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LAS BUENAS AMISTADES



 


 

Dios los cría...
 

“Dios los cría y ellos se juntan”, recuerda el refranero; y en las amistades, los negocios y los casamientos se confirma día tras día el dicho: para lo bueno y para lo malo.

En el caso que ahora nos ocupa es para lo bueno. En un libro testimonio sobre el Fundador del Opus Dei escrito por un amigo suyo, Mons. García Lahiguera, se pone de manifiesto que también los hombres santos, después de criarlos Dios, se van juntando y haciéndose amigos entre sí.

San Josemaría Escrivá de Balaguer falleció santamente el 26 de junio de 1975 y su amigo García Lahiguera murió también con fama de santidad el 14 de julio de 1989 y hay numerosos fieles que se acogen a su intercesión. Y no es el único amigo del Fundador del Opus Dei que quizá veamos próximamente en los altares.

En las páginas siguientes se evocan algunas de las amistades del Fundador con diversas personalidades de la Iglesia, que son en la mayoría de los casos Fundadores de diversas instituciones y se encuentran también en proceso de Canonización. En otros casos, se trata de personas que murieron con fama de santidad o que recibieron gracias muy singulares de Dios.

En lo que se refiere a los Fundadores, hay que anotar un hecho singular: las instituciones que fundaron estos hombres, tan amigos entre sí, son muy variadas y distintas, y constituyen una elocuente manifestación de la diversidad de dones que el Espíritu concede a la Iglesia. Sin embargo, la disparidad de talantes y mentalidades que se advierte en esas instituciones no impidió que se estableciera entre sus fundadores una profunda sintonía interior desde el punto de vista espiritual, y que les uniera una cordial amistad desde el punto de vista humano, llena de confianza y buen humor.

Este puñado de amigos son un ejemplo actual de esas “buenas amistades” que tanto bien han hecho a la Iglesia a lo largo de su historia. Gozaron de buena amistad san Ambrosio y san Agustín; santo Tomás de Aquino y san Alberto Magno; san Francisco de Sales y santa Juana de Chantal, sin olvidar a aquel grupo de amigos florentinos del siglo XIII que acabaron convirtiéndose en los Siete Santos Fundadores. Está claro que la amistad con Dios ayuda mucho a la amistad con los hombres.


 

Amigo de todos
 

San Josemaría quería ser amigo de todos y dejó tras de sí un amplísimo círculo de amistades, compuestas por amigos de todo tipo: amigos de las horas felices, amigos de los momentos difíciles, amigos “de toda la vida”...

¿Qué es lo que impulsaba a Josemaría Escrivá a querer tener tantos amigos y no sólo unos pocos, como suele ser corriente?, se planteaba el futuro Cardenal Hengsbach. Y concluía: “Se había dado cuenta de que una amistad verdadera es más que la simpatía personal: la amistad verdadera siempre está enraizada en Jesucristo, el verdadero amigo, que murió en la Cruz por cada persona. Por eso solía decir que cada persona vale toda la Sangre de Jesucristo. Y por eso no había nadie que le fuera indiferente, ni podía dejar de lado a nadie...”.


 

“Un amigo de toda la vida”: Isidoro Zorzano
 

Un amigo de juventud de san Josemaría fue el siervo de Dios Isidoro Zorzano. Isidoro fue uno de esos “amigos de toda la vida”, una de esas personas con las que se comparten las horas de la juventud y de la madurez, los juegos y el trabajo, las horas de alegría y de dolor. Sin esos “amigos de siempre” no entenderíamos nuestra propia vida: en gran medida porque, sin ellos, nuestra vida estaría incompleta: son parte decisiva de ella: son un poco -o un mucho- de nosotros mismos. Y al revés.

Escrivá y Zorzano se conocían desde la adolescencia: habían coincidido en los exámenes del Bachillerato en el Instituto de Logroño, ciudad en la que estudiaban, uno -Josemaría- en el Colegio de San Antonio y otro -Isidoro- en el de los Maristas.

Tenían muchos rasgos en común: eran chicos limpios y nobles; se esforzaban por vivir una intensa vida cristiana; los dos eran de fuera de aquella ciudad: Josemaría procedía del Alto Aragón e Isidoro de la otra orilla del Atlántico. Eran prácticamente de la misma edad: Josemaría había nacido en enero de 1902, e Isidoro en septiembre de aquel año.

Incluso había cierto paralelismo en la trayectoria de sus respectivas familias: la de Josemaría se había trasladado a Logroño a causa de la quiebra del negocio familiar, y la de Isidoro -formada por antiguos emigrantes- se había vuelto a la capital de la Rioja cuando él tenía sólo tres años, con la idea de permanecer una temporada en la Península y volverse de nuevo a América. Pero la muerte de su padre había hecho que aquella estancia en Logroño se convirtiese en definitiva.

Esta coincidencia de destinos se rompió, aparentemente, al acabar el Bachillerato. Como suele suceder con frecuencia, los dos amigos se separaron: Josemaría, que había decidido entregarse a Dios como sacerdote, se fue a estudiar al Seminario de Zaragoza; Isidoro se fue a vivir a Madrid, para preparar el ingreso en la carrera de ingeniería. Y aunque no hay constancia de este hecho, parece que de ahí en adelante no coincidieron ni siquiera durante los veranos: Josemaría solía pasar esos meses en Logroño, e Isidoro se marchaba con los suyos a Tierra de Cameros.

Sin embargo, no perdieron el contacto entre sí: durante 1927 y 1928 se escribieron alguna que otra vez, y san Josemaría, después de ordenarse sacerdote en Zaragoza el 28 de marzo de 1925, se trasladó también a la capital para obtener el doctorado en Derecho Civil -carrera que había realizado en la ciudad aragonesa- y conseguir un título que sólo podía obtenerse en la Universidad Central de Madrid.

Cuando Isidoro terminó la carrera, en septiembre de 1928, parecía que los destinos de estos dos hombres iban a distanciarse definitivamente. San Josemaría seguía ejerciendo su ministerio en Madrid; Isidoro había encontrado un trabajo en Matagorda, un astillero naval de la Bahía de Cádiz, y allá se fue. Un año después, comenzó a trabajar en la Compañía de Ferrocarriles Andaluces en Málaga. Aparentemente, la distancia amenazaba con ir difuminando, poco a poco, aquella antigua amistad.


 

Doña Luz Rodríguez Casanova
 

Mientras tanto, durante sus primeros años en Madrid don Josemaría desarrollaba una incansable actividad sacerdotal en su trabajo como capellán de una institución benéfica, el Patronato de Enfermos, que había fundado doña Luz Rodríguez Casanova.

Esta mujer asturiana, de origen aristocrático -era la cuarta hija de los marqueses de Onteiro-, había decidido, durante una estancia en Lourdes, cuando tenía 24 años, dedicarse por entero a la labor apostólica con los pobres, enfermos y niños de la periferia de Madrid. El Patronato de Enfermos era una de sus múltiples iniciativas asistenciales. Había fundado también tres años antes, en 1924, una Congregación religiosa: la Congregación de Damas Apostólicas del Sagrado Corazón de Jesús comenzó sus primeras escuelas en 1902, y fundó la Congregación en 1924. Abrió 67 colegios y organizó numerosos comedores de caridad, albergues y dispensarios. (La guerra civil española destrozó prácticamente todas estas labores apostólicas que se puso a recomenzar, tras la contienda, con fortaleza admirable. Falleció en Madrid el 8 de enero de 1949, con fama de santidad. Nueve años después, el 15 de enero de 1958, se abrió el proceso canónico para su beatificación).

Una de esas Damas Apostólicas, Asunción Muñoz, que era entonces una de las más jóvenes, evocaba su primer encuentro con san Josemaría en el año 1927. “Recuerdo perfectamente -escribe- que se trataba de un sacerdote muy joven, con la carrera eclesiástica recién terminada, pero con una personalidad muy definida y muy grata. Si tuviera que definir alguna cualidad que me impresionara más que otras, me pronunciaría por la franqueza, la sencillez, el agrado, la simpatía. Todo eso tenía. Llano, sencillo, fervoroso.

Desde el primer momento se compenetró admirablemente con doña Luz Rodríguez Casanova, nuestra Fundadora, porque ella también poseía una gran sencillez y porque le preocupaban las mismas cosas. Comprendió muy bien nuestro espíritu aun cuando luego él fundara el Opus Dei, con un modo de buscar la santidad muy diverso. Habiéndole conocido, esto se explica con facilidad ya que él acataba todo lo bueno, todo lo grande, todo lo santo... Tenía un espíritu muy universal. Quería todo cuanto fuera para la Gloria de Dios. Y por eso nos conoció muy bien y nos ayudó muchísimo y nos tuvo un gran afecto”.

“El Capellán del Patronato de Enfermos -prosigue- era el que cuidaba los actos de culto de la casa: decía Misa diariamente, hacía la Exposición y dirigía el rezo del Rosario. No tenía que ocuparse, por razón de su cargo, de atender la extraordinaria labor que se hacía desde el Patronato entre los pobres y enfermos -en general, con los necesitados- del Madrid de entonces. Sin embargo D. Josemaría aprovechó la circunstancia de su nombramiento como capellán para darse generosamente, sacrificada y desinteresadamente a un ingente número de pobres y enfermos que se ponían al alcance de su corazón sacerdotal”.

Durante ese periodo, don Josemaría instruyó a miles de niños para que pudieran recibir la Confesión y la Primera Comunión; y atendió a millares de enfermos y desvalidos en sus propias casas o en los hospitales. Recorría Madrid de un extremo a otro, día tras día, para administrar los últimos sacramentos a los moribundos y a los desahuciados de los barrios más pobres y miserables de la ciudad.

“Nuestra madre Fundadora -comenta Asunción Muñoz- le tenía gran cariño. Se le notaba y nos lo decía abiertamente: porque el fervor de don Josemaría era admirable y tenía un atractivo especial. Contagiaba su piedad y era de una llaneza y una claridad abiertas a toda confianza”.


 

Mercedes Reyna
 

“En la época en que don Josemaría era capellán del Patronato -recuerda Margarita Alvarado, una mujer que ayudaba a aquellas religiosas y que luego se hizo carmelita descalza- murió en olor de santidad Mercedes Reyna, una Dama Apostólica que había llevado una vida de sacrificio ejemplar: tenía los pies totalmente deformados y así iba a visitar a los pobres, por los distintos barrios”.

Don Josemaría ayudó a esta mujer hasta el último momento. “Le dio los últimos Sacramentos”, recuerda Asunción Muñoz, “a pesar de que él, por su cargo de capellán del Patronato, no tenía que ver con la atención espiritual de la comunidad de Damas Apostólicas. Posiblemente D. Josemaría haría una excepción con Mercedes Reyna atendiendo a sus circunstancias personales. Me contaron que no se apartó, prácticamente, del pasillo al que se abría la puerta de su habitación durante todo el tiempo que duró la agonía. Paseaba, rezando, dispuesto a entrar en cuanto lo necesitara; escuchaba, con la piedad de quien asiste a la muerte de un santo, las palabras entrecortadas de Mercedes. Asistió, con absoluta devoción, a los últimos momentos de aquella mujer cuya entrega total al sufrimiento y al amor de Dios no dudó ni un instante”.

Cuando administraron los últimos sacramentos a Mercedes Reyna, descubrieron que tenía los dedos de los pies absolutamente deformes. Comprendieron entonces cuál era la causa de sus frecuentes caídas por las calles y barrizales cuando iba a visitar a los enfermos. Aquellos pies eran la confirmación del heroísmo silencioso de esta mujer que quiso siempre -como escribió en sus {Apuntes Espirituales}- “vivir una vida recogida, callada, ingeniándome en ocultarme y desaparecer”.

La iglesia donde se expuso su cadáver se llenó de personas que, movidos por la fama de santidad de esta religiosa, vinieron a besar aquellos pies enfermos con los que había recorrido penosamente durante años, en un prodigio de caridad, los barrios más pobres de Madrid.

Tras su fallecimiento, don Josemaría deseaba preparar una biografía de esa mujer cuya vida y muerte tanto le había impresionado, y compuso una breve semblanza que se incluyó en la estampa para su devoción privada: “el Señor fue preparando su alma -escribió- para recibir la gracia de la vocación religiosa, dándole muchos deseos y muchas realidades de Cruz. En Marzo de 1925, por consejo de su Director, el santo P. José María Rubio, S. J. entró a formar parte de (...) las Damas Apostólicas del Sagrado Corazón. Aquí se hizo como enseña San Pablo, toda para todos: los niños, los enfermos, los pobres”.

D. Josemaría, relata Asunción Muñoz, “tuvo siempre conciencia de la santidad de esta mujer y la ayudó intensamente en su búsqueda de Dios. La entendió en el profundo silencio de su entrega, en la mortificación constante, en la humildad, en la unión con su amor crucificado. La entendió a pesar de lo original de su forma; a pesar de que el ánimo de don Josemaría barruntaba una entrega a Dios por caminos diferentes. La entendió con la apertura de los que saben distinguir la Presencia de Dios en un alma por encima de todos los matices.

Durante algún tiempo, don Josemaría tuvo en su poder el libro de Mercedes Reyna, aquel pequeño cuaderno en el que anotaba sus intuiciones de Dios, su silencio y su entrega. Posteriormente me lo dio a mí, por considerar justo que estas notas de un alma elegida quedaran dentro de nuestra Comunidad. Yo lo conservo como una reliquia”.

Se refleja en estos testimonios un rasgo decisivo de la personalidad humana de don Josemaría. Como recordaba el obispo de Essen, “medía la calidad de la amistad por la mirada conjunta hacia Jesucristo”. Sabía comprender lo distinto, y se hacía amigo de todos por encima de las diferencias, con corazón grande.
En definitiva, sabía querer.


 

Un encuentro con un viejo amigo
 

Mientras tanto, Dios seguía entretejiendo amistades, “casualidades” y destinos en la vida de don Josemaría. Un año más tarde de la muerte de Mercedes Reyna, el 24 de agosto de 1930, se encontró en una calle de Madrid con su viejo amigo Isidoro Zorzano.

Isidoro se dirigía hacia Logroño para pasar el verano con su familia, y había hecho una breve parada en la capital con el deseo de visitar a don Josemaría, que le había escrito poco antes una postal: “cuando vengas por Madrid, no dejes de verme. Tengo que contarte muchas cosas”. ¿De qué se trataría? También Isidoro tenía cosas que contarle; pero al llegar a Madrid, como no le había avisado, no halló en casa a su amigo, y se dedicó a deambular sin rumbo fijo por las calles de la capital.

Don Josemaría estaba en esos momentos acompañando a un chico enfermo “cuando de pronto -escribió más tarde, evocando aquel hecho- sentí el impulso de tener que salir a la calle. Le dije que me marchaba y, aunque la madre insistió en que me quedara, por la compañía que hacía a su hijo, me despedí. No sabía a dónde iba; ya en la calle, sin saber a dónde me dirigía, me encontré de sopetón con Isidoro, que estaba haciendo tiempo para coger el tren de vuelta y {casualmente} pasaba también por allí”.

Aquel encuentro marcaría definitivamente la vida de Isidoro. “Nada más saludarme -recordaba el Fundador- me dijo a bocajarro: Quiero entregarme a Dios y no sé cómo ni dónde”. Ya en casa, Isidoro le contó detalladamente sus inquietudes espirituales a su amigo Josemaría, que, al oírle, le habló extensamente de lo que Dios le había hecho ver poco tiempo antes.

Durante esos tres años en la capital de España habían sucedido hechos muy decisivos en la vida de aquel joven sacerdote. Una mañana del 2 de octubre de 1928, cuando hacía unos ejercicios espirituales en la Casa Central de los Paúles de Madrid y se encontraba recogido en su habitación, releyendo las notas en las que había apuntado las insinuaciones y mociones que había recibido de Dios en los últimos años, había visto, con total claridad, la misión que Dios le encomendaba: abrir en el mundo un camino de santificación en el trabajo profesional y en los deberes ordinarios del cristiano...

Isidoro comprendió: aquello que su amigo había visto el 2 de octubre de 1928, era precisamente lo que estaba buscando desde hacía tiempo. Era un camino de santidad, totalmente nuevo para él, donde podría llevar a cabo la locura de amor que presentía él también en el fondo de su corazón y las inquietudes espirituales que sentía en el fondo del corazón. Y aquel mismo día se entregó por entero a la Obra.

Ese rasgo de generosidad pronta retrata de cuerpo entero a este ingeniero joven de veintiocho años. Impulsado por el celo apostólico de D. Josemaría, Isidoro no hizo “esperar a Dios”. Su entrega plena e instantánea fue la consecuencia lógica de toda su existencia, volcada siempre hacia Dios y hacia los demás.

“El tenía ya una inquietud de entrega a Dios -recordaba el Fundador años más tarde-, y no necesitó pensar mucho para decidirse, porque cuando se trata de darse al Señor no es necesaria gran deliberación; es el corazón y la fe lo que ha de mandar”.

Y no es que Isidoro “no tuviese nada que dejar” a la hora de dar sus primeros pasos en aquel camino de santidad que Dios había hecho ver a su amigo Josemaría. En aquellos momentos ejercía una de las profesiones de mayor prestigio social y estaba muy bien cualificado. Sin embargo sabía conjugar su trabajo como ingeniero -que realizaba con competencia y un alto sentido de la justicia- con la dedicación abnegada a los más necesitados.

En Málaga, después de muchas horas diarias de intenso trabajo, se encaminaba hacia un asilo para niños abandonados y les daba clases particulares. “No os podéis dar idea -escribía desde aquella ciudad poco tiempo después a los miembros del Opus Dei que vivían en Madrid- de la extraordinaria satisfacción que experimento cuando estoy rodeado de estos desgraciados chicos, hijos del arroyo, desecho de la sociedad, sin cariño ni consuelo de los suyos; cómo vibran sus corazones cuando oyen hablar de El”.

Era además, muy apostólico; y ese celo le acarreó, como suele suceder, una gran contradicción en torno suyo. Don Josemaría le aconsejaba, en una carta fechada el 3 de marzo de 1931 escrita desde Madrid, cómo debía actuar. Le decía “que, cuanto antes, vayas a visitar al Sr. Obispo y no hagas nada en este asunto sin su aprobación. A ese bendito prelado debes hablarle con claridad {de todo}: te entenderá bien, porque está más {loco} que nosotros. No dejes de ir, en cuanto puedas”.


 

Manuel González, obispo de Málaga
 

Otro santo sacerdote de aquel tiempo era don Manuel González, Obispo de Málaga desde 1915. Antes había promovido una institución religiosa muy popular: la Obra de las Tres Marías, y había impulsado por toda España y Sudamérica la devoción eucarística. En aquella ciudad andaluza había fundado, pocos años antes, el 3 de mayo de 1921, la Congregación de las Hermanas Eucarísticas de Nazaret.

Don Josemaría tenía gran admiración y aprecio por don Manuel desde tiempo atrás: una admiración que se fue convirtiendo con los años en una profunda amistad. Desconocemos las circunstancias concretas en que se conocieron: quizá fuese por medio de alguna mujer que participase en la Obra de las Tres Marías -conocidas como las Marías de los Sagrarios- que impulsaba en Madrid el Padre Rubio, director espiritual del Patronato de Enfermos, o por medio de otra persona.

Sea como fuere el comienzo de aquella amistad, el caso es que don Manuel era, como le comentaba don Josemaría a Isidoro en la carta, un hombre de Dios -con la locura de la santidad- que podría aconsejarle muy bien, porque estaba sufriendo en carne propia los avatares del ambiente político y social.

Ese ambiente, cada vez más anticristiano, se fue enrareciendo por momentos: tres meses después de que don Josemaría le recomendase a Isidoro Zorzano esa entrevista con el Arzobispo, la furia antirreligiosa obligó a don Manuel, el 31 de mayo de 1931, a abandonar la ciudad: las masas incendiaron el palacio episcopal, al igual que todas las iglesias de la ciudad. Un año más tarde, tras un periplo doloroso por Gibraltar y Ronda, la Santa Sede, le indicó que se trasladase a Madrid, ya que temían por su vida si regresaba a Málaga.


 

José María García Lahiguera
 

Aquel mayo de 1931 trajo también desórdenes en las calles de Madrid. Se quemaron iglesias y conventos; se alzaron sobre los tejados las humaredas negras de los incendios de esas iglesias: en la calle la Flor, en Vallecas, en Bella Vista... Corrían todo tipo de noticias truculentas: unos comentaban que en el convento de las Mercedarias habían desenterrado el cadáver de una religiosa y lo habían rociado con vino; y luego, entre insultos, lo habían arrojado al fuego.

En otro convento, un incendiario había salido revestido con una estola y una casulla, con un gran cuadro del Corazón de Jesús en la mano, y después de clavar un puñal en el corazón de la imagen lo había echado a la hoguera...

Mientras tanto, san Josemaría continuaba realizando en la capital de España un intenso apostolado con todo tipo de personas, siempre por medio de la amistad: como enseñaría de palabra y por escrito a lo largo de toda su vida, el apostolado de los miembros del Opus Dei debía nacer de una amistad leal y sincera, profunda y desinteresada, con los demás. Sin embargo, entre sus amistades había unas personas con las que tenía una especial “sintonía”. Se entendía enseguida -y es muy lógico- con aquellas personas que tenían un especial trato con Dios.

Una breve anécdota lo pone de manifiesto. El 2 de febrero de 1932, Escrivá entró en la madrileña iglesia de la Concepción, mientras predicaba desde el púlpito, con gran fe y encendimiento, un sacerdote joven, José María García Lahiguera. Al escucharle hablar de Dios de ese modo, el Fundador del Opus Dei quiso conocerle personalmente y fue a visitarle aquella misma tarde en el Seminario de Madrid.

“Aunque entonces no le conocía, ni tenía de él referencia alguna -recordaría años más tarde García Lahiguera- desde las primeras palabras que cruzamos, se estableció entre los dos una corriente de cordialidad, de simpatía; quizás a causa de su modo directo y franco de iniciar la conversación.

-¿Tú has visto esta mañana -empezó diciendo-, durante el sermón que has predicado, un sacerdote que te miraba atentamente, sin perder palabra de lo que decías?”.

Durante ese primer encuentro personal, que selló una amistad para siempre entre estos dos hombres, Josemaría Escrivá le explicó, como a Isidoro y a tantos otros, la tarea que Dios le había encomendado: el Opus Dei. “Yo estaba firmemente conmovido con lo que iba oyendo -recuerda García Lahiguera- y comprendí enseguida que aquel sacerdote estaba iniciando algo verdaderamente trascendental, de Dios. Era un panorama de apostolado y de servicio a la Iglesia que atraía, maravilloso... Con gran delicadeza, de vez en cuando, se interrumpía para preguntarme si me interesaba lo que me iba contando, y yo, que estaba pendiente de sus palabras, le animaba a seguir.

Don Josemaría, después de explicarme la Obra, sólo me pidió una cosa bien concreta: que rezase para que el Señor le ayudase a llevar el peso que El mismo había echado sobre sus hombros. Prometí hacerlo de todo corazón y nos despedimos. Ese fue el comienzo de una amistad que ha durado tanto como nuestras vidas”.

García Lahiguera entregó santamente su alma a Dios en Madrid, el 14 de julio de 1989. Su cuerpo reposa en la capilla de la Casa-Madre de las HH. Oblatas de Cristo Sacerdote, obra contemplativa femenina cofundada por él y María del Carmen Hidalgo de Caviedes y su Causa de Canonización está avanzada.


 

 

Sin embargo, no todos reaccionaban ante las palabras de don Josemaría con la misma generosidad que Isidoro o con la misma comprensión que García Lahiguera: había algunos que no le escuchaban -o que no querían escucharle-, y otros que no le entendían. O que no querían entenderle...

El Fundador del Opus Dei no se desalentaba. Hablaba con unos y otros; insistía, explicaba; volvía a explicar. “Duele ver -escribía- que, después de dos mil años, haya tan pocos que se llamen cristianos en el mundo. Y que, de los que se llaman cristianos, haya tan pocos que vivan la verdadera doctrina de Jesucristo. ¡Vale la pena jugarse la vida entera!: trabajar y sufrir, por Amor, para llevar adelante los designios de Dios, para corredimir”.

Su talante apostólico ponía de manifiesto su gran amor de Dios y su buen humor, basado en un profundo sentido de la filiación divina y unido a una gran fortaleza humana y sobrenatural.

El 16 de mayo de 1933, don Josemaría fue a visitar al Obispo de Málaga en su domicilio madrileño en la calle Blanca de Navarra. “El Santo Prelado -escribía don Josemaría en sus {Apuntes íntimos} el 26 de mayo- fue cordialísimo. Puesta su mano sobre mi cabeza, por dos veces me dijo: 'ad robur', 'ad robur'... Me prometió orar por mí y me dio, al marcharme, un abrazo muy apretado”.

Ad robur, ad robur: fortaleza, fortaleza. La necesitaba de un modo especial para sacar adelante la tarea que Dios le había encomendado y superar las contradicciones y dificultades con las que se iba encontrando.


 

San Pedro Poveda
 

Una de las dificultades que debía resolver el joven Fundador del Opus Dei por aquellos años era la de encontrar una tarea apostólica en la diócesis de Madrid que le garantizase una estabilidad en esa ciudad, ya que seguía perteneciendo a la diócesis de Zaragoza, y comprendía que necesitaba pertenecer a la de Madrid para llevar a cabo la misión que Dios le pedía. Hacía gestiones por diversos lugares, sin fruto. En esa situación, una persona le sugirió que se pusiese en contacto con Mons. Ramón Pérez Rodríguez, Patriarca de las Indias Occidentales, que tenía como secretario, en palabras de Mons. del Portillo, a “un sacerdote santo, que murió mártir: don Pedro Poveda, fundador de las Teresianas”.

Comentaba el Siervo de Dios Álvaro del Portillo, durante un encuentro en Madrid con miles de personas, que don Josemaría “acudió al despacho de don Pedro, que en aquellos momentos era ya un sacerdote venerable, de mucha más edad que nuestro Padre. Ahora tienen la misma, porque están en el Cielo y son eternamente jóvenes”.

Durante esa entrevista don Pedro le sugirió:

-Podría usted pensar en el cargo de Capellán Palatino Honorario...

Era un cargo muy codiciado, que le concedía numerosos beneficios. Don Josemaría le preguntó:

-¿Pero eso me da derecho a incardinarme en la diócesis de Madrid?

-No, eso no, contestó don Pedro.

-Entonces -comentó- no me interesa para nada...

“En aquellos momentos fue un acto heroico de humildad -comentaba del Portillo- porque para muchos sacerdotes formar parte del clero de la Casa Real era toda una meta. Don Pedro quedó tan admirado de la reacción de nuestro Padre que a partir de entonces, nació entre los dos una gran amistad”. Por entonces, el Opus Dei, con su apostolado entre los hombres y entre las mujeres, era una realidad viva.

Una carta del 23 de junio de 1934 pone de manifiesto la hondura de la amistad que hubo entre estos dos santos Fundadores. Don Josemaría le escribía a un sacerdote conocido suyo y le aconsejaba: “Como D. Pedro Poveda que para mí es un Padre queridísimo, estará esta semana en León, él te orientará en cuestión de estudios: lo que diga D. Pedro lo suscribo yo”. Y encargaba a ese sacerdote que felicitase a Don Pedro por su onomástica y le dijese que, aunque no había de faltarle carta suya, “ese día de su santo celebraré la Santa Misa por la Institución Teresiana y por su Fundador”.


 

La Academia DYA
 

Estos dos santos, san Josemaría y san Pedro Poveda -unidos entre sí por una gran amistad, que el tiempo no haría sino agrandar-, habían recibido carismas diversos, y abrían dentro de la Iglesia caminos de santidad con personalidad propia.

El camino que Dios quería que abriera don Josemaría Escrivá en medio del mundo se dirigía a hombres y mujeres, casados y solteros, que se santifican en su propio trabajo profesional. En aquel momento don Josemaría no contaba con recursos humanos, ni materiales, ni económicos. A pesar de todo, se lanzó a poner en marcha, en 1933, la primera labor apostólica del Opus Dei: la Academia DYA.

Fue, al principio, una pequeña academia con clases para estudiantes de Derecho y Arquitectura. Luego se amplió y se convirtió en Residencia. Con las iniciales de esas dos carreras -Derecho y Arquitectura- se formó el nombre; aunque DYA admitía también otra lectura, más sobrenatural: Dios y Audacia.

Realmente, audacia humana y confianza en Dios no le faltaban. Deudas, tampoco: cuando le llegaba el dinero para pagar la factura de la luz, no le alcanzaba para la del teléfono. Aquello era una aventura. Para algunos, un disparate.

Sin embargo no desfallecía en la fe. Por eso concluía la carta a aquel amigo sacerdote en la que le aconsejaba que se pusiera en contacto con san Pedro Poveda, con un comentario lleno de fe y de confianza en Dios acerca del futuro de aquella Residencia que se convertiría en la primera labor corporativa del Opus Dei. “A fin de cuentas -concluía-, todo saldrá bien, porque no dejará de ayudarnos el Señor como siempre”.


 

La Madre Esperanza
 

Esa confianza plena en Dios en medio de las dificultades es una característica de las almas santas. Muy cerca de la Residencia DYA, situada en Ferraz 50, se encontraba el Colegio del Amor Misericordioso, en el nº 17 de la misma calle, dirigido por las Esclavas del Amor Misericordioso, fundadas por una mujer con fama de santidad, la Madre Esperanza de Jesús. Aquellas buenas religiosas se ocupaban -en aquellos tiempos de penurias económicas para don Josemaría- de todo lo concerniente al lavado de ropa de la Residencia.

Un día determinado de la semana dos religiosas acudían a la Residencia a entregar la ropa y a recibir la de la semana siguiente. Sor Presentación de Jesús, que conoció al Fundador en 1935, evoca su impresión de aquellas breves estancias: “El ambiente de la casa era de serenidad, de alegría, de piedad, de verdadera familia”.

Sor Presentación explica como en aquellos momentos las Esclavas del Amor Misericordioso atravesaban también un periodo difícil de su historia. “Nuestra Congregación -escribe- pasaba entonces por un momento de grandes dificultades y de incomprensión: hasta se le achacaba a nuestra Madre Esperanza de Jesús Alhama el haber fundado sin permiso del Ordinario del lugar y durante algún tiempo se la tuvo incomunicada.

Las entrevistas con don Josemaría le dejaban a nuestra Fundadora una gran paz. Como sucede siempre entre los santos, había entre ellos una gran corriente de comprensión y de aceptación plena de lo que el Señor les estaba pidiendo. (...) Los dos sufrían incomprensiones de los buenos y trataban de ayudarse a hacer fielmente lo que el Señor les había confiado, y de superar con buen humor, sin desfasarlas, las dificultades”.

A Sor Presentación le impresionó profundamente la piedad del Fundador del Opus Dei: “Las misas que celebraba eran algo especial; particularmente emocionaba cuando tenía la Santa Forma en la mano, y al alzarla, permanecía unos segundos mirándola con gran fe y diciéndole, indudablemente, palabras llenas de amor. Era muy amante de la Virgen: empezaba a hablar de Ella y no terminaba. Para él la Virgen era la Madre buena: la quería mucho”.

Recuerda Sor Presentación que durante esas conversaciones con la Madre Esperanza, don Josemaría le hablaba con gran amor de la Cruz: “La Cruz puede ser pesada -le decía- pero adelante, el Señor la llevó. Retroceder no es de santos; de santos es llegar al final: adelante. Un día sin Cruz es un día sin Dios”.


 

La guerra civil
 

Durante el verano de 1936 estalló la guerra civil española, que dividió al país en dos bandos irreconciliables y marcó un hito sombrío en la historia de las persecuciones contra la Iglesia. Sólo en un día, el 25 de julio, fiesta del Apóstol Santiago, fueron asesinados 95 eclesiásticos en toda España. Y en el mes de agosto la barbarie anticlerical se apoderó de las calles y pueblos: se cometieron 2.077 asesinatos -unos 70 al día- contra religiosos, religiosas y sacerdotes.

Varios años antes, don Josemaría y don Pedro habían conversado sobre el clima antireligioso que cobraba cada vez más fuerza en la vida del país. Concluyeron su conversación comentando que si los mataban a causa de la fe su amistad se haría aún más fuerte en el Cielo.

No fue un presentimiento vano. En la mañana del 28 de julio de 1936, en uno de los primeros días de la guerra, moría mártir san Pedro Poveda.”.


 

Josefa Segovia
 

Durante aquellos días de odio y violencia, el Fundador del Opus Dei tuvo que pasar, como la mayoría de los sacerdotes del país, por un largo calvario. Se vio obligado a refugiarse en sucesivos domicilios particulares, con peligro para su vida y para la de todos: en aquellas circunstancias, amparar a un sacerdote bajo el propio techo equivalía a firmar la propia sentencia de muerte.

Meses más tarde, en marzo de 1937, encontró asilo en la Legación de Honduras, donde permaneció varios meses. Estaba tan consumido por las penalidades sufridas, que cuando fue a visitarle su madre, al principio de su estancia en la Legación, no le reconoció: sólo advirtió quién era por la voz.

Por fin, en el mes de agosto obtuvo una documentación que le permitió circular con cierta libertad por Madrid y proseguir con su labor apostólica, aunque las circunstancias le exigieran confesar sin llamar la atención, dando un paseo -con peligro de su vida muchas veces-; o predicar un curso de retiro cambiando constantemente de sede, para no despertar sospechas. Atendió también a un grupo de religiosas que sufrían los efectos de la persecución.

Tras múltiples gestiones, decidió pasar al otro lado del frente a través de los Pirineos. Era una solución muy arriesgada pero que le permitiría seguir realizando la misión que Dios le había encomendado. El 19 de noviembre de 1937 emprendió, junto con otros jóvenes miembros del Opus Dei, la peligrosa travesía por las montañas.

Realizó la expedición bajo el mando de un guía de montaña. La marcha duró cinco noches con caminatas nocturnas que se prolongaron hasta el agotamiento.

Antes de pasar la frontera hacia España, a pesar del cansancio, don Josemaría quiso hacer una breve visita a la Basílica de Lourdes para agradecer a la Virgen que hubiesen llegado sanos y salvos. Luego pasó unos días en San Sebastián y en Pamplona, donde hizo unos ejercicios espirituales.

Josefa Segovia, que tras la muerte de san Pedro Poveda dirigía la Institución Teresiana, le contaba desde Salamanca a un miembro del Opus Dei, D. Ricardo Fernández Vallespín, estos sucesos en una carta del 13 de diciembre de 1937, en la que se hacía eco de otra carta que había recibido anteriormente: “¡pobres, cuánto han tenido que ofrecer al Señor! Ha llegado con tres muchachos y dice la carta '...venían deshechos, con unos pantalones de pana, un jersey azul, las botas destrozadas y delgadísimo -ha perdido 40 kilos; se salieron por Barcelona por los montes, durmiendo a veces sobre paja, a veces en el suelo, hambre, frío, lluvia, de todo... pero al fin aquí. Los llevamos a una pensión de muy buena gente y hoy 13 ha celebrado en esta capilla'. Dice también que irá dentro de dos o tres días a Pamplona y después se pondrá a disposición del Prelado de la Diócesis”.

A continuación, la cofundadora de la Institución Teresiana le proporcionaba una dirección donde le podía escribir, y concluía: “Doy gracias a Dios con Vs. por el incomparable beneficio, y espero se repondrá pronto para trabajar como tanto desea, mucho por la gloria de Dios”.

Pocos días después, el 17 de diciembre de 1937, don Josemaría escribía a Josefa Segovia comentándole su dolor por la muerte del Fundador:

“Jesús la bendiga.
No pensaba escribir hasta que pasara tiempo. ¡Tengo tantas cosas que deciros!
Pero no me sufre el corazón más espera, y ahí van estas líneas”.

Y prosigue luego, refiriéndose a la muerte de don Pedro:

“¡Qué alegría, después de la pena de perderlo -muchas lágrimas-, saber que sigue queriéndonos desde el cielo!: precisamente éste fue el tema de una de nuestras últimas conversaciones.
No sigo: muy agradecido, por todas las atenciones que conmigo y con los míos han tenido las vuestras desde que entré en España: son hijas de su Padre.
Mañana, en el Palacio de mi venerado y queridísimo Señor Obispo de Pamplona, comenzaré -solito- los Santos Ejercicios: pedid por mí.
No la olvida nunca, y la bendice
Josemaría
P.S. Este santo y queridísimo Señor Obispo tiene un gran cariño por la Institución Teresiana: hoy, a la hora del almuerzo, casi no hablamos de otra cos
a”.

La Sierva de Dios Josefa Segovia falleció santamente el 29 de marzo de 1957. El 10 de octubre de 1966 se inició su proceso de Beatificación.

Un mes más tarde, el 19 de enero de 1938, muy poco tiempo después de instalarse en Burgos, san Josemaría hizo un breve viaje a Palencia, donde visitó al beato Manuel González. Así queda recogido en sus Apuntes íntimos de aquel mismo día: “En Palencia: preguntando se va a Roma, y preguntando llegué al Palacio Episcopal. Cordialidad extremada y aquella exclamación de D. Manuel a su secretario, refiriéndose a mí: '¡es otro hombre!'. Desde luego, no me conocían”.

No era extraño que don Manuel, ahora obispo de Palencia, no le reconociera, al igual que le había sucedido meses antes a la propia madre del Fundador del Opus Dei al visitarle en la Legación: tanto habían castigado su semblante las penalidades de la guerra.

Durante el tiempo que pasó en Burgos, san Josemaría acabó la preparación de Camino, que había publicado en Cuenca en 1934 con el título de Consideraciones Espirituales. Algunos puntos de ese libro aluden a sus muchos amigos, como el punto 531 en el que evoca la devoción eucarística de don Manuel González:

“¡Tratádmelo bien, tratádmelo bien!”, decía, entre lágrimas, un anciano Prelado a los nuevos Sacerdotes que acababa de ordenar.

-¡Señor!: ¡Quién me diera voces y autoridad para clamar de este modo al oído y al corazón de muchos cristianos, de muchos!”.


 

En Madrid de nuevo
 

El 28 de marzo de 1939 el Fundador del Opus Dei pudo regresar por fin a Madrid, que mostraba por todas partes las huellas de la pasada guerra civil. Recomenzó de nuevo la labor apostólica y se puso en contacto con sus antiguos amigos, dispersados por la guerra.

“No volvimos a vernos hasta el año 1939 -recordaba García Lahiguera- recién terminada la guerra civil. Nos encontramos por las escaleras de las oficinas del obispado de Madrid. Nos saludamos cordialmente, y recuerdo que me conmovió el afecto fraternal que noté en él hacia mí. Su gran corazón y su enorme capacidad para la amistad y el cariño, hicieron que a las pocas palabras, se cerrase un paréntesis de varios años. Me volví a sentir tan próximo a él como después de aquella entrevista de febrero de 1932.

Al poco tiempo de este encuentro vino a verme a mi despacho de director del Seminario Mayor de Madrid. Esta vez vino a pedirme que le confesase, y yo, acostumbrado a confesar a muchos sacerdotes, no di mayor importancia a esa petición. Sin embargo, al terminar me pidió que le confesara toda las semanas. Me nombraba su confesor, a lo que yo accedí gustosísimo y vuelvo ahora a dar gracias a Dios Nuestro Señor, como he hecho en tantas ocasiones, por los muchos bienes que ha representado para mi alma ese frecuente contacto con el Fundador del Opus Dei”.

Se encontró de nuevo con la Madre Esperanza, que advirtió en su rostro también las huellas de los pasados padecimientos. “Lo encontramos mucho más delgado -escribe Sor Presentación, que acompañaba a la Fundadora-, con señales muy claras de haber sufrido mucho. Pero él con su buen humor le quitó importancia y dijo:

-Es que con mofletes no se puede ir al cielo; para subir allí hay que estar ligeros.

Íbamos a confesar con Don Josemaría algunas veces la Madre Esperanza de Jesús Alhama, la Madre Pérez de Molina -que después fue Secretaria General- y yo. Recuerdo que en la confesión era muy exigente, muy recto, pero muy padre. Seguía las inquietudes y las preocupaciones de cada alma, con una preocupación y una delicadeza exquisita. (...) Una de sus recomendaciones constantes era la de seguir fielmente el camino trazado por la Fundadora:

-Así no os perderéis. Ese camino no es un capricho, es la voluntad de Dios.

Respetaba todos los caminos que a Dios conducían.

-Vdes. tienen una vocación maravillosa: recoger pobres. A mí el Señor me ha pedido una cosa diferente: trabajar en medio del mundo, en la entraña de esta sociedad que hay que santificar. Tenemos que encomendarnos para que Vds. y yo sepamos hacer lo que el Señor espera”.


 

Eladio España
 

Mientras tanto, Dios iba bendiciendo con abundantes frutos la labor apostólica del Opus Dei: en 1939, al finalizar la guerra civil española, el único centro del Opus Dei estaba destruido; seis años más tarde, en 1945, ya existían centros en Madrid, Barcelona, Bilbao, Sevilla, Granada, Zaragoza, Valladolid, Santiago de Compostela y Valencia.

En Valencia estaba otro amigo de don Josemaría, el Siervo de Dios don Eladio España, que residía en el famoso Colegio del Patriarca, muy cerca de la Universidad. Para muchos universitarios valencianos la figura de don Eladio era especialmente entrañable: les bastaba atravesar la calle de la Nave para encontrarle en el primer confesionario de la Capilla, entrando a mano derecha, o en su despacho, donde aguardaban habitualmente un buen número de chicos jóvenes para confesarse con él. Día tras día, allí estaba don Eladio, con su balandrán negro y su bonete, incansable, confesando durante horas y horas, dirigiendo espiritualmente a cientos de chicos.

De esas confesiones salieron muchas vocaciones para toda la Iglesia; y algunas para el Opus Dei, que sentía como algo propio. En aquel tiempo rezaba especialmente por el desarrollo de la labor en un centro del Opus Dei de la calle Samaniego, la primera labor apostólica que había promovido su amigo Josemaría en la capital levantina.

Desde que se conocieron nació entre don Josemaría y don Eladio una profunda amistad, tejida de afanes apostólicos, de ilusiones sobrenaturales, de alegrías y también de dolores, como se refleja de la carta que le envió don Josemaría el 30 de abril de 1941, en la que le contaba su dolor por la muerte de su madre, que tanto le había ayudado mucho en los comienzos de la labor apostólica: “Tengo muchas ganas de verte y charlar sin prisas -le escribía-. Es muy dura para mí la separación de mi madre, y a la vez es muy consoladora: porque nos ayudó con tanto cariño y tanta comprensión que ya habrá recibido de Dios nuestro Señor su recompensa”.


 

Algo se muere en el alma

 

“Algo se muere en el alma...”, canta la canción andaluza, evocando uno de los dolores mayores del alma humana: la pérdida de un amigo. El Fundador del Opus Dei experimentó ese dolor en muchas ocasiones: habían muerto, durante la guerra y en los años inmediatos, san Pedro Poveda, un pariente lejano suyo, Mons. Cruz Laplana, obispo de Cuenca, y otros muchos sacerdotes amigos, como don José María Somoano, en 1932 o don Lino Vea Murguía a comienzos de la contienda... En 1940 murió también don Manuel González, en olor de santidad. Y tres años más tarde ese dolor se redobló: Isidoro Zorzano cayó enfermo de un mal que los médicos consideraron mortal a breve plazo: linfogranulomatosis maligna.

Don Josemaría pasó mucho tiempo a la cabecera de aquel hijo suyo, uno de los primeros miembros del Opus Dei. Dios se llevaba de su lado a un hombre bueno y fiel en el momento que más lo necesitaba. Aceptaba esa Voluntad divina, aunque le costaba: Dios sabía más.

En la primavera de 1943 Isidoro esperaba ya la muerte, y el 15 de abril, Viernes de Dolores, creyó que ya había llegado su hora. Vino don Josemaría y le administró la Extremaunción, pero el peligro pasó muy pronto. Isidoro siguió rezando, con la misma serenidad de siempre y ofreciendo todos sus dolores por la Iglesia, por el Opus Dei, por los primeros sacerdotes del Opus Dei, cuya ordenación sacerdotal ya se acercaba. Al ver su alegría y su abandono en las manos de Dios, le dijo don Josemaría: “Mira, hijo, le pido al Señor que me dé una muerte como la tuya”.

Isidoro murió, con una gran paz, el 15 de julio de 1943, víspera de la Virgen del Carmen, a las cinco de la tarde. “Conviene obedecer al Señor -fueron casi sus últimas palabras-, dejar todo e irse a los 40 años, cuando habría aún tanto que hacer. Es como hacer un viaje, cambiar de casa, ser trasladado de un sitio a otro. Aunque sólo fuera para obtener esta paz a última hora, vale la pena hacer lo poco que hacemos por el Señor”. Por la noche uno de los que le acompañaban, escribió: “Pasó inadvertido. Cumplió con su deber. Amó mucho. Estuvo en los detalles. Y se sacrificó siempre”.


 

Días de incierta fortuna
 

Aquellos años, en los que la Obra se extendía por diversas ciudades de España, fueron particularmente duros para el Fundador del Opus Dei: tuvo que sufrir difamaciones por parte de personas que no entendían su mensaje de santidad en medio del mundo, y se contaban de él todo tipo de patrañas: “Me hablaba -recordaba García Lahiguera- de las contradicciones que tuvo que sufrir (...), tan duras, tan injustas, tan dolorosas; me las daba a conocer sin el menor dramatismo; las objetivaba de tal manera que yo podía darles la importancia que tenían en sí, ni más ni menos. Nunca se presentaba como víctima. En realidad (ya entonces yo me daba cuenta, y ahora, con la perspectiva que dan los años, aún lo veo con más claridad) la grandeza de alma de D. Josemaría le hacía estar muy por encima de tantos dimes y diretes, aunque no por eso dejase de sufrir, pero más por la ofensa a Dios que representaba el hecho de que le calumniasen y por el daño que podría ocasionarse a las almas, que por sentirse él herido personalmente.

Por el trato con el Obispo de Madrid, yo me daba cuenta de lo que estaba pasando, de dónde venían aquellos injustos ataques y podía valorar cuánto tenían que hacerle sufrir. Y sin embargo, nunca le oí una palabra de mal humor, ni frases hirientes, ni siquiera quejas”.

Y concluye García Lahiguera, con un comentario que es un lección magnífica de lealtad en la amistad:

“Yo tuve la precaución de no ser curioso; no era mi papel, ni tenía por qué meterme a investigar; quería respetar delicadamente su conciencia. Cumplía con mi deber de buen amigo sacerdote, atendiéndole en lo que estaba en mi mano, ayudándole, aconsejándole como mejor sabía. Cuando me enteraba de episodios y comentarios, de habladurías -sobre todo si eran calumniosas, y aunque carentes de todo fundamento, podían atentar a la fama de alguien-, guardaba un prudente silencio y no los comentaba con D. Josemaría: en nuestras conversaciones, tan llenas de sentido sobrenatural, no había cabida para las chismorrerías. Como antes decía, yo intuía que, aún sufriendo, D. Josemaría estaba por encima de esas malevolencias”

Le sucedía a san Josemaría lo mismo que a otros muchos santos de la Iglesia, como san José de Calasanz, san Francisco de Sales, san Juan Bosco o san Antonio María Claret: que habían gentes que no entendían -o que no querían entender- lo que predicaba y lo torcían hasta deformarlo. No había jornada que no llegaran a sus oídos nuevas patrañas; hasta tal punto que muchos días por la mañana le preguntaba a Álvaro del Portillo -uno de sus más fieles colaboradores desde los años treinta-: “Álvaro, ¿desde dónde nos calumniarán hoy?”.

Lo curioso es que algunas de esas maledicencias estaban promovidas por personas de fe, que pensaban que actuaban rectamente y que prestaban un servicio a Dios: putantes se obsequium prestare Deo, como se lee en la Escritura. Aún más: muchas estaban convencidas de que agradaban a Dios con ese modo de actuar.

Su reacción ante esas maledicencias fue siempre la misma: perdonar. “Sabía perdonar siempre -comenta Sor Presentación, que experimentaba también, junto a la Madre Esperanza, las incomprensiones de personas buenas en carne propia-. Alguna vez mencionó que encontraba incomprensión en algunos sacerdotes, pero nunca señaló nombres y siempre decía que, indudablemente lo hacían con buena voluntad. Era incapaz de hablar mal o de no querer a alguien. Su caridad destacaba notablemente. (...) Otra virtud que derramaba en torno suyo era la alegría. Todo el que se acercaba a él, a través de su palabra alentadora y de su ejemplo, se sentía contagiado de esa virtud tan atractiva y con un hondo sentido sobrenatural, ya que la apoyaba en saberse hijo de Dios: siempre estaba alegre”.

Amicus certus in re incerta cernitur, decían los latinos: el verdadero amigo se conoce en los días de incierta fortuna. En medio de aquel contraste de luces y sombras, de calumnias y contradicciones, no le faltaron al Fundador del Opus Dei sus mejores amigos. Uno de ellos, García Lahiguera, se había convertido -y lo sería hasta 1944- en su confesor. Y el obispo de Madrid, don Leopoldo Eijo y Garay, que le había apoyado desde los comienzos de la labor, y que quiso aprobar el Opus Dei como Pía Unión el 19 de marzo de 1941, le defendía y animaba constantemente en medio de aquella tormenta.

A esos hechos alude don Eladio España, gozoso y divertido, años más tarde, en la carta de felicitación que le escribe a su amigo Josemaría el 17 de marzo de 1945: “En medio de la jarana y estruendo que están metiendo estos valencianos con motivo de las dichosas fallas de S. José, quiero dedicarte unos minutos para que veas que ocupas un rinconcito en mi corazón. No olvido que celebras tu Santo Patrón en el día del Santo del silencio, del Santo de la unión con Jesús, del Santo de la vida oculta.

Tampoco he olvidado que ese día es el aniversario de una fecha muy cercana todavía en que me llamaron por teléfono desde la calle Samaniego para decirme que el Sr. Obispo de Madrid había aprobado la Obra y que por tanto desde ese día el OPUS era verdadera y oficialmente Dei.

No sospechábamos entonces que las cosas irían tan deprisa, ¿verdad? Pero Dios hace las cosas como quiere y cuando quiere y se ríe de las trazas de los hombres”.


 

Con Sor Lúcia
 

Dios hace las cosas como quiere y cuando quiere: el Fundador del Opus Dei tuvo oportunidad de comprobarlo muchas veces a lo largo de su vida. Por ejemplo, en su primer viaje a Portugal, en febrero de 1945, se encontraba en Tuy, una ciudad gallega situada junto a la frontera portuguesa, donde vivía su amigo Fray José López Ortiz, obispo de aquella diócesis, y donde se encontraba también Sor Lúcia, una de las videntes de Fátima, que era entonces religiosa dorotea.

El Fundador del Opus Dei había pensado comenzar la labor apostólica en Portugal, aunque no de modo inmediato. Pero Sor Lúcia le insistió para que realizase su primer viaje a aquel país.

Tras una primera conversación tuvieron un segundo encuentro en el que, como recordaba don Josemaría, “volvió para decirme que el Opus Dei tenía que ir a Portugal. Le contesté que no teníamos pasaporte, pero ella respondió: eso lo arreglo yo enseguida. Llamó por teléfono a Lisboa y nos consiguió un documento para pasar la frontera.

No hablamos para nada de las apariciones de la Virgen; nunca lo he hecho. Es una mujer de una humildad maravillosa. Siempre que la veo, le recuerdo que tiene una buena parte en el comienzo de la labor de la Obra en Portugal”.

Tras esa conversación, recordaba el secretario de cámara del Obispo de Tuy, “el Padre tuvo uno de estos detalles afectuosos y simpáticos que le eran habituales: le preguntó a la vidente si quería alguna cosa para su familia, a la que veríamos poco después. Sor Lúcia no quería nada, pero recuerdo que compramos unos panes -entonces algo muy cotizado- y se los llevamos. Cuando regresamos de Portugal, Sor Lúcia quiso ver al Padre, de nuevo, para agradecérselo”.

Don José María García Lahiguera recalcaba este mismo aspecto, amable y cordial de la personalidad de su amigo, con una anécdota de aquella misma época: “Era el año 1945 -cuenta- y yo tenía que ir a dar unos ejercicios espirituales a los profesores de la Universidad Pontificia de Salamanca, por encargo del Obispo de entonces, el P. Barbado, dominico.

Coincidió que el Padre, no sé por qué razón, debía ir también a Salamanca y me llevó en coche; además del que conducía venía también D. Álvaro. Tuvimos que salir un poco tarde, y además las carreteras de entonces no eran fáciles. Josemaría puso, sin embargo, una nota de alegría que pronto nos contagió a todos. Recuerdo que pasó buena parte del viaje cantando con su voz bien timbrada y un excelente oído musical. Sus canciones no era religiosas, ni tampoco callejeras, sino del folklore popular español. Yo, como músico, iba gozando. Recuerdo aquel viaje, ahora que han pasado tantos años, como una de esas situaciones que pudiendo haber sido molestas o pesadas, se convirtió en uno de los momentos gratos de la vida, que no se olvidan jamás”.

Concluía su evocación de aquel viaje con un retrato breve de su amigo Josemaría: “Era ponderado, sabía escuchar; era comprensivo y tenía una enorme rectitud de juicio en todas las cosas, enfocándolas con una gran visión sobrenatural”.


 

El Cardenal Schuster
 

Hay amigos de diversos tipos: amigos de la infancia, “amigos de siempre”; amigos con los que compartimos las horas cotidianas de nuestra vida; amigos con los que coincidimos en un viaje o en un momento muy singular; y amigos con los que quizá hay poco trato, porque viven en otra ciudad o en otro país, pero que intervienen en un momento decisivo y certero de nuestra existencia, proporcionándonos con su amistad una ayuda impagable.

Uno esos amigos, “amigos de los momentos difíciles”, en la vida del Fundador del Opus Dei fue el santo Cardenal de Milán, el benedictino Alfredo Ildefonso Schuster, que sirvió de instrumento para que Dios pudiera reírse de nuevo -parafraseando las palabras de don Eladio- de las trazas de los hombres.

Aunque el Cardenal Schuster conocía relativamente poco al Fundador del Opus Dei, por ese peculiar “sexto sentido” que poseen las almas santas, desde que se conocieron había visto en él a un hombre de Dios, y había ayudado eficazmente en los primeros pasos de la labor apostólica de la Obra en Milán. No les faltó a los primeros del Opus Dei que llegaron allí, en unos momentos de casi total carestía, la mano generosa del santo Cardenal.

El Fundador tenía noticia de que algunos males se cernían sobre el Opus Dei. Y un día de verano de 1951, durante una visita que hicieron varios miembros del Opus Dei al Cardenal de Milán, éste les preguntó:

-¿Cómo está el Padre?

-Muy bien, le dijeron.

-¿No tiene ahora una especial contradicción, una Cruz muy fuerte?

-Pues si es así -le comentaron- estará muy contento, porque siempre nos ha enseñado que si estamos muy cerca de la Cruz, estamos muy cerca de Jesús.

Tiempo después le contaron esa entrevista con el Cardenal a Mons. Escrivá, que confirmó sus presentimientos: “Está pasando algo; no sé lo que es, pero algo está sucediendo”.

En medio de esta situación de incertidumbre don Josemaría reaccionó como era habitual en él: acudió al Cielo por la intercesión de la Madre de Dios, la Omnipotencia Suplicante que todo lo puede; rezó e hizo rezar; se mortificó y pidió oraciones y sacrificios por una intención por la que suplicaba constantemente con una jaculatoria: Cor Mariae dulcissimum, iter para tutum! Corazón dulcísimo de María: prepáranos un camino seguro. En agosto de aquel mismo año viajó hasta Loreto, donde el día 15 consagró el Opus Dei al dulcísimo Corazón de María, para que conservase firme y seguro el camino de la Obra.

En enero de 1952 el Cardenal hizo llegar de nuevo la voz de alarma al Padre:

-Decidle que se acuerde de su paisano, San José de Calasanz, y... que se mueva.

Don Josemaría comprendió al fin: a San José de Calasanz, ya muy viejo, le habían acusado falsamente ante la Inquisición romana y le habían arrinconado, a pesar de ser el Fundador. Gracias a las sugerencias del Cardenal se pudieron atajar aquellos ataques externos a la institución y se evitó aquel gran mal que se cernía sobre el Opus Dei.

Pocos años después, en la madrugada del 30 de agosto de 1954, moría en Milán el anciano Cardenal, con fama de santidad.


Estas son algunas de las amistades de san Josemaría Escrivá. A lo largo de su vida siguió cultivando esa amistad con cartas y visitas, y cuando la ocasión lo requería, con regalos de buena amistad. Mons. García Lahiguera recordaba el Lignum Crucis que le regaló con motivo de su consagración episcopal: “fue una prueba más de su agradecimiento y cariño hacia mi persona ya que sabía que yo apreciaba este obsequio, y demostraba con ello su amor y veneración por la Santa Cruz”.

A su muerte dejó una larga correspondencia con todos ellos, a los que trataba con cordialidad y sencillez. Y siempre que podía -como hacía con Sor Lúcia con motivo de algún viaje a Portugal- les iba a visitar.

Naturalmente este pequeño haz de amigos son sólo una muestra -elocuente y significativa- de las numerosísimas personas que trató a lo largo de su vida, y con las que hizo un intenso apostolado.

“Amistad y apostolado -escribía el Cardenal Hensbach, Obispo de Essen-: para Mons. Escrivá estas dos palabras formaban una sola realidad. No conocía diferencia alguna entre amistad y apostolado. Le era extraño el denigrar lo uno convirtiéndolo en instrumento de lo otro. Eso contradeciría radicalmente la esencia de la amistad y la esencia del apostolado. El amaba real y verdaderamente a las personas por amor de Cristo. Por eso nada había que deseara más que el hacer posible que cada uno encontrara a Jesucristo. De este modo su apostolado pasaba a ser una prueba de su amistad: lo llamaba “el apostolado de amistad y confidencia”. Por el contrario, cualquier empeño apostólico sin un cariño verdadero estaba condenado radicalmente al fracaso. La amistad y el apostolado: para el Fundador del Opus Dei eran las dos caras de la misma moneda”.

De entre esos numerosísimos amigos hemos escogido aquí una muestra muy singular: sólo aquéllos -y la relación no es exhaustiva- que fallecieron con fama de santidad o que recibieron, como Sor Lúcia, gracias muy singulares de Dios.

No es extraño que surgiera la amistad entre estos hombres y mujeres: el bien es difusivo; santidad llama a santidad. Esa santidad hacía que estos hombres y mujeres, de mentalidades tan distintas, vibrasen al unísono, movidos por un mismo diapasón: el amor a Dios. “Era un alma llena de amor a Dios -escribía Sor Lúcia- a Nuestra Señora, a la Santa Iglesia, al Santo Padre y a las almas, a las que intentaba salvar por todo los medios a su alcance”.

No es extraño que tras la muerte de estos hombres y mujeres de Dios -todos han fallecido- tantas personas acudan a su intercesión. Unos acudirán sólo para pedirles favores; pero muchos otros, pienso, lo harán también porque con el trato siempre se acaba pegando algo: “Dime con quién andas -recuerda el refrán- y te diré quién eres”. Y estos hombres y mujeres pasaron por este mundo profundamente unidos a Dios. Eran grandes amigos de Jesucristo.

“D. Josemaría trataba a nuestro Señor Jesucristo -concluía García Lahiguera- como a su gran amigo, con aquel corazón suyo en el que quedaba tan perfectamente conjugado lo divino con lo humano. Y esta última consideración me lleva a resumir todo lo dicho, afirmando que el Padre era un enamorado de Jesucristo, y contemplando su vida, como yo la conocí a lo largo de tantos años, más de cuarenta, puedo terminar diciendo -en todo sometiéndome al juicio de la Iglesia- que Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás fue un santo; esto es, un hombre entregado, como los santos, a Dios y a las almas, colaborando en todo momento con Dios en la obra de santificación de esas almas. Un sacerdote “semper et ubique”, solo sacerdote, en todo sacerdote, siempre sacerdote”.

José Miguel Cejas