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¡Habla!


 








Antonio Vázquez

 

Necesito gritarlo para que los matrimonios se enteren: ¡¡habla!!. En lugar de enrocarte en tu torrede marfil: ¡¡habla!!

Es aplicable de igual modo a los hombres y a las mujeres. Hay una falta de diálogo alarmante. Sin embargo se produce un monólogo, cada vez más lacerante que corroe nuestras entrañas como una solitaria, hasta dejarnos sin fuerzas para nada.

Puede objetarse que las circunstancias no ayudan porque el cansancio de uno y otro al llegar del trabajo, la atención a los hijos y a las tareas de la casa en esa última hora, es lo menos apropiado para tener otra conversación que no sea la TV. Todo esto es muy cierto pero no lo es menos que un matrimonio necesita hablar. Digo más: la conversación entre ellos es fundamental para que el cariño no se agoste, ni se enfríe. Para conocerse más, para aceptarse mejor. Sabiendo muy bien quién es uno y otro.

Planteado seriamente que la comunicación entre ellos es de una importancia capital, colocaremos ese objetivo como uno de los primordiales y buscaremos la soluciones necesarias para lograrlo. Voy a decir algo que quizá algunos rechacen. Lo digo con bastante experiencia acumulada: la atención al otro cónyuge esta por encima de la atención a los hijos. Precisamente los hijos serán los primeros beneficiarios de vivir en una familia feliz.

Analizaba, hace muy poco, una encuesta entre matrimonios donde se afirmaba rotundamente que las crisis matrimoniales tienen su causa más relevante en la falta de diálogo. La experiencia personal me hace llegar a las mismas conclusiones.

Es una escena que la he visto repetida con mucha frecuencia. Se presenta el matrimonio abrumado, en busca de que alguien le lance un salvavidas, con la sensación de que lo suyo no tiene arreglo, pues están llegando a una situación límite. Ella y él aparecen rígidos, duros, herméticos. A medida que van contando “su caso”, una simple observación del gesto de cada uno de ellos, deja traslucir que empieza a enterarse de lo que le ocurre al otro. En la mayoría de los casos son temas de escasa entidad que se han acumulado hasta convertir la situación en algo realmente insufrible.

Suelo pedirles que me escriban en un papel lo positivo que encuentra en el otro, y en otro lugar todo aquello que desearía que mejoraran. Es el momento en el que compruebo que han puesto entre ellos un murode bambú. A ellos les parece de acero y ciertamente, si no le ponen remedio lo es, pero parece mentira que hayan levantado ese bloque en su convivencia con cuatro cañas.

Pasada una hora de conversación en la que han “vomitado” todos los sapos que tenían dentro, urge relajar el ambiente con una consideración optimista. Suelo decirles, porque así lo creo, que su problema tiene una solución muy asequible aunque tampoco les oculto que no fácil. Aprender a comunicarse es una asignatura permanentemente abierta a la mejora, que pasa por ser cada vez menos susceptible y cortar la imaginación que le lleva a pensar que el amor del otro ha disminuido. Para poner la caña con un cebo apetecible les suelo proponer que, intenten dejar los niños con alguien, y marcharse dos días de viaje solos.

Cuando la conversación está muy avanzada le hago a cada uno la pregunta del millón. Suelo empezar por él. – Después de todo lo que me has contado, ¿quieres a fulanita? La contestación en el 90% de los casos es rotunda: sí. A continuación enhebran una colección de “peros”, que son los mismosque me han contado antes. Cuando planteo a ella la misma interrogante la contestación es idéntica en la afirmación y los condicionantes. Lo que puedo asegurar es que en los dos se ha quebrado la voz al decir, “sí”, y aun se han conmovido mucho más al escuchar al otro. La pregunta que me ronda la cabeza en ese momento es ¿Cuánto tiempo hace que esta pareja no escucha al otro que le quiere?

 

¡Hablar! Y pronto

Es necesario ¡¡hablar!! y hablar pronto. No se puede dejar que el agua se pudra en una charca, ni que se acumulen los agravios. Todos hacemos cosas que al otro no le gustan, a veces somos conscientes de ellas y en otras muchas ocasiones, no.

Sin duda hay que buscar la oportunidad, saberlas decir, poner mucha miel y mucho cariño en las palabras, quitarle adrenalina y reivindicación, huir de las comparaciones odiosas, ponerse en lugar del otro con sus atenuantes y agravantes... ¡pero decirlas!...Sin desconsolarnos después porque pensamos que han caído en saco roto, o en claro rechazo momentáneo. Nunca sabemos lo que realmente queda...más de lo que nos imaginamos.

Los lectores estarán pensando que todo eso es muy sencillo escribirlo en un papel y llegarlo a aceptar, pero que cuando uno llega a casa con “las pilas” cargadas del trabajo y el otro ha llegado también al “nivel de masa crítica” la lógico es que la tormenta se desencadene con toda suerte de aparato eléctrico.

Sin duda eso es así, pero aconsejo dos cosas: antes de empezar a dormir que uno de ellos le de un beso al otro... aunque los haga de muy mala gana; y que al día siguiente, o dejando un tiempo más para estar serenos, se planteen posibles soluciones.

A pesar de esos sinceros deseos es posible que antes de lo que deseen se desencadene otro conflicto. ¡Mucha paz! Lo importante es que cada vez sean menos frecuentes y ásperos, procurando echar a las cosas un poco sentido del humor.

Pero sobre todo ¡hablar! ¡hablar! y ¡hablar!

Hacerfamilia. Colaboración

Marzo 2005

 

 


 

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