-¿Leer? Para qué?

 

 

¿A qué llamamos leer?

Tomemos, por ejemplo, el caso de España. Ese país se sitúa en el quinto puesto del mundo en el número de libros que se editan anualmente, pero ocupa el último lugar de Europa en hábitos de lectura. Eso significa que el 50% de españoles no lee ningún libro al año, pero los que leen suelen ser asiduos (el 40% de los lectores lee cada día y el 21% lo hace semanalmente).

¿Es tan importante la lectura? Para el escritor chileno Ibáñez Langlois es decisivo: Considera que “el descenso de los hábitos de lectura de un pueblo implica un auténtico retroceso mental de la sociedad. Disminuye su imaginación creadora, su inteligencia, su sensibilidad; el individuo es menos hombre; es menos. La sociedad declina en todas sus actividades y relaciones” (Introducción a la Literatura).
           
Todos necesitamos leer. Pero no hablamos ahora de esa lectura “inevitable” por las circunstancias profesionales, académicas o sociales, sino de la lectura de la que habla Pedro Salinas en su obra El Defensor: “Se define el lector simplicísimamente: el que lee por leer, por el puro gusto de leer, por amor invencible al libro”.

La lectura nos ayuda en múltiples campos: es imprescindible para formarnos, paraa razonar, para adquirir criterio y sentido crítico, para tener una visión más rica y universal, para conocer algunos de los grandes hitos de la cultura, para comprender el alma humana con mayor hondura; para hallar respuestas a las grandes cuestiones que la existencia plantea, para mejorar nuestra capacidad de expresión oral y escrita.

Insiste Ibáñez Langlois: “hay un círculo indestructible constituido por el leer, el escribir y el pensar. El que no lee ni escribe bien no puede tener sino los rudimentos más elementales del pensar”: eso significa tanto como decir que el hábito de lectura nos enriquece como personas. Las buenas lecturas nos mejoran. Además, leer es también una forma estupenda de descansar, de no aburrirse, de disfrutar, con la ventaja de que es una actividad asequible en todas las edades.

La lectura nos facilita también la amistad y nos permite conversar sobre cuestiones importantes, evitando que caigamos en lo trivial o en la superficialidad. Si uno no lee, corre el riesgo de adocenarse. Para un cristiano que desee ser consecuente con su fe leer es un requisito imprescindible para realizar una siembra de doctrina que no sea una simple repetición de ideas ajenas, sino fruto de la incorporación de las enseñanzas de Cristo y de la Iglesia a  su propia experiencia personal y en su propia cultura; una experiencia que se comparte en el seno de la amistad y que se difunde encarnada y engarzada en una visión atractiva y sugerente de la vida.    

¿De qué lecturas hablamos?

No hablamos de cualquier lectura, sino de aquella que enriquece culturalmente al lector y no consiste en un mero ejercicio de evasión (como puede ser la lectura exclusiva de un determinado tipo de novelas). Por esta razón, es importante atender a la calidad y al género de lo que se lee, y no al número de obras que se leen.

 No es lo mismo, desde el punto de vista de la formación cultural, el consumo habitual de productos de simple entretenimiento que la lectura de obras de relieve intelectual; porque una persona puede dedicar muchas horas de lectura de libros de evasión y elevar muy poco su nivel cultural. Desde la perspectiva cristiana desde la que se escriben estas líneas no se trata, por lo tanto, de la materialidad de “leer mucho”, sino de leer obras de calidad filosófica, teológica, literaria, científica, artística, etc., que enriquezcan la propia visión del mundo y la comprensión cristiana del hombre.

Entre esas obras, la lectura de los clásicos es importante, y deben ocupar el lugar privilegiado que le reservan los hombres cultos de todas las épocas y los grandes innovadores. En ese sentido, se entiende correctamente la sentencia “lo que no es tradición es plagio” (Eugenio D’Ors).

“La regla de oro –afirma Orozco- es ir siempre a lo mejor, tanto por lo que se refiere a la forma como al fondo, si se puede hablar así. Hay que atreverse con los clásicos, es decir con los autores que permanecen a pesar del paso del tiempo, porque en principio, cuando alguien ha hecho alguna obra de verdadero interés, interesa prácticamente a todo el mundo, es universal. Pero esto no se sabe bien sino después del paso de bastante tiempo”.

Construir la propia identidad cultural y cristiana

Para construir una “cabeza” cristiana no basta con conocer una serie de principios. Es importante conocer, además, las obras de los autores que han construido, partiendo de esos principios, una cultura. Es importante que la lectura ayude a dar respuesta a los interrogantes que plantea la sociedad actual y sirva eficazmente a la evangelización.

De ahí la conveniencia de pedir consejo a los expertos, como se hace en cualquier ámbito profesional y social. Contar con una adecuada  formación teológica significa un buen punto de partida indudable. Señala Gilson en El amor a la sabiduría: “se puede ser un científico, un filósofo y un artista sin haber estudiado teología, pero sin ella no se podrá llegar a ser un científico, un filósofo o un artista cristiano. Sin ella, podremos ser, por un lado cristianos y por otro científicos”.

Pero esa formación teológica  necesita completarse con una buena formación cultural.
Es decir, no basta con estudiar teología si se desea ser un científico, un humanista, un investigador, un educador o un artista cristiano: es necesario que el conjunto de saberes y conocimientos –doctrinales y culturales– se corresponda unitariamente, coherentemente, de forma personalísima, con el mensaje del Evangelio.
 
Si un cristiano que trabaja en el mundo intelectual descuidara su formación cultural, porque piensa que con conocer bien los rasgos fundamentales del mensaje cristiano “ya tiene bastante”, correría el peligro de convertirse en “cristiano” por un lado y, por otro, en un científico, un humanista, etc., que asume acríticamente el pensamiento dominante. Y ese pensamiento tiene en el la actualidad unos rasgos bien conocidos de carácter relativista, y más o menos materialista.

No se puede olvidar que existe un número ingente de obras magníficas desde todos los puntos de vista. Por tanto, en la trabajo pedagógico o en la educación de los hijos sería un error limitarse a señalar únicamente aquellas lecturas perniciosas para el desarrollo espiritual o para la fe. Junto con eso hay que destacar lo bueno, que es mucho.

La falta de un auténtico hábito de lectura puede llevar además a valorar exageradamente lo último que se publica, como si fuera garantía de calidad. En ocasiones, querer “estar a la moda” lleva a considerables pérdidas de tiempo. Es lógica la atención hacia la creación contemporánea, pero hay que hacerla compatible con el sentido común; y si no se dispone de mucho tiempo, y existen tantas publicaciones valiosas, vale la pena elegir cuidadosamente lo que se lee y no dejarse llevar por simples reclamos publicitarios.

El peligro de no leer

En estos momentos, resulta tan peligrosa y nociva la falta de criterio cristiano en las lecturas como la falta de lecturas, porque la ignorancia, como es bien sabido, es el gran enemigo de Dios. Basta señalar la indigencia doctrinal y cultural que sufren tantos cristianos de nuestro tiempo, que se van alejando de la fe porque no tienen antídotos contra las corrientes ideológicas y culturales dominantes. No saben analizarlas, ni comprenderlas adecuadamente; y por eso se vuelven incapaces de dar una respuesta cristiana coherente a los retos que les plantea la sociedad neopagana.
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La falta de lecturas lleva con frecuencias a formular planteamientos reduccionistas de la realidad actual. Bastantes reacciones de polarización intelectual, de actitudes cerradas y negativas, nostálgicas del pasado, o ingenuamente deslumbradas por lo moderno se deben, simplemente, a una ausencia de lecturas. Sin un hábito de lectura de obras de calidad, es muy difícil cultivar la necesaria amplitud de horizontes y es fácil llegar a planteamientos superficiales o radicales.

¿Cuándo y cuánto tiempo leer?

Si uno espera a “tener tiempo”, es muy posible que no lo acabe encontrando. Sólo el que tiene interés por la lectura encuentra esos “retales de tiempo” aquí y allá.

Para eso, hay que estar convencido de que la lectura es una necesidad para la vida interior cristiana, para el cultivo y desarrollo de la fe, y para el trabajo evangelizador. Leer no puede quedarse en un mero entretenimiento “para cuando no se tiene otra cosa que hacer”.

Esta es una tarea específica para padres y educadores: hay que saber transmitir a los hijos, a los alumnos, etc. que dedicar tiempo a la lectura no significa perderlo; se trata de poner empeño en sacar momentos al cabo del día para leer.

También hay que saber aprovechar los viajes en autobús, las esperas del dentista y, por supuesto, los momentos de descanso. Leer, como todo lo que nos enriquece, requiere esfuerzo.

Se puede decir que uno es los libros que ha leído y también… los libros que no ha leído. De ahí se concluye que uno es responsable, a medida que pasa el tiempo, de su propio perfil intelectual. Si se han cultivado durante años lecturas provechosas, seleccionadas con buen criterio y con la ayuda de especialistas, se suele acabar adquiriendo una buena formación cultural, por poco tiempo que uno pueda dedicarle a la lectura y por alejado que esté su dedicación profesional de los quehaceres llamados “humanísticos”. Si esto se hace con acierto y constancia, se logra una visión personal, y al mismo tiempo profundamente cristiana, de la realidad.

En cambio, si durante años tan sólo se han leído obras de evasión, o se ha leído muy poco, y de forma rápida y superficial, se puede llegar a adolecer, con el paso del tiempo, -si no se pone remedio- de la capacidad para enjuiciar adecuadamente los problemas de las personas y de la sociedad en relación con la propia fe.

Evidentemente, no se trata de leer cualquier cosa que nos caiga entre las manos. Conviene discernir lo útil de lo indiferente, de lo pernicioso, sabiendo que las lecturas condicionan nuestro modo de pensar; y éste determina nuestra forma de vivir. Para un cristiano es decisivo aprender a seleccionar lo valioso, lo que merece la pena, lo que resulta coherente con la fe cristiana y desechar lo que la corroe o pone en peligro.

Para esto es conveniente pedir consejo a personas bien formadas en la fe, o la persona que nos acompaña espiritualmente en nuestro camino cristiano. Escribía Juan Pablo II: “Siempre he tenido un dilema: ¿Qué leo? Intentaba escoger lo más esencial. ¡La producción editorial es tan amplia! No todo es valioso y útil. Hay que saber elegir y pedir consejo sobre lo que se ha de leer” (¡Levantaos! ¡Vamos!, pág. 89).

 

 

 

 

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