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Hablemos de sexualidad


 







 

 

 

No es el tema primero y principal...


Antonio Vázquez

Alguno de mis lectores y no pocas lectoras me han reprochado que en estas páginas trate muy pocas veces de la sexualidad en el matrimonio. Algunos me han insinuado que tengo miedo al tema. Sin que suene a baladronada, debo afirmar que soy muy selectivo para los miedos y que desde luego las referencias a la sexualidad humana no me producen ningún recelo. ¿Por qué me va a dar vergüenza hablar de algo que Dios no se ha avergonzado en crear?

Argumentan mis críticos que este es un asunto donde zozobran muchos matrimonios. Sin duda, aunque me atrevo a insinuar, con alguna experiencia en las crisis conyugales, que es éste un tema muy sensible, muy patente, muy lacerante, muy llamativo, pero no el primero y principal.

El fundamental es la falta de amor verdadero, es decir, el continuo esfuerzo por querer al otro más que a nuestro propio yo. Reafirmo ahora que en las relaciones sexuales en el matrimonio, este hecho se muestra muy evidente y espectacular, de ahí que le culpemos de todos los males, pues ahí cristalizan de forma muy hiriente, materiales en suspensión que se agitan dispersos en las relaciones de los cónyuges.

Hoy me voy a detener en un aspecto muy básico, pero que tantas veces he visto olvidado. Los hombres y las mujeres somos diferentes. La distinción parece obvia pero asombra comprobar que se olvida en la práctica. Conozco hombres y mujeres con diez, veinte y más años de matrimonio que todavía no se han enterado de cómo es su cónyuge. Ellos piensan que se han casado con una barra de hielo y ellas que les ha tocado en suerte un obseso.

En muchas ocasiones arrancan con este prejuicio desde la noche de bodas y lo llevan a rastras años y años, mientras cavan una fosa de angustia e insatisfacción. A medida que pasa el tiempo tampoco son capaces de captar que la intimidad matrimonial evoluciona como toda su personalidad y este fenómeno no tiene signo negativo, sino todo lo contrario. Sus relaciones no tienen por qué ser menos satisfactorias sino más gratificantes aunque de modos distintos. Para ello es condición indispensable que hayan vivido cada etapa con las exigencias que pide su condición humana.

Aquí está la clave del acierto que se busca. No son dos cuerpos lo que se unen, son dos personas. Dos seres que no se pueden convertir en objeto porque son dos sujetos compuestos de materia y espíritu. De tal forma que esa satisfacción con tanta ansiedad buscan, no la encontrarán mientras TODO el ser humano no se comprometa en el lance.

No se puede reducir la sexualidad humana a términos de genitalidad. Conozco muchos casos de matrimonios angustiados que después de muchos años de vida conyugal azotan el viento en busca de placeres que nunca alcanzan porque parten de premisas equivocadas. Buscan técnicas que les conduzcan a un alarde circense del “más difícil todavía” y no lo encuentran porque no han elegido bien el camino. Tienen razón al quejarse de aburrimiento, porque en realidad no han llegado nunca a saborear lo que es una plenitud placentera, ya que se han movido hasta ahora a un nivel puramente animal, y las personas estamos hechas de tal manera que no nos conformamos con cualquier cosa.

Entremos en los lamentos más comunes que cada uno de los cónyuges plantea de forma singular. El marido suele argumentar: jamás toma ella la iniciativa porque no me quiere. Pueden pasar días y días sin que tenga el mínimo interés. Las dos observaciones requieren muchos matices. En términos generales, la mujer constitutivamente es pasiva, por lo que en muy escasas circunstancias iniciará la aproximación. No es que haya dejado de querer al marido, es que ese comportamiento es el propio de una mujer normal. Del mismo modo la frecuencia es distinta. De ordinario el hombre es más pasional y permeable a los muchos estímulos que le golpean con más fuerza. No es ningún exagerado, es simplemente un hombre que actúa como tal.

Ya vemos que desde el comienzo hay que poner en juego el amor. Pensar en el otro antes que en uno. El hombre tendrá que considerar que ella es así y por tanto tendrá que poner en juego una moderación para no sobrepasar los límites que a ella le pueden resultar insoportables y en todo caso sacar a relucir todas sus buenas artes de conquista.

Ni violentar, ni atropellar, ni actuar como un tren de alta velocidad. Poner por delante la ternura y seducir con la conversación, con cariño, con finura, con elegancia, con detalles pequeños. De lo contrario, al responder ella de una forma automática y pasiva, en la que no encuentra la mínima compensación, acumulará experiencias negativas que cada vez la hacen atrincherarse más en su mutismo y la pasividad. Este es un terreno, como otros muchos en la vida, en los que al poner generosidad se recoge una cosecha bien cuajada, mientras que si cada uno va a lo suyo, bien pronto se agosta.

A su vez la mujer ha de comprender y no asumir el papel de víctima, enrocándoseen su insensibilidad. Eligiendo con oportunidad el momento, y con sentido constructiva e inmensamente cariñoso debe hablar con ély explicarle con todos los detalles necesarios sus dificultades ysus necesidades, ofreciéndole ejemplos de cómo debe actuar para el mutuo entendimiento. Esto no debe hacerlo una vez sino muchas.

Aunque los hombres presumamos, somos bastante torpes en estos terrenos, porque nos ciegan las llamaradas del fuego. A la vez somos lo bastante farrucos para no gustarnos las “limosnas de amores”. Ellas han de pensar que “enseñando al hombre”, están buscando un bien para los dos, pues de ese modo él se dará cuenta que tiene al lado a alguien que vibra en la misma longitud de honda que él.

Se me acaba el espacio, quizá vuelva a tratar otros aspectos sobre el mismo tema. Ahora quería dejar claro que el hombre y la mujer somos distintos también en este terreno. Que aquí, como en otras facetas de la vida del matrimonio, nada es gratuito y todo hay que trabajarlo, con la seguridad de que cuando se está pendiente del otro, el esfuerzo que puede suponer moderar el propio yo tiene billete de ida y vuelta y lo recibimos aumentado en dosis de felicidad.

¿Está claro que no tenía ningún miedo a abordar este tema?

 

Colaboración Hacer Familia

Julio 2002


 

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