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Los modelos que me interesan


 








Antonio Vázquez

¿Recuerdan aquella publicidad que nos llegaba desde las afortunadas islas Canarias? “Ni un día sin plátano”, aconsejaba. Ahora, nuestras cadenas de TV, sin anuncio previo, han incluido en su dieta -al menos- dos desfiles de modelos diarios. Lo curioso es que así como creció considerablemente el consumo del sabroso fruto tropical, por más que me esfuerzo, no encuentro por la calle ni uno de los modelos que circulan por las pasarelas.

Mi mujer me asegura la finalidad de esos modelos es para hacer marca. Es decir, aire, música y luz que provoque el frenesí para adquirir algo por el simple envoltorio. Bien, ya sabemos donde estamos.

No hace mucho que algunos ensayistas, espécimen al que desearía aproximarme si tuviera más tiempo para leer todo lo que se publica, en su intento de describir la realidad y apuntar posibilidades de mejora, han tomado también como imagen “Los desfiles de modelos”.

Lógico, se prestan muy bien para hacer literatura. Lo curioso es que, con demasiada frecuencia, los vestidos que se pasean por sus páginas, son muy llamativos pero poco comunes. En la mayoría de los casos son pacientes de enfermedades pasajeras o más graves, aunque suponen riesgo de epidemia, con mayor índice de contagio, a mayor exposición.

Ahí están los que piensan que “todo es del color del cristal con que se mira”, porque nada es verdad ni es mentira; los que aseguran que hay que disfrutar a “tope” en el día de hoy, y mañana...más; Los que sus baremos de estimación pasan por el “tanto vales cuanto tienes”; y otras lindezas semejantes. Ciertamente, esos modelos ahí están y conviene saber que existen y son portadores de virus, pero tengo que confesar que me llaman poco la atención. Me siento más identificado con las gentes que me cruzo todos los días en los semáforos. Ellos son mi referencia. No les quito ojo.

Me interesa esa mujer que se ha levantado muy temprano para dar de desayunar a los niños, con cara sonriente, los baja al autobús o se los deja al padre para que los acerque al colegio y, mientras marcha a su trabajo, completa el maquillaje en el espejo del coche ante cualquier atasco.

Me impresiona ese padre que se ha quedado en el paro y reúne a los hijos, mientras traga saliva y contiene el gesto, para explicarles que a partir de ahora dejará su coche aparcado, y viajará en los trasportes públicos, a la vez que sugiere a los que están en edad de hacerlo, que se busquen un trabajo compatible con sus estudios para hacer frente a sus gastos personales.

Me conmueve mirar a ese matrimonio que sucesivamente ha recortado sus vacaciones, reduciendo los gastos, porque piensan que la única verdadera herencia que pueden dejar a sus hijos es una buena educación.

No le pierdo ojo a ese matrimonio que después muchos años de bregar juntos, se encuentran ahora apáticos y ayunos de sentimientos del uno para el otro, pero son capaces de ver más todo lo que les ha unido y remontan el vuelo de su amor con un sentido distinto, aunque no menos placentero.

Me siento zarandeado por esa parejilla de amigos, cuando recuerdo el día que asistí a su boda hace cuatro años. Ayer estuve en el bautizo de dos gemelos que completan la cifra de cuatro. Su sonrisa no es de anuncio de dentífrico, les brota desde los tobillos aunque tengan los ojos rojos del insomnio, porque no son de piedra. Tampoco nadan en la abundancia pero hacen bromas con el palo que le van a pegar al Ministro de Hacienda.

Tengo que admirar a ese marido y esa mujer que llegan a su casa por la tarde, después de una dura jornada de trabajo, y se ponen la máscara de payaso cuando entran por la puerta, para contener el cansancio y mal humor, de manera que no lo “paguen” los niños.

Levantaría un monumento a cada uno de los cónyuges que son capaces de tragarse la fatiga o la desgana, cuando piensan que el otro busca intimidad conyugal, y, con resortes de artista teatral, acceden a ello, aunque al final comprueben que ninguno de los dos lo buscaba.

Pondría una medalla a cualquiera de los dos que después de una pelea, es capaz de adelantarse a dar un beso al otro. Un beso silencioso, cualquiera que sea quien haya tenido la culpa.

Aplaudo con las dos manos cuando veo al marido y la mujer anticipándose el uno al otro para pasar la noche con el niño que le duelen los oídos, aunque los dos tengan que levantarse temprano para trabajar al día siguiente.

No puedo menos de enternecerme ante esa pareja que ahorran de su caprichos para poder “sorprenderse” el uno al otro, un día señalado, y hacerse un regalo o marcharse a pasar un día “perdidos”.

Se me caela baba con esa familia que vive en una casa de estrechas dimensiones pero que no están dispuestos a mandar a la abuela a morirse de asco fuera de su hogar. Por una parte saben que dio todo lo que tenía cuando pudo, por otra es un ejemplo vivo, ante los hijos, para cuando ellos pasen por circunstancias semejantes, situación más cercana de lo que pensamos.

Si la directora de HACER FAMILIA me diera permiso podría llenar todas las páginas de la revista con “modelos” semejantes a estos, que no he tenido que ir a buscar a un museo de dinosaurios, sino que los he espigado entre mis amigos más próximos.

Es cuestión de ponerse a mirar por un gran angular en vez de observar por el “canuto” que entre unos y otros se han empeñado en ponernos ante los ojos. Estos son los modelos que a mi me interesan.

 


 

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