Piedras de escándalo----

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Piedras de escándalo. III

de José Miguel Cejas

Capítulo I: contradicciones de los santos en la historia
Capítulo II: la "contradicción de los buenos"
Capítulo III: la incomprensión de los eclesiásticos
Capítulo IV: denuncias de los santos ante los tribunales
Capítulo V: acusaciones de ex-miembros
Capítulo VI: relaciones con el poder público
Capítulo VII: actitudes ante las vocaciones jóvenes
Capítulo VIII: carácter y personalidad de los santos

Capítulo III: la incomprensión de los eclesiásticos


Dificultades específicas

Como consecuencia de la "contradicción de los buenos", en algunas ocasiones determinados miembros de la Jerarquía, mal informados sobre la actuación de los hombres de Dios, o influidos por algunas campañas denigratorias promovidas contra ellos, han puesto notables inconvenientes para el desarrollo de sus labores apostólicas.

Podrían citarse, entre otros muchos ejemplos, las dificultades que tuvieron que superar santa Teresa, san Juan de la Cruz, san José de Calasanz, san Juan Bosco, san José Benito Cottolengo, santa María Micaela, san Josemaría Escrivá,... La lista es amplísima y nos referiremos sólo a algunos ejemplos significativos.

 

Si sabiendo lo que ahora sé...

San Juan Bosco, Fundador de la Sociedad Salesiana, se encontró, como tantos otros fundadores, con la urgente necesidad de encontrar colaboradores fijos para su labor apostólica. Concentró entonces sus energías -como señala Pietro Stella-, en la formación "de los jóvenes que frecuentaban su instituto en días festivos o que estaban allí acogidos como alumnos internos. Formó el primer núcleo de salesianos en privado el 26 de enero de 1854, pero sólo el 9 de diciembre de 1859 anunció públicamente su deseo de constituir una Congregación religiosa, fortalecido por el consejo recibido en audiencia privada de Pío IX, en abril de 1858"

Don Bosco educaba "con un optimismo radicado en la certeza de que Dios providente guiaba tanto la suerte de la Iglesia en los tiempos que aparecían sumamente borrascosos, como también a él mismo y a su obra. Con resolución vivió e hizo vivir su fe cristiana, seguro de que respondía de lleno a las aspiraciones humanas.

”Se hizo promotor de la Confesión y Comunión frecuentes, del rezo del Rosario a la Virgen, de la música sacra, del teatro recreativo y sagrado, de la prensa religiosa popular. De modo que la religión entró en su sistema educativo y pastoral como fin y como instrumento, elemento fundamental de la pedagogía y de la metodología pedagógica".

Educaba también a sus colaboradores en un espíritu de libertad, que no dejaba de extrañar a algunos, como cuenta Gustavo Martínez Zuviría, bajo el pseudónimo de Hugo Wast, en su popular biografía sobre el Santo:

"-¿Cómo les enseña a enseñar? -le preguntaban. Y él, con su frescura habitual, respondía:

-Los echo al agua, y así aprenden a nadar" .

 

Nuevos conflictos

Al Arzobispo de Turín, Mons. Ricardi, no le convencía demasiado aquel sistema, porque pensaba que esos futuros sacerdotes, volcados en sus tareas pedagógicas, acabarían descuidando sus estudios de Teología. Determinó por tanto que todos los colaboradores de don Bosco que siguieran la carrera eclesiástica, estudiaran en su Seminario; y que los que eran ya sacerdotes, fueran a perfeccionarse en el Convictorio.

La decisión del Arzobispo significaba en aquellos momentos, en la práctica, un golpe de muerte para la obra sa lesiana, que se encontraba en un momento decisivo de crecimiento, ya que don Bosco necesitaba urgentemente de esos brazos para educar a millares de alumnos. Aquella labor apostólica, sin unos sacerdotes que la atendieran debidamente, no podría cuajar.

Fue a ver al Arzobispo y le suplicó que cambiara de actitud. Ricardi se negó, y la situación se complicó aún más: otros Obispos le reclamaron a don Bosco los clérigos, que colaboraban con él, y le ordenaron que regresaran a sus respectivas diócesis.

"En mis escuelas -pedía don Bosco- se despiertan muchas vocaciones sacerdotales. La gran mayoría se dispersan por todas las diócesis del Piamonte. Sólo unos cuantos quedan conmigo. ¡Dejádmelos pues, a cambio de los que os doy!".

El Obispo no escatimaba sus elogios por la obra de don Bosco; pero se mostraba intransigente en este punto: no aceptaba que esos sacerdotes se preparasen fuera de los muros del Seminario. Don Bosco quería que se formasen a su lado, para infundirles su espíritu, conforme a unos planes de enseñanza propios. Pero el Obispo pensaba que aquella enseñanza sería notoriamente más pobre que la que se le podía dar en las aulas del Seminario, enriquecidas por siglos de experiencia.

Además, ¿y si en el futuro algunos dejaban de ser salesianos?, argumentaba el Prelado. Se vería dispuesto a acoger en su diócesis a unos sacerdotes poco doctos sin haberlos podido formar convenientemente. Por lo tanto...

Un Obispo amigo de don Bosco, Mons. Gastaldi, intercedió para que pudiesen ordenarse tres sacerdotes. Pero el Obispo de Turín siguió inflexible y no cambió de actitud ni siquiera cuando trece novicios salesianos se presentaron a sus exámenes de Teología en el Seminario y obtuvieron unas calificaciones excelentes.

Al final don Bosco se vio obligado a ceder, y envió sus novicios al Seminario. El resultado no pudo ser peor: "De diez estudiantes míos en Teología -le escribía a Pío X- que han frecuentado los cursos del Seminario, no me ha quedado uno solo en la Sociedad".

"El conflicto no tenía otra solución -escribe Wast- que el que la Santa Sede aprobase definitivamente las reglas de la Pía Sociedad salesiana, dándole vida independiente de los Obispos diocesanos, y, sobre todo, la facultad preciosísima de las dimisorias, esto es, acordando al Superior diocesano el derecho de conceder a los clérigos que hubieran concluido sus estudios, letras habilitantes para recibir de cualquier Obispo católico las órdenes menores y mayores".

El Santo no tuvo otra solución que apelar a Roma. Tenía en su poder numerosas cartas laudatorias de Obispos que conocían de cerca el instituto salesiano, escritas por los Cardenales Arzobispos de Pisa, Ancona, Fermo; los Arzobispos de Lucca y Génova; los Obispos de Alejandría, Novara, Susa, Mondovi, Albenga, Guastalla...

Pero a Roma llegaban también opiniones contrarias acerca de su Instituto y por si fuera poco, Mons. Svegliati, Secretario de la Congregación de Obispos y Regulares, que estudiaba el asunto, era un decidido adversario de don Bosco. Este eclesiástico consideraba que aquel proyecto albergaba demasiadas novedades; opinaba que había excesiva "democracia" en los colegios; estudios deficientes...

Pidió un informe secreto a Mons. Torlone, encargado oficioso de la Santa Sede ante el Gobierno italiano, que residía en Turín, y éste le confirmó en sus opiniones.

Aquel informe fue un golpe mortal: el 2 de octubre de 1868, Mons. Svegliati le comunicó a don Bosco que ni le aprobaban sus reglas ni le concedían las facultades que solicitaba. El Santo aceptó aquella decisión humildemente, y se encontró de la noche a la mañana con miles de niños a su cargo, y en un callejón sin salida. "¡Si, sabiendo lo que ahora sé -comentaba años más tarde-, tuviese que recomenzar el trabajo de fundar la Sociedad, no sé si tendría valor para ello!" .

Volvió a intentar, lleno de fe en Dios, que le concedieran lo que pedía y en enero de 1869 viajó de nuevo a Roma para tantear el terreno. "Era demasiado cierto -escribe en una Memoria- que muy pocos Prelados me secundarían. Todos estaban fríos, desconfiando del éxito, y las personas más influyentes me eran hostiles. Habían llegado a Roma cartas muy contrarias a la Pía Sociedad... Vi que era necesario un verdadero milagro para cambiar los corazones... Cada palabra de nuestras pobres reglas suscitaba una dificultad insuperable. Pero yo confiaba en la Virgen y en las oraciones que se hacían en el Oratorio...".

Hizo falta, efectivamente, que por intercesión de la Virgen se produjeran varios sucesos milagrosos -la curación repentina de un niño gravemente enfermo, sobrino del Cardenal y la remisión espontánea de varias enfermedades de algunos eclesiásticos muy influyentes- para que el 19 de febrero de 1869 el Papa se decidiese a aprobar la Pía Sociedad Salesiana y, con ella, la facultad de conceder las dimisorias.

A fines de 1870 falleció Mons. Ricardi y, mientras se deliberaba quién podría ser su sucesor, don Bosco acudió al Papa para decirle que aquel buen amigo suyo, Mons. Gastaldi, sería una persona idónea para ocupar el puesto. Don Bosco y Gastaldi se conocían desde hacía veinte años y gozaban de una gran amistad; hasta tal punto que Gastaldi había pedido a su propia madre que reemplazara a la madre de don Bosco, Mamá Margarita, tras su muerte, el cuidado de los biricehini, los chicos que atendía don Bosco. Gastaldi era un hombre bueno y piadoso, apasionado por la jerarquía y la disciplina, aunque quizá excesivamente impulsivo y dominante...

-"¿Vos lo queréis? -le dijo el Papa a don Bosco- ¡Sea!"

"Yo no confié bastante en la Providencia, cuando quiso poner medios humanos para facilitar mi obra" -comentaría don Bosco años más tarde-. Y escribió en otra ocasión: "Si debo decir lo que pienso, creo que el demonio previó el bien que monseñor Gastaldi habría podido hacer a nuestra Congregación, sembró cizaña secretamente, y consiguió que cundiera. Perturbación inmensa, chismes y comentarios; disminución de sacerdotes, disgustos graves al mismo monseñor que, por treinta años, fue mi mejor confidente."

Una vez nombrado, el nuevo Arzobispo comenzó a tomar en su diócesis determinaciones de una gran severidad. Una de ellas afectó especialmente a don Bosco: fue la suspensión a divinis de su viejo profesor del Seminario, don Calosso, un anciano sacerdote que cuando se vio en aquella situación acudió a don Bosco, que lo alojó en un colegio que tenía en Alassio.

Relación con el Arzobispo

La actitud comprensiva de don Bosco hacia don Calosso comenzó a envenenar las relaciones entre el Arzobispo y el Fundador. Y además, poco tiempo después de acceder al episcopado, Gastaldi se encontró sumergido de repente, como apunta Wast, en un entorno que propiciaba una atmósfera hostil a don Bosco. "¿Temía, tal vez, el Arzobispo -se pregunta don Rúa, primer sucesor de don Bosco, hoy también en los altares- que se creyese que, habiendo sido promovido a la diócesis de Turín por obra de don Bosco, se dejase guiar por él? Hubo quien lo supuso. ¿Temía, quizá, que don Bosco atrajese a su naciente Congregación jóvenes estudiantes de la carrera eclesiástica con perjuicio de los seminarios diocesanos?".

No lo sabemos. Lo cierto es que a los pocos meses el Arzobispo de Turín adoptó la misma postura contraria ante don Bosco que su predecesor. Y comenzó una larga historia de incomprensiones. Mons. Gastaldi se opuso decididamente al proyecto del Seminario de vocaciones tardías que don Bosco había emprendido con el aliento del Papa; lo prohibió en su diócesis; retrasó tres años la aceptación de las dimisorias para la ordenación de nuevos sacerdotes salesianos y puso todos los inconvenientes posibles para que se llevasen a cabo esas ordenaciones.

En esa situación, totalmente inesperada, don Bosco acudió de nuevo a la Congregación de Obispos y Regulares pidiendo que se le concedieran los privilegios sobre este particular de los que gozaban algunas congregaciones. Pero, a pesar de que el Papa se mostraba favorable, los ánimos se encontraban divididos en torno a esa cuestión. Acudió a la comisión de Cardenales. Y mientras se deliberaba el caso, uno de los Cardenales más influyentes, Mons. Bizzarri, recibió esta carta de Mons. Gastaldi:

"Espero que la Sagrada Congregación, antes de conceder al señor don Bosco lo que pide en perjuicio de los Obispos, tendrá la bondad de hacerme conocer su petitorio para formular mis observaciones.

"El espíritu de independencia, casi diré de superioridad que el señor don Bosco viene desplegando hace años contra el Arzobispo de Turín..., si fuese apoyado con nuevos privilegios contrarios a mi jurisdicción, acrecentaría mis disgustos y tribulaciones.

"Si el señor don Bosco ha merecido y merece bien de la Iglesia, yo pienso no haber desmerecido, y no veo por qué se le deben conferir privilegios que importarían castigo para mí.

"Y si se le han de conferir, en daño de mi jurisdicción, aguárdese al menos mi muerte, que no tardará mucho, o déseme tiempo de retirarme de este puesto."

 

Tensiones

Esa carta ponía de manifiesto que las tensiones entre el Arzobispo y el Santo habían llegado a su punto álgido; lamentablemente, habían trascendido a la prensa y se comentaban en los corrillos clericales. Y un día explotaron: la espoleta fue la, negativa del Arzobispo a darle las licencias a don Bosco para renovar su patente de confesar.

No era un episodio desconocido en la vida de la Iglesia. También san Felipe Neri se había visto desposeído de esta facultad por el Cardenal Vicario de Roma". Don Bosco reaccionó con humildad, al igual que san Felipe, pero comprendió que tras esta decisión, su situación al frente de una Congregación se volvía insostenible; al menos, en Turín. Decidió irse al Seminario que regía don Bonetti.

"Mañana me alejo de Turín -escribió al Arzobispo en las Navidades de 1875- para eludir el responder a las preguntas que ya se me hacen acerca de esto. Ahora le ruego humildemente que quiera renovarme la facultad para evitar comentarios y escándalos; y como la medida adoptada supone grave motivo, siendo un pobre sacerdote, Superior de una Congregación definitivamente aprobada y nombrado por la Santa Sede misma, le suplico respetuosamente que se digne enmendar cualquier yerro en que hubiese incurrido".

Ante el Papa

Mientras tanto don Bonetti había escrito directamente al Papa: "Vuestra Santidad -le expuso que conoce plenamente la virtud de mi superior, puede imaginarse si' será capaz de cometer un delito que merezca pena tal, como sólo se inflinge a los sacerdotes más escandalosos."

No fue necesaria la intervención del Papa, ya que el Arzobispo, al recibir al carta de don Bosco, le concedió de nuevo las facultades. Pero aquello era sólo una tregua en el combate. Siguieron circulando por los despachos de la Curia Romana informes profundamente negativos sobre los salesianos: se les tachaba de altaneros, de ignorantes, rebeldes... Se advertía la labor callada del Arzobispo, dolido por no dominar a su antojo los destinos de la Congregación.

-¡Qué le vamos a hacer! -comentaba don Bosco-. El Arzobispo quiere mandar en la Congregación y esto no es posible.

Tras un breve período de calma las aguas volvieron a alterarse con la aparición de cuatros libros anónimos en los que se criticaba duramente la figura del Arzobispo. Uno se titulaba Pequeña muestra de las doctrinas de monseñor Gastaldi; otro La cuestión rosminiana. Nadie dudó -comenzando por el propio Arzobispo- que don Bosco los había promovido para desacreditarlo.

"Solamente a los años -explica Wast- se ha sabido que el padre Ballerino, jesuita, y el canónigo Anfonsi, antiguo salesiarso, eran los autores de los dos referentes a la filosofía de monseñor". Otro era de un tal Turchi. El autor del cuarto permanece en el misterio.

Tiempo más tarde don Bosco se enteró en Roma que el Arzobispo intentaba promover un proceso contra él. Rompió entonces su silencio y envió una larga exposición de hechos a la Congregación de Cardenales:

"Hace más de diez años que el suscripto y la Congregación Salesiana sufren vejaciones graves por parte del Obispo de Turín monseñor Lorenzo Gastaldi. Hasta aquí las hemos tolerado en silencio. Los tiempos son difíciles para la Santa Iglesia y yo no quería molestar a la Congregación provocando su autorizado y supremo juicio.

”Me dolía también reclamar contra una persona a quien siempre he profesado estima y veneración. Y habríamos continuado soportando en silencio todas las molestias y dificultades; pero últimamente el Arzobispo se ha dirigido a la Sagrada Congregación del Concilio y ha publicado cosas infamantes para el suscripto y la Pía Sociedad Salesiana...".

León XIII leyó aquellas líneas con sorpresa y la Sagrada Congregación se dispuso a resolver aquel asunto en contra del Obispo. Pero el Papa opinó que era mejor, para el bien de la Iglesia, que las cosas se resolvieran de otro modo: "Don Bosco escribirá una carta a Mons. Gastaldi expresándole su desagrado por los incidentes que en los últimos años han alterado sus relaciones y causado pena al corazón del Arzobispo. Si Mons. Gastaldi ha podido creer que él o algún miembro del Instituto ha sido la causa, don Bosco pedirá perdón y rogará al Arzobispo que olvide el pasado."

Fue un acto heroico de humildad. Y don Bosco tuvo que pedir disculpas por algo que no había cometido.

Las pruebas y contradicciones acabaron sólo con la muerte del Arzobispo. Sólo entonces León XIII se decidió a concederle a don Bosco los famosos privilegios. "Ahora -le dijo el Papa en el transcurso de una audiencia- el pobre monseñor no podrá oponerse. ¡Ése sí que era un adversario! Ya veis... ni siquiera el Papa muchas veces puede hacer todo lo que quiere...".

"¿Hemos de asombrarnos? -se pregunta Wast-. No hay vida de santo, escrita con verdad, que no tenga muchas páginas iguales. Por algo se lee en el Evangelio de San Juan este anuncio de Jesús a sus discípulos: `Os arrojarán de las sinagogas y vendrá una hora en que cualquiera que os haga morir creerá servir a Dios'".

 

La piedra de escándalo

A santa Micaela, a la que la biógrafa Elisa Barraquer denominó La siempre calumniada, le sucedió algo similar. Una fuerte campaña de calumnias en su contra hizo que algunos Obispos le pusieran muchas dificultades a su labor apostólica con mujeres descarriadas. En su Autobiografía, la Madre Sacramento evoca una entrevista, con el Arzobispo de Burgos, que da idea de algunas de las incompresiones que tuvo que sufrir la Santa por parte de muchos otros prelados del país.

La Fundadora fue a visitar al Arzobispo acompañada de una mujer que vivía en su colegio: "El Arzobispo –recordaba Santa Micaela- la saludó a ella y la habló como si fuera sola o no hubiera hecho alto en mí.

-¿Dónde está usted al fin?

-Señor, estoy en el Colegio de las Desamparadas.

-Cómo, si se lo prohibí a usted.

-Señor, en aquel establecimiento no me podían tener y la Junta mandó que saliera.

-Y se fue a meter en el infierno. Que sin conocerlo que usted se metiera, lo comprendo; pero que a sabiendas se meta usted en el infierno, no lo comprendo. ¿No ve usted, mujer, que es una casa de desorden, sin religión, donde se vive peor que en una casa pública, donde la Superiora es la primera piedra de escándalo?".

 

Cuando la mujer le comentó que su acompañante era precisamente la Fundadora, el Prelado insistió con más fuerza: "Me alegro. Yo la arrancaré el velo de la hipocresía con que se cubre. ¿No ha visto usted cómo no la he querido ni saludar siquiera a su entrada? Y si no fuera por venir con usted la hubiera hecho salir de mi casa".

Y siguió recriminándola a lo largo de hora y media. Al día siguiente, ya mejor informado, el Arzobispo acudió a pedir perdón a la Santa.

En 1862 el Obispo de Valencia le hizo otra reprensión parecida. La riña fue tan acre y fuerte que a la Santa se le quebrantó la salud. Salió de aquella entrevista, cuenta la que le acompañaba, " angustiadísima y llorando amargamente. Tenía tal aflicción que hubo necesidad de dársele un vaso de agua y esperar a que estuviese algo serena para volver a casa y al momento se acostó enferma".

También se puso en su contra el Obispo de Santander y el de Barcelona, que en el transcurso de una comida, se estuvo burlando de ella con sarcasmo. La Santa, mientras tanto, no abrió los labios.

Muchos eclesiásticos compartieron esa actitud crítica o al menos reticente hacia ella. Consideraban que aquella labor que llevaba entre manos era "tiempo y dinero perdido". Algunos sacerdotes, como Vicente de la Fuente, opinaban "que aquello no podía durar".

De la Fuente, que quiso ser su primer biógrafo en acto de desagravio, intentaba explicar lo inexplicable -la difamación "por caridad" (!)- al describir la conducta de algunas personas: "Y los mismos que lo decían trabajaban para que no durase. Por supuesto que el difamarla a ella y a su empresa -concluye sorprendentemente- era por caridad" .

La Santa se hizo eco en sus escritos de los malos pronósticos de estos agoreros:

"A nadie se le ocurre más que pronosticarme que la cosa duraría mientras mi vida. Muerta yo, todo acabaría. Esta amenaza en tono de profecía me apuraba poco porque estoy persuadida de que a Dios nadie le hace falta".

"Ya tenía noticias -escribe Santa Micaela- de que el Prelado de Barcelona no nos desaprobaba; pero no éramos de su mayor agrado y ya había sucedido alguna vez que habían querido dar alguna crecida cantidad de dinero y consultando con el Señor Obispo donde la habían de dar, las aconsejó en otras partes. Y algunas personas deseaban darlo para nuestra casa. Y sé que varias veces ha dicho que estos colegios no tienen porvenir; que yo no tengo cabeza, que soy una corretona y no pienso más que en viajary me gusta estar hoy aquí, mañana allí".

Comenta el biógrato que "en Barcelona no cayó madre Sacramento muy bien. Su presentación de noble, sus modales finos, su amena conversación, su soltura envidiable no gustaron. Queríanla con las manos metidas en las bocamangas y con los ojos en el suelo, como una Fundadora de la Edad Media". "Estos falsos profetas -concluye el biógrafo- no consiguen aplanarla."

Y especifica: "a ella". Porque sus colaboradoras pronto acusaron el golpe. Como comentaba la propia Santa: "se decía que yo me arruinaba y no podía seguir y me iría aburrida a mi casa. En verdad que bien había porqué a no ser Obra de Dios. Todo esto influyó tanto en las dos Maestras que me quedaban que después de la Misa Mayor se fueron dejándome sola con mi Colegio".

Una "cueva de modernistas"

Hemos considerado algunas incomprensiones entre Fundadores y Prelados, generadas en la mayoría de las ocasiones -como le sucedió a la beata Juana Jugan- por causas ajenas a los propios interesados y por una defectuosa información de los Obispos.

Esas incomprensiones por parte de algunos miembros de la Jerarquía -tan explicables desde un punto de vista humano- hicieron sufrir profundamente a las almas santas. "Me duele mucho comprobar -escribía Roncalli, el futuro Papa Juan XXIII en sus notas personales- la distancia entre mi modo de ver las situaciones sobre el terreno y ciertas formas de apreciación de las mismas cosas en Roma: es mi única verdadera cruz".

El secretario del Papa, Loris Capovilla hace una anotación que permite adivinar la causa de esa "Cruz": la divergencia de opiniones de algunos miembros de la Jerarquía y Mons. Roncalli, durante su estancia en Turquía, sobre algunas cuestiones litúrgicas, como el "Bendito sea Dios" en turco.

En este sentido el Cardenal Ferrari, hoy en los altares, sufrió una incompresión muy dolorosa, porque provenía de la misma Santa Sede y de una persona santa con la que gozaba de amistad personal: el mismo Papa, hoy San Pío X. Ferrari había accedido al solio cardenalicio de Milán en 1894 y hasta su muerte en 1921 tuvo que soportar numerosas pruebas: las campañas anticlericales de comienzos de siglo, la turbulencia del movimiento modernista, los horrores de la guerra mundial... Pero su prueba más dolorosa le vino del propio seno de la Iglesia, de la mano de los que le enfrentaron torcidamente con la persona que más veneraba: el Vicario de Cristo.

El Cardenal pasó, como señala Domenico Mondrone, muchas humillaciones "en el seno de la Iglesia por obra de unos pocos hombres que se creían en el derecho de controlar la ortodoxia, vigilando su trabajo pastoral, acusándolo privadamente en alto o divulgando en la prensa presuntas desviaciones de las `directivas pontificias' de las cuales ellos parecían ser los únicos intérpretes ...".

En el revuelo que se formó durante la crisis modernista se acusó al Cardenal de infidelidad y deslealtad a las directrices del Papa. Se dijo que su diócesis era una "cueva de modernistas" y que su Seminario, por el que tanto velaba, era un "semillero de modernismo". Esto se contradecía con la realidad de los hechos: aunque era cierto que en los círculos culturales de Milán se respiraba ese ambiente modernista, el dato cierto es que ninguno de los dos mil sacerdotes de su archidiócesis se negó a prestar el juramento antimodernista pedido por la Iglesia.

La información llegaba muy sesgada al despacho del Papa que actuaba con fortaleza, pensando siempre en el bien de las almas, y juzgando conforme a los datos que le daban. Pesaba la amenaza modernista, el momento era crítico y cierta prensa estaba decidida a formar alboroto. Y la negativa de un joven sacerdote, Luis Fontana, a prestar el juramento antimodernista, le dio una ocasión formidable.

Fontana abandonó el sacerdocio cuatro días más tarde y un periódico, La Riscossa, concluyó tajantemente: "¿Dónde se pegó el modernismo a Fontana? Forzosamente en el Seminario. ¿Cómo es que nadie en el Seminario se percató de lo que sucedía? Porque el Seminario de Milán -concluía La Riscossa- es un `semillero de modernismo'."

 

La gritería fue colosal

"La gritería fue colosal -escribe un biógrafo de Pío X-. La prensa de toda Italia participó en el escándalo a favor o en contra de `La Riscossa'". Siguieron cartas de apoyo y de protesta; una pastoral de Ferrari mal interpretada, una carta personal del Papa intentando aclarar el asunto... Tiempo más tarde el Papa recibió al Cardenal con gran afecto y le dijo que "lo perdonaba una y mil veces".

Esos malentendidos se fueron haciendo cada vez mayores y se formó "entre él y el Papa San Pío X -escribe Mondrone- una cortina de humo llena de malentendidos, dudas y sospechas, que algunos, sin el conocimiento de los dos santos, en nombre de una miope intransigencia y con una desenvoltura poco escrupulosa, volvieron cada vez más densa y oscura.

”La consecuencia fue que el santo Cardenal tuvo que sufrir no sólo a causa de la Iglesia sino que la misma Iglesia fue la causante de sus sufrimientos y en concreto el Papa San Pío X. No sólo le parecía al Papa que el Arzobispo de Milán era demasiado tibio en la lucha contra el modernismo y demasiado condescendiente con los modernistas, sino que rozaba quizá la deslealtad. Lo peor es que los sentimientos del Papa corrían de boca en boca y llegaban a Milán, donde algunos miembros del clero y del laicado, para mostrarse celosos defensores del Papa, le quitaron su estima a su Arzobispo.

”Ahora el Cardenal y el Papa, ya en la gloria del Cielo, gozarán juntos al contemplar el juego de la Providencia que lo dispone todo para el bien de los que aman a Dios y le buscan con corazón sincero. Todo: incluso las dolorosas incomprensiones mutuas que acompañan el caminar humano de los santos".

Ferrari no fue el único que sufrió durante ese período. Algunos no entendieron el apostolado que hacía don Orione, Fundador de la Obra de la Divina Providencia, con sacerdotes modernistas, intentando ayudarles, y lo denunciaron, como recordaba años más tarde, al "Santo Oficio como modernista, en carta al P. Pasqualigo, que fue a dar en manos del Santo Padre Pío X; él me la hizo llegar a través del Cardenal Merry del Val: ¡con lo que significaba denunciar a alguien como modernista ante Pío X!".

Con el aliento de la Jerarquía

El propio José Melchor Sarto, futuro san Pío X, había experimentado en carne propia el peso de las incomprensiones, a las que dio siempre la respuesta de los santos: el perdón. Siendo Obispo de Mantua se difundió por la ciudad un folleto denigratorio contra él. Cuando se supo el nombre del ofensor, un comerciante, diversas gentes pidieron al Arzobispo que lo llevara a los tribunales. "Necesita más oraciones que castigos", dijo el Obispo. Tiempo más tarde el comerciante se quedó en la ruina, y el primer auxilio le vino de manos del Obispo:

-No digáis quién manda el dinero. Si pregunta, contestadle que la Virgen Auxiliadora.

 

Contra Josemaría Escrivá

En otras ocasiones las consecuencias revierten directamente sobre los miembros de la Jerarquía que defienden a los hombres y mujeres santos. Por ejemplo: algunos miembros de la Jerarquía española tuvieron que aclarar, durante la posguerra española, las maledicencias e insidias que se propalaban contra san Josemaría Escrivá.

El Cardenal Frings relataba cómo un día un religioso había visitado al Arzobispo de Madrid, don Leopoldo Eijo y Garay y le dijo: "'Excelencia, ya sabe que ha surgido una nueva herejía: el Opus Dei.' Pero el Obispo le respondió -cuenta Frings- que él había investigado el asunto, que le había parecido bien y que siempre había apoyado la Obra".

Antes de que san Josemaría marchara a Roma, a comienzos de los años cuarenta, se desarrolló en toda España y especialmente en Barcelona una fuerte campaña contra él. El Abad coadjutor de la Abadía de Monserrat, Dom Aurelio M. Escarré, se interesó por la veracidad de tantas murmuraciones como corrían por la ciudad y preguntó a las autoridades competentes qué era el Opus Dei. El 9 de mayo de 1941 escribió una carta a don Leopoldo, Prelado de la diócesis de Madrid, en la que había nacido el Opus Dei, para pedirle informes.

Don Leopoldo contestó al Abad el 24 de mayo de 1941:

"Ya sé -escribía- el revuelo que en Barcelona se ha levantado contra el Opus Dei (...). Lo triste es que personas muy dadas a Dios sean instrumento para el mal; claro es que putantes se obsequium praestare Deo." Y después de decirle que conocía el Opus Dei desde su fundación en 1928, concluía: "creáme, Rdmo. P. Abad, el Opus es verdaderamente Dei, desde su primera idea y en todos sus pasos y trabajos (...). Y sin embargo, son hoy los buenos quienes lo atacan. Sería para asombrarse si no nos tuviese el Señor acostumbrados a ver ese mismo fenómeno en otras obras muy suyas".

La correspondencia siguió y, en una carta del 1 de septiembre, Mons. Eijo y Garay contestó a otras dos cartas del Abad, informándole de la agudización de la campaña en contra del Opus Dei. El Obispo reiteraba su aprecio a la labor de los miembros del Opus Dei. "Va segura porque va de la mano de los Obispos -escribía-, bien asida a ellos y sin más afán que obedecerles y servir a la Iglesia."

Y proseguía más adelante:

"Dígame si no es persecución, y cruelísima, llamar a esa Obra que V. R. conoce y estima y por la que tan justamente se interesa, masonería, secta herética, hijuela de lo de Bañolas, antro tenebroso que pierde a las almas sin remedio; y a sus miembros, iconoclastas e hipnotizados, perseguidores de la Iglesia y del estado religioso, y tantas otras lindezas por el estilo; y mover contra ellos las autoridades civiles y procurar la clausura de sus centros y el encarcelamiento de su Fundador y la condenación en Roma; y lo más trágico y doloroso, encizañar por todos los medios desde el confesonario hasta la visita a domicilio a las familias de los que quieren bien al Opus Dei. Si esto no es persecución durísima -se preguntaba el Prelado-, ¿qué lo podrá ser?" .

Pueden encontrarse numerosos ejemplos de este tipo en santos canonizados en nuestra época, como santa Virginia Centurione. Se lee en su biografía:“Abandonada por las Auxiliares, desautorizada de hecho por los Protectores en el gobierno de su Obra y ocupando el último lugar ente las hermanas de la casa de Cariganno”. San Marcelino Champagnat se encuentra se encuentra con dificultades de todo tipo, en primer lugar en los medios eclesiásticos... y así, un larguísimo etcétera.

Estos malentendidos entre personas de recta intención, pero confundidas y habitualmente bienintencionadas, muestran de un modo aún más patente la virtud de los santos, y confirman las enseñanzas de San Pablo que ya hemos citado: "todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios".

"Saquen con honra -enseñaba la Santa de Ávila- a las hijas de la Virgen y hermanas suyas en esta gran persecución, que si se ayudan, el buen Jesús las ayudará, que aunque duerme en la mar, cuando crece la tormenta hace parar los vientos".

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José Miguel Cejas

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