: había –como es frecuente- tantas mujeres como hombres. Él comentaba con gran naturalidad sus relaciones con alguna compañera, la realización de trabajos conjuntos, así comola brillantez de planteamientos de su compañera- tantas veces contrastada.

A nuestra comunicante no le hacía ninguna gracia esta admiración, pero todo desembocó en tragedia cuando entró en su correo electrónico y leyó algunos párrafos de la joven avispada, donde sin descubrir nada comprometido, aparecía una chispa de confidencialidad en terrenos muy lejanos a las cotizaciones en bolsa, los PIB de los distintos países, o los nichos de negocios más apetecibles.

La imaginación de Malen hizo el resto, para organizar un combate naval sobre un lavabo. Cada punto y aparte ella lo convirtió en puntos suspensivos. Cada espacio en silencio elocuente. Las palabras notenían doble sentido, sino tercera derivada.

Malen se planteaba, a pesar de los doshijos que tenían, tomar decisiones radicales y romper con su marido. Todo por fisgar en el correo e imaginarse un escenario, donde ella había amueblado hasta el último detalle de los supuestos delirios sentimentales de su marido. De nada servían los argumentos del supuesto D. Juan, ni los usos y costumbres en este tipo de reuniones profesionales.

Malen, deprimida entrelos fantasmas de su cerebro, después de muchas lágrimas y constantes interrogatorios para descubrircontradicciones, puso como condición que no volviera a viajar. Cuando me escribió para que le echara una mano me decía que a su marido le habían contratado en una multinacional con un amplio recorrido profesional y con grandes expectativas, pero que tendría que viajar con alguna frecuencia. ¿Qué hacer?

Ante todo recobrar la serenidad, para poder objetivar los datos y no confundir los hechos, con los supuestos o las intuiciones. Mientras se encontrara en ese estado de ánimo era imposible tomar decisiones ajustadas a la realidad. No podía ver en sueños una Venus como la de Botticelli apareciendo de una concha, mientras Eros le prestaba sus flechas. Era más real imaginarse una sufrida y sudorosa estudiante, ante un ordenador, con una botella de agua en la mano, en busca del último trabajo de investigación que no encontraba. Tampoco su marido sembraba de cadáveres las aceras cada vez que se cruzaba con una chica. Pongamos las cosas en su punto.

Lógicamente, tampoco le aconsejé que fuera con un “lirio en la mano” y con cara de pava y gestos de pánfila, pues en el amor, como en todo lo que merece la pena, hay que estar vigilante. Debía tener los ojos bien abiertos y no “chuparse el dedo”.

El énfasis lo puse en que tenía que luchar, pero en otra dirección. Todas las energías que gastaba en sufrir, tendría que aplicarla en conquistar a su marido. ¿Qué adelantaba perforándose el cerebro con torturas que a nada conducían? ¿Mover en su marido un sentimiento de pena? Triste situación que solo desemboca en que su marido, incómodo ante la desazón,se apartara más?

Todo los contrario, tenía que pertrechar bien la imaginación –aquí si que hay que potenciarla, paraprepararle un entorno y unas situaciones, en las que ni de lejos pudiera hacerle la competencia otra persona. Que no olvidara que si alguien intentara levantarla de su asiento, cuanto más afirmada estuviera ella en su trono, doble esfuerzo necesitaría la agresora. Que si estaba muy enamorada de su marido, lo defendiera con los dientes. Si él quiere “marcha”, ella “doble marcha”. Que tampoco se amparara en que tenía que cuidar a los niños. La mayor muestra de cariño que les puede dar es que sus padres se quieran.

A la vez cerrar las escotillas de la fantasía. No se puede querer a alguien mientras se está pensando que el otro hace teatro. Por último, le dije que no podía poner límites a su marido para viajar, por encima de lo razonable. Tenerle atado a la pata de la mesa no conduce a nada, y la desconfianza es incompatible con el amor .

Por descontado la animé vivamente a dejar a los niños con alguien de la familia y marcharse con su marido de viaje, cada vez que pase fuera de casa más de una semana.

 

¿Desconfianza? No, simplemente verlas venir y echar la ingenuidad y la simpleza al cubo de la basura.

HACER FAMILIA . octubre 2004


 

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