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Enseñanzas de justicia

Philémon Angelete - R. D. del Congo


 


Conocí el Opus Dei en 1983 a través de los vecinos. En efecto, mis vecinos de parcela eran miembros del Opus Dei: era el primer Centro de Kinshasa. Sentía curiosidad al ver a esos jóvenes profesionales entrar y salir y, al mismo tiempo, a los sacerdotes católicos que vivían con ellos.

En esos momentos, estaba atravesando una época en la que necesitaba encontrar unas bases sólidas para abordar las numerosas dificultades que se cruzaban en mi camino. Estaba casado, pero mi esposa no me había dado hijos.

Y después de haber ocupado el cargo de Fiscal General de la República ocupaba un alto cargo en una empresa pública.



Frecuentando el trato con mis vecinos, y a través de la lectura de las obras del Fundador del Opus Dei y de la asistencia regular a medios de formación adecuados a mi edad y mis condiciones, descubrí la forma de sacar frutos de la que considero la etapa más dura de mi vida. De los primeros documentos que sobre el Fundador recuerdo que su secreto era “oración” y “penitencia”.

Yo hasta entonces, había confiado poco en la oración y aún menos en el espíritu de sacrificio y de penitencia.

En la faceta familiar me hicieron falta grandes esfuerzos ascéticos para entender con claridad la monogamia, fidelidad e indisolubilidad del matrimonio cristiano. Sobre ese punto la oración y la penitencia me ayudaron a luchar contra las ideas y los comportamientos que acechan a un matrimonio sin hijos. En la actualidad llevo 32 años casado y estoy contento de ser fiel a mis compromisos ante Dios.


El espíritu del Opus Dei me ayudó a entender mejor el concepto de familia. Estas palabras me animaron a pensar en mi “familia ampliada” como marco para servir a muchas personas y dar buenos consejos: “Olvídate de ti mismo... Que tu ambición sea la de no vivir más que para tus hermanos, para las almas, para la Iglesia; en una palabra, para Dios”. (Surco 630)

En el marco profesional, al ser un alto cargo de una gran empresa, decidí dar prioridad a las nociones de puntualidad, orden, limpieza y constancia que respaldan la caridad en el ámbito del trabajo. No fue fácil. Quizás los resultados no puedan verse en la actualidad, porque el país se ha visto asolado por dos pillajes a los que han seguido conflictos y guerras, pero Dios sabe los esfuerzos que hemos hecho para mejorar las virtudes humanas como base de todo desarrollo.

En la empresa pública en la que acabo de cumplir once años de vida profesional como ejecutivo, me esforcé por vivír de diversas formas las enseñanzas del Fundador sobrelas relaciones profesionales. Recuerdo que me encontré con más de 1.500 agentes contratados y desplazados sin tener en cuenta las normas profesionales ni legales existentes. De 1980 a 1986, el personal de la empresa había pasado de 600 a 1.500 personas, y en 1996, había que recompensar mediante promociones y jubilaciones de fin de servicios a quienes tenían derecho a ello.

De los 1.500 agentes, los Directores en funciones no presentaron más que a unos pocos agentes para su promoción, y jubilaciones. Se trataba de una gran injusticia. Movido por el deseo de justicia y de paz que había aprendido del Fundador, asumí la responsabilidad de volver a asignar a cada agente su fecha de entrada, su última promoción, sus notas de méritos desde el punto de vista profesional, su región de origen, su nivel de estudios, etc.

Se formó un equipo de cinco miembros que debía trabajar con espíritu de justicia y de paz social. Fue preciso un año de trabajo duro, con muchas privaciones y oración para sacar unas listas que fueron aprobadas por unanimidad por el Comité de Gestión, el Consejo de Administración y los órganos de representación de los agentes.


Congreso Internacional LA GRANDEZA DE LA VIDA ORDINARIA
Roma, 8 a 11 de enero del 2002

 

 

 


 

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