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Llegar tarde


 









Resulta sorprendente observar que en la era de la velocidad llegamos tarde a casi todo. Las carreteras se empiezan a ampliar, cuando el tráfico es diez veces superior a su capacidad.

Hace falta un año de sequía para que nos pongamos a discutir sobre si son los galgos o los podencos los que pueden resolver el sistema.

Ya se sabe, ¡La culpa de todo la tiene el Gobierno !Sin duda tiene mucha, pero no nos queda otro remedio que esperar a que dentro de unos años llegue la hora de meter un papelito en una urna de cristal, sin dejar que nos vendan la burra.

Sin embargo era otra la cuestión que hoy quería plantearme porque cada día es posible conjugar, en todos los modos tiempos y personas, el verbo “mañanear”.

Lo acabo de observar en las últimas vacaciones. ¿Cuántos proyectos que llevábamos en las maletas al iniciar el viaje se han perdido como el humo?






Antonio Vázquez

Vamos a centrarnos en un aspecto muy concreto y que compartimos casi todos: la necesidad de estar con nuestros hijos. Es la queja más generalizada y la que tiene mejor prensa. Nos compadecemos y consolamos entre los matrimonios pero no le encontramos solución. Cuando, cualquier episodio nos presenta esta carencia de forma muy espectacular, nos anestesiamos pensando que…ya llegará el verano, y las vacaciones.

¿Tiene tres minutos disponibles? Por favor, tome una calculadora. El primer sumando será los fines de semana que tenemos libres los padres y los hijos, multiplicado por 52 semanas; pulse el signo más y señale las fiestas y puentes; vuelva a pulsar el sumando; añada el mes de vacaciones, al que cabría incrementar con los días de Navidad y Semana Santa; déle al signo igual y lea el resultado. Yo no se lo voy a decir para que sen asombre el propio lector y sea él mismo el que se impresione.

Junta estas consideraciones aparece otra muy común, cuando nuestros hijos han cruzado el umbral de la adolescencia, y que tienen cierto deje de lamentación: ¡si le hubiera podido dedicar más tiempo...!

 

¿Qué ha ocurrido?

¿Qué ha ocurrido? Los problemas humanos no son tan sencillos cuando se trata de diagnosticar, pero aparecen siempre denominadores bastante comunes. Uno de los más frecuentes es “comprenderse” con una frase parecida a esta: Cuando sea un poco mayor y pueda razonar con él, le dedicaré más atención.

Cuando tenga esa edad que considera apropiada, el chico o la chica, preferirán mil veces hablar con un compañero del colegio o con un amigo de la pandilla, que con su padre o con su madre, que son unos pesados y además no nos comprenden nada.

Padre y madre tienen que “acompañar a los hijos desde que nacen” Eso es educar, mis queridos amigos: acompañar a los hijos a descubrir la realidad. Eso que nuestros padres decían enseñarles “la vida”.

Pero todo esto hay que hacerlo en el momento oportuno, y si me apuran más, adelantándose; si no queremos llegar tarde.

Es evidente que ese acompañar no sólo significa echarnos al suelo para que nos vean a su altura y poder ayudarles a andar, sino dejarles que hagan esfuerzos para levantarse, cuando se caen y ayudarles solo lo imprescindible.

Pueden preguntarse por qué razón he traído este tema después de las vacaciones de verano. Muy sencillo, me he dedicado a observar, y en muchos casos he reparado que un día tras otro los padres han tratado a los niños como si fueran animalitos de compañía. Se les llamaba para darles de comer y para avisarles que había que subirse a dormir la siesta.

Mientras tanto sus padres muy ufanos aseguraban que allí los niños estaban sueltos y a sus anchas mientras ellos también descansaban. De acuerdo; sueltos pero, conviviendo, relacionándose, comprendiéndose, queriéndose, hablándose escuchándose, divirtiéndose juntos, haciendo planes comunes. ¿Y cuando un niño tiene dos años, como se logra todo esto?

En esa edad un niño es una esponja que aprende la mayor parte de las destrezas que utilizará toda su vida. ¿Parece poco?...Téngalo cerca.

Un hijo y una hija aprenden también desde muy pronto, antes de que sea tarde, que tendrán montones de amigos y amigas, estarán con una u otra pandilla, pero su padre y su madre son únicos y distintos a sus amigos. Eso es lo que esperan encontrar en sus padres. Para buscar amigos se bastan y se sobran ellos solitos.

Digo esto porque también he observado a padres que para ganarse la confianza de sus hijos, hacen cosas tan artificiales y postizas, que a mas de un chaval le he visto mirar con cara de conmiseración a su padre. Tampoco ha faltado un padre que se ha roto un hueso, por quedar bien ante su niño, sin prever que a los cuarenta no están tan flexibles como a los catorce.

Dentro de la apoteosis del mimetismo no faltaban las mamás que, para que alguien las preguntara si era hermana de su hija, utilizaban bañadores de tallas y diseños impropios de su edad y de su tejido adiposo, que más parecía una fábrica de Michelín. El resultado ya se puede imaginar que era garrafal. A estas pobrecillas lo que les había llegado tarde es... el sentido común.

¿Muy peleón en este comienzo de curso? Simplemente me voy a volver iconoclasta y pulverizar lo políticamente correcto. No quiero llegar tarde y encontrarme de viejecito sin saber hacia dónde volver la cabeza.

 

Hacer Familia Septiembre del 2005


 

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