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Moda: ética, estética. ¿Es un arte? Ética del desnudo


Un lenguaje personal

 

Además de tener una dimensión social, la moda es un lenguaje personal; algo que dice, y mucho, de nosotros. La moda expresa a los otros quiénes y cómo somos. Adaptando el clásico refrán podríamos señalar que; “dime como vistes y te diré cómo eres”.

Y aunque también diga el refranero que las apariencias engañan, la mayoría de las veces las apariencias dicen la verdad.

Especialmente en el tema del vestido. Se observa que a menudo, cuando una persona quiere cambiar de vida, lo primero que suele hacer es renovar su vestuario. Hace años una conocida revista proponía como tema de portada el cambio de look de una aristócrata famosa.

A algunos les pareció descabellado dar tanta importancia a una noticia así, pero la realidad es que un cambio radical de look puede conllevar muchas más cosas; un descontento con su pasado, una forma de romper con éste, una apuesta por transformar la vida en el futuro...

La ropa que llevo me define ante los demás, me sitúa ante el mundo y dice cosas acerca de mi posición dentro de éste; si visto con autenticidad, la ropa puede hablar de mi edad, de mi profesión, de mi condición social. No viste igual, o no debería al menos, una chica de veinte años que una anciana de ochenta; los vaqueros permitidos en una redacción de periódico están prohibidos para el conserje del Ritz; no se pone lo mismo un estudiante que un directivo de empresa.

El vestido habla de mí, pero no sólo de aspectos externos de mi vida. La moda también habla de escalas de valores y de qué idea tengo yo sobre el hombre. “El ser humano en el acto de vestirse y a través de su indumentaria se autodefine, exponiendo ante la sociedad mayor cantidad de información sobre sí mismo de la que podría trasmitir el escultor con su obra”.


Cada individuo se viste según sus ideales, sus aspiraciones, lo que quiere llegar a ser. Evidentemente, la mujer que quiere ser “fatal” no vestirá igual que aquella que quiere ser valorada en su trabajo por su competencia profesional y que no está dispuesta a utilizar las mal llamadas “armas de mujer”.

Por eso, el armario de una persona aporta mucha información sobre su planteamiento de vida. Puede ser un armario cambiante que revele una cierta tendencia a dejarse dominar por lo que se lleva en cada momento, un armario que proclame un excesivo afán por llamar la atención, un armario que busque el equilibrio entre la belleza y la funcionalidad, un armario que ha optado por un desaliño que denota dejadez.

Como el vestido habla de nosotros es necesario que diga lo que verdaderamente queremos comunicar. Es importante vestir con coherencia, según nuestra propia forma de vida; no dejándose llevar por tendencias con las que no se está de acuerdo. Sin entrar en polémicas, hay prendas que llevan inscrito, se quiera o no, un determinado sentido. La minifalda en el trabajo, por ejemplo, está asociada a esas “armas de mujer” a las que se ha aludido antes. Si soy una persona que defiendo la igualdad de oportunidades entre el hombre y la mujer en el campo laboral no tiene sentido que, por definición, vaya a trabajar con minifalda.


Si tengo unas ideas contrarias a la objetivación sexual de la mujer, lo lógico es que rechace también las trasparencias que precisamente muestran las características sexuales femeninas. Si estoy en contra del consumismo atroz, causa de muchos de los desequilibrios dela sociedad, lo más coherente es que no renueve el armario cada vez que cambia la moda.

En este sentido, la persona no puede ser ingenua; no sólo hay que ser, hay también que parecer; máxime en una sociedad como la actual en la que la imagen es muy importante y se ha convertido en escaparate del alma. Antes de elegir una prenda tengo que pensar si cumple las funciones de la moda; es decir, si cubre mi intimidad, si respeta mi dignidad como persona, si me protege del frío o del calor, si permite que los demás me vean de forma agradable, si por su precio puedo consentírmela sin incurrir en una injusticia con aquellos que no tienen... Así vestiré con autenticidad, con coherencia,y mi vestido hablará con veracidad de lo que soy y pienso.

De ahí, que no tiene sentido seguir al dictado las sugerencias de la moda “La moda no es una imposición -señalaba Melinda de Ruspoli, que durante muchos años trabajó en la conocidísima firma Chanel-. La moda propone y la mujer dispone. Seguir ciegamente lo que se ve es un problema de inmadurez”. Es la mujer la que tiene que decidir qué quiere llevar y qué no y negarse a pasar por el aro de la moda cuando ésta quiera reducirla a un simple objeto de decoración.


 

Los hilos que mueven la moda

 

Volviendo a la relación forma de vestir-modo de pensar, hay que señalar que no es el consumidor el único que plasma en su vestuario su forma de vida. El diseñador crea también conforme a las ideas que tiene sobre el mundo y la persona. Proyecta en sus vestidos su filosofía de la vida, sus planteamientos existenciales.

Hay creadores, como el gallego Adolfo Domínguez, que hacen una apuesta por la simplicidad en sus planteamientos vitales y llevan esa austeridad a sus pasarelas mostrando diseños monocolores de líneas simples, alejadas de todo barroquismo. Frente a esto, otros, como el fallecido Gianni Versace exhibe en sus colecciones el mismo desenfreno, vitalismo, gusto por el lujo y originalidad que caracterizaba su forma de vida.

Hay diseñadores sensibilizados hacia las necesidades ecológicas y realizan sus vestidos con fibras sintéticas y materiales alternativos o reciclados. Otros, se sienten concienciados con colectivos sexuales determinados y reflejan en sus vestidos estas ideas; es el caso de algunos diseñadores que realizan ropa unisex que puede ser utilizada indistintamente por hombres y mujeres y que tiende a difuminar las diferencias entre los sexos.

De todas formas, no es siempre el diseñador el que impone sus ideas a la sociedad sino que es ésta la que inspira al creador; así Roberto Verino afirma que “en mis colecciones reflejo la ambigüedad sexual de la sociedad”.Por eso cada vez tienen más importancia los estilistas. Éstos hacen una moda de abajo a arriba; más que crear encuestan, preguntan sobre lo que se llevará, sobre lo que puede gustar.

Se hacen estudios de mercado y se diseña a partir de los resultados para asegurarse que la moda será comercial y que se conseguirán beneficios económicos. En algunas grandes cadenas de tiendas estos “estudios” se hacen sobre el terreno; cuando una prenda no se vende se retira, cuando un color no tiene éxito, se sustituye por otro y así sucesivamente.

Las firmas de moda, como muchas otras empresas relacionadas con el consumo, cuentan además con los llamados coolhunters (cazadores de tendencias), una profesión que, desde que surgió – a finales de los años 80- ha ido cogiendo fuerza. El trabajo de un coolhunters consiste, en primer lugar, en detectar por dónde se mueven los gustos de la población y qué tendencias se observan en temas tan dispares como el arte, la moda, la música, la gastronomía, el deporte o el entretenimiento. Con el resultado de sus observaciones elaboran informes que servirán a las empresas paradiseñar una campaña de publicidad, lanzar un determinado producto al mercado o diseñar una línea de ropa.

Por ejemplo, Future Concept Lab (FCL), es una laboratorio de investigación cuyo objetivo es descubrir los fenómenos socio-culturales que tendrán lugar en el mundo para firmas tan importantes y diferentes como Coca cola, Nokia o Mandarina Duck, entre otras. Para ello, además de sus programas de información y estudio de modos de vida, cuentan con 50 corresponsales alrededor del mundo que, desde la ciudad en la que viven, estudian como viste, actúa y se comporta la gente.

Como se ve, detrás de una determinada moda siempre hay algo que puede ser desde unas ideas políticas o una teoría sexual hasta un estudio de mercado. Por eso no podemos ser tan ingenuos de pensar que no afecta el vestir de un modo u otro.


Moda y belleza
















Dos imágenes de la misma persona: Ana María Orozco caracterizada como Betty la Fea

La moda es comunicación; tanto en la faceta social como en la personal. Pero la moda también guarda una estrecha relación con la estética, la belleza y la ética.

Una de las funciones de la moda es gustar, acercarnos a lo atractivo. Por eso, la búsqueda de la belleza es uno de los ejes sobre los que gira la moda. Desde que el hombre fue consciente de la necesidad de vestirse, buscó la forma de embellecer estos vestidos experimentando tejidos, descubriendo colores, ensayando formas e imaginando estampados. Es clara por tanto la relación de la moda con la estética. Pero esta función estética no puede velar que la moda tiene también una vertiente ética que se refiere al bien.


Desde el principio de la filosofía se ha explicado la relación que existe entre el bien y la belleza, ambos son cualidades del ser. Aristóteles, en su Retórica, define así lo bello “aquello que siendo bueno, sea agradable, porque es bueno” y anteriormente, Platón había sentenciado que “todo lo bueno es bello”. Un pensador posterior, el historiador Paul Hazard señala que “la Belleza y el Bien son una y la misma cosa. Puesto que el universo es una armonía no se pueden concebir en él disonancias; y puesto que nuestro sentido moral tiende a realizar esa armonía, debe quererla completa. El vicio es una falta de estética; cometer voluntariamente ese pecado es, primero, infringir la lógica, después infringir la moral, y por último, faltar al buen gusto”.

Algo se rompe cuando se separa la belleza del bien, dos vocablos que hasta etimológicamente se encuentran unidos (belleza viene de bellus, bonito que a la vez procede de bonus, bueno). Por eso no deja de ser preocupante la tendencia al feísmo que hoy triunfa en cierto tipo de arte. Del mismo modo que la belleza es la estética del bien, este feísmo se identifica con la estética del mal. En numerosas manifestaciones artísticas, y también en las colecciones de ropa “va encarnándose una orgía de lo feo y lo inquietante como muestra de la etiqueta más distintiva de nuestro tiempo. Su emergencia mantiene una estrecha relación con el ascenso larvado o explícito del mal”.


Frente a la armonía, la elegancia, el buen gusto y la serenidad hay, en muchas tendencias de la moda actual, un gusto por la exageración, la extravagancia, lo informe y lo agresivo que no son indiferentes a una serie de mensajes éticos. De hecho, el look del feismo se asocia a realidades negativas. Se observa en la publicidad actual una tendencia a anunciar cierta forma de vestir con imágenes referentes a la anorexia, las drogas, la violencia o la agresión sexual. Estas campañas publicitarias no hacen más que dar la razón a los clásicos que creían firmemente en el binomio bien-belleza.

También tienen razón estos clásicos al señalar la importancia del interior frente a lo exterior: Plotino afirma que es el alma quien hace bellos los cuerpos. “Los cuerpos cuando son llamados bellos, es ya el alma la que los hace así; pues como el alma es algo divino y una especie de parte de la belleza, hace que sea bello lo que toca y domina, en la medida en que le es posible recibir una parte de belleza”.

Por eso, la elegancia se define muchas veces precisamente como armonía de la belleza interior y exterior. “Otórgame la belleza interior y haz que mi exterior trabe amistad con ella” hace decir Platón a Fedro. La elegancia es la adecuación de lo atractivo con la personal forma de ser, de pensar y de actuar. Vestir con elegancia supone unir la belleza con el bien y la verdad. La verdad de lo que somos, por eso quien se disfraza es difícil que sea elegante, fuera delcarnaval, pues no compagina su exterior, su apariencia, con lo que es en realidad.

 

¿Es la moda un arte?

 

La búsqueda de la belleza en la moda hace que el trabajo del diseñador se acerque mucho al del artista. Como éste, el modisto necesita elementos de inspiración para crear; para confeccionar sus colecciones.


Hay algunos diseñadores que se inspiran en una determinada época histórica (de ahí los famosos revival que recuperan prendas del pasado adaptándolas a la actualidad), en una gama de colores, en unos determinados tejidos...

La moda es un arte; algunos vestidos de alta costura no tienen nada que envidiar a los objetos de orfebrería; en el otro extremo, la similitud entre el estilo grunge y la pintura hiperrealista es bastante evidente.

El mérito de la moda como arte es que, en palabras del filósofo Manuel Fontán de Junco, “ha conseguido tender un puente entre la belleza y la vida. La moda es un arte que se lleva puesto, que se saca a la calle; es un arte de consumo al que todos tienen acceso”.

Y es fundamentalmente un arte humano. Un arte hecho por y para el hombre. El diseñador no viste muros ni adorna perchas, está vistiendo personas humanas con todo lo que esto implica. Por eso, la moda no es sólo una realidad estética sino también ética.


El diseñador no puede olvidar la dignidad de la persona al realizar sus creaciones. La ropa tiene que servir para remarcar esa dignidad; por eso tienen sentido las críticas que se hacen a un tipo de moda que muestra a la mujer como objeto. Con frecuencia las pasarelas se ven inundadas de una moda extravagante que, apoyándose en las transparencias, escotes, líneas estrechas e hiperajustadas más que vestir a la mujer la desnudan. Son muchos los que ven en este tipo de moda un retroceso para la conquista de la igualdad. Algunas pasarelas convierten a la mujer otra vez en un objeto, en un bello animal que se muestra para gustar.

Frente al proclamado ocaso del machismo, estas pasarelas se convierten en reductos en los que se sigue observando a la mujer como un objeto sexual. Machismo que se manifiesta también en la diferente forma de vestir al hombre y a la mujer; en el primer caso se apuesta por la elegancia y el buen gusto, en el segundo, por la sensualidad. El diseñador viste al hombre y desnuda a la mujer, lo cual no deja de ser una paradoja en una sociedad que presume de igualitaria.

Mientras algunos protestan enérgicamente por esta forma de entender la moda, ya que opinan que lesiona la dignidad de la persona -sobre todo de la mujer-, otros alegan que el desnudo puede ser artístico, que puede rebosar belleza, que una modelo semidesnuda en la pasarela no tiene por qué ser necesariamente inmoral.


Que este tipo de moda, tan ligada al erotismo, es sólo un medio de hacer más patente la estética de la persona. Ante este dilema surgen algunas preguntas: ¿Cuál es la valoración verdadera de esta moda actual? ¿No resulta exagerado rechazar estas tendencias? ¿No serán estas críticas ramalazos de un ya superado puritanismo? ¿Existe una ética en el vestir? ¿Y una ética del desnudo?

 

La ética del desnudo

 

El tema del desnudo en la moda, como en el resto de las artes, no es simplemente una realidad a tratar desde el punto de vista estético. No se trata de valorar si el desnudo es bello o no.


El cuerpo es algo íntimamente ligado a la persona humana; no podemos tratarlo por tanto como una realidad objetiva separada de su sentido más amplio.

El cuerpo es manifestación del individuo, del alma del hombre, una parte, y muy importante, de la misma persona. Cuándo nos preguntamos cómo es un ser humano, es frecuente que empecemos por describir su cuerpo; si es alto o bajo, rubio o moreno, gordo o flaco.

El resto de sus cualidades espirituales, su inteligencia, modo de ser, carácter... etc, se insertan en ese físico e incluso algunas realidades, como el temperamento, vienen determinadas precisamente por las características corporales. Se entiende por tanto que, al ser el cuerpo parte de la persona, su tratamiento estético no puede desvincularse de la ética.

Además de ser parte del individuo, el cuerpo tiene un significado profundo en cuanto a la comunicación de las personas. “El cuerpo humano, el desnudo cuerpo humano en toda la verdad de su masculinidad o feminidad, tiene un significado de don de la persona a la persona.

El cuerpo desnudo está muy unido por su propia naturaleza al sistema esponsal en el que cuando una persona se da, encuentra la apropiada y adecuada respuesta al don por parte de la otra persona”. Si reconocemos este carácter de don del cuerpo humano entenderemos bien su sentido interpersonal. El cuerpo se trasluce como don que, a su vez, espera la respuesta de una donación. Es un don que recibe. Es también la fuente de una rica comunicación interpersonal. Con los ojos, los gestos, las manos o las palabras nos comunicamos; pero esta comunicación llega a su culmen cuando es el cuerpo en su desnudez el que se muestra. Es la persona la que, a través de su cuerpo, elige darse, entregarse a otra persona que, consciente del don, decide responder de igual forma, entregándose.

En esta comunicación es por tanto el cuerpo el elemento a través del cual se entrega la totalidad de la persona. Por eso cuando el cuerpo sale de esta esfera personal a la que pertenece y se convierte en propiedad pública se corre el riesgo de que pierda su dignidad. Incluso en el tema del arte, el hecho de que el cuerpo humano se convierta en objeto de consumo plantea interrogantes éticos.

Ya que, al reproducirse el cuerpo humano o al mostrarse al público, el elemento del don personal queda amenazado, en el sentido de que puede convertirse en objeto de abuso. Ya no es un cuerpo que se entrega como don a otra persona que se da recíprocamente; en estos casos, el receptor es desconocido, anónimo y la respuesta inexistente o imprevista.

Estos interrogantes éticos tiene que planteárselos todo artista al tratar el cuerpo humano; también el diseñador que, al igual que el resto de las artistas, debe tener en cuenta la verdad del hombre y de la desnudez de la persona para respetar unos límites éticos. Cuando yo muestro a una modelo semidesnuda en una pasarela estoy haciendo que esa persona ofrezca su cuerpo como don del que se apropiarán muchos (aunque no sea de una forma material). Es negar la evidencia rechazar esto cuando observamos la reacción de algunos individuos ante un diseño transparente.

Sin embargo, se podía objetar que la ética no está en el que diseña, sino en el que mira. Yo puedo asistir a una pasarela y contemplar estéticamente el cuerpo de las modelos o puedo apropiarme de ellos e incluso abusar con mi imaginación. Esto es cierto, pero sólo en parte. Tendríamos que diferenciar el “mirar para desear” (ése que, en el Evangelio, Jesucristo denuncia como capaz de adulterar) del simple mirar estético.

Todos tenemos la experiencia de que es difícil conservar el mirar estético ante un cuerpo, máxime cuando el cuerpo observado es de otro sexo, precisamente por lo que se ha dicho antes: un cuerpo no es una realidad objetiva en sí, sino que lleva impreso el sentido de la donación. No sentimos lo mismo al contemplar un cuerpo que un paisaje; ya que el cuerpo humano tiene un significado más profundo que el paisaje. De todas formas, esta visión del cuerpo es diferente según las artes; en la pintura y la escultura el hombre cuerpo es un modelo que se transforma, se transfigura por una serie de técnicas.

En el cine, la fotografía o la propia moda, el hombre cuerpo se muestra como es: no es un modelo que se refleja sino un objeto que se reproduce. Por eso es más difícil conservar el mirar estético ante una fotografía, o una modelo semidesnuda, que ante una escultura. De hecho, los comentarios más o menos soeces que se pueden escuchar ante el cartel publicitario de una película sensual es raro que se oigan contemplando la Venus de Milo.

Además de estas consideraciones, el hecho de desnudarse o descubrir determinadas partes del cuerpo, va contra la naturaleza del vestido y, sobre todo, de la propia persona; porque una de las funciones del traje es precisamente cubrir mi intimidad. Yo oculto algo exterior a mí, mi cuerpo, y doy a entender que, con esto, estoy ocultando lo que en mí hay de misterio; mi intimidad.

Cuando muestro mi cuerpo estoy mostrando muchas parcelas de mi intimidad. Como señala el filósofo Ricardo Yepes “el hombre se viste para proteger su indigencia corporal del medio exterior pero también lo hace porque su cuerpo forma parte de su intimidad y no está disponible para cualquiera así como así (...) El nudismo no es natural porque no es natural renunciar a la intimidad”

Hay una relación entre la intimidad personal y corporal. “Las dos van a la par, porque la persona es al mismo tiempo cuerpo y espíritu. (...) Como la persona es indisociablemente corporal, para crear un espacio de intimidad espiritual, de riqueza interior personal, se ha de crear un ámbito de intimidad corporal”. Una de las fórmulas para conseguir que una persona destruya su dignidad es hacer que pierda su intimidad, y en primer lugar, la corporal. Es el doloroso caso de los métodos utilizados en los campos de concentración donde se obligaba a los prisioneros a desnudarse delante de sus torturadores y del resto de sus compañeros.

El hombre cuando se desnuda ante los demás se deja ver, examinar en su yo más íntimo y se sitúa sin ninguna defensa ante el mundo, ante los demás que pueden tener una reacción u otra.

Por eso toda persona para mostrar la intimidad de su cuerpo tiene que hacerse violencia para destruir esa defensa que es el sentido del pudor que llevamos dentro.


 

Fernández, Diana. La moda en el vestir: consideraciones sobre su valor comunicativo, Situación 2, Servicio de estudios BBV, Bilbao 1996, pág 221.

Declaraciones en Época (15-XII-1997).

cfr Magazine de El Mundo De profesión , cazatendencias,(5-X-2003)

Hazard, Paul. La crisis de la conciencia europea. Ediciones Pegaso. pág. 275

Verdú, Vicente: La energía del mal, el poder de lo feo. El País (4-XII- 1997)

Plotino1 6, 6.

Platón. Fedro: oración a los dioses.

Fontán de Junco, Manuel: Profundidades del diseño y permanencia de la moda, Servicio de estudios BBV, Bilbao 1996, pág. 34.

Para este capítulo cfr. Juan Pablo II. La redención del corazón. Editorial Palabra. Pág. 239-245

Idem. Pág. 245

Yepes Stork, Ricardo. Fundamentos de Antropología. EUNSA. Pág. 81

Santamaría, Mikel Gotzon. Amar con el Cuerpo. Editorial Palabra. Pág 91.