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Conjugar trabajo y familia

Jorge Claude, supernumerario chileno del Opus Dei


Yo nací en Chile, en el seno de una familia francesa por ambas ramas.

Si bien mis padres no eran particularmente observantes, siempre se preocuparon de formarnos en las virtudes humanas y de establecer una estrecha relación con mis hermanos y conmigo.

Recuerdo con nostalgia las sobremesas, enfrascados en interesantes conversaciones, siempre de gran contenido. Mis amigos siempre comentaban el grato ambiente que había en mi casa paterna.

En lo personal, siempre tuve buenos resultados académicos, apoyado en un estricto orden en los estudios y cumplimiento de horarios por parte de mi madre.

Todo ello me marcó para encarar mi propia vida, y cuando conocí el Opus Dei, todo cuadró: lo que vi siempre en mi casa, ahora tenía sentido sobrenatural, y era un medio de santificación: “Pon un motivo sobrenatural a tu ordinaria labor profesional, y habrás santificado el trabajo”. (Camino, 359)


Si bien tuve un contacto preliminar con la Obra a finales de los años 70, mientras estudiaba Ingeniería Civil, en esa oportunidad no llegué a comprender a fondo su espiritualidad. Más tarde, ya convertido en ingeniero, decidí pedir la admisión como miembro Supernumerario.


Actualmente tengo 47 años, estoy casado, y tenemos 12 hijos, que van desde los 18 años el mayor hasta unos pocos meses la menor. Aunque he tenido siempre la firme intención de dedicar tiempo y esfuerzos a sacar adelante esa magna empresa de formar a los hijos, tengo plena conciencia de que no es fácil.


Además de mi trabajo habitual, que ya es absorbente, soy miembro del Consejo de Administración de varias compañías, y participo en diversas comisiones técnicas. Simultáneamente, soy profesor en la Universidad de los Andes y en la Escuela de Formación de Directivos de esa Universidad (ESE), y suelo hacer trabajos de consultoría. En resumen, soy una persona ocupada, que se esfuerza por buscar a Dios en sus actividades laborales, que no cesa de dar gracias a Dios por todo lo recibido, y que se esfuerza por no abandonar sus tareas formativas.


Sin perjuicio de muchas otras cosas que se puedan hacer, al menos me parece útil aportar las siguientes sugerencias para cuidar la vida de familia:


- Rezar, y rezar mucho, por la propia mujer y por cada hijo
. En lo personal, rezo todos los días a cada ángel de la guarda, un Acordaos por cada uno, un misterio del Rosario por mi mujer y otro por mis hijos, y al menos una estampa al Beato Josemaría por cada cual (en el caso de los que pasan por dificultades, esas estampas se suelen multiplicar).

- Destinar tiempo a cada uno, comenzando por la propia mujer: “Cuando tengas orden se multiplicará tu tiempo, y, por tanto, podrás dar más gloria a Dios, trabajando más en su servicio”. (Camino, 80).

-Acostumbramos a salir fuera solos un fin de semana cada seis meses, sin perjuicio de procurar almorzar juntos regularmente en semana.


- En el caso de los hijos, es indispensable que sientan que el padre les destina tiempo personal. Lo que yo suelo hacer es salir a tomar un helado con cada uno, o simplemente a caminar. De este modo cada uno tiene la oportunidad de sentirse “hijo único”, a pesar de ser muchos hermanos. También es clave tener la disposición de ir ser una buena oportunidad para conversar, aprovechando que vienen contentos y distendidos (esto es válido para todas la edades, porque hay que acostumbrarlos desde pequeños a conversar con su padre).

- Introducir a los hijos en ciertas prácticas de piedad, de manera que las vean como algo natural. Es bueno que los hijos vean que sus padres son piadosos, e ir acostumbrándolos a vivir ciertas cosas mínimas. En nuestro caso, además del cumplimiento del precepto dominical, acostumbramos a bendecir la mesa y a rezar el Angelus con quien esté a nuestro lado.

También tenemos la costumbre de despedirlos por la noche, cada uno en su habitación, poniéndoles agua bendita en la frente. Este es un rito importante, que los niños valoran, e incluso exigen.

- Hacer vida de familia. Personalmente, ceno con ellos (los seis o siete mayores, al menos), un mínimo de cuatro veces a la semana, y es ahí donde se comparten las cosas y se establece un vinculo más estrecho. En las vacaciones o fines de semana largos, procuramos salir a la costa, en unos paseos que estoy seguro serán memorables para todos mis hijos, y sus múltiples amigos que se nos unen.

- Saber renunciar a sí mismo. Personalmente, he llegado a la conclusión de que ésa es la ecuación perfecta: la familia siente que cuenta con la buena voluntad del padre (que no trae los problemas del trabajo a la casa), y uno tiene la oportunidad de ofrecer muchas cosas, y luchar sinceramente por alcanzar la santidad en medio de las cosas más domésticas, sin que se note. Es una especie de “secreto” compartido con Dios, que nos ayuda a crecer, y que sólo trae beneficios a la familia.


Congreso Internacional LA GRANDEZA DE LA VIDA ORDINARIA . Roma, 8 a 11 de enero deI 2002

 


 

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