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De generación en generación

Mercedes Castro, supernumeraria del Opus Dei en Barcelona


Soy supernumeraria del Opus Dei. Mis padres también lo son y me han educado siguiendo el espíritu de la Obra.

Para mí, por lo tanto, es bastante difícil distinguir cómo ha influido el Fundador del Opus Dei en mi vida personal y profesional, ya que de un modo natural, mis padres han ido incorporando a nuestra vida familiar sus enseñanzas.

Dios está presente en muchos de mis recuerdos infantiles. Mis padres fueron introduciendo en nuestra familia costumbres de vida de piedad cristiana con naturalidad y paulatinamente, a medida que mis hermanos y yo fuimos alcanzando el uso de razón.


Nos enseñaban a tratar a Dios como Padre bueno y comprensivo. Nos enseñaron a acudir a Él y a la Virgen con confianza y sin miedo. Ese “no pasa nada” que apuntaba tantas veces el Beato Josemaría. Para que nos “aficionáramos” a asistir a Misa los días laborales, mi padre nos premiaba acompañándonos al Colegio en coche —generalmente, íbamos andando— invitándonos a desayunar en una cafetería.

A pesar de los madrugones, nos encantaba acompañarle para tomar unos deliciosos croissants recién hechos rellenos de chocolate. Así, fue creciendo en nosotros el amor a la Eucaristía y se fue arraigando la costumbre de asistir a la Santa Misa cuando necesitábamos especialmente la ayuda del Señor. Años después, descubrí que muchas de aquellas oraciones, como la “Comunión Espiritual”, que nos enseñaba mi madre, las rezaba también el Beato Josemaría.

Gracias a Dios, mis padres han tenido fortuna en los negocios lo que les ha permitido criar a sus diez hijos con cierta holgura económica. Sin embargo, en casa se vivía la pobreza cristiana. Mis padres nos enseñaron a utilizar el dinero cuando era necesario y no nos permitían malgastarlo en lujos o caprichos. Nos enseñaban a compartir nuestras cosas con los demás. Recuerdo especialmente cómo después del día de Reyes nos animaban a dar a los pobres uno de nuestros regalos.

En casa, a través de pequeños encargos se nos enseñaba que hay que acabar las cosas con cariño, bien hasta el final. Nuestros encargos solían ser cuestiones en las que teníamos que prestar un servicio a los demás: recoger la mesa, ponerla o limpiar los zapatos, por ejemplo.


Mi madre siempre ha puesto a la familia sobre otros intereses personales y profesionales. Su ejemplo de dedicación y todas estas enseñanzas recibidas son hoy para mí un auténtico acicate. Me ayudan mucho a luchar por compatibilizar ambas esferas de mi vida, insistiéndome en la necesidad de cuidar bien de mi marido y de mis hijos.

Considero apasionante tener la oportunidad de compatibilizar mi vocación profesional y el cuidado de mi hijo. Mi marido y yo estamos de acuerdo en la importancia de la presencia física en la educación de nuestros hijos. También coincidimos en mi necesidad de trabajar fuera de casa. Creo que además de calidad de tiempo es fundamental dedicar cierta cantidad.

El año pasado, antes de que naciera Javier, yo compatibilizaba dos trabajos y el cuidado de la casa. Este año, sin embargo, he decidido renunciar al segundo trabajo para estar más tiempo con mi hijo. Ahora estoy más relajada. Tengo la suerte de tener un horario muy cómodo para una madre de familia. Me levanto temprano, rezo, voy a trabajar y vuelvo a casa —me he propuesto: cuatro de cada cinco días— sobre las 5:30. Me da tiempo, por lo tanto, de jugar un rato con Javier, bañarle, acostarle y darle la cena. Los fines de semana, hacemos un esfuerzo para dedicar el cien por cien del tiempo a Javier. Así, que nos lo llevamos a todas partes.

Para poder salir a las 7:00 de casa, mi marido se queda hasta las 8:00 esperando que llegue la canguro. Personalmente, delego todo el cuidado de la casa en ella. De este modo, cuando llego a casa, sólo estoy por Javier. Incluso compro por teléfono para no perder tiempo. He de dar gracias a Dios porque cuento con la ayuda de una persona muy responsable. Antes de que viniera a casa, mi madre me ayudó a formarla: a enseñarla a trabajar, etc.

Cuando Fernando se tiene que ir más temprano o yo voy a llegar más tarde, se queda a dormir. Tanto la sociedad, como los maridos y empresas están empezando a aceptar esta realidad, aunque personalmente nos parezca que pertenecemos al grupo de las pioneras.

Testimonio en el Congreso Internacional LA GRANDEZA DE LA VIDA ORDINARIA
Roma, 8 a II de enero del 2002

 


 

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