.Inicio

 

 

Una tirana en la sociedad de la libertad


 
La sociedad actual presume de ser libre, proclama la libertad y, de hecho, frente a otras épocas históricas hay hoy, al menos, mayores posibilidades de que el ser humano ejerza su facultad de elegir.


La paradoja de la moda es que, siendo un fenómeno propio de la modernidad, se sirve para triunfar de un sistema impositivo más propio de la antigüedad. La moda dicta tendencias y trata por todos los medios que éstas se sigan.

Detrás de este sistema hay fuertes razones económicas: la forma más fácil de que una persona que quiere ir a la moda invierta dinero en su vestuario es cambiar “lo que se lleva” cada poco tiempo.

Si un año son los colores oscuros, al año siguiente serán los claros; si un verano triunfa la falda, el año siguiente vencerán los pantalones y, dentro de estos, muchas variantes; desde los piratas a los “pitillo” pasando por la “pata de elefante”. Últimamente algunas firmas han llegado al extremo de presentar dos colecciones diferentes por temporada.

Los primeros en seguir a rajatabla estas directrices son los diseñadores; a pesar de que todos defienden su originalidad, casi ninguno se aparta demasiado de las llamadas tendencias; hay una especie de pacto que hace que las pasarelas muestren modelos muy similares, cada uno en su estilo, pero partiendo de las mismas prendas y colores. Existen incluso revistas de tendencias, especializadas en presentar lo que se va a llevar cada temporada.

Pero el que se editen estas revistas que circulan de mano en mano de los que cuecen la moda no explica que, a la hora de vestir, el ciudadano de a pie opte por la uniformidad. Todo el mundo sabe que una cosa es la pasarela y otra la calle: lo que se exhibe en un desfile raramente se veráun lunes por la mañana en una oficina. Lo que sí se observa es que esas tendencias que subyacen en la pasarela saltan adaptadas a la vida diaria.

¿Cómo es posible que lo que constituye un espectáculo de minorías, muchas veces vetado al público, se convierta después en objeto de consumo para una mayoría? ¿cómo consolida su tiranía la moda? Se puede decir que ésta no se queda sola en su empeño de “convencer” a la sociedad; y a la hora de imponer su reinado se sirve de dos aliados muy potentes;la publicidad y el cine.

Publicidad y moda

La relación entre los medios de comunicación, especialmente la publicidad y la moda es obvia, máxime en una sociedad donde impera la imagen y el valor más preciado es tener un físico admirable. En este sentido, las -y también los- top models comparten con los deportistas y los actores el ranking de los llamados ídolos de la juventud. Se les dedican programas de televisión, su presencia es cotizada en las fiestas, llenan las revistas de papel couché y no es raro verlos saltar a la gran pantalla.

La vida de las modelos, convenientemente adornada, se muestra para muchas adolescentes como el colmo de la felicidad; belleza, fama, éxito y dinero. Aparentemente, las tops se muestran guapas en todo momento, viajan por todo el mundo, se ven acompañadas de quien quieren y cobran millones por pocos minutos de trabajo. ¿Qué más se puede pedir? Mucho más, porque, además de que la profesión de una modelo no es un camino de rosas, no todo en la vida es la belleza ni el dinero. La felicidad más que en lo físico, en lo exterior, está en lo anímico, en el interior. Cultivar los valores morales e intelectuales enriquece mucho más que apostar por los meramente corporales.

Todo depende, es verdad, de la jerarquía que uno tenga. Si se sobrestima la apariencia, por encima del ser, los aspectos relacionados con lo físico se magnifican. Esta es una constante de la llamada civilización de la imagen. Además, esta civilización tiene unas pautas muy concretas: no se trata de tener estilo o elegancia, cosas importantes y que, como se ha sostenido antes, ayudan a que el hombre se realice. No; no se trata de ser elegante sino de tener unas medidas, de seguir unos rígidos cánones de belleza que nos plantean unos modelos publicitarios.

 



El problema está en que estos cánones vigentes en la actualidad son bastante inaccesibles. El tipo de atractivo que hoy impera es el de una delgadez extrema. Esta es la causa principal de una enfermedad que cada vez cobra más importancia entre la adolescencia: la anorexia, un trastorno psíquico que lleva a una distorsión, falsa percepción, de uno mismo.

En la mayoría de los casos, esta enfermedad suele comenzar con el deseo de adelgazar. Uno se ve gordo y se siente rechazado por esta razón. Poco a poco deja de ingerir alimentos y pierde peso. Sin embargo, la persona se sigue viendo gorda, continúa la inseguridad y empieza a sentirse incapaz de comer. Esta enfermedad conlleva desequilibrios psíquicos que pueden acompañar a la persona el resto de su vida y es el trastorno mental que cuenta con un mayor índice de mortalidad.

Es cierto que no se puede culpar a los anuncios de causar esta patología pero también es un hecho comprobado que el aumento de los casos de anorexia ha coincidido con el ponerse de moda la excesiva delgadez de las modelos. Es más fácil desarrollar estos trastornos en una sociedad en la que los que aparentemente triunfan, los que se nos muestran como ejemplo en las vallas publicitarias, rozan ellos mismos la anorexia. El adolescente que, por naturaleza, suele ser muy manipulable y bastante inseguro, es fácil que se crea este tipo de propaganda e inicie una carrera desenfrenada para conseguir lo que esta publicidad vende; que al fin y al cabo es la felicidad.

 

El look anoréxico se ve acompañado en algunos casos por la denominada moda heroin-chic (nombre recogido de una canción en la que Lou Reed proclama que la heroína es chic). Hay catálogos y pasarelas se muestran chicas y chicos que, junto con una delgadez enfermiza, exhiben la mirada lánguida y perdida y los andares cansinos propios delos toxicómanos.

Hace unos años, el escándalo saltó a los medios de comunicación pues lo que, en principio, era sólo una ficción de pasarela resultó ser verdad; dos modelos norteamericanas reconocieron su adición a las drogas y confesaron que, para soportar el hambre y conseguir el aspecto que se consideraba atractivo en un sector de la moda, recurrían a la heroína. Zoe Fleischauer, modelo, reconoció que “en Nueva York cuanto más drogada estaba más fabulosa les parecía”.

Desde hace años, las autoridades sanitarias y políticas han mostrado su alarma por esta enfermedad que se manifiesta cada vez a edades más tempranas y que, con frecuencia, se convierte en una enfermedad crónica.

También algunos representantes del mundo de la moda -diseñadores, estilistas, propietarios de firmas, etc.- han empezado a concienciarse de la grave amenaza que supone la anorexia. En algunos casos, esta toma de conciencia ha sido más un lavado de cara en tonos festivos que una respuesta seria ante el problema: hay creadores que han subido a mujeres gordas a desfilar como si una sola imagen ayudara a contrastar las miles de modelos que, prácticamente en los huesos, se pasean por la pasarela.

Otros diseñadores han manifestado, con sus declaraciones y sus modelos, su rechazo por la estética anoréxica. “No me siento en la primera línea de responsabilidad en cuanto al problema de la anorexia -señala el diseñador Jesús del Pozo-. Nunca he diseñado para anoréxicas. Es algo que me angustia y me deprime. Una cosa es estar delgado y otra, muy diferente, estar enfermo. Pero ¿por qué no se culpa también a los medios de comunicación? El receptor de estas imágenes es el que tiene que estar formado para no dejarse manipular por lo que ha sido creado para llamar la atención”.

Antonio Pernas, otro ilustre de la moda española, va aún más lejos propugnando que, junto con la forma física, hay otras cualidades muy importantes para la moda “en la vida y el diseño yo lo mido todo por valores. Así además de la belleza, la altura, la talla, me paro ante la elegancia, la naturalidad, la presencia, el movimiento, la personalidad y la inteligencia. No nos encorsetemos en una talla.”

El hombre, y sobre todo la mujer, primera víctima de esta enfermedad, tiene que aprender a aceptar su cuerpo y sacar partido hasta de sus propias limitaciones físicas; la elegancia y el estilo son algo más que un esqueleto bonito.

Sin llegar al extremo de la anorexia, son muchas las personas que se obsesionan por su físico e invierten en éste muchos esfuerzos que podrían canalizar hacia otros objetivos: ¡cuántas adolescentes que pasan horas muertas arreglándose las uñas, perfilándose los labios o experimentando mascarillas, son incapaces de pasar ese mismo tiempo leyendo un libro o viendo una buena película! No se trata de descuidar el aspecto físico, pero sí de darle su importancia, no más.