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¡Qué grande es ser abuela!


 








Antonio Vázquez

 

He recibido varias cartas de lectoras que me piden que escriba sobre el papel de las abuelas. Aunque alguna vez he abordado el tema de las suegras, son dos situaciones diferentes: una abuela siempre es algo tierno y encantador, mientras la suegra ha soportado tanta literatura malévola que no hay quien levante su prestigio. Lo curioso es que ambos papeles coinciden en la misma persona, pero no se sabe por qué complicados laberintos levantan juicios tan distintos.

Intentaré escribir lo que es una abuela, y “a lo peor” surge como un negativo la imagen de la suegra. Es posible que al intentar bucear sobre esta realidad aflore más de una majadería. Cada vez estoy más convencido que el ser humano es un misterio bastante indescifrable. Es inútil querer saber todo lo que piensa y siente una persona y la última razón de las cosas.

La grandeza de la abuela esta en su disponibilidad. Quizá en esa palabra se resume todo. Es alguien que está para ser utilizada si se solicita su ayuda.

Soy consciente de haber dicho mucho en muy pocas líneas y urgen unas explicaciones. El amor de una madre a sus hijos no termina nunca. Cambia de escenarios pero, si es auténtico, crece a medida que pasa el tiempo. De este hecho, los hijos no se percatan hasta que ellos mismos no hacen el recorrido existencial de su madre. Porque el amor es un don gratuito –con los hijos de una manera que no tiene parangón- se ofrece siempre, cualquiera que sea la respuesta del hijo.

Cal

La abuela cuando echa una mano con sus nietos, sabe que son tan “monos” como cargantes; al acogerlos a su lado no busca con quien jugar a tener nostalgias del tiempo pasado, tampoco se proponeganarse sus caricias. Ante todo y sobre todo quiere facilitarle la vida al hijo o a la hija.

Es la continuación de esa dádiva irrecuperable que se entregó al hijo desde el mismo momento que supo que iba a llegar a esta tierra. Con el paso del tiempo han cambiado las necesidades del hijo pero ella sigue estando disponible y tiene un fino olfato para detectar los apuros en los que ha de echar una mano. Su amor sigue siendo creativo y se mantiene a flor de piel. No se trata de acudir ante una necesidad grave, ni se reserva para las grandes tragedias: un posible viaje del matrimonio, un mal humor debido al cansancio, es suficiente.

Hasta aquí la de cal, ahora intentaré dar la de arena y quizá aparezca la cara de suegra entre el “chapapote” de la playa.

Arena

Hablábamos de disponibilidad y de don. Disposiciones bien distintas al mangoneo para manipular la vida del nuevo matrimonio, o al deseo sutil de conservar una cota de influencia muy profunda sobre el hijo casado o la hija casada. Sabe “estar”, pero sabe no ser “faldera” –pollera llaman con gran expresividad a las faldas en muchos lugares- pues no pretende seguir manteniendo al hijo o hija como una adolescente que se ha ido a vivir a otra casa.

Dentro de este apartado incluyo una trampa muy frecuente en la que no debe caer la abuela sin el riesgo de convertirse en suegra. La abuela escucha y acoge las quejas del hijo respecto a su cónyuge, pero si le quiere suficientemente y está dotada de prudente inteligencia quitará hierro a los defectos del otro y le hará ver todo lo bueno. No le dirá que lo blanco es negro, pero, además de hacerle caer en la cuenta de la inmensa gama de los grises, le sugerirá “artimañas” para superarse y mejorar al supuesto “malo” de la película. Una abuela siempre une, nunca separa.

Al llegar a este punto veo a mis jóvenes lectores con la tijera en la mano para recortar lo escrito hasta aquí y hacerle una fotocopia ampliada a todas las abuelas que en el mundo existen. Harán muy bien pues lo que digo a continuación es posible que les haga menos gracia.

Hay una pregunta aún más enjundiosa: ¿Qué limitaciones tiene esa disponibilidad de la abuela? De nuevo tenemos que recurrir al amor, en sus otras vertientes, y jerarquizar esos amores. En primer lugar está ella. No hay egoísmo emergente. Conozco abuelas que en un “enfermizo desvivirse” llegan a tan alocado vaciamiento que las hace perder su equilibrio vital. Les falta calibrar que si se trata de dar, sólo da el que algo tiene. Es una evidencia aplicable a cualquier orden de la vida.

En segundo lugar está el abuelo, que aunque siga estando bastante cargante, sigue siendo él quien ocupa la preferencia. Hay mucho abuelo prematuro por la jubilación anticipada, que demanda atención.

En tercer término están los padres de sus nietos. Por quererles mucho no puede consentir que se hagan daño al convertir a la abuela en un “canguro” donde aparcar a los niños mientras se homenajean con indefinidos “caprichos”. Igual que cuando fueron niños la abuela ha detener el suficiente equilibrio para que carguen con su responsabilidad de padres. Un capricho está muy bien; dos antojos, se pueden soportar; varios gustazos sin causa razonable, no son admisibles por el bien de sus hijos y nietos.

Una última sugerencia a las abuelas. Demasiadas veces he escuchado, que para educar a los hijos ya están sus padres y que los abuelos están para disfrutar de ellos, es decir...para que hagan los que les venga en gana. Eso es una abdicación intolerable. Con los nietos hay que poner las mismas reglas de juego que se utilizaron con sus padres.

¿Tan arrepentidos estamos? ¿Nos falta honradez para aceptar que muchas de las lagunas que vemos en nuestros hijos son las que permitimos en su educación con nuestras omisiones? Pues ahí tenemos la ocasión de remediarlo. En definitiva volvemos a la pregunta del principio: ¿Les queremos o no les queremos? Hemos dicho que la razón de todo es el amor; pues nadie que ama a otro acepta pasivamente que se haga daño.

 

Colaboración Hacer Familia

Mayo 2003


 

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