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Ricardo Barcelona

El éxito en la vida profesional
nunca puede compensar el fracaso en el hogar





La influencia del Beato Josemaría abarca más de la mitad de mi vida, remontándose a los primeros años de universidad en Filipinas. Mi hermano me introdujo en sus enseñanzas, aunque en esos momentos, hablar de buscar la santidad en el trabajo diario era quizás un concepto que encajaba mal en la vida de un joven estudiante universitario.

Con los años, llegué a darme cuenta de que vivir nuestra fe católica impone grandes exigencias a nuestra creatividad. “Una oración y una conducta que no nos apartan de nuestras actividades ordinarias, que en medio de ese afán noblemente terreno nos conducen al Señor. Al elevar todo ese quehacer a Dios, la criatura diviniza el mundo. ¡He hablado tantas veces del mito del rey Midas, que convertía en oro cuanto tocaba! En oro de méritos sobrenaturales podemos convertir todo lo que tocamos, a pesar de nuestros personales errores”. (Amigos de Dios, 308)


Desde las tareas más sencillas y mundanas hasta las decisiones importantes que en ocasiones se nos confía ejecutar, cada ocasión puede transformarse en una oportunidad para la santificación. Creo que éste es el camino que nos ha enseñado el Beato Josemaría: nuestro trabajo diario, cuando se ofrece con sinceridad a Dios, deja de ser un simple empeño mortal.


“Desarrollas una incansable actividad. Pero no te conduces con orden y, por tanto, careces de eficacia. —Me recuerdas lo que oí, en una ocasión, de labios muy autorizados. Quise alabar a un súbdito delante de su superior, y comenté: ¡cuánto trabaja! —Me dieron esta respuesta: diga usted mejor ¡cuánto se mueve!... Desarrollas una incansable actividad estéril... ¡Cuánto te mueves!”. (Surco, 506) Es así como todo se transforma en la obra de Dios, que cuenta con todos nosotros como sus instrumentos. “Deo omnis gloria”. —Para Dios toda la gloria. —Es una confesión categórica de nuestra nada. El, Jesús, lo es todo. Nosotros, sin El, nada valemos: nada”. (Camino,780). Nuestra vanagloria sería eso: gloria yana; sería un robo sacrílego; el “yo” no debe aparecer en ninguna parte”.


Dentro de nuestra vida familiar, las enseñanzas del Beato Josemaría se manifiestan en la forma en la que nos relacionamos con nuestro cónyuge y nuestros hijos. Nuestra familia es la mayor empresa que nos ha sido confiada por Dios para que la gestionemos con éxito. El éxito se produce de muchas formas: alegría frente a la adversidad, unión y fortaleza de la fibra moral, y para quienes han sido bendecidos con hijos, la formación que puede reflejar directamente a Dios en nuestros hijos. Estos parámetros son muy exigentes, pero es que nuestra empresa más importante debería medirse en términos no menos exigentes.


Mi formación en el IESE me preparó para los retos profesionales que me aguardaban. Creo que en los últimos 15 años, y en las próximas décadas durante las cuales espero continuar una vida profesional activa, la intensa formación ética desarrollada en un contexto multicultural reforzaron mi formación anterior. De todo ello se desprende una clara lección: nuestra capacidad para discernir las repercusiones de nuestras acciones se ve mejorada en gran medida dentro de un sólido marco ético y humano, una característica presente en el corazón de los programas del IESE.


Dentro de este contexto, inmediatamente podemos ver la falacia de la idea popular que sugiere que nuestras vidas profesional y personal pueden separarse en compartimentos estancos, que pueden desarrollarse de manera independiente. Quizás, esto sea lo que está causando en gran medida la decadencia moral que solemos ver a menudo en los ámbitos político, social y profesional.

“iQue no, hijos míos! -decía el Fundador-. Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser —en el alma y en el cuerpo- santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en tas cosas más visibles y materiales”. (Conversaciones, 114)


En mi opinión, sólo podemos santificar nuestro trabajo si contamos con una unidad de vida, en la que la familia y la vida profesional sean un todo. Al fin y al cabo, el éxito en la vida profesional nunca puede compensar el fracaso en el hogar.

Testimonio en el Congreso Internacional LA GRANDEZA DE LA VIDA ORDINARIA
Roma, 8 a II de enero del 2002

 

Fotografía de ambientación, de Rock Dreaming

 


 

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