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Sin comparación


 








Antonio Vázquez

Dentro del inacabable calidoscopio que somos cada ser humano, las imágenes se suceden con el mínimo movimiento que agita nuestro cuerpo o nuestro ánimo. Así somos y así hemos de aceptarnos. A una mañana plácida y tranquila, puede suceder un atardecer, cubierto de nubes que se acumulan hasta convertirse en borrasca.

Ayer veíamos nuestro matrimonio, como algo razonablemente logrado, para dos días después calificarlo de bastante insulso y sin remedio. Ha podido ser suficiente mantener una conversación con una persona a la que aparentemente la vida le sonrie, para que un gusanillo de emulación cubierto de pelusa nos hay ensombrecido la cara.

Son los mismos cristalitos los que se mezclan caprichosamente en el calidoscopio, los que han compuesto figuras distintas que nos impresionan, en un sentido o en otro. A veces nos sorprende un súbito mal humor del que ignoramos el origen o la causa, pero se nos presenta tan real, que nos desconcierta. ¿Será que nos comparamos demasiado con los demás y se nos hacen pavos reales las patosas gallinas del corral ajeno, por el mero hecho de no ser el propio.

Quisiera detenerme hoy en un una sola imagen teñida de rojos y violetas, que nos enerva y nos deprime. Es la de aquellos que consumen la vida especulando de que manera tan distinta vivirían si ellos o los demás fueran diferentes: ¡ojalá, yo fuera como éste o aquel, ojalá mi marido/mujer se pareciera al otro, o mi familia resultara tan modélica como la de más allá!

Pronto perforamos con la barrena de nuestra introspección, para detectar cualquier aspecto mejorable. No cabe duda de que si yo no tuviera estos nervios las cosas me irían mejor en el plano profesional y familiar. No hay más que ver a fulanito/a que nunca tiene prisa para nada, y le encuentro a todas horas en cualquier lado. Estoy convencido que si me hubiera tocado otro cónyuge que fuera tan detallista y amable como su amigo, estaría en la gloria. Con cualquier madre menos absorbente estas criaturas maduraría más deprisa.

Paradójicamente estas mismas personas aseguran poseer lo mejor y estar adornadas de las mejores cualidad, que anuncian sin rebozo. Sus compras son siempre auténticas gangas en calidad y precio, conocen los mejores restaurantes donde la cuenta no sube de 15 euros, veranean en una lugar donde todo es delicioso, y tienen unos hijos que son ángeles. Lo suyo es lo mejor por la razón suprema de que su agudeza mental les hace descubrir aquello en que los demás no reparan.

De una parte se comparan con los demás, y como solo ven la vertiente que está al sol, se deprimen en la desgracia al descubrir sus propias sombras. A la vez como han de mostrar sus maestría en otros aspectos a lardean de sus hallazgos para compensarse con lo que indirectamente siembran en su interlocutor una celotipia muy semejante a la suya. Cuantos disgustos se ahorrarían con sólo pensar que las personas somos como los números primos, que solo somos divisibles por nosotros mismos y por la unidad. Es posible que esta imagen les sea conocida, pero no me resisto a recordarla.

Retales de apariencias

Este tipo de personajes es más común que lo que nos imaginamos. Se han montado una novela construida con RETALES DE APARIENCIAS. Espigando acá y allá intentan formar un puzzle con las piezas más vistosas, que al intentar montarlas no les encajan. Algunas de estas personasllegana elegir como modelo de vivir, los gestos de los personajes famosos. Aparentemente les desprecian, pero hay cierto rictus de admiración que no se atreven ni a confesar ante ellos.

Es una gran nostalgia pícara. ¿Acaso no tengo yo derecho a darme la gran vida? Ahí están tres grandes talismanes con un innegable atractivo:. el dinero, el poder y el placer. ¿Qué importa el precio? Ahí es donde yo sería feliz. No lo dicen así de descarnado pero acarician ese núcleo como el lomo del gato escurridizo.

No podemos pasarnos la vida mirando a la “gente guapa”, brillante, y puédelo-todo como los niños que lamen el escaparate de una dulcería. No hay comparaciones posibles. Hay que dejar de mirar hacia fuera, porque es dentro de nosotros donde hemos de encontrar las soluciones a una vida buena, notablemente diferente a la “buena vida”.

Si mis amables lectores han llegado hasta aquí, se preguntarán por el motivo que ha inspirado estas consideraciones. Es cierto, me gustan poco las teorías y procuro soportar mis palabras en un hecho reciente.

No hace mucho, me llamaba por teléfono un amigo para pedirme que intentara echar una mano a un compañero de trabajo que estaba pasando una gran crisis matrimonial. Aceptado el reto, pocos minutos más tarde recibía la llamada de aquel hombre angustiado. Concertamos una entrevista en una cafetería conocida. Era un contacto a ciegas pues jamás nos habíamos visto. Me situé en lugar visible para observar a las personas que entraban. El contacto por el teléfono móvil hizo el resto. Nada más saludarnos me impresionó su juventud y buen aspecto.

Cualquiera que le hubiera encontrado diez minutos antes diría que era el hombre más feliz de la tierra. No hay que ser muy observador para detectar que desde que entró por la puerta, muchasmiradas se posaron sobre él sin quitar ojo. Llamaba la atención por su prestancia y su buen aire. Se sentó, pidió un refresco, sin cola, a los tres minutos de iniciar la narración de su vida matrimonial, sus ojos empezaron a enrojecer y ponerse brillantes sin capacidad para detener la emoción. Habló de sus errores y de su cónyuge.

Nada especial, era el típico producto de esta sociedad postmoderna, que, con muy pocos años recoge ya las consecuencias. Tres o cuatro veces me repitió que sus respectivas familias y todos los amigos les consideraban un matrimonio modelo. Aparentemente no están equivocados, me señalaba: he hecho mucho dinero trabajando como un animal, mi mujer es muy guapa y tenemos dos niñas preciosas. Tengo suficientes tablas para estar en público con una sonrisa y hacer que todos lo pasen “de cine”, pero la verdad es la que yo te he contado.

Pasé el resto de la tarde convenciéndole de que la persona humana tiene una capacidad insospechada de restañar las heridas de su vida y fraguarla de nuevo. El futuro está abierto, hay que forjarlo con fuego de amor y a golpe de lucha por lograr aquello que nos hemos propuesto. Quedamos en seguir hablando. Le vi marchar con el empaque recompuesto, y me quedé pensando... ¿cuántas personas de esta cafetería, al mirarle, se cambiarían por él? Lo que son las apariencias...

Publicado en Hacer Familia


 

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