.Inicio


Publicidad, cine y moda

Ana Sánchez de la Nieta


Moda y cine: de la pasarela a la pantalla

 
El séptimo arte tiene también un papel muy importante a la hora de marcar la moda. El momento de mayor compenetración en el tándem cine-moda se dio en la época del star sistem, en el que imperaban aquellas mujeres estrellas que, además de protagonizar aventuras épicas y románticas, se convertían en el canon a seguir por el resto de las féminas del planeta.

En cierto modo, cubrían el espacio que ahora llenan las top models. La suerte es que, aunque según las épocas predominaba un estilo u otro, el elenco de actrices en que las mujeres se miraban siempre era algo más variado que el de las tops y, si bien triunfaba una escuálida y elegante Audrey Hepburn, también lo hacía la atractiva Sofía Loren con unas dimensiones más propias de la mujer mediterránea.


Unas y otras; delgadas y voluminosas, feúchas o arrebatadoras, hombrunas o hiperfemeninas fueron influyendo en la moda.

Así, la melena de Lauren Bacall, el desaliño de Katharine Herpburn o los guantes de la Hayworth saltaron de la pantalla para inundar la vida corriente.

Hoy en día, la influencia del cine en la moda es algo menor y suele darse mediante campañas publicitarias. El lema podría ser; “si no podemos hacer que la gente se disfrace de marciano, al menos pongamos de moda el color verde”.

Este es el caso del boom de las gafas negras y ropas futuristas herencia de Matrix, o el más reciente estilo aviador, gracias al film The aviator de Martin Scorssese; después de ver a Di Caprio convertido en el magnate Howards Hugues, los escaparates se llenaron de cazadoras de piel o de poliester, gabanes y gafas de aviador muy similares a las que el propio Armani diseñó para la película. ¿Y cómo no ver una clara relación entre la irrupción en Occidente de la potente industria cinematográfica india –Bollywood- y las babuchas bordadas y los kaftan que actualmente vemos en todos los escaparates?

De todas formas, excepto en los casos de grandes campañas orquestadas por las productoras o en el caso de acontecimientos puntuales –leáse la gala de los Oscar- en los que los diseñadores se pelean por vestir a los actores, la influencia cine-moda no se percibe tanto en la actualidad. Por una parte, no estamos ya en el cine de las estrellas, por otra se ha dado una inversión de las influencias y ahora es el cine el que ha tomado de la calle su “aliño indumentario”.



Esto se percibe, sobre todo, en el cine europeo y, en general, el cine de tono más realista. Quien haya visto películas como Solas, Lugares comunes, Lost in traslation o ¿Bailamos? habrá reparado en que los personajes de ficción visten exactamente igual que los colectivos que representan; es más, el atuendo, la forma de vestir -sin glamour, sin estilo, sin ostentación- nos define muy bien al tipo de personajes de este cine: gente corriente.

Este fenómeno se observa también en las series de televisión, que en su gran mayoría abordan temáticas realistas. Las audiencias millonarias de algunas de estas series han hecho que las firmas de moda descubran en la pequeña pantalla una estupenda aliada para difundir sus tendencias, especialmente entre la gente joven.


No es difícil, por ejemplo, encontrar en un instituto español el mismo look que se ve cada semana en el instituto al que asisten los hijos de la familia Serrano: ¿quién copia a quién? Evidentemente los guionistas de la serie, para conseguir una ambientación verosímil, buscarán un vestuario semejante al de la gente de la calle pero poco a poco podrán ir añadiendo detalles –hoy es un accesorio, mañana un tipo de pantalón- que serán copiados por muchos jóvenes hasta conseguir establecer una tendencia de moda.

Como conclusión, hay que señalar que el cine, la televisión y la publicidad contribuyen decisivamente a convertir las ideas de unas personas singulares en objetos de consumo para una mayoría. Los medios de comunicación, decisivos en la configuración de la llamada sociedad de masas, tienen un papel fundamental también en la uniformización de esta sociedad.


La moda y los medios de comunicación

 
Se plantea aquí otra cuestión: el mundo de la moda es consciente de la ayuda que le pueden proporcionar los medios y recurre a todo tipo de estrategias para hacerse querer por éstos.

Un diseñador sabe que, el que su nombre salga en la prensa puede suponerle millones de ventas o, al menos, un reconocimiento en el cerrado mundo de la moda.

Esta es la razón de que, en ocasiones, se cree una moda no para la sociedad sino para la publicidad; no para ser vendida, sino para ser fotografiada y difundida.


Aquí está la raíz de muchos de los diseños escandalosos que pueblan las pasarelas. Podríamos decir, retomando el conocido adagio periodístico, que al igual que“las buenas noticias son malas noticias” para los medios de comunicación, la elegancia y el buen gusto no son “noticia”, lo extravagante y lo escandaloso, sí.

Es curioso observar a algunos fotógrafos en una pasarela: con un casi absoluto desinterés observan el desfile de una veintena de diseños de diferentes estilos pero “ponibles” por el ciudadano medio. Este desinterés desaparece cuando sale desfilando una modelo con un traje trasparente. El paseo de este diseño se verá rodeado de una ráfaga continua de flash.


Al día siguiente, la foto de la pasarela será esta última, los comentaristas hablarán del susodicho vestido y la colección del modisto quedará reducida a un desnudo más o menos estético. Naturalmente, frente a estos fotógrafos, hay otros profesionales que saben valorar lo que es un buen diseño y lo distinguen del simple reclamo.

De todas formas, aunque no es cuestión de cortar cabezas, en este reducir la pasarela a un espectáculo chocante, extravagante y escandaloso, tenemos la culpa casi todos. Los fotógrafos que a veces asisten a los desfiles como a un mercado y sólo buscan la foto escándalo, los directores de periódicos que piden a sus fotógrafos precisamente estas fotos, los diseñadores que venden su colección por salir en la prensa, también con esta foto, y las modelos que se prestan a este juego quedándose, en ocasiones, como simples reclamos sexuales.


En este proceso no se trata de qué diseñador viste mejor a sus modelos sino quién se atreve a más. El empobrecimiento de la moda en estos casos es claro. Por eso es estimulante encontrar, junto con estos diseñadores, otros que no ocultan su desagrado hacia esta forma de entender la moda, como André Courrèges, uno de los míticos de la moda francesa. “Hoy los desfiles no tienen nada que ver con el estilismo y mucho con el teatro. A menudo son espectáculos degradantes para la mujer -sentencia Courrèges-. El trabajo de un modista consiste en vestir, no en desnudar”

En este sentido, se manifiesta también la diseñadora Miuccia Prada:

“Me temo que el mundo de la moda sigue considerando a la mujer como un objeto –señalaba en una entrevista-. Yo siempre intento evitar tratar así ala mujer. Porque no soporto esa idea de que las mujeres sólo quieren estar guapas de una forma terriblemente banal que las hace más y más infelices. Y creo que hay mujeres que a veces compran Prada porque sienten que hay algo más correcto, más respetuoso”.

En relación con la excesiva erotización de la moda, Prada afirma que, “en los desfiles, la sexualidad banal se convierte casi en una obsesión y mi trabajo es decir que no. Demostrar que el cerebro puede ser extremadamente sexy. Por otra parte, desde un punto de vista creativo, esa sexualidad banal recurrente tampoco tiene ningún interés”.

 


Declaraciones de Jesús del Pozo en Época (15-XII-1997).

Declaraciones de Antonio Pernas en Época (15-XI-1997).

Declaraciones de André Courrèges en El País (20-I-1998).

Declaraciones de Miuccia Prada en El País Semanal (3-X-2004)