Piedras de escándalo----

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Piedras de escándalo. IV

de José Miguel Cejas

Capítulo IV. Denuncias ante los tribunales eclesiásticos


Aunque la Jerarquía de la Iglesia, como hemos señalado con anterioridad, ha alentado habitualmente a los hombres de Dios en su labor apostólica, no han faltado ocasiones en las que los santos han sido acusados falsamente ante los Tribunales eclesiásticos.

Han sido pruebas dolorosas tanto para la propia Iglesia como para los santos, que han sabido descubrir en todos esos acontecimientos la mano providente de Dios.

Las palabras de Teresa, cuando le hicieron ver la posibilidad de ser juzgada por la Iglesia, reflejan la actitud general de los hombres de Dios ante esta contradicción: confianza en Dios y confianza en la Iglesia.

"Harto mal sería para mi alma -escribía la Santa- si en ella hubiese cosa que fuere de suerte que yo temiese la Inquisición; que si pensare había para qué, yo me la iría a buscar; y que si era levantada (una calumnia), el Señor me libraría y quedaría con ganancia"

Entre los numerosos casos de acusaciones al Santo Oficio que podrían citarse –como san Pío de Pietrelcina y tantos otros-nos limitaremos a recordar las denuncias contra san Ignacio de Loyola, san Juan de Ávila, san José de Calasanz o el siervo de Dios José Kentenich.

Volveremos a lo de siempre

En el conocido relato que hizo san Ignacio de Loyola al P. Luis Goncalves da Camara, denominado habitualmente Autobiografía, se consignan las penalidades que tuvo que sufrir el Santo con los Tribunales eclesiásticos.

San Ignacio fue juzgado primero por el Vicario en Alcalá, Juan Rodríguez de Figueroa, en noviembre de 1525. En marzo de 1527 se le volvió a procesar; en abril fue encerrado en la cárcel; y en mayo comenzó su tercer proceso.

De allí fue a Salamanca, donde, tras un coloquio con los Dominicos, entró de nuevo en la cárcel a finales de julio. En agosto fue absuelto y fue a París, donde se encontró con que "se habían levantado grandes rumores acerca de él y que el inquisidor le había hecho llamar.

Mas él no quiso esperar, y se fue al inquisidor, diciéndole que había oído que lo buscaba; que estaba dispuesto a todo lo que quisiese (...), pero que rogaba que lo despachase pronto porque tenía intención de entrar por San Remigio de aquel año en el curso de Artes; que deseaba que esto pasase antes para poder mejor atender su estudios. Pero el inquisidor no le volvió a llamar, sino sólo le dijo que era verdad que le habían hablado de sus cosas" .

"En aquel tiempo del curso -prosigue la Autobiografía no le perseguían como antes. Y a este propósito una vez le dijo el doctor Frago que se maravillaba que anduviese tan tranquilo, sin que nadie lo molestase. Y él respondió:

-La causa es porque yo no hablo con nadie de las cosas de Dios; pero terminado el curso, volveremos a lo de siempre".

Ante la Inquisición de Sevilla

También san Juan de Ávila tuvo que sufrir a causa de "lo de siempre", es decir, las acusaciones falsas, las murmuraciones y las insidias. El apóstol de Andalucía fue denunciado ante la Inquisición de Sevilla en el año 1531. Se le acusaba de haber proferido en Écija algunas "proposiciones sospechosas contra la Fe católica".

Sus primeros acusadores fueron Leonor Gómez de Montenussó, que le acusó de haber dicho en confesión "que los quemados por el Santo Oficio eran mártires"; Andrés Martel, jurado de Écija, que afirmó que el Santo había dicho, en casa de Francisco Aguilar, estando presente su hermano Antonio, que no había salvación para los que volvían a pecar habiendo obtenido perdón después de estar en peligro de muerte; y un tal Felipe Labrador, que aseguraba haberle escuchado esta frase durante un sermón: "Lo que digo es verdad, y si no es verdad Dios no es verdad."

A ellos se sumó un sacerdote, Onofre Sánchez, que denunció otras proposiciones sospechosas.

Comenzó de este modo un enrevesado proceso en el que se sucedieron nuevas denuncias y testimonios contradictorios. Antonio Aguilar dijo que no había entendido lo mismo que aseguraba haber oído Andrés Martel; y mientras testigos y denunciantes se contradecían entre sí surgió una nueva denuncia, esta vez en Alcalá de Guadaira: un médico, Flores, aseguraba haberle oído hablar al Santo de "una Iglesia del demonio". Más tarde el párroco de Alcalá de Guadaira denunció al propio Flores por varias proposiciones contra fidem y por sus intentos para impedir el fruto de los sermones de Juan de Ávila en aquella localidad.

Depusieron a favor del acusado 55 testigos que denunciaron la mala voluntad, los rencores personales y el afán por retorcer tendenciosamente las palabras del Santo que movía a aquellos detractores.

El Santo Oficio escuchó las acusaciones y tras la fiesta de San Pedro de 1532, dictó la orden de prisión. Una vez encarcelado el Santo fue sometido a sucesivos interrogatorios, hasta que el 16 de junio de 1533 los inquisidores lo absolvieron plenamente, aunque, eso sí, recomendándole que, en lo sucesivo, atendiese "mucho y se modere en su manera de hablar".

Al salir le mandaron predicar en la iglesia del Salvador de Sevilla, donde "en apareciendo en el púlpito, comenzaron a sonar las trompetas, con gran aplauso y consolación de la ciudad".

A los ochenta y seis años

Más breve fue el interrogatorio que tuvo que sufrir san José de Calasanz; pero de consecuencias más trágicas. Como explica Fray Justo Pérez de Urbel, lo que sucedió en vida del Fundador en el seno de la Orden de las Escuelas Pías, fue "una de esas cosas que Dios permite para purificar un alma y levantarla a las cumbres más altas del heroísmo. Toda una Orden va a ser sacudida y zarandeada por las tormentas más furiosas de la pasión, para descubrir en toda su belleza maravillosa la paciencia y la humildad del Fundador" .

El Fundador se encontró ante una masa ingente de niños y con una notable escasez de maestros. Se intentaron varias soluciones, como la unión con la Congregación Luquesa, que fracasaron. Al fin, se fundaron las Escuelas Pías, que tuvieron un notable desarrollo. Pero en 1636 la situación se volvió borrascosa.

"Hijos míos -decía-, rogad por mí; que el Señor me dé paciencia para vencer las tribulaciones. Debo ser zarandeado intensamente. San Francisco tuvo un sólo fray Elías; yo tendré muchos."

La situación interna de la Orden en aquellos determinados momentos se deduce por las palabras del propio Calasanz: "Comunico a vuestra reverencia -escribía el Santo a un Provincial en 1635- que muchos de los nuestros se hallan en las más tristes disposiciones. No pueden ir peor las cosas y sólo de la mano de Dios espero el remedio." "En Roma -relata Pérez de Urbel- un coadjutor intentó quitarle la vida; otros le amenazaron descaradamente; otro se le acercó una vez, estando en la sacristía, para decirle que era un inútil y que debía renunciar" .

No disponemos del espacio necesario para describir el marco en el que sedesarrolló esta historia: el confuso ambiente espiritual de la época; la interrelación -confusión, tantas veces- que se daba, en algunos ambientes eclesiásticos, de las cuestiones religiosas con las temporales; la deficiente situación del clero y el delicado momento político que atravesaban los diversos Estados de la península italiana. Bastará con señalar que las contradicciones más graves que sufrió el Santo tuvieron un nombre propio: el Padre Mario Sozzi, un personaje de perfil oscuro y contradictorio.

Este sacerdote que vistió el hábito escolapio en 1630 era un hombre "inquieto, soberbio -escribe Giner-, lleno de sospechas contra sus hermanos en Religión, a los que impacientaba con sus delaciones por fútiles motivos. Después de girovagar por algunos Colegios, siempre mal soportado por los religiosos, fue mandado por segunda vez a Florencia" 8. Allí descubrió un ignominioso asunto de meretricio, en el que estaba involucrado un canónigo de la catedral. Su delación le granjeó las simpatías del inquisidor de Florencia y, posteriormente, la Inquisición Romana.

Más tarde el General lo trasladó a Narni, a instancias de su comunidad a la que hacía la vida imposible. Pero el P. Mario consiguió que por influencia del Asesor del Santo Oficio, Mons. Albizzi, se le trasladara de nuevo a Florencia.

Allí denunció de nuevo a otros escolapios de herejía, en unas turbias actuaciones en las que tuvo siempre la habilidad de presentarse como un hombre perseguido. Logró engañar al Santo Oficio, que impuso al Fundador que lo nombrara Provincial de Toscana, ante el escándalo de los religiosos, que conocían la verdad de los hechos.

Al llegar a Florencia muchos no quisieron recibirle. El P. Mario hizo recaer entonces todas las sospechas sobre el propio Fundador, lanzando el infundio de que era él, el mismo José de Calasanz, el que instigaba, desde Roma, las reticencias de los otros escolapios contra él.

En julio de 1642 se trasladó de nuevo a Roma donde siguió con sus maquinaciones. Consiguió que Mons. Albizzi enviara un notario al Padre General amenazando con graves penas a los que no le obedecieran. "Apoyado en la protección del Santo Oficio -relata Giner-, insinuó amenazas contra el Cardenal Cesarini, Protector de la Orden." Cesarini mandó entonces que se registrara la habitación del P. Mario, y a pesar de las advertencias del Santo Fundador que presagiaba consecuencias graves, los mandatarios del Cardenal llevaron a efecto el registro.

La reacción del P. Mario fue acusar al Santo ante Mons. Albizzi "como responsable del registro -continúa Giner- y violador de la jurisdicción del Santo Oficio, pues entre los documentos había algunos relacionados con el Santo Tribunal. Mons. Albizzi, fiándose de las calumnias del P. Mario se presentó en persona en la Casa de San Pantaleón" .

Era el 15 de agosto de 1642. "José, que estaba en la iglesia -relata Pérez de Urbel-, presentóse a la puerta, pero fue recibido con este lacónico saludo: `Sois preso.' Inmediatamente se encontró rodeado de soldados, que se apoderaron de él para llevarle a las prisiones de la Inquisición, sin darle tiempo para coger el capote ni el sombrero. La multitud se agolpaba en la calle atraída por el súbito infortunio de aquel anciano de ochenta y seis años".

"Marchaba el siervo de Dios -comentaba un testigo- sin turbarse, a la hora del mediodía, en lo más fuerte del calor, por la larga calle de Bianchi, con la cabeza descubierta y el semblante tranquilo y alegre".

Entraron en la cárcel a las doce, donde el Santo se quedó profundamente dormido. A las seis horas llegó Albizzi: "No saldrá de aquí en tanto no sean devueltas las escrituras que ayer tarde le fueron robadas al P. Mario."

El asunto se aclaró: ninguno estaba presente cuando se hizo el registro por orden del Cardenal Cesarini. Dejaron libre al Fundador aquella misma tarde, pero no cesaron las maquinaciones delP. Mario, que logró -con la ayuda de Albizzi- que la Inquisición le confirmase como Provincial de Toscana bajo su total jurisdicción, con plena independencia de su General 12. y allí marchó de nuevo en el mes de octubre.

En Toscana siguió promoviendo nuevos escándalos eclesiásticos, y su actitud fue mal vista por el Gran Duque que, en plena lucha entre Médicis y Barberinis, acabó desterrando al P. Mario de Toscona acusándole de vasallo infiel, embustero y espía de guerra.

De nuevo las iras del P. Mario recayeron sobre el General y se concretaron en el tristemente famoso Memorial Calumnioso que envió, según su costumbre, al Santo Oficio.

Ese Memorial, escribe Bau, "es un monumento de habilidad en lo que dice, en lo que calla, en lo que insinúa, en lo que remacha, en lo que entrelaza, en lo que pide, en lo que rehúsa, en lo que intriga...".

Engañado de nuevo, Mons. Albizzi pidió a Urbano VIII que nombrase al P. Mario Vicario General de toda la Orden con todos los derechos, facultades y honores. La intención del Papa era posiblemente -como señala Jorge Sánthaque Calasanz se quedase con el título honorífico de General y que el P. Mario asumiese el gobierno efectivo 16. Se hablaba ya de una posible extinción de la Orden.

Tras diversas peripecias se promulgó más tarde un Decreto en el que, entre otras cosas, se suspendió al Fundador de su cargo y a sus cuatro Asistentes, yse nombró a otros cuatro, el primero de los cuales sería el P. Mario.

 

A partir de entonces, como relata Pérez de Urbel, al Fundador "se le trataba despóticamente, se le tenía de rodillas como a un culpable, se le vigilaba como a un malhechor. `Viejo chocho -le decía el nuevo Superior-, no quieren obedecerme y usted no los sosiega.' José callaba, obedecía y se esforzaba por hacer obedecer a los demás".

Durante ese período, el P. Mario "tiranizó a la Comunidad, hasta el extremo de que los Asistentes recién elegidos renunciaron a su cargo, asqueados por la conducta altanera e insoportable del triunfante Primer Asistente.

”Pero su gloria duró poco. Todavía no se había cumplido el año de su gobierno, cuando a finales de aquel verano contrajo una terrible enfermedad, tal vez lepra, que en poco tiempo se lo llevó a la tumba. El 10 de noviembre de 1643 murió sin reconciliarse con su víctima". Sin embargo el Santo intentó "visitarle, consolarle y aconsejarle" hasta el último momento, pero el P. Mario no lo consintió.

No se acabaron las penas de san José de Calasanz tras la muerte del P. Mario. Tuvo que soportar nuevas maquinaciones y persecuciones contra él, que sobrellevó con una paciencia ejemplar. No en vano se ha comparado su figura con el santo Job. Fue elegido, como fruto de una antigua intriga del P. Mario, el P. Querubini, considerado por muchos "el trapo más sucio de todo el Instituto", que supo presentarse, al igual que el P. Mario, como una víctima inocente de las maledicencias ante los Cardenales. Ante esta situación volvió a debatirse de nuevo la extinción de la Orden.

Más tarde se consiguió una sentencia por la que el Fundador fue reintegrado oficialmente a su puesto; pero fue tanta la alegría de los escolapios fieles al conocer la noticia que, Mons. Albizzi, engañado por los seguidores de Mario y Querubini, logró qué la sentencia se sobreseyera antes de que se hiciera oficial.

Nuevas intrigas provocaron que antes de fallecer el Santo tuviese la amargura de contemplar la promulgación del Breve del Papa Inocencio X Ea quae pro felici, de 16 de marzo de 1646, que tenía como fin disolver la Orden de las Escuelas Pías.

El 25 de agosto de 1648 murió san José de Calasanz, infundiendo en todos los que le seguían su confianza en la restauración total del Instituto, como sucedió tiempo más tarde.

Desterrado en Milwaukee

No tan alejado de nosotros por el tiempo, en el siglo XX, el Padre Kentenich, cuya Causa de Canonización se incoó el 10 de febrero de 1975, también tuvo que sufrir su "contradicción de los buenos" por parte de la Jerarquía eclesiástica. Seguimos el estudio de Monnerjahnn: José Kentenich. Una vida para la Iglesia.

José Kentenich fundó el 18 de octubre de 1914 la Obra de Schonstatt y más tarde el Instituto de las Hermanas de María, persuadido de que eran Voluntad de Dios. "Si Schonstatt no fuera obra de Dios -había escrito durante los años veinte- no movería un dedo por ella".

Durante la Segunda Guerra Mundial, el Fundador arrastró numerosos padecimientos y pasó cuatro años en un campo de concentración nazi. Con el tiempo, la fundación cobró gran vitalidad y vigor apostólico, aunque el Fundador, en su humildad, decía el 8 de julio de 1950: "Tengo la impresión de que no he hecho nada en estos cuarenta años. No crean que es exageración. Es literalmente así. Hay un estado de ánimo peculiar, que el Salvador acuñó en su forma clásica: `Y cuando todo lo hayáis hecho, decid: Siervos inútiles somos."

Sin embargo, junto con ese desarrollo apostólico no faltaron críticas e incomprensiones. A algunos, aunque reconocían que con Schonstatt "había partido de una enorme ola de conciencia de misión apostólica y de profunda devoción mariana", les parecía que la dependencia del movimiento con el Padre Kentenich "excedía toda medida razonable".

En 1950, relata Engelbert Monnerjahn, "el Santo Oficio nombró un Visitador apostólico en la persona del jesuita holandés, Padre Sebastián Tromp, profesor de la Universidad Pontificia Gregoriana y consultor del Santo Oficio. En la Semana Santa de 1951 llegó el Padre Tromp a Schónstatt para una primera y breve estancia. Un encuentro entre el Visitador apostólico y el Padre Kentenich tuvo lugar a principios de mayo del mismo año, cuando de vuelta a Suramérica, el Padre Kentenich se detuvo en Roma. En la entrevista le propuso el Visitador que para solucionar las dificultades, optara por separarse voluntariamente de su Obra. Si accedía espontáneamente a la separación quedaba siempre la posibilidad de volver a ella algún día en un futuro lejano. En cambio, si se le imponía la separación no podría contar con esa posibilidad".

El Padre Kentenich oró, reflexionó y consultó con sus allegados. Al final comunicó al Visitador que por fidelidad a su Obra no podía pensar en una separación voluntaria; pero que aceptaría la autoridad eclesiástica si se la ordenaba.

El 31 de julio llegó un decreto que le deponía del cargo de Director de las Hermanas de María. Les escribió entonces una breve carta:

"Mis queridas hermanas:

(...) Declaremos de boca y corazón que nos sometemos a las órdenes de toda autoridad legítima. Esto se aplica especialmente al caso de la autoridad suprema. Todo lo demás lo dejamos en manos de Dios y la Santísima Virgen. Y luego seguimos sin amargura trabajando como hasta ahora en la obra de nuestra vida, aunque hayamos de renunciar a costumbres y formas de vida con las que nos hemos encariñado. Sea éste nuestro regalo para la gran festividad de nuestra amada Madre. No faltará la retribución.

"Con un saludo cordial y bendición sacerdotal. J. K."

 

El 30 de septiembre llegó otro decreto que le prohibía la estancia en Schónstatt. El 22 de octubre Kentenich partió para Suiza.

El 1 de diciembre el Visitador le ordenó que abandonara Europa y le depuso del cargo de las ramas de la Liga de Schonstatt.

En enero del 52 se le asignó como domicilio la residencia de los palotinos de Milwaukee. Pero como los visados no podían conseguirse con tanta rapidez, se le dio permiso para volar a Suramérica y esperar allí el visado suramericano.

El 21 de junio de 1952 Kentenich llegó a Milwaukee, donde estuvo trabajando durante once años como capellán de los emigrantes alemanes, sin mantener, como se había indicado, el mínimo contacto con Schonstatt.

"La consecuencia general de las circunstancias concomitantes -escribe Monnerjahn- fue que la separación de su Obra no se limitaba a un simple traslado, sino implicaba un destierro, y no sólo eso; esta separación, como era de temer, arrojó oscuras y espesas sombras sobre la persona del Padre Kentenich y sobre su Obra. En vano subrayó el Santo Oficio con énfasis que su alejamiento de Schónstatt era una simple medida administrativa, no disciplinar y, por tanto, no equivalía a la imposición de un castigo, al que ni la vida ni la doctrina del Padre Kentenich habrían dado pie.

Por más que todas estas explicaciones respondieran a la verdad, no podían impedir la propagación de rumores y calumnias que afectaban de consuno al Fundador y a la Fundación, máxime si se tiene en cuenta que, a raíz del destierro, no faltaron quienes acudieran a las autoridades eclesiásticas con testimonios agravantes contra él y contra los suyos" .

La visita apostólica no había terminado: duró casi dos años. y muchos pensaron que sería el final de la Obra de Schonstatt. "Sabemos de fuentes bien informadas -escribe Monnerjalm- que el decreto de disolución de la fundación del Padre Kentenich estaba a punto en el escritorio de Pío XII. Sin embargo el Papa no lo firmó. Por el contrario, en el verano de 1953, ordenó que se diera por terminada la visita apostólica. Además el Santo Oficio dio el 3 de agosto su nihil obstat a un Estatuto General que se había elaborado entretanto y que venía a ser una especie de ley fundamental para toda la Obra (...).

"Era claro que el Fundador tenía otra concepción del Estatuto General y que, por ejemplo, no quería verlo recargado de tantas minuciosidades jurídicas; pero en los párrafos, redactados casi todos ellos de modo muy jurídico, no dejaban de encontrarse también elementos espirituales básicos"

Comenzó un tiempo difícil para la fundación, en la que muchas personas ajenas dudaban que fueran ciertas aquellas palabras de Kentenich: "el soplo de Dios ha animado la fundación del Movimiento de Schonstatt" .

Un proceso doloroso

Fue un proceso doloroso -escribe Monnerjahn- "cuya aclaración última ha de buscarse en el misterio de la libertad humana y en los designios y gobierno de la Providencia Divina.

”A partir de ese momento empezó a concebirse la Obra de Shonstatt dependiente de la Congregación de los Palotinos, a pesar de que los miembros del Movimiento defendían su peculiaridad y reclamaban que había habido una iniciativa divina implicada en el acto fundacional del 18 de octubre.

"Más de diez años duraron las vicisitudes de la lucha, que ocupó y preocupó a Obispos, Conferencias episcopales y diversos Dicasterios romanos. Sobre ella se discutió en los pasillos del Concilio Vaticano II y de ella se llegó a hablar indirectamente en la misma aula conciliar.

”Tres Papas trataron el asunto y contribuyeron a resolverlo definitivamente: Pío XII, Juan XXIII y Pablo VI. Sin exageración cabe decir que la controversia constituye uno de los capítulos más instructivos de la historia eclesiástica de nuestro siglo, y como dijo una vez el Padre Kentenich con razón: Es toda una lección ejemplar.

”Pero para la familia Schonstatt significaba más, porque era una lección vivida de la Providencia divina. Y así se comprende que, aunque aquellos años fueron un Viacrucis y un calvario para Schonstatt, la controversia y la lucha terminaron reforzando su vinculación con la Iglesia".

Con el tiempo la situación se volvió particularmente confusa. "Sé que se critica mucho a Schonstatt -dijo el Nuncio Apostólico de un país suramericano-, pero yo espero que con el tiempo la opinión pública se habitúe a Schónstatt y que las críticas vayan desapareciendo. Por lo demás, no tenéis porqué temer la crítica. Conociendo la historia de la Iglesia se sabe de antemano que movimientos como el vuestro siempre han tropezado con dificultades.

”No puede ser de otro modo, porque vuestro movimiento es de tal vitalidad y predica un cristianismo tan puro y acendrado, que provoca una instintiva reacción de defensa en la gente. No es otro el destino de los movimientos dotados de tal plétora de energía, que invaden todos los sectores de la sociedad".

El milagro de la Navidad

Al fin, se resolvió la situación. En 1963 el entonces Obispo de Münster, Joseph Hóffner, fue nombrado moderator et custos de la Obra de Schónstatt, con lo cual se le confiaba la tutela de toda la Obra.

En 1964 la Santa Sede reconoció oficialmente a Schonstatt, que quedaba desligada de los Palotinos y el 20 de octubre de 1965 los Cardenales del Santo Oficio, en sesión plenaria, suspendieron todas las resoluciones sobre el Padre Kentenich, confirmada dos días más tarde por el Papa.

El 22 de diciembre de 1965, Pablo VI lo recibió en audiencia. Dos días antes había cumplido ochenta años. El día de Navidad volvió a Schonstatt. Era el "milagro de la Navidad", presentido por Kentenich muchos años antes.

Un año más tarde, el 4 de junio de 1966, fueron aprobados los Estatutos de los sacerdotes de Schonstatt por la Santa Sede y, dos años más tarde, el 15 de septiembre de 1968, fallecía, en olor de santidad, el Siervo de Dios José Kentenich.

Hemos dado una visión sucinta de todo el proceso, que fue mucho más complejo y tuvo muchas más connotaciones, como las falsas acusaciones sobre la pretendida carencia de "sentido eclesial" de los sacerdotes miembros de este Movimiento. Sin embargo, como subrayó un Obispo, los sacerdotes de Schonstatt se habían distinguido siempre por su ejemplar "sentir con la Iglesia" y se esforzaban todo lo posible por hacer propias las intenciones del Santo Padre y de los Obispos.

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José Miguel Cejas

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