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¡No somos superwoman!


Devra Torres,
de San Francisco, EE. UU.




El trabajo en el hogar debe hacerse prestando mucha atención a los detalles. Esto tiene importantes repercusiones para la vida familiar: la casa va como la seda y los miembros de la familia se sienten más valorados y pueden concentrarse mejor en sus propias tareas.

Sin embargo, no es la calidad del trabajo en sí —la calidad, después de todo, se puede potenciar con una máquina eficaz-, sino la motivación de la esposa y madre lo que tiene las consecuencias más profundas y más trascendentales, extendiéndose en última instancia a la posible salvación de las almas de los miembros de la familia y su eterna unión amorosa con Dios.

La unidad de la familia es extremadamente importante para el ama de casa, cuyo trabajo es con frecuencia poco estimulante y repetitivo. Si no tiene claro este principio, librará una batalla frustrante, casi desesperada, por acabar cuanto antes sus tareas familiares y buscar tiempo para otros asuntos, a veces incluso espirituales, que considera más importantes.

Este planteamiento tiene una parte de verdad, ya que todo el mundo, incluso un ama de casa, necesita sacar tiempo de las tareas prosaicas para restablecer el equilibrio mental y espiritual.

Puesto que armonizar estas dos cosas, vida familiar y profesional, no admite soluciones rápidas, fáciles y válidas para todos, el énfasis del Fundador del Opus Dei en intentar santificar las “pequeñas cosas”, en este caso, los miles de detalles de planificar y cumplir con los deberes, tanto familiares como profesionales; y aún es más importante, la necesidad de recordar constantemente su significado sobrenatural, rectificando la tendencia a detenerse en pequeñeces o estar motivada sólo por el deseo de responder a la imagen de una misma como una especie de superwomen.


En todo caso, hay que poner en práctica tambiér remedios pequeños, que parecen banales, pero que no lo son: cuando hay muchas cosas que hacer, es preciso establecer un orden, es necesario organizarse. Muchas dificultades provienen de la falta de orden, de la carencia de ese hábito.

Decía el Fundador: "Hay mujeres que hacen mil cosas, y todas bien, porque se han organizado, porque han impuesto con fortaleza un orden a la abundante tarea. Han sabido estar en cada momento en lo que debían hacer, sin atolondrarse pensando en lo que iba a venir después o en lo que quizá hubiesen podido hacer antes. A otras, en cambio, las sobrecoge el mucho quehacer; y así sobrecogidas, no hacen nada”. (Conversaciones, 88)

Cuando tratamos de armonizar nuestros distintos papeles, tenemos que aprovechar plenamente el poder intelectual y la creatividad que Dios nos ha dado para lograr nuestro equilibrio. Pero básicamente necesitamos confiar en Dios como un niño pequeño confía en su padre.

El niño con el tiempo se da cuenta, con decepción, de que su padre humano no lo sabe todo ni es todopoderoso, pero el adulto verdaderamente maduro crece con la creencia de que su Padre-Dios no sólo lo sabe y puede hacerlo todo, sino que ama a cada uno de nosotros tanto como si fuéramos la única alma que Él ha creado.

Podemos disfrutar de confiar en Él como cuando se es niño, en vez de luchar contra ello y tratar de comprenderlo nosotros solos. Podemos estar en paz siempre que estemos abiertos a ir dondequiera que el Espíritu Santo esté intentando conducimos “hoy, ahora mismo.”


Si las crisis mundiales —guerras y hambre y conflictos políticos- son realmente “crisis de santos,” como hacía ver el Fundador, lo mismo ocurre en las crisis en la familia o en la vida profesional. En otras palabras, muchas de ellas se podrían evitar o al menos resolver si viviéramos como si realmente creyéramos en Cristo.

Debemos resolver no infravalorar lo que una persona puede hacer —es decir, lo que Dios puede hacer a través de una persona—simplemente viviendo como cristiano, viviendo como si la opinión de Dios realmente importara más que las opiniones de los hombres.

El pecado original no desaparecería por arte de magia, pero un profesional o un miembro de la familia que viviera como si realmente creyera que esta vida es un campo de pruebas fugaz que precede a una eternidad de unión amorosa con Dios tendría más importancia de la que podamos fácilmente imaginar.

Darse cuenta de la importancia de hacer bien el trabajo del momento actual por amor a Dios es sólo el principio. Darse cuenta de la necesidad de cambios en la manera cómo ordenamos nuestra vida juntos en comunidades, desde la familia hasta el país, o de hecho el mundo, es una prolongación natural y una expresión de preocupación por las almas.

Pero se trata de preocupación social con una diferencia: no queremos cambiar el sistema social o político en vez de cambiar los corazones, o en vez de cambiar nuestras propias decisiones personales más insignificantes por el bien o el mal.

No localizamos el pecado o la virtud en la sociedad en lugar de en el individuo, sino que reconocemos que los sistemas sociales pueden promover o ahogar buenos impulsos en las almas individuales. Podemos trabajar en un “apostolado de opinión pública,” o directamente por causas políticas —recordando siempre que el objetivo final es la salvación de las almas y la gloria de Dios, no la victoria política en sí.


Congreso Internacional LA GRANDEZA DE LA VIDA ORDINARIA
Roma, 8 a 11 de enero del 2002

 


 

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