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Sólo para hombres


 








Antonio Vázquez

Ruego a las lectoras que me siguen que no bloqueen la centralita para quejarse de que soy un machista insufrible, ni me denuncien al Defensor del Pueblo por sexista.Pretendo utilizar este reclamo para que los maridos se asomen a estas páginas y cuando, plácidamente arriñonados en el sillón, tengan la guardia baja, dejar caer sobre ellos una bomba de racimo.

El asunto tiene sus antecedentes. No hace mucho estaba con otro matrimonio en una de esas comidas rápidas que se hacen en el entreacto de la jornada laboral, cuando mi amigo, antes de despedirse, le dio dos besos a su mujer acompañados de un piropo. La pareja frisaba los cuarenta y tenían cuatro hijos. Como uno anda siempre con la escopeta cargada para estudiar las reacciones de la gente, me apresuré a decir: ¡ole marido!-para añadir después, dirigiéndome a la mujer- ¡espero que sepas valorar lo que esto significa!...

El marido había salido rápido hacia su trabajo y ella aguantó un poco más pues tenía horario flexible. Tan pronto desapareció por la puerta volvió a la conversación. La letra con sangre entra –dijo nada más empezar. “Este señor que se acaba de marchar es de diez en todos los aspectos, pero es un puerco espín cuando se trata de la afectividad. Me puede dar muchas lecciones en todo pero sus despistes en este terreno son garrafales.

Yo soy tremendamente cariñosa y la falta de muestras de afecto me deprime. En nuestra primera época de relaciones conyugales, ponía en juego todas sus buenas artes, pero conforme fueron pasando los años, pensó que aquello era terreno conquistado en el que todo era gratuito. Estoy deseando... ¡Que me mire, que me busque, que piense en mí y mis estados de ánimo...que me quiera y me lo demuestre!” El largo párrafo sólo mereció un descanso para coger aire.

“Como es lógico me plantee la “vendetta”: o me conquistas como al principio o cuando llegue el momento de darte todo, te vas a quedar sin nada. Luego lo pensé mejor y, como tengo bastante sentido práctico, abordé el asunto en directo. Uno de los días que habíamos salido solos me propuse demostrar que tenía dotes para artista de teatro. Me puse lo más mona que pude, con un punto de picardía, y comencé a representar mi papel.

Al principio estuve fría, para pasar a asumir gesto de esquiva, y terminar displicente. Como los hombres son bastante tontosestaba desconcertado y no sabía que ocurría. Por dentro me moría de risa y por fuera era un glacial. Estábamos cenando y la escena se prolongó la entrada y el plato fuerte. A medida que observaba sus reacciones tan inesperadas como torpes, me lo iba pasando mejor.

Al llegar a los postres abrí la caja de los truenos para sacar uno a uno todos los agravios: ni se enteraba cuando había comprado una blusa nueva, ni cuando había cambiado de peinado; le daba igual que me pusiera un jersey o me vistiera de buzo. Cuando llegaba a casa, si me encontraba cerca me daba un beso con la misma rutina que si fuera su hermana pequeña; ni una mirada comprometedora, ni una insinuación; una caricia o una mano por el hombro o por la cintura hubiera sonado a disloque.

Preparar él un aperitivo inesperado o una copa al final del día hubiera sido como si se cayera la lámpara. Si reclamaba su ayuda para cualquier tarea de la casa, se ponía a hacerla con el mismo entusiasmo de un esclavo condenado a galeras. En fin...le dije todo lo que se me vino a la boca. Poco a poco iba subiendo el tono y la expresividad de mis quejas mezcladas con mis desánimos y mis frustraciones, convenientemente exageradas.

A la vez, para más INRI, del modo más plástico, le hacia notar mi déficit de ternura. No acabó todo ahí. Para poner la puntilla, le expliqué cómo en la oficina levantaba oleadas de entusiasmo cualquier detalle nuevo de mi indumentaria, se ponderaba mi perpetua sonrisa –aunque no hubiera dormido la noche anterior- mi amabilidad con cualquier tipo de personas.

Yo le observaba tragar saliva, poner disculpas más propias de mi hijo de 11 años, y apurar la cena para acabar cuanto antes y marcharnos a casa. Cuando subimos al coche le expliqué en vivo y en directo, lo que buscaba. Terminamos tomando una copa en otro lugar, y pasando un final de la noche estupendo.

Desde aquel día las cosas han cambiado razonablemente. Sin ser empalagoso, que sería un imposible, sabe besar cuando llega a casa y se entera de si me he cambiado de vestido o he oído a la peluquería. Si llega y estoy en la cocina me coge por detrás y me mira con cara de pícaro mientras comenta: habrás visto que soy el marido más tierno del mundo.

Hasta aquí las palabras de mi amiga, a la que no tuve más remedio que felicitar por sus dotes de comunicadora y los resultados obtenidos. No es fácil que los hombres nos enteremos de este tipo de cosas a la primera, y muchos más arduo que seamos capaces de corregirlas. Se me ocurre que recorte esta página y se la ponga a su marido en la mesilla.

Con todo, para prevenir malos ratos habría que recordar con los versos del poeta que “el recio amor de los hijos de esta tierra no suele ser hablador”. Esto es así y hay que saberlo para no pensar que el marido que le ha tocado a una en suerte es un erizo. Es sencillamente un hombre con una sensibilidad distinta que la mujer.

Que debe corregirse está fuera de toda duda, pero debe aceptarse que le costará trabajo y muchas veces no acertará, o cuando lo haga parecerá algo artificial y postizo. Los hombres, de ordinario,necesitamos conocer las razones de todo, por ello cuando estamos íntimamente convencidos que queremos mucho a nuestra mujer, no acabamos de entender por qué razón hay que extender todos los días un certificado rubricado de una caricia.

La razón no es otra que ella lo quiere. ¿verdad que resulta suficiente?


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