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Enseñar a saber elegir


 







 

 

No se trata de ir lanzando bolas al aire, a ver si hay suerte... Esto no es un juego


Antonio Vázquez

Un viaje de varias horas por la carretera es una buena ocasión para la confidencia. Hace algún tiempo, por motivos profesionales, tuve que pasar varias horas al volante con un buen amigo. Irremediablemente, en un momento de la conversación salió a relucir su propio matrimonio, muy buen llevado por ambas partes, pero que al contemplarlo con cierta perspectiva, le hizo concluir en una idea, que sin ánimo de victivismo expresó con gran naturalidad y coherencia: Desengáñate, los chinos se tienen que casar con las chinas. Es obvio que no se movía en unas coordenadas geográficas, se refería a un modo de enfocar la existencia que es muy profundo.

Pasado el tiempo, he recordado muchas veces estas palabras, al intentar orientar a un matrimonio que se encuentra en situación apurada. ¿Cómo es posible que se hayan casado estas dos personas?, me pregunto. El interrogante no me lo sugiere la disparidad de caracteres, como tantas veces suelen invocar.

Está demostrado que temperamentos muy diferentes logran una felicidad no pequeña y construyen una familia donde la aportación muy distinta de uno y otro produceunos resultados excelentes. La cuestión golpea con insistencia mi cabeza, cuando compruebo que son muy diferentes en las ideas básicas que configuran su modo de pensar, su forma de actuar, y las finalidades que se proponen.

Por mi edad, se acumulan cada año, en las épocas de primavera, verano y otoño, un cúmulo de invitaciones de bodas de hijos de mis amigos, que descoyuntan cualquier presupuesto económico. Por descontado que procuro asistir a todas las que puedo, no solo de “cuerpo presente”, sino invocando todas las bendiciones del cielo para la feliz pareja.

Quizá, por una deformación profesional o por cierto ánimo de cotorreo, procuro enterrarme del tiempo que llevan de relaciones y algunos otros detalles. No quiero ocultar, que alguna vez he pensado que más que pedir bendiciones hay que implorar un milagro, para que con aquellos antecedentes el matrimonio pueda salir adelante.

¿Qué hay que hacer?, me preguntan algunas madres. -Esto no se improvisa, suelo contestar. La preparación viene desde muy atrás: desde que tienen uso de razón. Hay que enseñar a los hijos a elegir. No es una tarea fácil, pues lo más cómodo y común es obligarles a hacer nuestra santísima voluntad cuando son pequeños para –sin solución de continuidad- dejarles cumplir su real capricho desde que apunta la adolescencia.

 

Saber elegir amigos

Primero han de saber elegir amigos, de ahí la necesidad de que se desenvuelvan en el colegio con familias semejantes a la suya. Un inciso: me imagino al lector suficientemente inteligente para captar que no estoy hablando de niveles sociales.

Cuando llegan a los estudios superiores, si hemos sabido educarles el gusto alternarán con gentes que hablen el mismo idioma. Insisto que no se trata de “cenáculos cerrados”. Recuerdo dos compañeras de Facultad, que hicieron una auténtica amistad, y se prolongó a lo largo del tiempo aunque una vivía en un barrio residencial y la otra en una vivienda muy modesta. Era su catadura humana lo que las unía.

Al llegar el momento de empezar a buscar pareja en serio, igualmente hay quesaber elegir el grupo. Lo lógico es que se enamoren de alguien que traten y al que ven día a día desenvolverse en situaciones de normalidad.

Se me dirá que estos tiempos que marco son una bonita teoría, pero que luego los hijos hacen los que les da la gana. Mi respuesta es que conozco muchos padres que actúan de esta forma, y los hijos hacen también los que les da la gana, pero esa gana está bien orientada. ¿Qué dentro de ese planteamiento también se producen descalabros? Me consta. Igual que compruebo que todos los días hay lamentables accidentes de automóvil.

Alguien me podrá decir que existen matrimonios que se conocieron en la cola del autobús y que salieron muy bien. No lo dudo, pero al único que tengo noticias de que iniciaron ahí su relación, descarrilaron hace tiempo. Hay que poner los medios que el sentido común reclama. Empezar a salir una pareja que se encuentra en un veraneo de alubión, seguidos de unos encuentros de fin de semana,siempre arrullados por miles de decibelios y animados por copas para coger el “puntico”; que a los cuatro meses formalizan la relación y a los seis se casan, es jugar a la ruleta rusa. Pueden salir unos matrimonios sublimes, pero han jugado a la lotería y les ha tocado.

El asunto donde nos jugamos la felicidad es de tal repercusión, que sin ánimo de maximalizar hay que situarlo como una de las decisiones de mayor alcance en nuestra vida. La ponemos toda a una carta y esto no es un juego de naipes, o de bolas que se van lanzando al aire.

Antes de dar un paso al frente hay que ver claras unos aspectos que se evaluarán no sólo en unos discursos grandilocuentes sino en la observación del modo de comportarse día a día. Cómo es el otro, cuál es su familia, cómo y para qué trabaja, qué lugar ocupa el dinero en su escala de valores, qué idea tienen de lo que es un hombre o una mujer, cómo se porta con la familia de sus padres y cómo entiendeque debe ser la suya, qué significado tiene para él tener un hijo, cómo entiende su educación, cómo entiende el dolor y la contrariedad.

No me extiendo más, que cada uno confeccione su repertorio de cuestiones. Sólo se me ocurre que añada una más: qué entiende por felicidad. Piensa que es algo que le tienen que dar o algo que le vendrá cuando dedique su vida a hacer feliz al otro, con una felicidad que empieza aquí pero que no terminará nunca. Si lo entiende así es que sabe amar.

 

Colaboración Hacer Familia

Agosto 2002. Antonio Vazquez


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